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Los límites del caso Bretón

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 23 de junio de 2013 a las 9:14

Hablar del caso Bretón cuando uno está inmerso en el día a día de la información sobre su juicio no se antoja fácil. Tampoco lo es cuando aquel fatídico 8 de octubre en el que desaparecieron Ruth y José, uno también tenía dos hijos con los mismos 6 y 2 años de los pequeños Bretón Ortiz. Mantener un discurso informativo serio, mesurado y lo más aséptico posible se hace bastante cuesta arriba cuando se observan actitudes, miradas y comportamientos que no mueven precisamente a la duda y la compasión. Pero hay que hacerlo. Una cosa es el sentimiento personal, la duda más que razonable sobre lo que ocurrió aquel fatídico día, y otra muy distinta es la responsabilidad de trasladar al lector lo que ocurre en cada jornada de interrogatorio y desfile de testigos.

En este mismo lugar, hace justo una semana dije que muy probablemente sentiría vergüenza algún día al ver el trabajo de algunos (supuestos) periodistas. Puede sonar prepotente o sencillamente chulesco, pero visto lo visto lamento haber tenido razón. En estos cinco días de juicio que llevamos, hemos asistido a un espectáculo pseudopornográficotelevisivo en el que varias cadenas, sobre todo dos, se han dedicado a lanzar todo tipo de basura a la opinión pública sin ningún tipo de rubor. He asistido estupefacto a programas en los que no es que se acusase, es que se condenaba directamente y sin ningún tipo de rubor. He visto a tertulianos y todólogos sentar cátedra sobre ,los mayores desvaríos como si fuesen expertos grafólogos, psicólogos y todos los logos que se les ocurran. Me ha llamado poderosamente la atención ver al comisario encargado de la investigación ser parte de tertulias días antes de acudir a declarar a los juzgados. (Y vaya aquí mi reconocimiento más sincero a Serafín Castro, sin cuya persistencia y convicción no habríamos llegado hasta aquí). En definitiva, me ha estomagado lo que he visto, el periodismo menos formal, el del todo vale, aquel del que hablábamos hace una semana sobre su amor a la carroña y la sangre fácil.

Casos como el de Ruth y José, igual que el de Marta del Castillo, Mari Luz Cortés, Sandra Palo o las niñas de Alcásser son los que ponen a esta profesión ante el espejo. Nieves Herrero aún se arrepiente del espectáculo que montó en Alcásser hace ya unos cuantos años, igual que el ya desaparecido de las pantallas Pepe Navarro. Los sucesos, la información de tribunales son quizás la mejor cantera de periodistas que existe. Es el lugar de las fuentes, de los contactos, de vivir el pulso informativo al momento, de marcarle un gol al contrario. Yo he visto eso en las redacciones y lo he disfrutado como el que más.

Sin embargo, lo que hoy vemos es, en muchos casos, bazofia. Ver a una redactora acosar a la puerta de su casa a unos octogenarios abuelos que, muertos en vida, no pueden salir a la calle porque les ha tocado un hijo que nadie desearía es estomagante. El periodismo no es eso. Se puede contar igual lo que todos pensamos. Se puede decir igual lo que todos creemos. Si Bretón hizo lo que hizo –y cada vez lo dudamos menos– que se pudra en prisión. Pero no traspasemos los límites. Luego nos quejamos de cómo nos va.

 

La reflexión del juez

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 9 de septiembre de 2012 a las 10:00

Ayer se cumplieron once meses desde que desaparecieron Ruth y José Bretón Ortiz. Una marcha entre indignada y silenciosa recordó su ausencia por las calles de Córdoba, una ciudad aún impresionada por la crueldad que emana de los últimos informes y autos judiciales. Once meses después de aquel fatídico 8 de octubre, José Bretón sigue empeñando en intentar convencernos de que perdió a sus hijos mientras jugaban en el parque Cruz Conde. Enfrente, el juez Rodríguez Lainz mantiene con el mismo tesón que el padre de los pequeños es culpable de haber asesinado a sus dos hijos y después haberlos quemado en una hoguera en Las Quemadillas para hacer desaparecer sus restos. Lo tiene claro el togado, no se cree ni por asomo la versión del padre, al que condenan cuatro de los cinco informes técnicos que han analizado los restos hallados en la finca. El quinto, el primero en el orden cronológico, lo ha exonerado de culpa durante todo este tiempo. Era el texto dela Policía, para la que, sin embargo, el juez y la familia sólo tienen palabras de elogio tras la investigación realizada. Admiten que se cometió un gran fallo, pero no olvidan que de no ser por el tesón, los medios y las horas echadas por el equipo de investigación habría sido imposible mantener a Bretón a la sombra y llegar a lo que parece el final del camino. Conviene no olvidarlo antes de echar en cara errores o crear polémicas estériles.

En esta línea, de todo lo que se ha escrito sobre esta tragedia esta semana me quedo con la llamada de Rodríguez Lainz a la reflexión. El juez pide en su auto que se piense en los procedimientos policiales para evitar nuevas situaciones como la vivida estos meses, no sólo en lo policial, también en otro sentido. Como insinúa el togado, debemos reflexionar sobre el circo creado en estos meses alrededor de la tragedia de una familia. Sobre las horas y horas de televisión plenas de elucubraciones y teorías de los mas variados expertos en todología en las que se han dicho barbaridades. Sobre el negocio de la muerte y la casquería que se han montado algunos para lograr audiencia. Sobre el acoso a los familiares del supuesto asesino por parte de una sociedad y unos medios ansiosos de echar más leña al morbo. Ésa es la reflexión que hay que hacer.

Una sociedad madura no puede entregarse al espectáculo por mucho que éste deslumbre en las pantallas. Una sociedad seria no puede permitir este circo. José Bretón pasara toda su vida a la sombra si el jurado lo ve culpable de lo que supuestamente ha cometido. Deberíamos darnos por satisfechos con eso. Los tiempos en los que el César condenaba a muerte entre los gritos de la multitud quedaron atrás. Reflexionemos sobre ello para no convertir una tragedia en un espectáculo por la audiencia.

No tengo palabras

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 2 de septiembre de 2012 a las 9:14

Hay artículos que uno jamás querría escribir. Ocasiones en las que el ejercicio del periodismo se convierte en un reto especial por la magnitud de los hechos sobre los que uno está obligado a hablar. La más que probable demostración de que dos niños de 6 y 2 años pudieran arder en un crematorio casero a unos 800 grados centígrados es una de ellas. Expresar las sensaciones que le recorren a uno el cuerpo cuando asiste durante diez meses a la lucha de una familia por no enfrentarse a la abyección extrema del ser humano le mueve a uno inconscientemente a pensar insultos, frases duras y condenas nada legales contra el ser –es difícil decir humano– que un día decide llevarse por delante la vida de sus hijos de esta manera. Dos niños de 6 y 2 años, la misma edad que tenían mis hijos cuando Ruth y José se perdieron para siempre en las sombras d de la  ignominia.

Estos días me ha venido a la memoria una de las primeras labores que me tocó realizar en mis inicios profesionales. Fue la edición de la sentencia contra los asesinos de las niñas de Alcáser. Nunca se me ha olvidado la náusea que me recorrió el cuerpo al leer las aberraciones que unos salvajes cometieron sobre esas indefensas jóvenes. Recuerdo que estuve a punto de vomitar, conmovido por los hechos y porque la juventud aún no me había conducido a esa especie de callo emocional que esta profesión nos hace crecer alrededor de los sentimientos con el paso de los años. El mismo callo que esta sociedad tiene tras tantas noticias demoledoras en casos como el de Marta, Mariluz, Maddie, Yéremi o, ahora, Ruth y José. El ser humano es capaz de acostumbrarse a todo. Nos conmovemos, pero cada vez nos sorprendemos menos.

En estos días en los que las llamadas al periódico me daban noticia de nuevas y terribles revelaciones mientras disfrutaba (con perdón) del fin de las vacaciones con mis hijos ha habido tiempo para reflexionar sobre esta barbarie. Para comprobar que uno es incapaz ni por un segundo de comprender qué puede mover a una persona a semejante animalada; que no es posible entender qué recorre una mente en ese momento. Tampoco es posible, por mucho que lo diga nadie, imaginar qué siente Ruth Ortiz ahora, qué sensación de abismo interior debe padecer esa madre, cómo le es posible levantarse cada mañana. Una vez escribí aquí que un padre jamás debe sobrevivir a sus hijos; hoy lo creo más que nunca. Es por eso que no creo que éste sea momento ni lugar para hablar de condenas, culpabilidades ni causalidades. Creo que éste es el momento del silencio, de la reflexión, de intentar trasladar un hálito de esperanza a un corazón vacío. Descansen en paz Ruth y José. Y descanse también, si es posible, su madre. No tengo palabras.

Bretón, la Justicia y el escalofrío

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 7 de mayo de 2012 a las 18:53

 

El juez José Luis Rodríguez Lainz ha decretado esta mañana el procesamiento de José Bretón como presunto autor de dos delitos de detención ilegal, en la modalidad cualificada de menores y con el agravante de parentesco, y por simulación de delito. El juez ha decidido dar este paso justo la víspera de que se cumplan siete meses sin tener noticias de los pequeños Ruth y José Bretón Ortiz, a los que se vio por última vez el sábado 8 de octubre cuando salían de casa de sus abuelos. El padre de los pequeños mantiene desde ese día que los perdió en el parque Cruz Conde mientras jugaban y él se despistó. La investigación policial y la decisión del juez apuntan a que los hechos no ocurrieron así y José Bretón decidió, no se sabe cómo ni cuándo, hacer desaparecer a sus pequeños. Estos son los hechos puros y duros. Sin más aderezo que la frialdad que siente uno cuando los cuenta una letra detrás de otra.

 

 

Pero en estos siete meses ha habido mucho más. Ha habido imágenes que mostraban a un padre aparentemente frío ante la pérdida de sus pequeños. Hemos vivido el habitual trasiego de la información desde los inicios serios y respetuosos hasta el amarillismo vomitivo de los de siempre en busca del extremo más truculento y llamativo. Hemos asistido a la lucha de una madre que primero quiso  mantener su dolor en la intimidad hasta que terminó rompiendo  su odio e impotencia con una piedra contra una puerta harta de esperar una noticia que nunca se produce. Una madre que ha pasado de contar con que sus hijos estaban vivos a admitir públicamente ante la prisión en la que se encuentra su exmarido que éste es un monstruo, un asesino, que los ha matado y ha hecho desaparecer los cuerpos. Y, por último, nos ha dejado estupefactos un abogado que es capaz de defender que su cliente mienta “pues es el único en la causa que puede hacerlo”. Un letrado que ha jugado al gato y al ratón con según qué medios y que obviamente hace todo lo que puede para sacar a su defendido indemne de la cárcel.

Podríamos hablar del perfil que pintan de Bretón sus antiguos familiares, los presos que lo acompañan en Alcolea o los policías que lo interrogaron en los primeros días. Podríamos volver a arrojar dudas sobre una búsqueda policial que en siete meses no ha dado frutos y parece estancada una vez más. Podríamos dudar de si la familia Bretón sabe algo más de lo que dice, aunque ver a esos abuelos atosigados por exaltados no parece la mejor opción para que hablen. En fin, podríamos hacer tantas cosas…

Sin embargo, ahora que se cumplen siete meses sin Ruth y José sólo hay dos cosas que podemos decir con total propiedad. La primera es que los dos niños, a sus 6 y 2 años, continúan desaparecidos. Y la segunda, la más dura, es que el juez ya ha acusado formalmente a José Bretón de estar detrás de esa ausencia y de ser el responsable de la misma. Y, aun respetando la presunción de inocencia constitucional, esta acusación sostiene tal dureza tras la frialdad de sus términos que uno no puede por más que revolverse indignado. Ojalá todo sea un error, un juego macabro de venganza o la acción de unos desalmados. Ojalá sea así, porque de lo contrario a uno se le pasan tantas cosas por la cabeza que prefiere callarse aquí.  


Coraje de madre

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 9 de enero de 2012 a las 18:30

Era la primera vez en tres meses que hablaba ante las cámaras y se le notaron los nervios. Una mezcla de lo que imponen tantas cámaras y micrófonos y la necesidad de aguantar la ira y la rabia que la corroen por dentro. Pero Ruth Ortiz sacó fuerzas de flaqueza, recorrió los casi 300 kilómetros que separan Huelva de Córdoba y se plantó tras la pancarta que el domingo por la tarde exigía el regreso de sus hijos, Ruth y José, a sus brazos. Han pasado ya 90 días desde que su padre, José Bretón, denunció que los había perdido en el parque Cruz Conde un sábado por la tarde y Ruth parece que se ha cansado de esperar. Es de imaginar que en estas semanas, la madre de los dos pequeños, de 6 y 2 años, debe haber transitado por todos los estados de ánimo posibles. Desde la desesperación más absoluta, a la incomprensión por lo ocurrido pasando por la ira e impotencia que transmitía el domingo. Son demasiados días acostándose en el silencio del hogar, sin los ruidos ni los olores que dejan los hijos en casa; con el desasosiego que produce no saber qué estarán haciendo o dónde estarán metidos tus niños. Demasiado tiempo para aguantarse. Y explotó.

Ruth Ortiz explotó el domingo después de que en la visita que le realizó a la cárcel el 28 de diciembre, su marido le dijese que cuando aparezcan los pequeños va a luchar por su custodia. No me puedo imaginar lo que sintió esa madre al escuchar esta surrealista afirmación de labios de un hombre que lleva dos meses entre rejas porque el juez (y no sólo el juez) le considera responsable de la desaparición de los pequeños. Esperemos que sólo de la desaparición. ¿Qué debe pasar por la mente de José Bretón para decir semejantes chorradas cuando de lo que se trata es de que los niños regresen sanos y salvos? Supongo que algo de eso debió pensar Ruth cuando salió del penal de Alcolea, imagino que derrotada y rabiosa hasta decir basta. Hasta aquí hemos llegado.

Y se vino a Córdoba el domingo, haciendo de tripas corazón y arropada por decenas de familiares, amigos y ciudadanos anónimos que siguen concentrándose semana tras semana para que no se nos olvide que hay dos niños perdidos. Personas tan anónimas como las que cuelgan cada domingo que juega el Córdoba en casa una pancarta que en el fondo norte de El Arcángel que nos muestra los rostros de Ruth y José y exige su regreso. Ruth Ortiz aguantó el silencio de la concentración y después dijo lo que llevábamos meses pensando que diría: que su marido es el responsable de la desaparición de los niños; que estos no fueron al parque; que la familia de José Bretón sabe que éste miente pero no se atreve a decirlo, y que “lucharé por saber la verdad de lo que ocurrió el día de la desaparición”. Lo dijo con gesto serio, pero con el coraje y la rabia contenida de una madre a la que ya nada podrá parar. Lo dijo como usted o como yo lo haríamos y si nos encontráramos en la misma situación. Lo dijo como mensaje claro a su todavía marido, para que no se piense que va a parar jamás en su pelea, para que no se confíe, para que recapacite. Ojalá lo haga. Son ya demasiados meses.

Ocho días eternos

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 16 de octubre de 2011 a las 8:26

Ojalá cuando usted esté leyendo este artículo, armado con su café y sus churros o su tostada, la pesadilla que comenzó hace una semana haya terminado ya. Ojalá que Ruth y José Breton Ortiz hayan aparecido sanos y salvos y todo haya quedado en una mala pesadilla. Un sueño largo que haya durado ocho días y haya concluido con el regreso de los dos pequeños de seis y dos años a los brazos protectores de su madre. Ojalá un alma caritativa se los encuentre deambulando perdidos por ahí, ignorantes del revuelo que se ha montado con su desaparición. Eso es lo que todos deseamos: volver a salir con el coche por las mañanas para llevar a los niños al cole sin mirar inútilmente a nuestro alrededor para ver si damos con esos dos pequeños rostros. Y digo todos porque en estos días de estupefacción una marea de solidaridad y comprensión recorre la ciudad, se entristece cuando los presagios se vuelven oscuros y llora de rabia cuando algún desalmado hace correr el bulo de un regreso que luego se torna falso.

Todos somos padres. Todos intentamos imaginar lo que debe estar sufriendo esa familia con la prologada ausencia de sus niños. Ninguno podemos ni pensar qué haríamos si algo parecido pasase en nuestra casa. La angustia, el miedo, el pánico absoluto nos recorre sólo de imaginarnos en aquel parque el sábado pasado, con la mirada perdida entre los árboles y la ansiedad ganando nuestros cuerpos y nublando nuestras mentes. Sólo por eso, por ese escalofrío que transita helado por la espalda, hay que estar esta mañana en el Parque Cruz Conde apoyando, en silencio o a voz en cuello, el regreso de esos inocentes. Sin caer en el desaliento, sin rendirse ante las búsquedas infructuosas, sin ceder en la tentación de dudar de los investigadores y, sobre todo, sin perder la fe en un reencuentro cargado de sonrisas, lágrimas y abrazos eternos.

Lo ha dicho Esther Chaves, portavoz de Ruth Ortiz, la desconsolada y rota madre: “No hay que buscar culpables ni sospechosos, lo único que hay que hacer es encontrar a los niños. Tenemos la intuición o queremos tenerla de que alguien los tiene retenidos”. Ojalá sea así. Ahora lo importante es encontrar a Ruth y a José, intentar que quien se los haya llevado recapacite y tenga un instante de lucidez que lo devuelva a la realidad.

Son ya ocho días de noches eternas y días minúsculos. Ocho días de demasiado sufrimiento para una familia que espera en silencio noticias de sus pequeños.

¿Dónde estáis?

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 13 de octubre de 2011 a las 18:48

Han pasado ya cinco días desde que denunciaron vuestra desaparición en el Parque Cruz Conde y aún no sabemos dónde estáis. Son ya muchos días intentando saber cómo se puede dar con vosotros y no hay manera de sacar nada en claro. Son ya cinco días en los que los medios se han volcado en tratar de averiguar cómo pudisteis desaparecer sin que nadie os viera y comenzamos a no saber cómo encontraros. Son cinco días de exceso informativo y de excesos de algunos informadores, pero lo importante es que no hay manera de dar con vosotros. Córdoba está sobrecogida, la entrada de los colegios todas las mañanas no tiene más conversación que saber dónde podéis andar, Ruth y José. La frustración crece. Vuestra familia sigue a la espera, la Policía investiga, al parecer, sin tener demasiado claros cuáles son los pasos que tiene que dar para hallar vuestro paradero. Son ya cinco días y cinco largas noches pensando en qué lugar estaréis. No perdemos la esperanza, no estamos dispuestos a darnos por vencidos en vuestra búsqueda y en seguir llevando vuestra imagen por todas partes. Redes sociales, periódicos, radios y televisiones lanzan sin cesar vuestra imagen. ¿Dónde estáis?