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El dolor del silencio

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 14 de julio de 2013 a las 11:10

Mientras escribo este artículo mis tres hijos, más un acompañante de fin de semana, corren por la casa y hacen el ruido propio de cuatro niños recién levantados. Mientras escribo esto pienso en el silencio inmenso que debe reinar hoy, hoy más que nunca, en casa de Ruth Ortiz allí en Huelva. Han pasado apenas 24 horas desde que el portavoz del jurado popular leía, con un aplomo y seguridad sorprendentes, el unánime veredicto de culpabilidad contra José Bretón y me imagino a Ruth afrontando el primer día del resto de su vida. Me imagino a esa madre que ya sabe oficialmente que sus hijos murieron a manos de un bárbaro y trata de no pensar en cómo. El mismo viernes por la noche, Ruth Ortiz decía en un programa de esos de casquería que la sentencia la ha dado “tranquilidad y paz” y que ahora sólo quiere “descansar el resto del verano y comenzar la segunda parte de mi vida”. “Se ha cerrado una puerta”, afirmaba clara, y ahora toca seguir viviendo.

Tengo una enorme admiración por Ruth Ortiz. Su entereza, la fortaleza que ha demostrado en todo momento y su tesón siempre me han parecido dignos de encomio. Casi nunca ha perdido los papeles, ha estado en su sitio, pero no como madre doliente sino como una luchadora dispuesta a desenmascarar al monstruo con el que había convivido y al que un día dijo hasta aquí hemos llegado. Ruth sabía que no iba a ser fácil cerrar ese capítulo de su vida con José Bretón, pero nunca pensó que alguien pudiera llegar a donde ha llegado esta bestia para hacerle pagar su derecho a vivir. Sin embargo, no se amilanó, no se rindió nunca y el viernes obtuvo el pírrico triunfo que da saber que nueve ciudadanos como usted y como yo han visto claro lo que todos sabíamos desde el principio: que el 8 de octubre de 2011 el diablo se hizo carne en Las Quemadillas para arrancar dos vidas inocentes.

En ese año y medio largo, el caso Bretón nos ha obsesionado a todos. Hemos vivido cada avance en la investigación como un éxito propio y cada parón como un fracaso colectivo. Hemos tratado de contar lo que hemos vivido sin caer en la cochambre, el amarillismo y la basura de algún programa de televisión. Nos hemos solidarizado con la familia Ortiz y hasta hemos sentido pena en ocasiones del acoso inhumano que han sufrido los abuelos Bretón a las puertas de su casa.

Ahora todo ha llegado a su fin, a pesar de los recursos del futuro y del renacer de los procesos. El veredicto cierra una puerta y la sentencia le echará el candado. Queda sólo, si es que se puede decir sólo, que Ruth Ortiz pueda enterrar en familia y con el dolor de una madre los restos de aquellos que fueron su razón de vivir durante su breve existencia. Sólo resta un entierro, un funeral y un adiós cargado de lágrimas. Y después intentar volver a la vida. Siempre he dicho que un padre nunca debería sobrevivir a sus hijos, pues el dolor de su ausencia se me antoja indescriptible. No imagino la mañana sin el griterío y las carreras. No imagino la noche sin las llamadas y llantos. Mucho ánimo, Ruth. Y buena segunda parte de tu vida.

Los límites del caso Bretón

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 23 de junio de 2013 a las 9:14

Hablar del caso Bretón cuando uno está inmerso en el día a día de la información sobre su juicio no se antoja fácil. Tampoco lo es cuando aquel fatídico 8 de octubre en el que desaparecieron Ruth y José, uno también tenía dos hijos con los mismos 6 y 2 años de los pequeños Bretón Ortiz. Mantener un discurso informativo serio, mesurado y lo más aséptico posible se hace bastante cuesta arriba cuando se observan actitudes, miradas y comportamientos que no mueven precisamente a la duda y la compasión. Pero hay que hacerlo. Una cosa es el sentimiento personal, la duda más que razonable sobre lo que ocurrió aquel fatídico día, y otra muy distinta es la responsabilidad de trasladar al lector lo que ocurre en cada jornada de interrogatorio y desfile de testigos.

En este mismo lugar, hace justo una semana dije que muy probablemente sentiría vergüenza algún día al ver el trabajo de algunos (supuestos) periodistas. Puede sonar prepotente o sencillamente chulesco, pero visto lo visto lamento haber tenido razón. En estos cinco días de juicio que llevamos, hemos asistido a un espectáculo pseudopornográficotelevisivo en el que varias cadenas, sobre todo dos, se han dedicado a lanzar todo tipo de basura a la opinión pública sin ningún tipo de rubor. He asistido estupefacto a programas en los que no es que se acusase, es que se condenaba directamente y sin ningún tipo de rubor. He visto a tertulianos y todólogos sentar cátedra sobre ,los mayores desvaríos como si fuesen expertos grafólogos, psicólogos y todos los logos que se les ocurran. Me ha llamado poderosamente la atención ver al comisario encargado de la investigación ser parte de tertulias días antes de acudir a declarar a los juzgados. (Y vaya aquí mi reconocimiento más sincero a Serafín Castro, sin cuya persistencia y convicción no habríamos llegado hasta aquí). En definitiva, me ha estomagado lo que he visto, el periodismo menos formal, el del todo vale, aquel del que hablábamos hace una semana sobre su amor a la carroña y la sangre fácil.

Casos como el de Ruth y José, igual que el de Marta del Castillo, Mari Luz Cortés, Sandra Palo o las niñas de Alcásser son los que ponen a esta profesión ante el espejo. Nieves Herrero aún se arrepiente del espectáculo que montó en Alcásser hace ya unos cuantos años, igual que el ya desaparecido de las pantallas Pepe Navarro. Los sucesos, la información de tribunales son quizás la mejor cantera de periodistas que existe. Es el lugar de las fuentes, de los contactos, de vivir el pulso informativo al momento, de marcarle un gol al contrario. Yo he visto eso en las redacciones y lo he disfrutado como el que más.

Sin embargo, lo que hoy vemos es, en muchos casos, bazofia. Ver a una redactora acosar a la puerta de su casa a unos octogenarios abuelos que, muertos en vida, no pueden salir a la calle porque les ha tocado un hijo que nadie desearía es estomagante. El periodismo no es eso. Se puede contar igual lo que todos pensamos. Se puede decir igual lo que todos creemos. Si Bretón hizo lo que hizo –y cada vez lo dudamos menos– que se pudra en prisión. Pero no traspasemos los límites. Luego nos quejamos de cómo nos va.

 

Epicentro de la tragedia

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 16 de junio de 2013 a las 9:40

En apenas 24 horas, Córdoba volverá a convertirse en epicentro informativo nacional. Mañana a las 10.00, el magistrado Pedro Vela decretará el inicio del proceso de selección del jurado que deberá decidir sobre la culpabilidad o inocencia de José Bretón y todos los ojos mirarán hacía aquí. Será el arranque de un caso que durante un mes revivirá minuto a minuto lo vivido desde que el 8 de octubre de 2011, Ruth y José desaparecieran de la faz de la tierra para no volver a dar señales de vida jamás. No envidio nada a los ciudadanos que mañana sean seleccionados. Tienen ante sí una difícil misión y además se van a convertir en protagonistas no deseados de un suceso absolutamente indefinible. No sé si serán padres o madres, si estarán más o menos contaminados o si tendrán un carácter fuerte y resuelto a serán más bien sensibles y dados a la lágrima fácil. Lo que sí sé es que no me gustaría estar en su pellejo en estos momentos. Como padre no puedo imaginar nada peor que perder a mis hijos y como ser humano se me hace altamente complicado mantenerme al margen de todo lo que rodea a este proceso.

En las próximas semanas, esos hombres y mujeres que se sienten en el banco del jurado tendrán que ver cómo pasan ante ellos un padre que insiste en que no mató y quemó a sus hijos a pesar de que todos los indicios apuntan en dirección contraria. Tendrán que oír al abogado defensor poner en duda todo el procedimiento judicial y la labor policial y analizar fríamente si fue así o no. El próximo miércoles asistirán a la declaración de una madre que bastante hacer con sobrevivir cada día después de lo que le ha tocado pasar. Escucharán a la abogada de la acusación decir que Ruth Ortiz sabía lo que podía ocurrir porque su marido al parecer la amenazó en alguna ocasión con hacer lo que supuestamente, y digo supuestamente, dicen que hizo. Tendrán que mirar a los ojos a una mujer a la que se le apagó la vida a medida que pasaban los meses y no sabía nada de sus niños de 6 y 2 años. Deberán atender a las explicaciones de unos peritos que justificarán que los huesos que se hallaron en la hoguera de las Quemadillas pueden pertenecer sin género de dudas a los dos pequeños. También esos miembros del jurado, verán desfilar a familiares, tíos, abuelos, que contarán desgarrados lo que han vivido. Mal trago, sin duda. No, no me gustaría ser jurado.

Y tampoco me va a gustar seguro ser periodista algunos de los días. Estoy seguro, y ojalá me equivoque, que esa prensa de la carnaza, el llanto fácil y el cuchillo en la boca va a plantar sus tiendas de campaña aquí buscando la lágrima, la audiencia y la sangre informativa. Espero equivocarme, pero precedentes como el caso Alcásser, Mari Luz, Marta… no me hacen ser optimista con una parte de esta profesión que vive de la carroña y hasta disfruta hozando en ella.

Córdoba será a partir de mañana el epicentro informativo nacional. Se juzga el grado de abyección al que puede llegar el ser humano. Lo será por unos días o semanas. Luego todo volverá a la normalidad, al calor del verano y al frío del invierno. A la ausencia de una madre cuya vida hace casi dos años que dejó de existir. Terrible.

 

La reflexión del juez

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 9 de septiembre de 2012 a las 10:00

Ayer se cumplieron once meses desde que desaparecieron Ruth y José Bretón Ortiz. Una marcha entre indignada y silenciosa recordó su ausencia por las calles de Córdoba, una ciudad aún impresionada por la crueldad que emana de los últimos informes y autos judiciales. Once meses después de aquel fatídico 8 de octubre, José Bretón sigue empeñando en intentar convencernos de que perdió a sus hijos mientras jugaban en el parque Cruz Conde. Enfrente, el juez Rodríguez Lainz mantiene con el mismo tesón que el padre de los pequeños es culpable de haber asesinado a sus dos hijos y después haberlos quemado en una hoguera en Las Quemadillas para hacer desaparecer sus restos. Lo tiene claro el togado, no se cree ni por asomo la versión del padre, al que condenan cuatro de los cinco informes técnicos que han analizado los restos hallados en la finca. El quinto, el primero en el orden cronológico, lo ha exonerado de culpa durante todo este tiempo. Era el texto dela Policía, para la que, sin embargo, el juez y la familia sólo tienen palabras de elogio tras la investigación realizada. Admiten que se cometió un gran fallo, pero no olvidan que de no ser por el tesón, los medios y las horas echadas por el equipo de investigación habría sido imposible mantener a Bretón a la sombra y llegar a lo que parece el final del camino. Conviene no olvidarlo antes de echar en cara errores o crear polémicas estériles.

En esta línea, de todo lo que se ha escrito sobre esta tragedia esta semana me quedo con la llamada de Rodríguez Lainz a la reflexión. El juez pide en su auto que se piense en los procedimientos policiales para evitar nuevas situaciones como la vivida estos meses, no sólo en lo policial, también en otro sentido. Como insinúa el togado, debemos reflexionar sobre el circo creado en estos meses alrededor de la tragedia de una familia. Sobre las horas y horas de televisión plenas de elucubraciones y teorías de los mas variados expertos en todología en las que se han dicho barbaridades. Sobre el negocio de la muerte y la casquería que se han montado algunos para lograr audiencia. Sobre el acoso a los familiares del supuesto asesino por parte de una sociedad y unos medios ansiosos de echar más leña al morbo. Ésa es la reflexión que hay que hacer.

Una sociedad madura no puede entregarse al espectáculo por mucho que éste deslumbre en las pantallas. Una sociedad seria no puede permitir este circo. José Bretón pasara toda su vida a la sombra si el jurado lo ve culpable de lo que supuestamente ha cometido. Deberíamos darnos por satisfechos con eso. Los tiempos en los que el César condenaba a muerte entre los gritos de la multitud quedaron atrás. Reflexionemos sobre ello para no convertir una tragedia en un espectáculo por la audiencia.

No tengo palabras

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 2 de septiembre de 2012 a las 9:14

Hay artículos que uno jamás querría escribir. Ocasiones en las que el ejercicio del periodismo se convierte en un reto especial por la magnitud de los hechos sobre los que uno está obligado a hablar. La más que probable demostración de que dos niños de 6 y 2 años pudieran arder en un crematorio casero a unos 800 grados centígrados es una de ellas. Expresar las sensaciones que le recorren a uno el cuerpo cuando asiste durante diez meses a la lucha de una familia por no enfrentarse a la abyección extrema del ser humano le mueve a uno inconscientemente a pensar insultos, frases duras y condenas nada legales contra el ser –es difícil decir humano– que un día decide llevarse por delante la vida de sus hijos de esta manera. Dos niños de 6 y 2 años, la misma edad que tenían mis hijos cuando Ruth y José se perdieron para siempre en las sombras d de la  ignominia.

Estos días me ha venido a la memoria una de las primeras labores que me tocó realizar en mis inicios profesionales. Fue la edición de la sentencia contra los asesinos de las niñas de Alcáser. Nunca se me ha olvidado la náusea que me recorrió el cuerpo al leer las aberraciones que unos salvajes cometieron sobre esas indefensas jóvenes. Recuerdo que estuve a punto de vomitar, conmovido por los hechos y porque la juventud aún no me había conducido a esa especie de callo emocional que esta profesión nos hace crecer alrededor de los sentimientos con el paso de los años. El mismo callo que esta sociedad tiene tras tantas noticias demoledoras en casos como el de Marta, Mariluz, Maddie, Yéremi o, ahora, Ruth y José. El ser humano es capaz de acostumbrarse a todo. Nos conmovemos, pero cada vez nos sorprendemos menos.

En estos días en los que las llamadas al periódico me daban noticia de nuevas y terribles revelaciones mientras disfrutaba (con perdón) del fin de las vacaciones con mis hijos ha habido tiempo para reflexionar sobre esta barbarie. Para comprobar que uno es incapaz ni por un segundo de comprender qué puede mover a una persona a semejante animalada; que no es posible entender qué recorre una mente en ese momento. Tampoco es posible, por mucho que lo diga nadie, imaginar qué siente Ruth Ortiz ahora, qué sensación de abismo interior debe padecer esa madre, cómo le es posible levantarse cada mañana. Una vez escribí aquí que un padre jamás debe sobrevivir a sus hijos; hoy lo creo más que nunca. Es por eso que no creo que éste sea momento ni lugar para hablar de condenas, culpabilidades ni causalidades. Creo que éste es el momento del silencio, de la reflexión, de intentar trasladar un hálito de esperanza a un corazón vacío. Descansen en paz Ruth y José. Y descanse también, si es posible, su madre. No tengo palabras.

Bretón, la Justicia y el escalofrío

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 7 de mayo de 2012 a las 18:53

 

El juez José Luis Rodríguez Lainz ha decretado esta mañana el procesamiento de José Bretón como presunto autor de dos delitos de detención ilegal, en la modalidad cualificada de menores y con el agravante de parentesco, y por simulación de delito. El juez ha decidido dar este paso justo la víspera de que se cumplan siete meses sin tener noticias de los pequeños Ruth y José Bretón Ortiz, a los que se vio por última vez el sábado 8 de octubre cuando salían de casa de sus abuelos. El padre de los pequeños mantiene desde ese día que los perdió en el parque Cruz Conde mientras jugaban y él se despistó. La investigación policial y la decisión del juez apuntan a que los hechos no ocurrieron así y José Bretón decidió, no se sabe cómo ni cuándo, hacer desaparecer a sus pequeños. Estos son los hechos puros y duros. Sin más aderezo que la frialdad que siente uno cuando los cuenta una letra detrás de otra.

 

 

Pero en estos siete meses ha habido mucho más. Ha habido imágenes que mostraban a un padre aparentemente frío ante la pérdida de sus pequeños. Hemos vivido el habitual trasiego de la información desde los inicios serios y respetuosos hasta el amarillismo vomitivo de los de siempre en busca del extremo más truculento y llamativo. Hemos asistido a la lucha de una madre que primero quiso  mantener su dolor en la intimidad hasta que terminó rompiendo  su odio e impotencia con una piedra contra una puerta harta de esperar una noticia que nunca se produce. Una madre que ha pasado de contar con que sus hijos estaban vivos a admitir públicamente ante la prisión en la que se encuentra su exmarido que éste es un monstruo, un asesino, que los ha matado y ha hecho desaparecer los cuerpos. Y, por último, nos ha dejado estupefactos un abogado que es capaz de defender que su cliente mienta “pues es el único en la causa que puede hacerlo”. Un letrado que ha jugado al gato y al ratón con según qué medios y que obviamente hace todo lo que puede para sacar a su defendido indemne de la cárcel.

Podríamos hablar del perfil que pintan de Bretón sus antiguos familiares, los presos que lo acompañan en Alcolea o los policías que lo interrogaron en los primeros días. Podríamos volver a arrojar dudas sobre una búsqueda policial que en siete meses no ha dado frutos y parece estancada una vez más. Podríamos dudar de si la familia Bretón sabe algo más de lo que dice, aunque ver a esos abuelos atosigados por exaltados no parece la mejor opción para que hablen. En fin, podríamos hacer tantas cosas…

Sin embargo, ahora que se cumplen siete meses sin Ruth y José sólo hay dos cosas que podemos decir con total propiedad. La primera es que los dos niños, a sus 6 y 2 años, continúan desaparecidos. Y la segunda, la más dura, es que el juez ya ha acusado formalmente a José Bretón de estar detrás de esa ausencia y de ser el responsable de la misma. Y, aun respetando la presunción de inocencia constitucional, esta acusación sostiene tal dureza tras la frialdad de sus términos que uno no puede por más que revolverse indignado. Ojalá todo sea un error, un juego macabro de venganza o la acción de unos desalmados. Ojalá sea así, porque de lo contrario a uno se le pasan tantas cosas por la cabeza que prefiere callarse aquí.  


Coraje de madre

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 9 de enero de 2012 a las 18:30

Era la primera vez en tres meses que hablaba ante las cámaras y se le notaron los nervios. Una mezcla de lo que imponen tantas cámaras y micrófonos y la necesidad de aguantar la ira y la rabia que la corroen por dentro. Pero Ruth Ortiz sacó fuerzas de flaqueza, recorrió los casi 300 kilómetros que separan Huelva de Córdoba y se plantó tras la pancarta que el domingo por la tarde exigía el regreso de sus hijos, Ruth y José, a sus brazos. Han pasado ya 90 días desde que su padre, José Bretón, denunció que los había perdido en el parque Cruz Conde un sábado por la tarde y Ruth parece que se ha cansado de esperar. Es de imaginar que en estas semanas, la madre de los dos pequeños, de 6 y 2 años, debe haber transitado por todos los estados de ánimo posibles. Desde la desesperación más absoluta, a la incomprensión por lo ocurrido pasando por la ira e impotencia que transmitía el domingo. Son demasiados días acostándose en el silencio del hogar, sin los ruidos ni los olores que dejan los hijos en casa; con el desasosiego que produce no saber qué estarán haciendo o dónde estarán metidos tus niños. Demasiado tiempo para aguantarse. Y explotó.

Ruth Ortiz explotó el domingo después de que en la visita que le realizó a la cárcel el 28 de diciembre, su marido le dijese que cuando aparezcan los pequeños va a luchar por su custodia. No me puedo imaginar lo que sintió esa madre al escuchar esta surrealista afirmación de labios de un hombre que lleva dos meses entre rejas porque el juez (y no sólo el juez) le considera responsable de la desaparición de los pequeños. Esperemos que sólo de la desaparición. ¿Qué debe pasar por la mente de José Bretón para decir semejantes chorradas cuando de lo que se trata es de que los niños regresen sanos y salvos? Supongo que algo de eso debió pensar Ruth cuando salió del penal de Alcolea, imagino que derrotada y rabiosa hasta decir basta. Hasta aquí hemos llegado.

Y se vino a Córdoba el domingo, haciendo de tripas corazón y arropada por decenas de familiares, amigos y ciudadanos anónimos que siguen concentrándose semana tras semana para que no se nos olvide que hay dos niños perdidos. Personas tan anónimas como las que cuelgan cada domingo que juega el Córdoba en casa una pancarta que en el fondo norte de El Arcángel que nos muestra los rostros de Ruth y José y exige su regreso. Ruth Ortiz aguantó el silencio de la concentración y después dijo lo que llevábamos meses pensando que diría: que su marido es el responsable de la desaparición de los niños; que estos no fueron al parque; que la familia de José Bretón sabe que éste miente pero no se atreve a decirlo, y que “lucharé por saber la verdad de lo que ocurrió el día de la desaparición”. Lo dijo con gesto serio, pero con el coraje y la rabia contenida de una madre a la que ya nada podrá parar. Lo dijo como usted o como yo lo haríamos y si nos encontráramos en la misma situación. Lo dijo como mensaje claro a su todavía marido, para que no se piense que va a parar jamás en su pelea, para que no se confíe, para que recapacite. Ojalá lo haga. Son ya demasiados meses.