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CECO busca su sitio

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 17 de enero de 2016 a las 7:29

La Confederación de Empresarios de Córdoba (CECO) culminó el jueves su proceso de renovación con la llegada a la presidencia de Antonio Díaz para sustituir, tras 18 años en el poder, a Luis Carreto. A juzgar por la asistencia de público a la toma de posesión puede decirse sin lugar a dudas que había mucho morbo alrededor de este cambio. Llega al frente de la patronal cordobesa un hombre discreto, que lleva 30 años en la misma trabajando siempre en segunda línea. Todo lo contrario que Carreto, hombre amante del foco, el titular y la frase. El cambio ha sido tranquilo y no ha habido movimiento alguno de esos grupos de presión tan propios de Córdoba que se haya planteado hacerle frente al candidato no solo de la mayoría de los empresarios cordobeses sino también de la Confederación de Empresarios de Andalucía (CEA). Está claro que Díaz es un hombre de consenso que suscita apoyos por todas partes precisamente porque de su discreción y capacidad para la fontanería han mantenido viva a una patronal que lleva unos años muy complicados.

Sin embargo, esa discreción no impidió al nuevo mandamás del empresariado cordobés dar un paso al frente clarísimo en su toma de posesión. Habló de nuevos tiempos. Habló de diálogo, de innovación, de unidad.

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Antonio Díaz y Luis Carreto en la asamblea de CECO del jueves.

Advirtió contra las fracturas causadas por “los círculos de amigos” y le dejó claro a las administraciones que va siendo hora de ponerse las pilas para que Córdoba cuente con infraestructuras determinantes para su futuro que “suenan a historia interminable”. Escuchamos a un hombre hablar de innovación, de Rabanales 21 y de industria, tres elementos que en Córdoba sirven para llenar muchos discursos pero por los que realmente no ha habido apuestas firmes. Los mensajes de Díaz se reparten entre la Diputación, el Gobierno central, la Junta y el Ayuntamiento pero en orden inverso de relevancia. A la alcaldesa y a su primer teniente de alcalde les debe quedar claro el mensaje de que hay que trabajar, dejarse de generar polémicas vanas y hay que empujar para lograr que esta ciudad recupere fuelle y relevancia. El mensaje de Díaz debe ser, además, un elemento de esperanza para un empresariado cordobés que se había distanciado de CECO en los últimos años cansado de que su presidente tomase decisiones al margen del sentir empresarial. (Si bien eso no obsta para que se le reconozcan a Carreto sus méritos).

Córdoba necesita que su patronal funcione, que sea un interlocutor válido capaz de defender los intereses no sólo de las grandes empresas, sino, sobre todo, de las pequeñas y medianas y de los autónomos, auténtico motor económico de la provincia. El talante expuesto por Díaz en su discurso apunta en esa línea. Los empresarios deben defender el puesto que tienen en la ciudad. Deben defenderse ante ataques como el que sufre Cosmos, ante problemas de intrusismo, ante el exceso normativo y tributario que padecen los autónomos o ante la burocracia que todo lo paraliza. CECO el catalizador de esas reivindicaciones porque de su capacidad de presión y, sobre todo, de su capacidad de alcanzar consensos con sindicatos y administraciones depende el futuro de Córdoba. Porque no olvidemos que son los empresarios, no otros, quienes crean empleo y generan riqueza. Y eso es precisamente lo que hace falta en Córdoba. Es hora de que los empresarios se pongan en su sitio, dejen de perder el tiempo en luchas internas que muchas veces sólo buscan la foto y dejen claro que son parte muy importante de la provincia. Bienvenido sea el discurso de Antonio Díaz y que la fuerza le acompañe.

Nos quieren hundir (los nuestros)

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 8 de abril de 2012 a las 10:28

Aprovechando que media España estaba de vacaciones voluntarias, y la otra media obligatorias, los mercados han vuelto a machacarnos esta Semana Santa han puesto en duda los planes del Gobierno para salir de la crisis y han echado por tierra unos presupuestos cuya credibilidad es escasa. Al mismo tiempo, el vecino gabacho, metido en plena campaña, ha atizado el fuego de la crisis diciendo que de no haber actuado como lo hizo, Francia estaría ahora igual que Grecia o España. Simpático el señor Sarkozy, saludos a sus familiares.

 La situación vuelve a ser crítica para España, la famosa prima de riesgo ha vuelto para recordarnos lo débiles que somos y las subastas de deuda publica también inciden en resucitar nuestros peores temores. Y mientras tanto, ¿qué hacen nuestros representantes públicos? Nada. Así de claro. Ni PSOE, ni PP, ni IU, ni la patronal, ni los sindicatos parecen darse cuenta de la gravísima situación ante la que nos hallamos. Ignoran que el 84% del país tiene las amígdalas inflamadas, según un reciente estudio del CIS, por miedo a perder su ya frágil economía y se dedican a practicar políticas de alto nivel basadas en decirse mutuamente lo mal que lo hacen unos ahora y lo peor que lo hicieron los otros antes. Eso sí, ninguno admite que han demostrado su incapacidad para regir nuestros designios según lo que a nosotros, los ciudadanos, nos conviene y no lo que a ellos, los políticos –y aquí entran los representantes de sindicatos y patronal– les viene mejor.

 El CIS ha vuelto a demostrar que el tercer problema para los españoles es la clase política, esa pléyade de individuos de escaso talento y menores escrúpulos que parece empeñada en hundir al país con tal de salirse con la suya. Me avergüenza la amnistía fiscal. La de ahora y la que el PSOE tramaba en marzo de 2011. Me ruboriza que los populares atribuyan a los socialistas todos los males de España igual que me indigna que el PSOE ignore ahora que en esta crisis fue su Gobierno el que no supo reaccionar. Me estomaga que ni unos ni otros tengan altura de miras suficiente, ni como gobierno ni como oposición, para alcanzar unos pactos de Estado, como aquellos deLa Moncloa, para sumar esfuerzos y sacarnos aquí unidos.

 No sé si desearan que aparezcan unos señores de Europa a ponernos un Gobierno tecnócrata a la griega o la italiana, pero sí tengo claro que no le desean lo mejor ni a usted ni a mí. Me sospecho que unos y otros quieren vernos hundidos para poder restregarse a la cara quién era el que tenía la razón. Por eso, sólo espero que cuando llegue el hundimiento, si es que llega, les llegue a ellos el oprobio y el rechazo por su miopía, su egoísmo y su nulo sentido de Estado. Y usted y yo sigamos a lo nuestro, que alguien tendrá que sacar a España adelante.