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Pensar o rematar córners

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 27 de enero de 2013 a las 9:34

Por el camino que vamos, esta crisis además de vaciarnos la cartera corre el riesgo de vaciarnos también el cerebro. Porque últimamente no hace uno más que escuchar frases felices y argumentos de peso para justificar lo injustificable o para arremeter contra todo. Los tiempos en los que para articular un discurso había quien incluso se paraba a pensar dos segundos antes de hablar parece que han quedado atrás y ahora lo que se impone es decir directamente lo que sale de las tripas sin previa deglución intelectual. Como los niños pequeños, que siempre dicen la verdad. O como los borrachos, que hacen lo mismo.

Escuchar a Miguel Arias Cañete decir que la reforma laboral está dando sus frutos el mismo día en el que se conocen los seis millones de parados que hay en este país revuelve las tripas casi tanto como ver a ese premio Nobel que es Willy Toledo desear la muerte del Rey “por lo hinchado que está y el pimple que se mete”. Dos argumentos estúpidos, bien es cierto que el segundo entra ya en la categoría de escasez mental. Será que el calor del desierto y las costumbres vitales han hecho mella. Tampoco se quedan atrás las descalificaciones de Pedro García al obispo y su supuesta homosexualidad. Ver a un cargo público haciendo el ridículo de semejante manera hasta sonroja. Y no porque diga que el obispo está agobiado en el armario, sino porque con esta afirmación echa por tierra todo el trabajo de crítica y socavamiento del arreón que el prelado le dio a las políticas de género. Vamos, que resulta que Demetrio Fernández no puede meterse con los gays sin atenerse a las consecuencias, pero Pedro García sí puede decir que el prelado es maricón. O, lo que es lo mismo, que los curas no pueden meterse con los homosexuales pero quienes dicen defender sus derechos sí pueden hacerlo con insinuaciones pueriles que estigmatizan al colectivo. Delirante.

Y es que la crisis parece que sí está haciendo efecto sobre nuestros castigados cerebros. Hemos pasado de utilizar lo que tenemos entre las orejas para pensar y ahora se prefiere la materia gris para rematar los córners o para tapársela con un sombrero. Al principio fue por no sentir tan duros los efectos de la crisis, ahora es porque tenemos reblandecida la corteza. Nos hemos acostumbrado peligrosamente a que quienes tienen mucho que decir sobre nuestra vida y nuestro futuro reflexionen antes de hablar lo mismo que un neonato. Somos víctimas de su diarrea mental. Y mientras tanto todo esto se va a pique.