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Un minuto

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 22 de noviembre de 2015 a las 6:54

Hay ocasiones en las que la sorpresa por algún acto inesperado te deja seco y sin capacidad de reacción. Son esos momentos en los que alguien dice o hace algo que se sale del guión, te coge fuera de juego y te obliga a reaccionar sobre la marcha de una manera en absoluto prevista. Eso dice Isabel Ambrosio que es lo que le pasó el lunes cuando la concejala de Podemos Victoria López promovió secundar un minuto de silencio por las víctimas de los bombardeos franceses sobre Raqqa. Fue justo después de permanecer cinco minutos callados como homenaje a las 130 víctimas mortales de los atentados del 13-N en París. Fue un acto impresentable, un gesto que requiere toda la reprobación posible.

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Isabel Ambrosio preside el minuto de silencio por las víctimas de los bombardeos franceses en Raqqa junto a los ediles de PSOE, IU y Ganemos.

Victoria López, una de las ediles más duras de la línea Podemos, anda encantada con su acción. Empeñada en explicarnos que lo que pasó en París y lo que ocurrió en la ciudad siria en la que el Estado Islámico tiene su capital es lo mismo. Y no, no lo es. No lo es porque en París se asesinó a sangre fría a 130 personas cuyo único pecado era haber quedado con amigos para pasarlo bien. No lo es porque quienes blandieron fusiles y bombas lo hicieron a sabiendas de que iban a causar el máximo dolor y querían causar el mayor de los destrozos. Victoria López y sus compañeros ponen en el mismo lugar a unas víctimas y a otras, y eso no es así. Es más, su actitud es una falta de respeto sin precedentes en un país en el que de terrorismo sabemos mucho. Claro que igual a la edil de Ganemos el recuerdo de ETA y sus barbaries se le haya borrado ya.

La reacción de Ganemos, IU y PSOE ante ese improvisado minuto de silencio pone sobre la mesa esa tendencia que tiene una parte de la izquierda española instalada en el buenismo y en la equidistancia ante cualquier tipo de violencia. Es esa forma de pensar en la que siempre se justifican las acciones del uno porque algo habrá hecho el otro. Es ese complejo que surge del pánico a tomar una posición clara en un asunto concreto. Lo de París está mal, pero también lo de Siria porque así no se arreglan los problemas. La violencia genera más violencia, vienen a decir ignorando que en una guerra como la que vive occidente contra el Daesh o te defiendes o te matan. Es el equilibrismo político y, con todos los respetos, cobarde que practican sobre todo en IU y Podemos. Como si a los animales que actuaron en París o en Bamako, o que matan a todo el que no piensa como ellos en Oriente Próximo, se les pudiera convencer con palabras. Alguien debería decirles que en el mundo hay buenos y malos. La vida es así.

Y luego está lo de la alcaldesa y el PSOE. El bochorno de ver a un partido que lo ha sido todo en el gobierno de este país haciendo el ridículo de esta manera. La sorpresa de ver a unos concejales romper el discurso de su partido en Europa, España y Andalucía para no enfadar a quienes les mantienen en los sillones de Capitulares. La indignación de ver a la principal autoridad de la ciudad poniendo a los cordobeses en el punto de mira de la mofa general. Hay cosas, alcaldesa, que no tienen sentido por mucho que se utilice la retórica para explicarlas. Párese un minuto solo a pensarlo.

Víctimas

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 27 de octubre de 2013 a las 10:30

En la lucha contra ETA siempre han perdido los mismos: las víctimas. Y lo han hecho en innumerables ocasiones. La primera vez, cuando recibieron la llamada para saber que su familiar había muerto. La segunda, cuando tuvieron que andar mendigando por despachos las ayudas que en justicia les correspondían. La tercera, cada vez que veían en la tele o leían en los periódicos que los amigos de los de las pistolas utilizaban el sistema al que asesinaban como medio para tener voz democrática. La cuarta, cuando se convirtieron en instrumento electoral en manos de unos y otros. La quinta… La última, este pasado lunes, cuando un tribunal de derechos humanos ha otorgado a las bestias que asesinaron a los suyos la consideración que a ellos les arrancaron sin misericordia un día de infausto recuerdo.

En el terrorismo sólo las víctimas pierden y sólo ellas saben, cuando pasan los años y las aguas se apaciguan, cómo es el dolor de la ausencia y el vacío de la soledad. De eso no saben en Estrasburgo, ni deben saberlo. El fallo de esta semana es jurídicamente impecable por mucho que nos duela. Tan impecable como previsible, por mucho que el PP haga hoy el paripé y marche en Madrid junto a quienes deben caminar arropados siempre por todos los que tenemos corazón. Porque la doctrina Parot, tengámoslo claro, no nació para amparar a las víctimas sino porque en un momento dado, cuando ETA daba boqueadas asfixiada por el acoso policial, el asco ciudadano y el rechazo internacional, se vio que condenar a los más sangrientos de la banda a pudrirse en la cárcel unos años más era bueno para lograr que los asesinos  rindiera sus armas. Por eso nació esta doctrina, aunque luego se haya camuflado con discursos diferentes y palabras rimbombantes. Y por eso mismo ha caído, porque ETA está vencida y la dureza de hace unos años ya no es necesaria ahora. Así de claro. Quienes articularon esta ingeniería jurídica lo sabían; sabían que parían algo con fecha de caducidad. Pero entonces interesaba hacerlo y ahora interesa dejarlo caer. Aunque sea inmoral, aunque nos parta el alma. Precisamente porque es legal y eso es lo que nos diferencia de las bestias.

Hoy salen las víctimas a la calle a gritar su desesperación y su rabia. Y lo hacen con todo el sentido. Las víctimas de 40 años de salvajismo, pero especialmente las de los primeros años, las de los 70 y 80. Las víctimas que se revuelven hoy al ver salir de la cárcel a los asesinos de los años de plomo. Aquellos que les robaron la vida en una época en la que poco o nada se hacía en favor de quienes sufrían el golpe terrorista. Aquellas familias en las que el golpe etarra era una estigma social porque aún había quien decía que algo habrían hecho los caían víctimas de las balas y las bombas. Esas víctimas a las que hasta principios de los 90 no se les dio el trato que merecían. Ésas que han tardado casi 40 años en tener un estatuto especial. Ésas que son víctimas además de los complejos de un Estado al que le sonroja obligar a los animales a cumplir el máximo de sus penas; víctimas de los complejos de unos políticos miopes y acobardados. Son las víctimas de un país y merecen respeto, reconocimiento y admiración. Y menos palabras huecas.

Desahucio cerebral

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 31 de marzo de 2013 a las 9:10

 

LA derecha de este país tiene un serio problema que debería hacerse mirar. Cada vez que las cosas se le tuercen o no les salen todo lo bien que querrían, los líderes populares sacan el fantasma de ETA a pasear para acallar críticas y distraer la atención. Como el partido político sin duda más castigado y amenazado por el terrorismo, los populares tienen derecho, como víctimas que han sido y son, a recordarnos cuán mal lo han pasado durante muchos años y exigirnos que no seamos débiles de memoria. Y tienen razón. Nadie debe olvidar el daño que unos obtusos cerebrales le han hecho a este país. Sin embargo, de ahí a patrimonializar determinadas cuestiones va un mundo. Ya se vio con la vergonzosa actitud tras el 11-M, que debería azorar el rostro de más de uno, y comienza a verse ahora con el tema de los llamados escraches por parte de miembros de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca. 

Vaya por delante que creo que todo acoso y persecución personal me parece lamentable, intimidatorio y mafioso. Sobre todo en un sistema democrático como el nuestro, en el que los cargos públicos de los partidos son poco más que marionetas al albur de las decisiones que tomen sus direcciones políticas. Es por eso que creo un error tremendo perseguir a un diputado, concejal o medio pensionista de la cosa pública para exigirle la rápida tramitación de la ILP a favor de la dación en pago. Me parece tan vergonzosa esta actitud como la que se practicó contra los cargos de la Junta hace bien poco aquí en Andalucía y de la que, por cierto, no se escucharon voces en contra desde la bancada popular. Eso también era escrache, aunque sin la cosa esta léxica que se gastan los argentinos -que para eso son argentinos. 

Y va todo esto porque la delegada del Gobierno en Madrid, Cristina Cifuentes, ya ha lanzado la primera piedra para considerar a los que participan en estas manifestaciones como seguidores de las actitudes de los etarras y su entorno. Vamos, como accionista de la kale borroka. Cifuentes abrió la veda, le siguieron algunos de los suyos y la dirección de la Policía lo ha mejorado al ordenar a los agentes que se identifique a cuantos participen en estos actos. Creo realmente una aberración esta similitud, esta persecución y este argumentario. Creo que el terrorismo ha sido, y lamentablemente aún es, un problema tan grave que asimilarlo a otro tipo de protestas no hace más que calificar humanamente a quien así piensa. Y seguro que será una estrategia premeditada. 

Vivimos una época triste en muchos sentidos. Carecemos de líderes, no tenemos un Gobierno fuerte y creíble, de la oposición lo mejor que podemos decir es que se supone que existe, los movimientos sociales surgen y desaparecen a la velocidad del rayo y tenemos una banca que penaliza a quien deja sin casa de un modo inmoral, indigno y muy perseguible. Estamos desnortados, pero de ahí a que estemos mentalmente desahuciados va un trecho. Y eso por mucho que unos ladren y otros mujan, señora Cifuentes.

Merecemos la paz

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 23 de octubre de 2011 a las 10:05

Han sido tantos años esperando que ahora uno siente una especie de vacío interior, una mezcla de sentimientos contrapuestos difícil de explicar. ETA deja por fin de matar, abandona su carrera de violencia y se compromete a un cese definitivo de sus acciones armadas tras medio siglo de locura que ha costado más de 800 vidas. Los terroristas dejan de asesinar porque ven un nuevo tiempo en Euskadi y porque en un paripé sin nombre algún que otro destacado miembro de la comunidad internacional les ha prestado su mano. En realidad, la banda oculta tras su habitual verborrea una debilidad extrema que le ha llevado a quedarse casi sin pistoleros, sin dinero con el que financiar sus canalladas y sin el respaldo social del que antaño disfrutó. ETA está vencida, lo sabe e intenta dejar de existir de la forma menos humillante posible. Ésa es la verdad. Ésa y que hay unas elecciones el próximo 20 de noviembre en las que la cosa pinta bien para su marca política si el eco de las balas deja de retumbar. Lo ha dicho claro Felipe González, el hombre que con más sentido común ha hablado estos días y el primero en recordar que las campanas no se deben tirar al vuelo todavía: “Estamos en víspera de elecciones y eso no se debe olvidar”.

Pero pese a todo ello, debemos estar contentos. Más que eso, debemos estar felices. Las armas han dejado de ser una forma de diálogo y ahora toca que las palabras y los gestos abran la senda de la normalidad. Palabras y gestos que deben partir, antes que nada, de la propia ETA. Palabras como perdón o arrepentimiento y gestos como el de entregar las armas y quitarse los pasamontañas. Palabras como Justicia: la que deben afrontar todos aquellos que tengan las manos manchadas de sangre. Gestos como el de permitir que aquellos que no defienden la exclusión y el nacionalismo extremo puedan defender sus ideas sin necesidad de escoltas ni salvavidas. Luego será el Estado el que tenga que modificar posiciones. Desde la consciencia de que es mejor ceder en algunas cuestiones que vivir con miedo a las bombas. Con la exigencia a sus dirigentes de tener altura de miras, condición de estadistas y generosidad política. Sin concesiones inasumibles, pero con cambios plausibles. Es hora de afrontar un tiempo nuevo, de reparar el daño que han sufrido miles de familias, de reconocer su sufrimiento y de acompañarlos en un camino que, más que nadie, ellos van a sobrellevar con el dolor de la ausencia. Sin régimen de igualdad: unos han sido asesinados y otros se han dedicado a matar.

Este país se merece la paz, la quiere, y no hay justificación posible para permitir que vuelvan a silbar las balas. Llegó la hora de mirar al futuro. Con cautela, pero con optismismo. Aprovechemos la oportunidad, nos lo merecemos.