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Carrillo, Cañero y la demagogia

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 23 de septiembre de 2012 a las 10:41

El mismo día en que España se despedía de un hombre clave para su historia reciente, la izquierda cordobesa dejaba plantado Cabalcor. El mismo día en que se incenaraban los restos de un político que fue capaz de evolucionar en sus ideas, unos aprendices de brujo demostraban en Córdoba que la involución aún es posible. El mismo día en que los restos Santiago Carrrillo descansaban para siempre, la cortedad de miras de los líderes políticos volvía a resucitar los fantasmas de la vieja España en nuestra ciudad cuando, los mismos que horas antes glosaban la trayectoria de un hombre que supo dejar atrás extremismos sin sentido y odios atávicos, se plantaron con silbatos y banderas en Caballerizas por el homenaje a Antonio Cañero.

Santiago Carrillo, a quien siempre recordaran unos por sus concesiones en la Transición y otros por la matanza de Paracuellos, demostró en sus 97 años que el ser humano es capaz de pasar de la ortodoxia estalinista al europeísmo democrático. Antonio Cañero, maestro del rejoneo y patriota para unos y sádico asesino genocida para otros, también demostró su humanidad legando a Córdoba los metros suficientes para construir un barrio que hoy lleva su nombre. Ambos tienen luces y sombras y a ambos se ha utilizado esta semana como excusa de feria para hacer política barata y populismo de tres al cuarto.

Carrillo y Cañero representan las dos caras de esa España a la que cantó Machado cuando el país se desangraba camino de la catástrofe impulsado por la intransigencia de unos y el odio de otros (da igual el orden). De aquella contienda que sumió a España en 40 años de dictadura tenebrosa, miedo, atraso y persecución hay quien quiere hacer hoy argumentario político. Del dolor de hace ya 75 años se sigue haciendo pancarta hoy día ante la incapacidad de articular discursos contemporáneos, soluciones a la crisis y alternativas económicas. Del mismo modo que Mas aventa el nacionalismo exacerbado en Cataluña para tapar sus fracasos, en Córdoba se ha querido hacer de un homenaje bandera de guerra entre los buenos y los malos, entre los demócratas y los fascistas, entre los obreros y los señoritos.

Desconozco si Cañero se dedicaba a alancear rojos desde su caballo tanto como si Carillo dio la orden de fusilar a varios miles de personas en Paracuellos. La historia y los historiadores son los que deben narrar, que no juzgar, aquello que pasó más de siete décadas atrás. Lo que sí sé es que en estos tiempos de desesperanza y oscuridad económica, la demagogia no debería ser la línea argumental de quienes están llamados a dar soluciones; no a crear más problemas. Nos desangramos mientras los médicos deciden si el color de la bata para operar debe ser verde o blanco. Pena de país.