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Educación

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 1 de diciembre de 2013 a las 9:26

Yo estudié en un sistema en el que había EGB, BUP y COU. Soy culpable de haber ido a un colegio concertado y que no fue mixto hasta primero de BUP. En mis tiempos, los libros tenían muchas letras y pocas fotos, pesaban lo suyo y nadie llevaba la maleta con ruedas so pena de ser tildado de blando en el mejor de los casos. Cuando yo iba al cole, porque nunca fui al instituto –soy culpable–, había que pegarle a los codos y estudiar de memoria muchas cosas. En clase había que estar callado, llegar a la hora y, a pesar de no vestir uniforme –vaya colegio de curas pensarán algunos– había que ir medianamente presentable. Recuerdo que a los maestro de EGB se les llamaba don Emilio, don Vicente, don Antonino o doña Elvira y que estaban capacitados para echarte de clase si dabas el coñazo o molestabas. Aquello era un problema gordo, y no porque te echaran de clase sino porque si te echaban de clase y se enteraban tus padres, que solían hacerlo, lo de enterarse digo, la bronca en casa era descomunal, el castigo asegurado y el cosqui más que probable. Así estudié yo y, salvo que me dio por hacer periodismo y dedicarme a emborronar hojas, no he tenido mayores traumas.

Ahora que soy padre y que llevo unos cuantos años viendo pasar becarios por el periódico observo atónito cómo el sistema educativo se ha convertido en una especie de chalaneo en el que otros padres llevan tarde al cole a sus hijos y no pasa nada; en el que te viene un chaval de la facultad que ha sido víctima –sí, victima– de la Logse y te sitúa Ponferrada en Almería, te pregunta quién es Moby Dick o te reduce a tres las provincias catalanas con cara retadora cuando le insinúas que son realmente cuatro. Ahora que soy padre y he tenido a muchos becarios en la redacción me quedo estupefacto cuando otros padres ponen en duda la autoridad del profesor o su preparación –aunque eso da para otro artículo– y los chavales que vienen al periódico en verano escriben con un número de faltas de ortografía y discordancias gramaticales que apabulla. Ahora que soy padre y he visto mucho aspirante a periodista pasar por mi despacho me quedo de una pieza cuando otros pasdres critican las tareas que llevan sus hijos mientras los apuntan a 250.327 actividades extraescolares que van de la música a la danza pasando por el inglés, el kárate y la pastelería, al tiempo que algunos jóvenes aspirantes a redactor desconocen cómo funciona nuestro sistema democrático, quienes acompañaron a Franco en el golpe del 36 o cuando arrancó la primera guerra mundial. Esa es la educación que veo ahora y me espanta.

Por eso, porque lo que yo quiero para mis hijos es lo mismo que usted me parece una vergüenza que este país lleve siete leyes educativas en apenas 35 años, que los políticos –muchos de ellos con niños en colegios concertados o privados– tengan la cara dura de reducir la educación a un problema de índole religioso mientras desarbolan al maestro, le pagan de pena y lo humillan públicamente. Una clase política que condena a su educación a vivir al albur de cuestiones ideológicas no me merece respeto alguno. Es más me asquea. Un país es su educación, en ella está su futuro. Y ese futuro no puede cambiar cada cuatro años. Ni siquiera porque algunos, de un lado y de otro, nos quieran dejar sin él.

La Educación, un bien de Estado

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 24 de marzo de 2013 a las 12:05

Desde hace 40 años, este país tiene un grave problema educativo: sus políticos. Desde que la democracia aterrizó en España, llevamos siete leyes educativas paridas para dar la mejor formación a nuestros hijos. De la lista de reyes godos y el “la letra con sangre entra” hemos pasado a los modelos coeducativos, no impositivos e integradores. De considerar al maestro una autoridad en lo suyo y respetarlo al máximo –recuerdo el miedo que daba llegar a casa con malas noticias del cole–, hemos pasado a tratarlo como a  un igual, a depauperar su labor y a no respetar en absoluto lo que hace. Nos ha ido tan bien con estas siete leyes que lideramos los informes de calidad educativa si los leemos de abajo arriba y tenemos una juventud –sobre todo la que fue víctima dela Logse– con unas carencias culturales que dan auténtico pavor.

En todos estos años, no ha habido una sola norma educativa que estuviese concebida para hacer el bien entre sus destinatarios –los estudiantes–, sino que hemos visto cómo un Gobierno tras otro modificaba la ley del anterior para imponer criterios poco formativos y muy adoctrinadores. Nuestros regidores no se han preocupado por tener una infancia y juventud formada en materias básicas –matemáticas, lengua, historia, ciencias, etc– si no en crear modelos a la imagen y semejanza de pequeños lobbies y localismos. (Excepción sea hecha del inglés, al que afortunadamente ya nos hemos incorporado). Da auténtica pena comprobar cómo los modelos educativos han caminado hacia el empobrecimiento cultural de nuestros chavales, cómo se han primado contenidos vernáculos en sustitución de aquellas materias que realmente nos hacen personas.

De la mano de estos cambios, le hemos perdido el respeto al maestro, al profesor. Hemos devaluado su profesión hasta el punto de que sea un refugio al que acudir cuando no se tiene media para otra cosa. Del profesor por vocación hemos pasado al enseñante-opositor que debe luchar contra unos padres insufribles, unos niños malcriados y unas carencias de base realmente estremecedoras. Hemos confundido el desarrollo tecnológico y la capacitación en nuevas herramientas con el olvido de las tradicionales. Nos hemos creído que se podía aprender sin estudiar y hemos caído en la vergonzosa paradoja de querer formar a niños permitiéndoles pasar de curso con un carro de asignaturas pendientes y sin conocer lo que es el esfuerzo ni el castigo a la vagancia.

Estamos hartos de escuchar a nuestros políticos decir que de esta crisis sólo se sale a través de la formación y la educación al tiempo que desmontaban el edificio común para imponer temas menores en los que prima la ideología por encima del bien común. Hemos creado la falsamente llamada generación mejor formada de la historia; una falacia en la que un exceso de titulitis convive en el Inem con una absoluta falta de formación. Tenemos miles de licenciados universitarios haciendo cola junto a sus coetáneos que dejaron los estudios en busca del ladrillo. Ésa es la dura realidad, fruto del egoísmo de quienes nos han gobernado. Siete leyes en 40 años para tener unos pésimos resultados. ¿Cuándo se darán cuenta estos de quela Educación es un bien de Estado?