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El paraíso de Artur

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 1 de noviembre de 2015 a las 7:18

Artur Mas va por ahí diciendo que él quiere una Cataluña libre. Una república en la que todos los catalanes sean felices. Una especie de nirvana nacionalista en el que habrá paz, amor y fraternidad por doquier sólo por portar la estelada. La república catalana será un lugar idílico en el que no habrá pobreza, ni hambre, ni desigualdades. Un paraíso terrenal en el que los niños y las niñas serán más listos, más guapos y más altos. El Estado catalán acabará con todos los problemas de sus habitantes sólo con su declaración de independencia. Será la octava maravilla del mundo y los inversores acudirán raudos a la carrera para dejarse los cuartos en él porque sus leyes serán las mejores, sus trabajadores los más preparados y su presidente el más magnánimo habido en la historia.

Artur Mas, a su llegada al TSJC para declarar por la convocatoria del referéndum nacionalista del 9-N de 2014.En su afán por darle a los catalanes ese paraíso terrenal a Artur Mas le han salido unos enemigos muy malos en Madrid y en el resto del país. Son unos hombres malos, insolidarios, que se comen a los niños por las noches. Son personas sin corazón que esquilman a los catalanes, se llevan su dinero, arruinan sus fábricas y despiden a sus empleados. Son los culpables de que sus farmacéuticos no cobren por las medicinas que recetan sus médicos. Son quienes hacen que su sanidad, la mejor, la más vanguardista, tenga problemas para atender a los enfermos y, incluso, hasta ponga en riesgo a algunos pacientes. Son la encarnación del mal, representan la corrupción más institucionalizada.

En el mundo ideal que va a crear Artur Mas no existen comisionistas del 3%, ni financiación extraña en los palaus de la música, ni es necesario llevarse cientos de millones a Andorra, Belice o sabe Dios dónde porque allí todo estará bien. El paraíso catalán no tendrá impuestos que den de comer a los vagos de los andaluces, ni tasas que sirvan para hacer carreteras a esos subdesarrollados extremeños. En el walhalla independiente las autopistas serán gratuitas, los trenes llegarán a su hora y los escritores, músicos e investigadores que allí trabajen recibirán todos los años el premio Nobel correspondiente.

En el paraíso de Artur Mas se venerará la visión comprometida y anticipada a su tiempo de Jordi Pujol y no será necesario cumplir las leyes porque desde la CUP se encargarán de que no haya ningún tipo de limitación al libre albedrío. Tampoco habrá en esta tierra diferencias entre ricos y pobres pues todos serán compañeros en la tarea común de hacer un Estado feliz. Por supuesto, en la república de la estelada sólo habrá un presidente, será eterno, no estará sujeto a urnas ni campañas y será venerado por sus compatriotas como su libertador. Como San Martín, como Bolívar, como Mandela, como el mejor y más fiel heredero de Gandhi.

Así es el mundo de Artur Mas. Bonito, idílico, maravilloso, espléndido, opulento, suntuoso, desprendido, soberbio. Lástima que no haya llegado aún nadie capaz de desmontar el mito, nadie inteligente y desprendido que libere los ojos de ese pueblo cautivo para que a su alrededor vean la verdad que les rodea. Una verdad miserable, como la de quien aventa íntimas pasiones para ocultar que su incapacidad, su ignorancia, su mezquindad, su egoísmo y su falta de inteligencia han colocado en el abismo a un territorio fértil, laborioso, ejemplar y magníficamente dotado. Una verdad que, como todas las ligadas al nacionalismo mal entendido, sólo tiene un desastroso final posible. Como tantas veces se ha visto ya en tantos rincones del mundo. Y todo ello por el apego enfermizo a una poltrona. No hay otro motivo.

Pervertir el 15-M

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 15 de junio de 2011 a las 18:35

Los lamentables acontecimientos que están teniendo lugar hoy en Barcelona protagonizados por supuestos integrantes del movimiento de los indignados suponen la prostitución de una idea. Así de claro. Si entre el 15 de mayo y el pasado día 10 había algo que estaba claro era que el espíritu de las protestas surgidas del clamor de la calle contra los políticos era un espíritu pacífico, positivo, crítico pero civilizado. Lo que está ocurriendo hoy en la capital catalana, lo que le pasó el otro día a Ruiz Gallardón en Madrid o lo que le ha ocurrido a Cayo Lara también en la capital de España resta credibilidad a este movimiento. (Claro que Cayo Lara podría haberse ahorrado el paseo y la búsqueda del rédito electoral). Entramos en una espiral de violencia impresentable y comienza el reto al sistema democrático que hemos elegido.

Lo que ocurre hoy ya tuvo un triste prólogo el sábado pasado durante la constitución de los ayuntamientos, cuando grupos de supuestos indignados atosigaron a las puertas de los consistorios no sólo a los políticos que allí acudían a tomar posesión de sus actas de concejales, sino también a los invitados que fuimos a presenciar la investidura del nuevo alcalde. Y digo fuimos porque yo mismo fui regalado con unas bonitas frases para el recuerdo al abandonar el edificio de Capitulares. Supongo que mi delito fue llevar corbata, trabajar en un periódico bastantes más horas de las que me gustaría y cumplir con mi labor de representación institucional. Eso da derecho a que me consideren un chorizo, un señorito y un representante del capitalismo más furibundo. En fin, que le vamos a hacer seré un chorizo.

Los impulsores del movimiento 15-M se han apresurado a desmarcarse de todas estas acciones violentas, han reiterado que el espíritu de su protesta no es poner en juego el sistema democrático sino denunciar los vicios que éste tiene y tratar de cambiarlo desde dentro sin torpedear las instituciones que los españoles nos hemos dado. No pretende el 15-M desacreditar a aquellos representantes que los ciudadanos nos hemos dado libremente hace apenas un mes, sino modificar el sistema de elección para que los resultados de las urnas sean más democráticos, más amplios y más representativos. Estoy de acuerdo, apoyo la protesta, también considero que la ley electoral castiga en demasía el voto de algunos partidos y prima en exceso el de los otros. Respaldo sin dudas una protesta ciudadana que ha recordado mucho a ese mayo del 68 que desperezó al mundo de su estado de autosatisfacción. Ésa es la belleza de la democracia, la libertad en estado puro, la protesta cívica en defensa de los derechos.

Lo de hoy, lo del lunes con Gallardón o lo del sábado ante los ayuntamientos no es democracia, no es protesta ni es libertad. Lo de hoy es el vandalismo de cuatro macarras que, ocultos tras la máscara de un movimiento reivindicativo, están haciendo lo que mejor saben: el cafre. Y lo hacen ante el Parlamento catalán, igual que lo hacen cuando el Barça o el Madrid ganan una liga o cuando se juega un derbi provincial. Lo que estamos viendo es violencia sin sentido y un intento vergonzoso de hurtar la democracia. Y ante eso no cabe más que una firme defensa de las instituciones y de la representatividad parlamentaria. Está claro que el sistema tiene muchos defectos, pero estos no se arreglan a palos.