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La encrucijada del turismo

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 18 de octubre de 2015 a las 7:24

A falta de que los expertos designados por el Ayuntamiento diseñen por quincuagésimo séptima vez el modelo de la Córdoba del futuro, nadie puede negar que el sector económico más importante de la ciudad es el turismo. La gallina de los huevos de oro da de comer a miles y miles de cordobeses, de manera legal e ilegal. Si convenimos que a la ciudad vienen cada año centenares de miles de turistas que dejan en la ciudad centenares de miles de euros, no podemos por menos creer que hay que tenerle el respeto que se merece al sector. Que en ocasiones parece que nuestros próceres políticos se avergüenzan de tener una ciudad que viva en gran medida de sus visitantes.

Sin embargo, el turismo padece en Córdoba el mismo problema que el resto de sectores económicos para posicionarse y definir su personalidad. Esta semana hemos tenido al primer teniente de alcalde, Pedro García, retomando un argumento del PP –vade retro Satanás– para destacar que la ciudad carece de la infraestructura hotelera necesaria y que los precios son muy elevados. Tiene razón García cuando afirma esto; tanta como puede tener el todavía presidente de Hostecor, Antonio Palacios, cuando le reprocha que “desconoce” la realidad del sector y le reclama que “se ponga a trabajar” para solucionar las carencias del mismo. Y es que a estas alturas del siglo XXI no tenemos Palacio de Congresos, no tenemos reciento ferial y no tenemos una programación adecuada que acabe con la estacionalidad y el turismo de fin de semana. Pero no es sólo cuestión de hacer las infraestructuras que están pendientes o diseñar una programación adecuada. Hay que hacer más.

Hostecor también debe tener un papel fundamental a la hora de impulsar el turismo, algo que en los últimos años no ha existido. Fagocitada por la omnipresente Confederación de Empresarios de Córdoba (CECO), la directiva de Palacios ha dinamitado casi todos los puentes para conseguir que el cisma interno derivara en la aparición de Córdoba Apetece. Mañana, los empresarios de este pujante sector económico cordobés tienen ante sí la oportunidad de decidir qué quieren hacer con su futuro.

Por un lado, Francisco de la Torre, representa aire nuevo y cierta bisoñez frente a una María Dolores Jiménez heredera de la directiva saliente y conocida por su larga trayectoria en cargos de representación en la ciudad. Sin valorar ni a uno ni a otro, lo que ambos deberían tener presente es que han de acabarse los personalismos y ese afán enfermizo por figurar. El sector turístico no puede dedicarse siempre a criticar y pedir, debe implicarse en el desarrollo de la ciudad, en la promoción y organización de eventos como la campaña de Navidad, la Semana Santa, el Mayo Festivo o el Festival de la Guitarra que tanto les benefician. Esa implicación ha de ser por la vía de la aportación porque los empresarios deben quitarse de la cabeza la idea de que poner dinero es gastar y han de pensar que el gasto es inversión y que si ésta está bien hecha da pingües beneficios.

Ya hace cuatro años las elecciones de Hostecor acabaron convertidas en un sainete. Esperemos que mañana, gane quien gane, se impongan la cordura, la profesionalidad y el rigor. Esto no consiste en que todos sean amiguitos sino en que sean capaces de sumar voluntades y poner los intereses de la ciudad por encima de los personales. Y no por altruismo sino porque la unión hace la fuerza y ésa es la que da beneficios y llena las cajas registradoras. Aunque parezca mentira decir esto en esta ciudad.

Qué rollazo de turismo

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 5 de abril de 2015 a las 8:22

Iba a empezar este artículo con una sucesión de ingeniosas entradas en redes sociales de personas que no son precisamente seguidoras de la Semana Santa. Estos días me he entretenido, además de en ver muchas procesiones –debo ser un vicioso, capillita, trasnochado, caduco, decimonónico– y beber alguna que otra cerveza –aquí que califique cada cual–, en leer muchos de esos comentarios que tras su apariencia jocosa denotan más de lo que dicen. Uno, que tiene la libertad de expresión por bandera –cosas del oficio– disfruta viendo estas cosas e imaginando a sus autores. Todos ellos, por supuesto, tan defensores del derecho ajeno al disfrute del ocio como del propio. ¿O no?

Lo reitero, soy un gran seguidor del ingenio crítico y creo que no hay nada más inteligente que la sátira como medio denuncia. Es por ello que me divierto igualmente cuando los mismos que ahora escriben critican en la Feria que hay quien sale de las casetas con vasos de plásticos que tiran al suelo –¡horror!– o rechazan  en la Noche Blanca los desgarradores gritos de los flamencos –¡no hay quien duerma!– o satanizan a los habituales de las terrazas veraniegas a eso de las taitantas –¡golfetes!–  o lamentan el estado en el que quedan las gradas de El Arcángel tras los partidos –¡comepipas!– o se fustigan con el ruido de los conciertos del Festival de la Guitarra pasada la medianoche –¡rockeros!_–. Y todo eso por no hablar del rastro de caramelos tras la Cabalgata de Reyes, de papelillos tras el Carnaval o de claveles tras las Cruces. Es nuestro carácter cordobés, siempre constructivo, en apoyo de lo propio y vigilante de mantener y promocionar la ciudad para que cada día sean más los que vengan y nos visiten. ¿O no?

Claro, que ahora caigo en que igual lo que tan insignes creadores quieren es que andemos por aquí siempre los mismos, vayamos a los mismos sitios y disfrutemos de las mismas cosas. Porque es que no hay quien soporte tanta gente metida en la calle, tantos bares vendiendo cervezas, tanta personas trabajando, tantos hoteles llenos, tantas carreras de taxi, tantas reservas en los restaurantes, tantas pipas vendidas, tantas sillas alquiladas, tantos bocatas envueltos….

Con lo bien que se está aquí en agosto, sin nadie que venga a molestarnos, sin colas, gritos ni prisas. Con las calles vacías toítas toas pa nosotros, las piscinas con el público justo y las terrazas con los parroquianos más selectos. Que esto de la Semana Santa es un sin parar que no le gusta a nadie, nada más que a los guarros que comen –comemos– pipas y ponen –ponemos– la calle echa unos zorros. (Conste que aquí va mi voto a favor de unas jornadas intensivas de civismo para todos impartidas en Sadeco).

Pero que no se preocupen los amantes de la calma y el silencio, que siempre les quedará la Junta, guardiana máxima de las esencias. Que, si para conseguir que haya paz hay que cerrar las oficinas de turismo para no hablarle a los turistas se hace y punto. Y al que venga a vernos que le den por saco, que ese seguro que no sabe que donde mejor se está es en casa.