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La Educación, un bien de Estado

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 24 de marzo de 2013 a las 12:05

Desde hace 40 años, este país tiene un grave problema educativo: sus políticos. Desde que la democracia aterrizó en España, llevamos siete leyes educativas paridas para dar la mejor formación a nuestros hijos. De la lista de reyes godos y el “la letra con sangre entra” hemos pasado a los modelos coeducativos, no impositivos e integradores. De considerar al maestro una autoridad en lo suyo y respetarlo al máximo –recuerdo el miedo que daba llegar a casa con malas noticias del cole–, hemos pasado a tratarlo como a  un igual, a depauperar su labor y a no respetar en absoluto lo que hace. Nos ha ido tan bien con estas siete leyes que lideramos los informes de calidad educativa si los leemos de abajo arriba y tenemos una juventud –sobre todo la que fue víctima dela Logse– con unas carencias culturales que dan auténtico pavor.

En todos estos años, no ha habido una sola norma educativa que estuviese concebida para hacer el bien entre sus destinatarios –los estudiantes–, sino que hemos visto cómo un Gobierno tras otro modificaba la ley del anterior para imponer criterios poco formativos y muy adoctrinadores. Nuestros regidores no se han preocupado por tener una infancia y juventud formada en materias básicas –matemáticas, lengua, historia, ciencias, etc– si no en crear modelos a la imagen y semejanza de pequeños lobbies y localismos. (Excepción sea hecha del inglés, al que afortunadamente ya nos hemos incorporado). Da auténtica pena comprobar cómo los modelos educativos han caminado hacia el empobrecimiento cultural de nuestros chavales, cómo se han primado contenidos vernáculos en sustitución de aquellas materias que realmente nos hacen personas.

De la mano de estos cambios, le hemos perdido el respeto al maestro, al profesor. Hemos devaluado su profesión hasta el punto de que sea un refugio al que acudir cuando no se tiene media para otra cosa. Del profesor por vocación hemos pasado al enseñante-opositor que debe luchar contra unos padres insufribles, unos niños malcriados y unas carencias de base realmente estremecedoras. Hemos confundido el desarrollo tecnológico y la capacitación en nuevas herramientas con el olvido de las tradicionales. Nos hemos creído que se podía aprender sin estudiar y hemos caído en la vergonzosa paradoja de querer formar a niños permitiéndoles pasar de curso con un carro de asignaturas pendientes y sin conocer lo que es el esfuerzo ni el castigo a la vagancia.

Estamos hartos de escuchar a nuestros políticos decir que de esta crisis sólo se sale a través de la formación y la educación al tiempo que desmontaban el edificio común para imponer temas menores en los que prima la ideología por encima del bien común. Hemos creado la falsamente llamada generación mejor formada de la historia; una falacia en la que un exceso de titulitis convive en el Inem con una absoluta falta de formación. Tenemos miles de licenciados universitarios haciendo cola junto a sus coetáneos que dejaron los estudios en busca del ladrillo. Ésa es la dura realidad, fruto del egoísmo de quienes nos han gobernado. Siete leyes en 40 años para tener unos pésimos resultados. ¿Cuándo se darán cuenta estos de quela Educación es un bien de Estado?