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Ocupación, diálogo y abandono

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 24 de abril de 2016 a las 10:22

Imagínese que está usted en su casa tranquilamente un mediodía. Ha llegado de trabajar y está con la familia descansando después de comer. En ese momento, escucha unos golpes fuertes en la parte baja de su bloque. Al principio no se alerta porque vive en zona de tráfico y no es la primera vez que ocurre. Sin embargo, los martillazos no cesan y usted decide asomarse a la venta para ver qué ocurre. Ante su sorpresa, ve que hay un grupo e individuos que, palanca en mano, están reventando los cerrojos de la vivienda vacía que tiene su bloque en el bajo y que al otro lado de la valla que protege l terraza del inmueble hay otro grupo de personas preparadas para empezar a pasar colchones con los que tomar posesión del lugar. Estupefacto llama usted a la Policía al tiempo que se prepara para bajar al patio del edificio y ver cómo puede parar este desastre junto al resto de los vecinos de la comunidad. La sensación que crece en su interior mezcla a partes iguales buenas dosis de indignación, nervios, miedo e incredulidad. No se explica cómo a plena luz del día, sin esconderse de las miradas de nadie, sea posible que haya  quien tenga la poca vergüenza de hacer lo que le están haciendo a usted. Impotencia.

Así estaba la cosa el martes a primera hora de la tarde en la urbanización Azahara. Esta es la historia de una ocupación de la que dio buena cuenta este periódico y que acabó cuando la Policía Nacional hizo “entrar en razón” a los asaltantes. A partir de ese momento hemos conocido que estos no son hechos aislados, sino que desde enero la cosa va in crescendo. En la urbanización Encinares de Alcolea llevan tiempo sufriendo el problema, que también se da en algunas casas de Encinarejo. Pero no es un fenómeno de barriadas periféricas. Tanto los administradores de fincas como los agentes inmobiliarios alertan de que hay muchos más casos por toda la ciudad. Desde enero, afirman, hay una especie de afecto llamada ante el que nadie hace nada. No es alarmismo, es la purita realidad. Además, este auge de las entradas ilegales poco o nada tiene que ver con familias que están sufriendo los efectos de la crisis. Vecinos y profesionales del sector inmobiliario denuncian que estamos ante la irrupción de mafias que mercadean con la necesidad de otros. Grupos organizados que subarriendan los pisos ocupados a quienes de verdad sí están pasándolo mal. Es la mercantilización de la pobreza. La cara más inhumana de la crisis.

A más ocupas, más inseguridad. Eso es indudable. Y no es una cuestión de clases. Vuelve a ser la realidad. A nadie le gusta que se le metan en el bloque personas que nada saben de civismo, de urbanidad, de vida en comunidad. Póngase en el pellejo de quien padece esta circunstancia. No es plato de gusto. Todos con los que este periódico ha hablado esta semana han dicho lo mismo: si son familias necesitadas no hay problema, pero si de lo que estamos tratando es de sinvergüenzas hablamos de otra cosa.

Y ante el crecimiento del fenómeno todo el mundo mira a la autoridad. La Policía, local y nacional, pide que se denuncie. Stop Desahucios se desvincula y también habla de la eclosión de mafias. Y el Ayuntamiento… se pone de perfil. La propia alcaldesa es la que, sorda a las denuncias de todos los implicados, insiste en el diálogo como vía para evitar este problema. Niega Isabel Ambrosio que haya mafias. Insiste en que hablando se entiende la gente y que hay que buscar vías pactadas para solucionar los problemas de quienes viven la precariedad. Vive la regidora ajena a las denuncias de vecinos y ONG. ¿Diálogo con quién?, se pueden preguntar los afectados. Personas, por otra parte, que hace tiempo que piden cariño y respaldo de un Consistorio que hace mutis por el foro y no aparece por las zonas afectadas. ¿Diálogo con quién?, se preguntan los ciudadanos. Con las mafias no se dialoga, se las combate. Esa es la postura que se le demanda al Consistorio. Una cosa es la ciudad amable y otra, muy distinta, la de la ceguera y el abandono ante los problemas. A veces hay que elevar el tono y ponerse serios. Gobernar es más que hacerse fotos. Pónganse ustedes en el caso, señores concejales.