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Vender Córdoba

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 7 de diciembre de 2014 a las 8:20

Pasee usted hoy por Córdoba. Transite por la Judería y dese un salto al Patio de los Naranjos. Busque un lugar en el que comer en el entorno de la Ribera. Siéntese en una terraza a disfrutar del sol y del frío prenavideño. Cuando lo haga, mire a su alrededor con atención, escuche los sonidos de la calle, preste atención a las conversaciones de los cientos de turistas que se agolparán para entrar en la Mezquita, para comer una tortilla en el Santos, para conocer los jardines del Alcázar o para perderse callejeando en busca de la Sinagoga. Disfrute del momento, de esas personas de fuera que alaban esta ciudad, que destacan la limpieza del Casco Histórico, que se maravillan ante el ingente patrimonio que desborda sus miradas. Y créaselo. Hablan de Córdoba. Sí, de esta ciudad. Estarán a buen seguro estupefactos ante la contemplación de una urbe que es mucho más de lo que les habían contado cuando prepararon el viaje. Esa es Córdoba, una ciudad que nunca deja de sorprender, que maravilla a los visitantes y que camina hacia un récord histórico de turistas que cuando vuelven a sus casas ejercen de pregoneros de esta villa. Lo dicho, disfrute de sus palabras, que ya llegará el martes. Porque cuando llegue el martes, quienes deben ejercer de mensajeros de nuestras excelencias volverán a salir a la palestra a pelearse por un sillón, una palabra o una foto. Así de claro, así de duro y así de descarnado.

Así lo dejaron de manifiesto el pasado jueves unos pocos empresarios dedicados a vender esta ciudad allende nuestras fronteras en un acto que –perdón por la inmodestia– organizó este periódico en la Diputación. Allí, los profesionales que se dedican a traer personas a esta ciudad, a llenar los hoteles, las tabernas, los restaurantes y los monumentos, volvieron a clamar en el desierto en busca de un acuerdo; de la unidad necesaria para hacer las cosas bien; de un plan estratégico que tenga menos de plan y más de estratégico; de una reunión de intereses en la que todos salgamos ganando; del fin del yoísmo imperante para que triunfe el nosotros; de la introducción de un lenguaje de diálogo y cooperación entre las administraciones y los agentes sociales, de la implementación, en definitiva, de un sistema que nos sirva a todos y del que todos salgamos ganando.

Porque Córdoba debe vender su marca. Estamos ante un momento clave, cargados de infraestructuras, explotadas y por explotar, que nos pueden situar en el mapa de una economía, la de los congresos, que no tiene más que ventajas y cuyo sonido suena a caja registradora. Organizadores de congresos, profesionales de la joyería, la Universidad, el periodismo, empresarios de todo tipo y condición reclaman a gritos el fin de este ruido insoportable que hace que nos perdamos en la lucha por sillones apolillados mientras dejamos pasar los barcos del oro camino de otras ciudades. Gentes de todo tipo que reclaman a los políticos que se sienten y tracen un plan para esta ciudad; un plan duradero que supere los vaivenes electorales, un plan de traiga pan y trabajo a una Córdoba devastada por el paro. Y si luego alguien quiere hacerse una foto que se la pida a un turista. Pero que no joda más.

Debates estériles

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 25 de agosto de 2013 a las 7:16

Regresa uno de las vacaciones y se encuentra con una sensación de vacío presidiendo la ciudad. Vacío porque anda aún casi toda Córdoba alternando ese magnífico trinomio que es la playa/piscina-siesta-playa/piscina y caminar por las calles hacia la redacción por la tarde es hacerlo en un erial en el que lo más destacable es que hace un calor como para freír huevos en el pavimento. Vacío también porque a medida que se avanza por Cruz Conde y aledaños tiene uno la impresión de que han cerrado más tiendas de las que ya lo habían hecho antes del parón agosteño y que el panorama de escaparates vacíos, carteles de se vende o se alquila y la visión de interiores destartalados y llenos de polvo se ha incrementado. Y vacío porque, una vez más, Córdoba vuelve a someterse a los debates estériles de infraestructuras vacuas que o bien sólo existen en los planos o están abiertas para observar cómo las moscas transitan a su alrededor.

En este mesecito en el que servidor se ha dedicado a cultivar el pelo largo, la barba sin afeitar y una prominente curva de la felicidad, aquellos que se supone que mandan o quieren mandar en el Califato han vuelto a darle vueltas a los temas de siempre. En argot taurino se diría que se han encelado y no hay manera de sacarles del caballo. Así, una vez más, hemos oído hablar del centro de congresos y convenciones que Nieto y sus muchachos quieren poner en el Parque Joyero; nos hemos sorprendido con sesudos debates sobre quién debe pagar el asfaltado y urbanización de ese mausoleo que la Junta ha puesto para presidir Miraflores y que responde al llamativo nombre de C4, o, más novedoso todavía, hemos escuchado reproches múltiples sobre quién ha hecho menos por conseguir que aterricen en el aeropuerto de Córdoba algo más que las moscas que la habitan en estos meses de canícula. Como se ve, debates todos estos llenos de novedad, impulso de futuro e interés ciudadano.

A uno, que durante las vacaciones tiene la fea costumbre de pensar un poco en lo hecho y en lo que va a hacer –lo sé, no se me enfaden, en vacaciones lo que hay que hacer es engordar como un gato capón– le ha dado por barruntar que quizás la culpa de todo esto es nuestra. Me explico, de los medios. Porque quizás somos nosotros los que hacemos que nuestros ediles, delegados, diputados, parlamentarios y medio pensionistas se acomoden en discursos fáciles, aprendidos de memoria y que no requieren la más mínima preparación. Quizás somos nosotros los culpables al no pararnos delante de ellos a decirles que todo eso se la trae al pairo (con perdón) a la gran mayoría de los ciudadanos. Quizás somos nosotros los culpables de no examinar con mayor profundidad los hechos del Ayuntamiento y las propuestas –si es que existen– de la oposición. Porque lo cierto es que volver de vacaciones y encontrarse este erial da hasta penita.

Menos mal que se nos ha quemado el puente del Arenal –con perdón, otra vez–, que con ello hemos descubierto un nuevo elemento de debate y algo sobre lo que hablar durante bastantes meses. Y si no se lo creen esperen ustedes unas semanas. La de teóricos de las infraestructuras que se van a encontrar. Qué dolor.