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Altura de miras

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 9 de junio de 2014 a las 11:38

Tiene España la fea costumbre de andar siempre poniendo en duda todo lo que logra. No es que lo haga porque tenga un irrefrenable sentido del perfeccionismo, sino que más bien esta tendencia tiene mucho que ver con nuestra capacidad autodestructiva. Aquí para triunfar hay que ser incontestable como Rafa Nadal porque sino siempre habrá alguien que venga a ponerte pegas. El cainismo es deporte nacional y esta semana hemos vuelto a ver un ejemplo. La abdicación de Juan Carlos I ha convulsionado el país más por la pegas que se le puedan poner al monarca que por la importancia histórica del hecho. La marcha del hombre que hizo posible la democracia en España, del estadista más relevante que hemos tenido desde hace muchos siglos se ha visto enturbiada por la habitual tropa de críticos furibundos que todo lo cuestionan. Ponen en duda el papel mismo del Rey en acontecimientos como el 23-F, la demolición del régimen franquista o la entrada en Europa a través de argumentos miopes y cargados de demagogia. Negar que Juan Carlos I ha sido clave para que hoy podamos hablar como lo hacemos es casi tanto como no admitir que vivimos en democracia. El papel del monarca ha sido determinante y, con sus errores, no ha lugar el revisionismo. Más aún cuando en buena medida viene liderado por algunos que no han sido capaces jamás de tomar su ejemplo. Pedir perdón por conductas reprobables como hizo él es algo que no hemos visto nunca en política.

Luego tenemos el debate del referéndum sucesorio, una reclamación legítima pero que está siendo manipulada. Padecemos ahora una corriente que pide revisar la articulación del Estado pasándose por el arco del triunfo la Constitución. El argumento no puede ser más pobre, puesto que decir que el 60% de los votantes actuales no la refrendamos es una perogrullada mayúscula. (Imagínense ustedes este argumento en EEUU, donde la Constitución tiene ya varios siglos). La legitimidad de un posible cambio está fuera de toda duda, pero ha de hacerse como está previsto, a través de las urnas y yendo a unas Cortes Constituyentes que, de paso, retoquen otras muchas cosas que hay que retocar.

Afirmar que hay que hacer un referéndum de inmediato, basado además en unos resultados electorales que, si bien son relevantes, no son ni mucho menos definitivos, es ceder a esa tendencia de este país nuestro de hacerlo todo a la ligera, corriendo y sin pensar las consecuencias de nuestros actos. Todo ello adobado por no poca demagogia y oportunismo. Pretender que los resultados de las europeas desvirtúen los de las generales de 2011 es intentar ganar en la calle lo que no se logró en las urnas, y eso, históricamente, ha acabado a tiros por estos lares. Si hay que cambiar las cosas se hace, pero con altura de miras, con calma, teniendo en cuenta que en España vivimos 40 millones de personas y no cuatro y sin olvidar nunca ni qué tenemos ni qué hemos logrado. Que los inventos nunca han sido buenos a la hora de gobernar. Y al Rey démosle la despedida que se merece, no seamos egoístas y recordemos cuánto bueno él y nuestros padres le han dado a este país.

El legado de Suárez

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 23 de marzo de 2014 a las 9:19

EL DESENLACE DE LA ENFERMEDAD DE ADOLFO SUÁREZ ES INMINENTEMientras escribo estas líneas, Adolfo Suárez se apaga en la clínica Cemtro de Madrid. Se nos va el político más importante que ha tenido España en el siglo XX; el hombre que nos sacó de la dictadura y nos permitió vivir libres, el estadista que legalizó a los comunistas cuando nadie lo pensaba. Adolfo Suárez es, junto con el Rey, la figura clave que hizo que dejásemos de ser un país de alpargata, miedo y complejos para convertirnos en el Estado moderno que hoy día somos. No oculto mi admiración sincera por lo que hizo y mi reconocimiento a quien acabó fagocitado por la democracia que se encargó de traer. No puedo evitar emocionarme al saber que este país pierde a un hombre al que sólo se le hará justicia una vez muerto. Esta es nuestra cainita España, una mala madre para sus mejores hijos.

Y mientras Adolfo Suárez se apaga otros se empeñan en seguir enterrando el legado de su política. Esos que ahora dicen que la Transición fue una farsa, que aquello se hizo mal, que se restañaron de manera cobarde heridas que ahora quieren reabrir, que los políticos de aquella época son poco menos que unos vendidos. Lo dicen algunos que se atreven a inocular en los jóvenes de su alrededor el odio y la ira que en aquellos años 70 tanto costó superar. Lo hacen algunos que no han hecho otra cosa que medrar en estructuras partidistas en las que no queda ni el recuerdo de aquellos políticos que antes que nada eran estadistas y antepusieron los intereses del país a los personales. A mi eso me estomaga. Me revuelve las entrañas el burdo juego independentista de un mediocre como Artur Mas, la tibieza federalista de un PSOE que navega hacia no se sabe dónde, la utilización política de la memoria de los muertos que se empeña en remover IU –de Cañero mejor no hablo que a palabras necias oídos sordos–, la traidora cobardía de un PP que machaca a la ciudadanía con impuestos, tasas y recortes….

Todo esto me viene a la cabeza mientras veo cómo se apaga la luz de Suárez. Y no puedo evitar emocionarme porque siento que en su tumba se inhumarán también la lucidez, el consenso, el sentido común y la política con mayúsculas que nos sacaron del agujero en el que estábamos. Porque, con todos los respetos, mi confianza en que quienes ahora están sean capaces de alcanzar la más mínima parte de los pactos que se muñeron en La Moncloa durante la presidencia de Suárez es nula. Esa es mi fe en la política actual. La que estos días se llenará de halagos al que se fue y de palabras grandilocuentes referidas a la necesidad de seguir su ejemplo en el futuro. Y todo se quedará ahí. Y, pasado el luto, volveremos a ser testigos de la mediocridad frentista que padecemos cada día. Y no habrá acuerdos posibles. Bueno sí, seguro que cuando toque hablar de dietas y cuotas de poder a repartir el pacto se alcanzará rápido. Qué pena de país, empeñado en olvidar cada día su pasado.

Se va Suárez. Adiós presidente. Ojalá allí donde vaya sepan tratarle mejor de lo que aquí lo hemos hecho.

 

Ejemplaridad, esfuerzo y altura de miras

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 30 de diciembre de 2012 a las 10:32

Después de la encuesta del IESA nos lo dijera aquí en Andalucía, el Rey nos lo corroboraba en de Nochebuena: uno de los grandes problemas que sufre este país es la escasez intelectual de su clase política. El sondeo que realiza el equipo de Eduardo Moyano nos señalaba que más de la mitad de los andaluces considera que la democracia funciona mal, algo parecido a lo que decía el monarca el día 24 cuando reclamaba a los dirigentes públicos de este país “altura de miras” para sacarnos de la difícil situación en que nos hallamos.

Uno puede ser más o menos monárquico o más o menos republicano, pero creo que debemos convenir en que el Rey tiene cierta autoridad moral para decir lo que dice aun a pesar de sus yernos y sus desafortunadas cacerías. Lo escribí aquí y lo mantengo: ver al hombre que pilotó la Transición pedir perdón a la salida del hospital tras su problema africano caló hondo en mi, tanto por el desvalimiento que se veía en la mirada de una persona mayor pidiendo perdón como por lo inusual de que una institución como la Corona se dirija a sus ciudadanos para retractarse.

Pedir perdón, costumbre en desuso.

En un país en el que la crisis nos encamina a un año de más paro, decrecimiento y miseria social, el mensaje del Rey debería servir a algunos para tomar nota y aplicarse en sus deberes. España no necesita frentismos, lo que necesita es unión, trabajo conjunto y esfuerzo. No necesitamos que cada Gobierno que llegue haga una ley de Educación, lo que necesitamos es que haya un acuerdo por el cual nuestros hijos estudien inglés, matemáticas, lengua, historia, literatura y ciencias con la suficiente intensidad como para poder valerse en el futuro. Y el que quiera Religión que la coja y el que opte por la ética también. Pero lo primero es lo primero. Tampoco necesitamos este jugueteo con la Sanidad, sino que lo que hay que hacer es mantener los servicios básicos, ahorrar donde se pueda y concienciarnos a nosotros mismos de que los derechos –irrenunciables e intocables– los sufragamos todos y no caen del cielo. Finalmente, por ahora, tampoco parece que éste sea el momento en el que debamos debatir sobre si el Estado debe ser federal, centralista o mediopensionista; sobre todo porque ninguno de los que defiende cada opción tiene una idea clara de lo que postula ni le interesa la polémica más que para establecer una cortina de humo lo suficientemente tupida como para que no se hable de lo que de verdad importa.

Y lo que de verdad importa es que este 2013 que vamos a iniciar sea menos malo de lo previsto; que se luche con denuedo para llevarle la contraria a la previsión de paro y caída de la actividad y que las zarandajas queden para otro momento. Eso es lo que ha dicho el Rey, lo que sale del análisis del IESA y lo que usted y yo hablamos en estos días de familia y encuentro. Y lo demás son tonterías de quienes no viven en la realidad.

Razones para pedir perdón

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 22 de abril de 2012 a las 10:52

Mucho se ha hablado ya en estos días de las once palabras del Rey pidiendo perdón por su lamentable escapada a Botsuana y por la pésima imagen que ha dado el monarca en unos momentos tan delicados. Muchos han sido quienes se han mostrado a favor y en contra dela Monarquía, tantos como han salido de debajo de las piedras para declararse republicanos de nueva hornada y arremeter contra el modo en el que Juan Carlos I se rige en su vida privada, sus relaciones con su esposa y su labor como Jefe del Estado español. Verdaderamente llaman la atención todos los descubrimientos que hemos hecho estos días y a buen seguro que alguno de los que tanto han piado estarán arrepintiéndose tras ver al monarca disculparse ante la sociedad por su metedura de pata.

Pero no era de eso de lo que íbamos a hablar. Al menos no en ese punto. El principal valor de las once palabras de Juan Carlos I –recordemos: “lo siento, me he equivocado y no volverá a ocurrir”– radica en el mensaje subyacente que conllevan. A saber. En un país en el que pedir perdón por los errores cometidos no es costumbre en absoluto arraigada, que el Jefe del Estado se dirija a la nación con cara de perrito apaleado y asuma en público su nada edificante comportamiento debería hacernos reflexionar. Y no porque lo diga alguien que tiene a sus espaldas gran parte de la culpa de que este país viva el mayor periodo de democracia de su historia, sino porque quien ha hincado la rodilla en tierra representa a la institución más valorada por los españoles. La actitud del monarca es algo muy poco practicado, por ejemplo, entre políticos, empresarios y demás representantes públicos que se han puesto en evidencia. No vimos a Roldán disculparse por llevarse caliente la pasta de los huérfanos dela Guardia Civilni a Vera o Barrionuevo, por los GAL; ni al PSOE, porla Filesa. Nivimos tampoco plantarse de hinojos a Aznar por su guerra en Iraq; ni a Camps por ser considerado no culpable (no confundir con inocente) por sus trajes; ni a Matas, por llevárselo caliente en Baleares. No vimos a Mario Conde disculparse por el caso Banesto; ni a Ruiz Mateos, por sus rumasas; ni a nadie de Forum, ni de Afinsa.

Pedir perdón en este país no se lleva. Preferimos seguir con la cabeza gacha antes que levantarla y ponernos rojos sólo una vez. El gesto del Rey tiene un valor que bien podrían aplicarse socialistas y populares por su gestión de la crisis. Zapatero por negarla y Rajoy por desmentirse. Por eso el monarca es quien es y los demás, lo mismo. Y por eso, aunque magullada, la monarquía ha podido ponerse en pie esta semana y a los demás no hay quien los levante.