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Recuerden Múnich, recuerden Madrid

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 15 de septiembre de 2013 a las 12:05

Que las cosas no van nada bien en este país es algo que todos tenemos claro. Decir que el paro, la corrupción y la desesperanza son ahora mismo las tres palabras de moda -trending topic en terminología tuitera- no es hacer una afirmación propia de sesudos pensadores. Que los ciudadanos estamos hasta los pelos del sombrajo de aguantar impresentables y golfos tampoco es afirmar nada realmente sorprendente. Y eso aunque algunos, y no sólo los miembros del Gobierno, comiencen a ver ciertos síntomas de mejora en el horizonte económico. (La verdad es que viendo este fin de semana cómo han estado las calles de la ciudad con el Vía Crucis decir lo contrario suena difícil). Sin embargo, pese a todo esto siempre hay un tonto o aspirante a serlo que se empeña en hacer las cosas aún peor o más difíciles. Siempre está el típico graciosillo que por llamar la atención hace la última trastada y provoca que la ira general se desate. Y, claro, eso trae consecuencias. 

La cadena humana que ha recorrido este miércoles Cataluña en reclamación de la independencia es un síntoma más de que siempre se puede poner el tema peor. En absoluto estoy de acuerdo con la reclamación separatista de nuestros hermanos catalanes, pero defiendo la posibilidad de que ellos puedan reclamarla en la cale. Aunque lo hagan engañados por un majadero cuya única obsesión es mantener caliente el sillón de mando y que estaría dispuesto a bajarse los pantalones hasta los tobillos si desde Madrid le diesen algo más de dinerito. (A modo de paréntesis, me parecen muy desafortunadas las palabras de nuestra recién estrenada Susana sobre este tema). A lo que iba: los catalanes piden ser un Estado independiente y, aunque no lo comparto defiendo su derecho democrático a reclamarlo. Y lo hago porque me da un miedo terrible ver cómo se está poniendo la cosa. 

El miércoles por la tarde, un grupo de aproximadamente una docena de individuos con las meninges seriamente perjudicadas irrumpió en una librería de Madrid para boicotear el acto que allí se celebraba en conmemoración de la Diada. Se lió parda y menos mal que los allí presentes se aguantaron y dejaron que estos muchachos de polos tan ceñidos que les quitan el oxígeno del cerebro gritasen sus cánticos y menearan un par de banderas. Me parece tremendo lo que pasó, me asusta sobremanera, pero lo entiendo. 

Lo entiendo y no lo comparto porque estos botarates que tenemos en algunos puestos de responsabilidad están llevando a una parte de este país hacia un agujero que, con perdón, acojona. Los discursos salvapatrias de unos y las soflamas independentistas de otros provocan el ascenso y la irrupción de fenómenos como los del miércoles. Recuerden ustedes Múnich, recuerden ustedes Madrid. Padecemos una clase de dirigentes que, además de ser lamentables en muchos casos, son unos irresponsables mayúsculos. Creer que el nacionalismo, la exclusión y la visceralidad son elementos válidos para el debate es propio de quien es incapaz de articular discursos propios. Y excitar el odio de las masas es muy peligroso. Recuerden Múnich, recuerden Madrid.

El sillón de Mas

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 12 de septiembre de 2012 a las 13:06

Nunca me ha gustado Artur Mas. Lo reconozco. Siempre he visto en él la imagen del político arribista, del hombre capaz de cualquier cosa con tal de llegar al poder. Al lado de Jordi Pujol, a quien considero uno de los políticos clave para entender la España actual, Mas me parece de una mediocridad insultante. Siempre he pensado en él con la imagen del niño rico mimado, ése que lloraba y pataleaba en el patio del colegio cuando no le pasaban la pelota. Ése que siempre llevaba las zapatillas de última generación aunque fuese el peor del mundo haciendo deporte. El típico niño que se llevaba el balón si no se hacían las cosas como él quería. Lo ocurrido estos días refuerza mi impresión.

Ayer vimos una impresionante demostración de fuerza del nacionalismo catalán, un sentimiento que existe desde siempre en un pueblo cuya tradición cultural e histórica es innegable. No seré yo quien censure a aquellos que defienden pacíficamente sus ideales. Es más, hace mucho que considero que debemos empezar a reconsiderar seriamente muchas de las aristas de nuestra estructura estatal. La manifestación de ayer con motivo de la Diada y el más que probable arrollador triunfo del nacionalismo en las próximas elecciones del País Vasco así lo reflejan. España es un país diverso, multicolor y multicultural y es posible que sea hora de ahondar en esa diversidad, aunque a título individual podamos pensar que una independencia de Cataluña o el País Vasco en estos tiempos de globalización carezca de sentido.

Volviendo al inefable Artur Mas, creo que ayer dio una nueva muestra de su mediocridad como gobernante y su cobardía como político. Es cierto que Artur se ha encontrado Cataluña hecha un solar después de los tripartitos de izquierdas de Maragall y Montilla. Las deudas le acosan y no puede pagar muchos de los servicios básicos -muchos otros no tan básicos- de los que se dotó Cataluña en la época de vacas gordas. Y como el examen de gestión a afrontar es muy gordo y no hemos estudiado, el presidente catalán -insisto en que sólo considero president a Pujol- ha reaccionado como el niño malcriado que es, pataleando y azuzando fantasmas de ruptura que ni él mismo es capaz de medir. Porque, si bien es cierto que en Cataluña hay un sentimiento nacional no lo es menos que Mas no habría tenido la ocurrencia de echar leña a las brasas independentistas si papá Estado le hubiera dado todo lo que quiere. Si el Gobierno de Madrid se hubiera plegado ante sus demandas y le hubiera dado el rescate sin pedir nada a cambio o le otorgase su famosa independencia fiscal haciendo palmas con las orejas tengo bien claro que Artur no se habría echado al monte.
Le pasa a Mas lo que a los pésimos gobernantes que dirigieron Europa en la crisis del 29, el miedo ante la situación lo ha paralizado y le impide ver más allá de los árboles. Aventar radicalismos en esta época no puede llevar más que a incrementar las tensiones, la persecución del que es diferente y la insumisión del que se considera perseguido. A la propia CiU este coqueteo indecoroso le puede pasar una enorme factura si Madrid cede ante sus objetivos a cambio de que dé pasos hacia atrás en su desafío. Esa hipótesis sería vista como una traición a los cientos de miles de personas que ayer recorrieron Barcelona creyéndose de veras que el Gobierno catalán está dispuesto a llegar al final de su órdago. Ese escenario asomaría aún más a los convergentes al abismo.

Tensión, desafío, ruptura y miedo. Miserias de unos políticos mediocres y rastreros. Mas reta al Estado español y lo hace del modo más cobarde posible. Llama a manifestarse y luego se esconde para no encabezar la marcha. Hay que ser irresponsable y, si se me permite, cobarde para actuar así. Y todo por un sillón.