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Huele a corrupción

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 10 de febrero de 2013 a las 10:00

No sé si les pasará a ustedes, pero últimamente me huele todo mal. Paseo por la calle y huele como a servicio de estación o a urinario de campo de fútbol. El aroma que flota es como el de Sevilla después de tres semanas de huelga de basuras; orín y podredumbre, vótimo y náusea. No hay lejía que pueda con esta sensación, ni limpiador que acabe con esa vaharada que nos invade cuando abrimos una puerta. Es un olor profundo e insistente: el olor de la corrupción. Ha calado profundo y no se quiere ir.

España siempre ha tenido algo de corrupta, un espíritu de Lazarillo más dado a la remanguillé que a la luminosidad, una tendencia al pecadillo venial con compungida confesión posterior. Está en el ADN del país. Por eso, cuando Rafael Gómez ha denunciado esta semana que durante años estuvo recibiendo favores, beneplácitos y palmadas en la espalda por parte del gobierno que presidía Rosa Aguilar nadie se ha sorprendido. Quizás porque todos teníamos en la memoria aquellos tiempos en los que el de Cañero era Virrey de Córdoba y todo el mundo se ponía –o nos poníamos– firmes a su paso. Por eso, a muchos les saltaba una sonrisa burlona cuando el ahora líder de la oposición denunciaba públicamente que él hizo sus obras con permisos verbales de la exalcaldesa y su sucesor, Andrés Ocaña. Tras tantas fotos juntos, pocos dudaban de que su relación era más que estrecha.

Sin embargo, lo que hizo el miércoles Rafael Gómez, Sandokan para los amigos, es destapar una alcantarilla de la que emanan vapores mortales. Si es cierto lo que el otrora agasajado empresario dijo ante la prensa –y no digo yo que lo sea–, estaríamos ante un caso de tráfico de influencias, prevaricación, cohecho y vaya a saber usted qué más. Porque no es sólo que hubiese reuniones “clandestinas” –esas sí me las creo– con la exregidora y su entorno, sino que el dueño de Arenal 2000 acusa a la actual diputada socialista de haberle comunicado la multa de la Colecor en una cena pijotera –por las pijotas– en la que le dijo que no se preocupara porque todo quedaría en “6.000 euros”. Porque cuando el empresario se enfrentaba al comienzo de su caída, hubo una llamada de teléfono de la exalcaldesa anunciándole que “lo peor estaba por venir”, y una semana después el de Cañero era detenido en el caso Malaya. Porque “tú no le puedes poner una multa así a quien te ha dado todo lo que has necesitado”, dijo el de UCOR, en referencia a la compra de cuadros, la venta de terrenos para el Hipercor y sabe Dios qué otros favores.

Rafael Gómez no es un santo, ni mucho menos. Ha coleccionado una gama de irregularidades e ilegalidades urbanísticas tan grande como fue su imperio económico por las que ha de pagar hasta el último céntimo. Pero Rafael Gómez tampoco es tonto. Puede ser un iluminado, un hombre que se cree un visionario, un ser al que las leyes no le van bien, pero no es un tonto. Esta semana se ha dudado mucho de sus denuncias, y eso está bien porque la presunción de inocencia debe regir por encima de todo y para todos.

Sin embargo, ya les digo yo que cuando salgo a la calle me huele raro. Esta peste a corrupción no me gusta nada. Que la limpien.