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Cara de gilipollas

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 3 de febrero de 2013 a las 11:05

“¿Tengo cara de gilipollas?” El viernes cuado me levanté me hice esta pregunta, a la que, naturalmente pues soy yo, me respondí negativamente. Luego me fui a mi mujer y le pregunté lo mismo, a lo que ella contestó “un poquito” –cosas de casados, ya saben–. Después llamé a un amigo, le inquirí de similar manera y él afirmó que “no especialmente”. Iba a llamar a mi madre, pero lo descarté porque ya sabe usted que madre no hay más que una y por mucho que me empeñe siempre habla bien de mi. También descarté hacer la pregunta en el periódico, no vaya a ser que uno dé la mano y la acaben cogiendo el brazo. Conclusión: si para quienes me quieren y conocen no tengo cara de gilipollas, ¿por qué me levanté el viernes con esa sensación? La razón la encontré en el jueves. Ese día, con el escándalo de los papeles de Bárcenas, descubrí que soy gilipollas. Y me explico.

El jueves, María Dolores de Cospedal negó la existencia de los documentos del extesorero del PP casi al mismo tiempo que el presidente del Senado reconocía algunas anotaciones recogidas en los mismos y les daba, por tanto, carta de naturaleza. Ese mismo día, el líder –o eso dicen– del PSOE, Alfredo Pérez Rubalcaba, salía en rueda de prensa a exigir explicaciones y casi dimisiones por el asunto con la misma vehemencia (modo ironía) con la que lo ha hecho en Andalucía con el tema de los ERE, el fondo de reptiles y las corruptelas en la Junta. Ytambién ese día, uno de los muchos Pere (léase Pera) que tiene CIU afirmaba que “últimamente el PP no está dando mucho ejemplo de comportamiento limpio”. Como si la coalición que sustenta a Mas estuviera ahora para dar lecciones de pulcritud con el caso Palau, el caso Pallerols o el de las ITV y los Pujol.

Así que ahí encontré la explicación a mi irrefrenable sensación de tener una cara de gilipollas comola Mezquitade grande. Porque verán, uno conoce sus limitaciones, no es un premio Nobel, ni ha descubierto nada y ni siquiera es bueno haciendo ningún deporte, pero de ahí a asumir que uno es gilipollas va un trecho.

Sin embargo, por mucho que me empeñe en lo contrario, con esto de la corrupción y los pactos de transparencia parece que nuestros gobernantes y aspirantes al mando parece que sí nos han visto a todos cara de gilipollas. Lo de Bárcenas es una vergüenza, un escándalo, una golfería que debe costar cabezas. Lo es tanto como los ERE, como lo de Cataluña, como lo del yerno del Rey, como los de las decenas de alcaldes y concejales enmarronados en el ladrillo, como lo de los cientos de cargos públicos puestos a dedo, como lo de la financiación de los partidos con fondos municipales… Somos víctimas de unos partidos que se han apropiado de nuestra democracia y nos consideran a todos gilipollas maleables a su gusto y conveniencia. Mi duda es si no estaremos cayendo nosotros en su juego o debemos levantarnos ya hartos y mandarlos un poquito lejos. A su conciencia lo dejo. Decida quién es el gilipollas es usted o lo son ellos. Yo lo tengo claro

Pena de país

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 20 de enero de 2013 a las 10:11

EL tesorero del PP pagó durante años a cargos del partido sobresueldos de entre 5 y 15.000 euros en sobres entregados en mano; el yerno del Rey usó su posición privilegiada para llevárselo calentito de varias comunidades autónomas; la Junta tuvo durante una década un fondo de reptiles que sirvió para nutrir a no pocos estómagos agradecidos; los hijos de Jordi Pujol tienen cierta preferencia por los bancos extranjeros a la hora de gestionar unas cuentas que parece que no han pasado la ITV; los antiguos dirigentes de Unió Democrática de Cataluña se salvan de ir a la cárcel porque le aflojan a la Justicia unos 400.000 euros por haberse financiado ilegalmente….

María Dolores de Cospedal dice que no le consta nada de lo que hizo Luis Bárcenas; la Infanta nunca supo qué hacía exactamente su marido; José Antonio Griñán jamás conoció nada de los quehaceres del exdirector general de Empleo; Artur Mas atribuye a persecuciones nacionalistas españolas los escándalos financieros de su partido; Josep Antoni Duran Lleida sigue en el Palace porque su formación ya expulsó a quienes se lo llevaron calentito y no tiene responsabilidad alguna aunque el escándalo se haya confirmado.

Felipe González pide un pacto de todos contra la corrupción que acabe de una vez para siempre con esta lacra; Soraya Sáenz de Santamaría afirma que caerá todo el peso de la ley sobre quien se aproveche de su situación; el Rey dice que hay que dar ejemplo ante los ciudadanos; Rubalcaba exige dimisiones en el Gobierno porque Bárcenas se aprovechó de la amnistía fiscal; Arenas dice que no le consta nada de lo de los sobres en su época de mandamás en Génova; Griñán sigue sin enterarse de nada en la trama de los ERE.

Los ciudadanos están hartos de todo, salen a la calle en manifestaciones espontáneas a exigir mano dura contra los trincones. Están cansados de ser las víctimas de un sistema de políticos –sí, de políticos– que carece de valores, que no se responsabiliza de nada, que arruina al país y encima saca pecho, que cruje a impuestos y no es capaz de reducir su inabarcable legión de organismos afectos, que vacaciona del Parlamento durante meses mientras seis millones de personas lo hacen de su empleo desde hace demasiado, que no admite preguntas de los periodistas porque escuchar la verdad escuece…

Un una semana seguro que usted ha oído hablar de alguno de estos temas –si no de todos– y en una semana seguro que usted ha maldecido a más de un político o allegado a la política por sinvergüenza, golfo, trincón, aprovechado, caradura o lo que sea –ponga usted el orden de las palabras–. España vive una situación de emergencia. La corrupción ha acampado en su esencia. Pena de país.

El sillón de Mas

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 12 de septiembre de 2012 a las 13:06

Nunca me ha gustado Artur Mas. Lo reconozco. Siempre he visto en él la imagen del político arribista, del hombre capaz de cualquier cosa con tal de llegar al poder. Al lado de Jordi Pujol, a quien considero uno de los políticos clave para entender la España actual, Mas me parece de una mediocridad insultante. Siempre he pensado en él con la imagen del niño rico mimado, ése que lloraba y pataleaba en el patio del colegio cuando no le pasaban la pelota. Ése que siempre llevaba las zapatillas de última generación aunque fuese el peor del mundo haciendo deporte. El típico niño que se llevaba el balón si no se hacían las cosas como él quería. Lo ocurrido estos días refuerza mi impresión.

Ayer vimos una impresionante demostración de fuerza del nacionalismo catalán, un sentimiento que existe desde siempre en un pueblo cuya tradición cultural e histórica es innegable. No seré yo quien censure a aquellos que defienden pacíficamente sus ideales. Es más, hace mucho que considero que debemos empezar a reconsiderar seriamente muchas de las aristas de nuestra estructura estatal. La manifestación de ayer con motivo de la Diada y el más que probable arrollador triunfo del nacionalismo en las próximas elecciones del País Vasco así lo reflejan. España es un país diverso, multicolor y multicultural y es posible que sea hora de ahondar en esa diversidad, aunque a título individual podamos pensar que una independencia de Cataluña o el País Vasco en estos tiempos de globalización carezca de sentido.

Volviendo al inefable Artur Mas, creo que ayer dio una nueva muestra de su mediocridad como gobernante y su cobardía como político. Es cierto que Artur se ha encontrado Cataluña hecha un solar después de los tripartitos de izquierdas de Maragall y Montilla. Las deudas le acosan y no puede pagar muchos de los servicios básicos -muchos otros no tan básicos- de los que se dotó Cataluña en la época de vacas gordas. Y como el examen de gestión a afrontar es muy gordo y no hemos estudiado, el presidente catalán -insisto en que sólo considero president a Pujol- ha reaccionado como el niño malcriado que es, pataleando y azuzando fantasmas de ruptura que ni él mismo es capaz de medir. Porque, si bien es cierto que en Cataluña hay un sentimiento nacional no lo es menos que Mas no habría tenido la ocurrencia de echar leña a las brasas independentistas si papá Estado le hubiera dado todo lo que quiere. Si el Gobierno de Madrid se hubiera plegado ante sus demandas y le hubiera dado el rescate sin pedir nada a cambio o le otorgase su famosa independencia fiscal haciendo palmas con las orejas tengo bien claro que Artur no se habría echado al monte.
Le pasa a Mas lo que a los pésimos gobernantes que dirigieron Europa en la crisis del 29, el miedo ante la situación lo ha paralizado y le impide ver más allá de los árboles. Aventar radicalismos en esta época no puede llevar más que a incrementar las tensiones, la persecución del que es diferente y la insumisión del que se considera perseguido. A la propia CiU este coqueteo indecoroso le puede pasar una enorme factura si Madrid cede ante sus objetivos a cambio de que dé pasos hacia atrás en su desafío. Esa hipótesis sería vista como una traición a los cientos de miles de personas que ayer recorrieron Barcelona creyéndose de veras que el Gobierno catalán está dispuesto a llegar al final de su órdago. Ese escenario asomaría aún más a los convergentes al abismo.

Tensión, desafío, ruptura y miedo. Miserias de unos políticos mediocres y rastreros. Mas reta al Estado español y lo hace del modo más cobarde posible. Llama a manifestarse y luego se esconde para no encabezar la marcha. Hay que ser irresponsable y, si se me permite, cobarde para actuar así. Y todo por un sillón.

Hartos de políticos, señor Gracia

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 24 de junio de 2012 a las 10:50

El miércoles escribí un post, titulado Las verdades de Chamizo,  en la versión digital de esta columna en el que me alineaba con las críticas que el Defensor del Pueblo Andaluz había realizado a los parlamentarios autonómicos el día anterior. José Chamizo dijo en sede parlamentaria que “la gente está hasta el gorro de ustedes [los parlamentarios]” y reclamó a los partidos que se dediquen a arreglar los problemas del personal porque la gente “está muy enfadada porque los ven todo el día en la peleíta”. Inconmensurable. Lo suscribo plenamente y, a juzgar por lo que dice el CIS, la gran mayoría de los españoles también. Recuerdo que en el último sondeo del centro nacional los políticos son percibidos como el tercer problema de la sociedad, sólo superados por la crisis y el paro. Dicho esto, se preguntará usted que a qué viene recordar aquí aquel post. Me explicaré.

Viene a que el presidente del Parlamento andaluz, ese cordobés llamado Manuel Gracia, criticó el miércoles en Canal Sur (donde si no) al defensor del pueblo porque lo que había dicho, lo había dicho fuera de lugar y momento y señaló que le trasladaría “personalmente” el malestar, suyo y dela Mesadela Cámara, por sus palabras. Impresentable. Con perdón, don Manuel, pero así lo veo yo. José Chamizo es un sacerdote peculiar que lleva 17 años en su cargo, tiempo más que suficiente como para haber calado al personal. Tanto lo ha calado que en la misma comparecencia en la que arremetió contra sus señorías se declaró hastiado de que sus adjuntos sean nombrados por los partidos y de tener que estar más pendiente de meterlos en vereda que de atender a sus funciones. De José Chamizo seguro que se pueden decir cosas desagradables. Personalmente no lo conozco, por lo que en esa faceta me callaré, pero es indudable que su labor la ha venido desempeñando bien en estos tres lustros largos, ya que de lo contrario sería inexplicable que siguiera en su puesto.

Tan bien lo ha hecho que les ha dado donde más les duele a nuestros representantes en la villa y corte sevillana: en su quehacer (¿?) diario y en su capacidad de representación de la soberanía popular. Creo que a quien deberían llamarle la atención, señor Gracia, es a usted. Por sus palabras, por no asumir lo que es una verdad como un templo, que la gente está harta de políticos –le sugiero un paseo por los índices de abstención electoral para comprobarlo– y por ejercer más de militante de partido que de presidente de Parlamento al amonestar a quien le lleva la contraria. España, Andalucía, tienen multitud de problemas que urge arreglar. Uno de ellos es que los políticos salgan de su burbuja y vean cómo se vive en el exterior. Porque la gente esta harta de políticos, señor Gracia, aunque a usted le duela.

Las verdades de Chamizo

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 20 de junio de 2012 a las 12:27

La gente está hasta el gorro de todos ustedes”.

La gente está muy cabreada”.

Hay que dedicarse a resolver los problemas del personal”.

La vida se nos va a veces en la pelea”.

Estamos obligados a ofrecer algo más que palabras de consuelo cuando los ciudadanos acuden exponiendo su sufrimiento, con propuestas y alternativas concretas para paliar las consecuencias de la crisis”.

 

Las cinco frases que abren este artículo pertenecen al Defensor del Pueblo Andaluz en funciones, José Chamizo, quien las pronunció ayer en el Parlamento andaluz al tiempo que presentaba el informe de sus actuaciones durante el año 2011. Son cinco argumentos de peso que cualquiera suscribiría; cinco razones que corren de boca en boca en autobuses, bares, tertulias y redes sociales. Chamizo, de quien no se puede decir que no diga las cosas claras, le ha puesto voz pública al lamento privado de millones de andaluces y españoles que ven a diario cómo quienes están llamados a gobernar y hacer oposición se dedican, simplemente, a despellejarse y a acusarse de ser los causantes del hundimiento del Titánic. El defensor del pueblo no ha dicho nada que pueda sorprendernos, más allá de que lo ha hecho ante la comisión de Gobierno Interior y Peticiones del Parlamento andaluz, es decir, delante de esos políticos que se pasan el día tirándose los trastos a la cabeza.

 

España vive una situación crítica y no hay que ser un genio, y mucho menos un tertuliano reincidente, para darse cuenta de que esto es verdad. La famosa prima de riesgo está disparada, la rentabilidad del bono también, la credibilidad de nuestros bancos anda por el subsótano cuarto, la capacidad de transmitir confianza de nuestro Gobierno es similar a la que tienen los macacos del zoo cordobés y la disposición a colaborar del principal partido de la oposición -ése que parece que lleva 40 años sin gobernar el país- es la misma que tiene Messi de fichar por el Madrid. El panorama es desolador y los titulares que cada día servimos en los periódicos no ayudan a mejorarlo. Ante esto, los ciudadanos están hartos. Hartos de que quienes llenaban los consejos de administración de las cajas y asentían a todas las decisiones que las tienen hoy hundidas tengan ahora la desfachatez de pedir responsabilidades sólo a los técnicos. Hartos de que se sigan produciendo en un gobierno sí y otro también nombramientos a dedo de familiares, amigos y afectos cuyos méritos se limitan a la consanguinidad. Hartos de que la corrupción siga sin abordarse de verdad. Hartos de ser desalojados de sus casas por no pagar la hipoteca mientras ven que quienes han pagado muchas con dineros poco claros salen de prisión para instalarse en el lujo. Hartos, en definitiva, de la doble moral del que muge desde el atril electoral y dormita en la bancada parlamentaria.

Lo dicen en todas las encuestas, lo demuestran con su absentismo a la hora de votar y lo gritan a los cuatro vientos a través de las redes sociales, que se han convertido en el ágora en el que cada uno puede decir lo que quiera sin miedo a recibir castigo físico por ello. Por eso, lo que ha dicho y hecho Chamizo merece ser destacado en letras de oro. Porque ya va siendo hora de que las verdades del barquero puedan decirse a la cara y de que los ciudadanos se vean algo más protegidos. Sólo por eso merece la pena pararse a escuchar a Chamizo. Lástima que sus palabras se las vaya a llevar el viento.

 

La marmota se preocupa más

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 27 de mayo de 2012 a las 10:00

A medida que pasan los días y los meses de esta crisis en la que los bancos se hunden al ritmo en que se crecen sus primas y el horizonte se ennegrece a la misma velocidad a la que el pasado se aclara, uno no puede más que mostrarse desolado por quienes están llamados a gestionar nuestra salida del agujero. Mientras que el Gobierno de Rajoy sigue dando preocupantes muestras de que no sabe si lo que viene es peor de lo que se fue y la oposición rubalcabiana navega en los argumentos de la demagogia más barata, a nuestro recién nombrado Gobierno andaluz se le ha ocurrido suspender su plan de recortes 15 días para ver si hay manera de evitar las manifestaciones sindicales. No se engañen, no hay otro motivo tras los anuncios de Valderas y Griñán del viernes (lamentable, por cierto, que ambos se hicieran en sede partidista y no en una oficial). A IU y el PSOE les da autentico pánico que aquello que están azuzando contra Madrid se les reverdezca en Andalucía y deje en evidencia que su discurso de recortes sin tijera es una entelequia. Y si para ello hay que saltarse a la torera lo acordado en Madrid con el Gobierno se hace, que para eso los ciudadanos estamos para aguantar.
 
Y es que el cogobierno no se esperaba que hasta CCOO y UGT le hayan amenazado con echarse a la calle para protestar contra los ajustes. Unos sindicatos, por cierto, que se manifiestan porque tras el fracaso de su gestión contra el decretazo de los funcionarios están más contestados en Andalucía que nunca y están perdiendo espacio ante centrales profesionales como Simec, Satse, CSIF o Ustea. Porque los profesionales, por ejemplo de la medicina, están hartos de ver como se les recortan sus sueldos mientras se les exige mantener la eficiencia; de ver cómo se les quita dinero mientras se mantienen subvencionadas intervenciones absolutamente innecesarias. Igual que los maestros pierden dinero mientras la  Junta sigue dando ordenadores de dudosa utilidad a todos los alumnos. Igual que usted y yo estamos cansados de sufrir subidas de impuestos y tasas de todo tipo mientras vemos que la administración -da igual la que sea- sigue gorda, gordísima, y con privilegios como los de disfrutar de nosecuantas horas de libre disposición porque es Feria.
 
Y mientras todo esto ocurre, los mercados esperan a mañana o pasado para darnos el siguiente palo, las cifras del paro siguen creciendo desmesuradas, las líneas de crédito perecen víctimas del hambre y nuestros próceres se bufan desde sus tribunas cada vez más alejadas de la realidad. Vivimos en el día de la marmota, aunque creo que la marmota se preocupa más por nosotros que aquellos que están mandatados para hacerlo. Y perdonen ustedes el pesimismo, pero es que hay días en los que uno tiene ganas de acostarse dos minutos después de haber saltado de la cama.

Razones para pedir perdón

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 22 de abril de 2012 a las 10:52

Mucho se ha hablado ya en estos días de las once palabras del Rey pidiendo perdón por su lamentable escapada a Botsuana y por la pésima imagen que ha dado el monarca en unos momentos tan delicados. Muchos han sido quienes se han mostrado a favor y en contra dela Monarquía, tantos como han salido de debajo de las piedras para declararse republicanos de nueva hornada y arremeter contra el modo en el que Juan Carlos I se rige en su vida privada, sus relaciones con su esposa y su labor como Jefe del Estado español. Verdaderamente llaman la atención todos los descubrimientos que hemos hecho estos días y a buen seguro que alguno de los que tanto han piado estarán arrepintiéndose tras ver al monarca disculparse ante la sociedad por su metedura de pata.

Pero no era de eso de lo que íbamos a hablar. Al menos no en ese punto. El principal valor de las once palabras de Juan Carlos I –recordemos: “lo siento, me he equivocado y no volverá a ocurrir”– radica en el mensaje subyacente que conllevan. A saber. En un país en el que pedir perdón por los errores cometidos no es costumbre en absoluto arraigada, que el Jefe del Estado se dirija a la nación con cara de perrito apaleado y asuma en público su nada edificante comportamiento debería hacernos reflexionar. Y no porque lo diga alguien que tiene a sus espaldas gran parte de la culpa de que este país viva el mayor periodo de democracia de su historia, sino porque quien ha hincado la rodilla en tierra representa a la institución más valorada por los españoles. La actitud del monarca es algo muy poco practicado, por ejemplo, entre políticos, empresarios y demás representantes públicos que se han puesto en evidencia. No vimos a Roldán disculparse por llevarse caliente la pasta de los huérfanos dela Guardia Civilni a Vera o Barrionuevo, por los GAL; ni al PSOE, porla Filesa. Nivimos tampoco plantarse de hinojos a Aznar por su guerra en Iraq; ni a Camps por ser considerado no culpable (no confundir con inocente) por sus trajes; ni a Matas, por llevárselo caliente en Baleares. No vimos a Mario Conde disculparse por el caso Banesto; ni a Ruiz Mateos, por sus rumasas; ni a nadie de Forum, ni de Afinsa.

Pedir perdón en este país no se lleva. Preferimos seguir con la cabeza gacha antes que levantarla y ponernos rojos sólo una vez. El gesto del Rey tiene un valor que bien podrían aplicarse socialistas y populares por su gestión de la crisis. Zapatero por negarla y Rajoy por desmentirse. Por eso el monarca es quien es y los demás, lo mismo. Y por eso, aunque magullada, la monarquía ha podido ponerse en pie esta semana y a los demás no hay quien los levante.

Nos quieren hundir (los nuestros)

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 8 de abril de 2012 a las 10:28

Aprovechando que media España estaba de vacaciones voluntarias, y la otra media obligatorias, los mercados han vuelto a machacarnos esta Semana Santa han puesto en duda los planes del Gobierno para salir de la crisis y han echado por tierra unos presupuestos cuya credibilidad es escasa. Al mismo tiempo, el vecino gabacho, metido en plena campaña, ha atizado el fuego de la crisis diciendo que de no haber actuado como lo hizo, Francia estaría ahora igual que Grecia o España. Simpático el señor Sarkozy, saludos a sus familiares.

 La situación vuelve a ser crítica para España, la famosa prima de riesgo ha vuelto para recordarnos lo débiles que somos y las subastas de deuda publica también inciden en resucitar nuestros peores temores. Y mientras tanto, ¿qué hacen nuestros representantes públicos? Nada. Así de claro. Ni PSOE, ni PP, ni IU, ni la patronal, ni los sindicatos parecen darse cuenta de la gravísima situación ante la que nos hallamos. Ignoran que el 84% del país tiene las amígdalas inflamadas, según un reciente estudio del CIS, por miedo a perder su ya frágil economía y se dedican a practicar políticas de alto nivel basadas en decirse mutuamente lo mal que lo hacen unos ahora y lo peor que lo hicieron los otros antes. Eso sí, ninguno admite que han demostrado su incapacidad para regir nuestros designios según lo que a nosotros, los ciudadanos, nos conviene y no lo que a ellos, los políticos –y aquí entran los representantes de sindicatos y patronal– les viene mejor.

 El CIS ha vuelto a demostrar que el tercer problema para los españoles es la clase política, esa pléyade de individuos de escaso talento y menores escrúpulos que parece empeñada en hundir al país con tal de salirse con la suya. Me avergüenza la amnistía fiscal. La de ahora y la que el PSOE tramaba en marzo de 2011. Me ruboriza que los populares atribuyan a los socialistas todos los males de España igual que me indigna que el PSOE ignore ahora que en esta crisis fue su Gobierno el que no supo reaccionar. Me estomaga que ni unos ni otros tengan altura de miras suficiente, ni como gobierno ni como oposición, para alcanzar unos pactos de Estado, como aquellos deLa Moncloa, para sumar esfuerzos y sacarnos aquí unidos.

 No sé si desearan que aparezcan unos señores de Europa a ponernos un Gobierno tecnócrata a la griega o la italiana, pero sí tengo claro que no le desean lo mejor ni a usted ni a mí. Me sospecho que unos y otros quieren vernos hundidos para poder restregarse a la cara quién era el que tenía la razón. Por eso, sólo espero que cuando llegue el hundimiento, si es que llega, les llegue a ellos el oprobio y el rechazo por su miopía, su egoísmo y su nulo sentido de Estado. Y usted y yo sigamos a lo nuestro, que alguien tendrá que sacar a España adelante.

Confianza, fidelidad, rebelión y ausencia

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 26 de marzo de 2012 a las 18:20

Apenas 24 horas después de que las urnas nos hayan dado una lección de humildad importante a periodistas, analistas, encuestadores y otras hierbas, emitir un análisis claro de los motivos de este fracaso predictivo en las elecciones del domingo se antoja misión casi imposible. Sin embargo, aun a riesgo de seguir cometiendo errores y partiendo de la base de que todo análisis a posteriori es mucho más sencillo, no está de más valorar determinados aspectos que pueden haber contribuido a que el ampliamente anunciado cambio de Gobierno en Andalucía se haya quedado en pírrica victoria popular.

En primer lugar hay que hablar de la confianza. La que el PP de Javier Arenas ha tenido en exceso y le ha llevado a esta amarga victoria. El talón de Aquiles popular en estos comicios ha sido la falta de movilización de su gente, con unos 160.000 votos menos que en 2008, debido, sobre todo, a que muchos veían tan clara la victoria que se quedaron en casa o de cañas en lugar de pasarse por el colegio electoral. Una confianza que le ha jugado malas pasadas a Arenas, inmerso en una campaña de escaso fuste en la que errores como su ausencia en el debate de Canal Sur han contribuido todavía más a que los suyos no se vieran con el cuerpo guerrero. La misma confianza que Rajoy tenía en que sus reformas y recortes no le iban a hacer mella entre sus votantes, algunos de los cuales, por contra, han optado por la abstención insatisfechos, sobre todo, con la subida de impuestos decretada desde Madrid. A todo ello se suma que, por enésima vez, se demuestra que el electorado popular no se identifica con las autonómicas al mismo nivel que con municipales y generales.

En segundo lugar hay que hablar de fidelidad. La del millón y medio de votantes del PSOE que se han mantenido fieles a sus colores. A pesar de sufrir la mayor derrota de la historia del partido en unas andaluzas y dejarse más de 600.000 sufragios y nueve escaños en las urnas, José Antonio Griñán aparece como el protagonista de la gesta del día. Y lo es por la fidelidad de unos votantes que se han mantenido ajenos al marasmo en el que vive el partido desde que hace dos años el presidente de la Junta se hiciera con su control. Igual de fieles que han sido las bases a la hora de movilizar -voto por voto, me consta- a los suyos para superar los malos augurios que daban las encuestas de la mañana del domingo. Unos militantes que han dejado al margen sus enormes diferencias internas en favor del bien mayor: mantener una Junta de Andalucía cuya pérdida era percibida como una catástrofe a ambos lados del frente socialista.

En tercer lugar se encuentra la rebeldía. La que ha catalizado Izquierda Unida para recuperar sensaciones que perdió hace casi dos décadas. Sus doce escaños significan la rebelión del voto de izquierdas ante las políticas reformistas del PP y los escándalos de corrupción del PSOE. Una rebelión articulada alrededor de un discurso tutelado por la ortodoxia del PCA a la que ahora le toca definir qué modelo de cogobierno o apoyo quiere. Veremos si esta rebelión que abandera esta IU de Diego Valderas es capaz, por una parte, de plantear unos modelos de gobierno coherentes y, por otra, de no caer víctima de las eternas luchas internas que desgajan a la coalición cada vez que alcanza responsabilidades de gobierno.

Y, por último, hay que hablar de ausencias. La de los más de 2,3 millones de andaluces, el 37,7% del total, que no acudieron a las urnas. Una cifra alarmante que demuestra que cada vez es mayor la sima que separa el discurso de los partidos de la realidad de los ciudadanos. En estos tiempos en los que no paramos de escuchar a los líderes políticos hablar regeneración y reforma la abstención es un clarísimo mensaje de que es necesario cambiar el discurso. Los votantes están cansados de las estrategias del “y tú más” y lo que reclaman realmente son medidas concretas que nos saquen de la crisis y políticos honestos con clara vocación de servicio público.

Confianza, fidelidad, rebelión y ausencia. Cuatro palabras para definir lo que ha ocurrido en Andalucía en una de esas jornadas que pasarán a la historia electoral y serán objeto de no pocos estudios y tesis científicas. Todo ello en la demostración más apasionante de que los ciudadanos hacen con su voto lo que quieren.

De encuestas, ERE y otras hierbas

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 11 de marzo de 2012 a las 10:57

Si hace dos semanas decíamos aquí mismo que nos queda un mes de tortas, hoy, tres días después de que haya arrancado la campaña electoral, no podemos más que suscribir la opinión. Por lo ajustada que se ha puesto la cosa y por la tensión que hay alrededor de la misma. PSOE y PP se juegan el 25 de marzo más que el Gobierno andaluz, está en juego el triunfo absoluto de un modelo o la leve resurrección socialista. Si Arenas llega a San Telmo con mayoría absoluta, Rajoy respirará tranquilo pues la comunidad autónoma que más diputados da habrá rubricado su política de recortes y reformas. De lo contrario, si es Griñán el que se mantiene en el poder -de la mano de IU, por supuesto-, los socialistas recibirán una bocanada de aire fresco, pondrán a Andalucía como punta de lanza de su reconquista nacional y se lanzarán sin duda a una huelga general el 29-M en la que la izquierda o, mejor dicho, sus representantes oficiales e históricos se juegan la propia subsistencia.

Las encuestas tampoco contribuyen a dejar claro el panorama, ni la que publicó el CIS el jueves, ni la que se puede leer unas páginas más adelante en este periódico. El Barómetro de Invierno del Grupo Joly, realizado por el Instituto Commentia, apunta a una victoria clara del PP en las urnas, aunque deja abierta la opción de que la mayoría absoluta se le escape a Javier Arenas entre los dedos. Será cuestión de unos pocos votos aquí y allí, de convencer en las provincias clave -Sevilla, Cádiz y Málaga- y de esperar a que Izquierda Unida no se dispare tanto como algunos creen para que no reste en la atribución final de escaños. El futuro de UPyD es más negro y su presencia en el Parlamento andaluz no está asegurada. Dicho de otro modo, la figura de Rosa Díez vale para las generales pero para las autonómicas no parece que sirva lo mismo Martín de la Herrán.

Claro que luego debemos tener en cuenta el caso de los ERE, la presencia del inefable Guerrero, de su chófer y de unos cuantos más en un foco mediático que la juez Mercedes Alaya atiza con maestría propia del Maquiavelo más avezado a pesar de que ella dice que ni siente ni padece estas cuitas del día a día que vivimos los demás. Invercaria y sus surrealistas conversaciones -más propias de las gloriosas parodias de Gila sobre la guerra que de cualquier profesional serio- no se quedarán atrás.

Y, mientras, uno se pregunta si de verdad a los andaluces les interesa toda esta cochambre o si realmente lo que quieren es que alguien les dé trabajo y seguridad en el futuro. De cuantos vayan a votar el 25 obtendremos la respuesta. Ya queda menos.