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Cara de gilipollas

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 3 de febrero de 2013 a las 11:05

“¿Tengo cara de gilipollas?” El viernes cuado me levanté me hice esta pregunta, a la que, naturalmente pues soy yo, me respondí negativamente. Luego me fui a mi mujer y le pregunté lo mismo, a lo que ella contestó “un poquito” –cosas de casados, ya saben–. Después llamé a un amigo, le inquirí de similar manera y él afirmó que “no especialmente”. Iba a llamar a mi madre, pero lo descarté porque ya sabe usted que madre no hay más que una y por mucho que me empeñe siempre habla bien de mi. También descarté hacer la pregunta en el periódico, no vaya a ser que uno dé la mano y la acaben cogiendo el brazo. Conclusión: si para quienes me quieren y conocen no tengo cara de gilipollas, ¿por qué me levanté el viernes con esa sensación? La razón la encontré en el jueves. Ese día, con el escándalo de los papeles de Bárcenas, descubrí que soy gilipollas. Y me explico.

El jueves, María Dolores de Cospedal negó la existencia de los documentos del extesorero del PP casi al mismo tiempo que el presidente del Senado reconocía algunas anotaciones recogidas en los mismos y les daba, por tanto, carta de naturaleza. Ese mismo día, el líder –o eso dicen– del PSOE, Alfredo Pérez Rubalcaba, salía en rueda de prensa a exigir explicaciones y casi dimisiones por el asunto con la misma vehemencia (modo ironía) con la que lo ha hecho en Andalucía con el tema de los ERE, el fondo de reptiles y las corruptelas en la Junta. Ytambién ese día, uno de los muchos Pere (léase Pera) que tiene CIU afirmaba que “últimamente el PP no está dando mucho ejemplo de comportamiento limpio”. Como si la coalición que sustenta a Mas estuviera ahora para dar lecciones de pulcritud con el caso Palau, el caso Pallerols o el de las ITV y los Pujol.

Así que ahí encontré la explicación a mi irrefrenable sensación de tener una cara de gilipollas comola Mezquitade grande. Porque verán, uno conoce sus limitaciones, no es un premio Nobel, ni ha descubierto nada y ni siquiera es bueno haciendo ningún deporte, pero de ahí a asumir que uno es gilipollas va un trecho.

Sin embargo, por mucho que me empeñe en lo contrario, con esto de la corrupción y los pactos de transparencia parece que nuestros gobernantes y aspirantes al mando parece que sí nos han visto a todos cara de gilipollas. Lo de Bárcenas es una vergüenza, un escándalo, una golfería que debe costar cabezas. Lo es tanto como los ERE, como lo de Cataluña, como lo del yerno del Rey, como los de las decenas de alcaldes y concejales enmarronados en el ladrillo, como lo de los cientos de cargos públicos puestos a dedo, como lo de la financiación de los partidos con fondos municipales… Somos víctimas de unos partidos que se han apropiado de nuestra democracia y nos consideran a todos gilipollas maleables a su gusto y conveniencia. Mi duda es si no estaremos cayendo nosotros en su juego o debemos levantarnos ya hartos y mandarlos un poquito lejos. A su conciencia lo dejo. Decida quién es el gilipollas es usted o lo son ellos. Yo lo tengo claro

El sillón de Mas

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 12 de septiembre de 2012 a las 13:06

Nunca me ha gustado Artur Mas. Lo reconozco. Siempre he visto en él la imagen del político arribista, del hombre capaz de cualquier cosa con tal de llegar al poder. Al lado de Jordi Pujol, a quien considero uno de los políticos clave para entender la España actual, Mas me parece de una mediocridad insultante. Siempre he pensado en él con la imagen del niño rico mimado, ése que lloraba y pataleaba en el patio del colegio cuando no le pasaban la pelota. Ése que siempre llevaba las zapatillas de última generación aunque fuese el peor del mundo haciendo deporte. El típico niño que se llevaba el balón si no se hacían las cosas como él quería. Lo ocurrido estos días refuerza mi impresión.

Ayer vimos una impresionante demostración de fuerza del nacionalismo catalán, un sentimiento que existe desde siempre en un pueblo cuya tradición cultural e histórica es innegable. No seré yo quien censure a aquellos que defienden pacíficamente sus ideales. Es más, hace mucho que considero que debemos empezar a reconsiderar seriamente muchas de las aristas de nuestra estructura estatal. La manifestación de ayer con motivo de la Diada y el más que probable arrollador triunfo del nacionalismo en las próximas elecciones del País Vasco así lo reflejan. España es un país diverso, multicolor y multicultural y es posible que sea hora de ahondar en esa diversidad, aunque a título individual podamos pensar que una independencia de Cataluña o el País Vasco en estos tiempos de globalización carezca de sentido.

Volviendo al inefable Artur Mas, creo que ayer dio una nueva muestra de su mediocridad como gobernante y su cobardía como político. Es cierto que Artur se ha encontrado Cataluña hecha un solar después de los tripartitos de izquierdas de Maragall y Montilla. Las deudas le acosan y no puede pagar muchos de los servicios básicos -muchos otros no tan básicos- de los que se dotó Cataluña en la época de vacas gordas. Y como el examen de gestión a afrontar es muy gordo y no hemos estudiado, el presidente catalán -insisto en que sólo considero president a Pujol- ha reaccionado como el niño malcriado que es, pataleando y azuzando fantasmas de ruptura que ni él mismo es capaz de medir. Porque, si bien es cierto que en Cataluña hay un sentimiento nacional no lo es menos que Mas no habría tenido la ocurrencia de echar leña a las brasas independentistas si papá Estado le hubiera dado todo lo que quiere. Si el Gobierno de Madrid se hubiera plegado ante sus demandas y le hubiera dado el rescate sin pedir nada a cambio o le otorgase su famosa independencia fiscal haciendo palmas con las orejas tengo bien claro que Artur no se habría echado al monte.
Le pasa a Mas lo que a los pésimos gobernantes que dirigieron Europa en la crisis del 29, el miedo ante la situación lo ha paralizado y le impide ver más allá de los árboles. Aventar radicalismos en esta época no puede llevar más que a incrementar las tensiones, la persecución del que es diferente y la insumisión del que se considera perseguido. A la propia CiU este coqueteo indecoroso le puede pasar una enorme factura si Madrid cede ante sus objetivos a cambio de que dé pasos hacia atrás en su desafío. Esa hipótesis sería vista como una traición a los cientos de miles de personas que ayer recorrieron Barcelona creyéndose de veras que el Gobierno catalán está dispuesto a llegar al final de su órdago. Ese escenario asomaría aún más a los convergentes al abismo.

Tensión, desafío, ruptura y miedo. Miserias de unos políticos mediocres y rastreros. Mas reta al Estado español y lo hace del modo más cobarde posible. Llama a manifestarse y luego se esconde para no encabezar la marcha. Hay que ser irresponsable y, si se me permite, cobarde para actuar así. Y todo por un sillón.