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Autodestrucción

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 3 de enero de 2016 a las 11:32

El pasado 20 de diciembre PP y PSOE obtuvieron los peores resultados de su historia reciente. Los populares se dejaron 63 diputados y cayeron a cifras de 1989, mientras que los socialistas perdieron 20 actas y cerraron su peor dato en la democracia. Entre ambos, fueron cinco los millones de votantes que dejaron de confiar en las fuerzas que han marcado la política nacional en las últimas cuatro décadas. Un cifra para hacerse mirar. Sin embargo, pasados los días las sensaciones que ofrecen cada uno de ellos son diametralmente opuestas. Así, el PP ha logrado situarse en una posición de búsqueda de acuerdos de Estado y de unidad alrededor de su líder, Mariano Rajoy. Ciudadanos le ha hecho daño, pero no pone en riesgo definitivo su primacía en el centro-derecha español. Además, la jugada de Rajoy de situar rostros nuevos en la sala de mando le permite afrontar estos momentos con una imagen muy mejorada, e incluso renovadora en cierto punto. Si él cae, cosa poco probable, el relevo está garantizado. Y eso no es poca cosa.

En el PSOE la cuestión es diferente. Los socialistas no han querido ver hasta ahora que llevan en caída libre desde que Zapatero traicionó a sus votantes en 2010. Han querido camuflar su reiterado retroceso tras el espejo de los pactos que les han devuelto poder regional y municipal, sin querer darse cuenta de que para lograrlo se estaban echando en brazos de su principal enemigo. Siguen siendo la segunda fuerza política del país, sí, pero por los pelos. Apenas algo más de un punto les separa de Podemos, que crece como la espuma en las ciudades de más de cien mil habitantes al tiempo que va ganando terreno en los graneros rurales de los que se alimentan los socialistas. Tan claro está esto en el imaginario real de los dirigentes del partido del puño y la rosa, que han tardado apenas 24 horas en lanzarse unos a la yugular de los otros por ver quién salva el cuello. Lo ha dicho Patxi López al destacar la patética imagen que está ofreciendo el partido.

Los socialistas se encuentran dos semanas después de las elecciones con un líder cuestionado internamente, unos barones lanzados a la guerra de Taifas, una estrategia de pactos que lejos de mirar por el bien de la gobernabilidad del Estado se centra en rechazar al PP sin más argumentos, y con la imposibilidad de buscar socios que no les supongan traicionar principios básicos del partido como la unidad de España. Todo ello adobado con titulares y filtraciones para preparar un futuro congreso y hasta una convocatoria electoral que entronice a Susana Díaz, la elegida. Se han colocado ellos solos en el centro de la diana a la que apuntan todas las escopetas y no hay nadie hoy en día capaz en el partido de tapar las múltiples vías de agua que escapan desde Ferraz. Y eso sin que aún hayan comenzado a llegarles de verdad las presiones exteriores para que cambien su actitud. El Íbex todavía no ha se ha resentido de la sensación de ingobernabilidad que va a tomar el país una vez se vayan los Reyes Magos de vacaciones. La prima de riesgo, Bruselas y Merkel van a apretar de lo lindo. No son pocos los históricos dirigentes del partido, esos que Zapatero comenzó a laminar en 2004, que plantean la necesidad de recuperar la altura de miras que siempre ha caracterizado al socialismo español.

Y mientras todo esto ocurre, ellos, los que sueñan sólo con pasar a la historia, siguen entregados a sus cuitas de patio de colegio y cunde a su alrededor la sensación de que alguien ha pulsado la tecla de autodestrucción. ¿Saldrá Felipe a apagarla? Pocos dudan que es el único que puede poner orden.

El paraíso de Artur

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 1 de noviembre de 2015 a las 7:18

Artur Mas va por ahí diciendo que él quiere una Cataluña libre. Una república en la que todos los catalanes sean felices. Una especie de nirvana nacionalista en el que habrá paz, amor y fraternidad por doquier sólo por portar la estelada. La república catalana será un lugar idílico en el que no habrá pobreza, ni hambre, ni desigualdades. Un paraíso terrenal en el que los niños y las niñas serán más listos, más guapos y más altos. El Estado catalán acabará con todos los problemas de sus habitantes sólo con su declaración de independencia. Será la octava maravilla del mundo y los inversores acudirán raudos a la carrera para dejarse los cuartos en él porque sus leyes serán las mejores, sus trabajadores los más preparados y su presidente el más magnánimo habido en la historia.

Artur Mas, a su llegada al TSJC para declarar por la convocatoria del referéndum nacionalista del 9-N de 2014.En su afán por darle a los catalanes ese paraíso terrenal a Artur Mas le han salido unos enemigos muy malos en Madrid y en el resto del país. Son unos hombres malos, insolidarios, que se comen a los niños por las noches. Son personas sin corazón que esquilman a los catalanes, se llevan su dinero, arruinan sus fábricas y despiden a sus empleados. Son los culpables de que sus farmacéuticos no cobren por las medicinas que recetan sus médicos. Son quienes hacen que su sanidad, la mejor, la más vanguardista, tenga problemas para atender a los enfermos y, incluso, hasta ponga en riesgo a algunos pacientes. Son la encarnación del mal, representan la corrupción más institucionalizada.

En el mundo ideal que va a crear Artur Mas no existen comisionistas del 3%, ni financiación extraña en los palaus de la música, ni es necesario llevarse cientos de millones a Andorra, Belice o sabe Dios dónde porque allí todo estará bien. El paraíso catalán no tendrá impuestos que den de comer a los vagos de los andaluces, ni tasas que sirvan para hacer carreteras a esos subdesarrollados extremeños. En el walhalla independiente las autopistas serán gratuitas, los trenes llegarán a su hora y los escritores, músicos e investigadores que allí trabajen recibirán todos los años el premio Nobel correspondiente.

En el paraíso de Artur Mas se venerará la visión comprometida y anticipada a su tiempo de Jordi Pujol y no será necesario cumplir las leyes porque desde la CUP se encargarán de que no haya ningún tipo de limitación al libre albedrío. Tampoco habrá en esta tierra diferencias entre ricos y pobres pues todos serán compañeros en la tarea común de hacer un Estado feliz. Por supuesto, en la república de la estelada sólo habrá un presidente, será eterno, no estará sujeto a urnas ni campañas y será venerado por sus compatriotas como su libertador. Como San Martín, como Bolívar, como Mandela, como el mejor y más fiel heredero de Gandhi.

Así es el mundo de Artur Mas. Bonito, idílico, maravilloso, espléndido, opulento, suntuoso, desprendido, soberbio. Lástima que no haya llegado aún nadie capaz de desmontar el mito, nadie inteligente y desprendido que libere los ojos de ese pueblo cautivo para que a su alrededor vean la verdad que les rodea. Una verdad miserable, como la de quien aventa íntimas pasiones para ocultar que su incapacidad, su ignorancia, su mezquindad, su egoísmo y su falta de inteligencia han colocado en el abismo a un territorio fértil, laborioso, ejemplar y magníficamente dotado. Una verdad que, como todas las ligadas al nacionalismo mal entendido, sólo tiene un desastroso final posible. Como tantas veces se ha visto ya en tantos rincones del mundo. Y todo ello por el apego enfermizo a una poltrona. No hay otro motivo.

Empieza lo importante

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 27 de septiembre de 2015 a las 10:17

Cataluña acude hoy a las urnas en unas elecciones autonómicas convertidas en referéndum de autodeterminación. Las estrategia de Artur Mas y el devenir de la campaña han certificado que en las urnas de hoy no se va a decidir nada sobre el funcionamiento de la administración, la política económica, el modelo educativo o el sistema sanitario. Hoy sólo se opta entre seguir dentro de España o declararse independiente y mantener esta locura secesionista caiga quien caiga. Se espera que los partidarios de la ruptura acudan en masa a los colegios electorales y existen dudas sobre lo que harán quienes quieren seguir dentro de este país llamado España. Es lo que tiene formar parte de un movimiento que ha hecho del agravio, el victimismo y la persecución su razón de ser y otro que lleva ya tiempo asistiendo estupefacto a una política de aislamiento y hostigamiento muy bien calculada. En esta dicotomía llevamos dos semanas. Unos se sienten perseguidos por el Estado español y otros por el protoestado catalán. Unos se ven mártires de la incomprensión histórica y otros del arrinconamiento promovido desde las instituciones regionales. Esta es la situación y la base del problema.

Pero cuando esta noche sepamos los resultados y comprobemos si la cosa esta dividida a medias o no, habrá que lanzarse una serie de preguntas sobre qué va a pasar a partir de mañana. Deberemos saber quién y cómo va a gobernar una comunidad autónoma rica en la que la lista independentista mezcla marxistas convencidos con liberales de pura cepa tanto como las candidaturas del otro lado. Tendremos que conocer cómo piensa actuar el Estado central en caso de que el independentismo salga triunfador y cómo lo hará ésta en caso de salir derrotado. Habremos de conocer cuál será la traslación de los resultados a la inminente campaña electoral nacional; si los partidos se comportarán con responsabilidad o utilizarán la cuestión catalana como elemento arrojadizo en busca del voto.

Aunque haya quien se niegue a aceptarlo, hoy se deciden muchas cosas en Cataluña y todas ellas son importantes para nosotros como cordobeses, andaluces y españoles. Porque si parece que es innegable que hay que tocar la Constitución para buscar nuevos encajes y equilibrios territoriales, no lo es menos que estos ajustes no pueden partir de visiones maniqueas ni frentistas. Nuestra clase política, caracterizada por su racanería, falta de altura y profunda miopía, se halla ante un momento clave. De su capacidad de tender puentes y buscar alianzas depende en gran medida nuestro futuro. Imágenes como la del jueves en el Ayuntamiento de Barcelona estomagan y avergüenzan a partes iguales. Son la perfecta representación de cuán bajo han caído los partidos políticos en la selección de sus cuadros. Si es cierto, que lo es, que en Cataluña existe un sentimiento nacional muy arraigado hemos de responder a él con sensatez. La misma que quienes defienden su salida de España han de aplicar con quienes quieren seguir siendo catalanes y españoles. Todos en la búsqueda de discursos comunes. No vayamos a caer en la innata tradición española de construir el futuro arrasando los cimientos del edificio en lugar de añadirle una planta más. Mañana comienza lo importante. Esperemos que estén a la altura.

Mandela y Mas

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 15 de diciembre de 2013 a las 11:02

Nelson Mandela estuvo 27 años encarcelado por defender los derechos de su pueblo, el fin de la segregación racial y la consecución de la paz entre blancos y negros con el final definitivo del apartheid. Murió hace dos semanas y desde entonces no hay día en el que no se le rinda tributo por hacer de este mundo algo mejor así como por su ejemplo de vida y perdón. Su obra política es un ejemplo de cómo se pueden lograr los objetivos más difíciles sin disparar un arma, sin aventar los odios raciales ni acudir al agravio histórico como única fuente de legitimación. Mandela es el espejo en el que todo aquel que quiera dedicarse a la política ha de mirarse, pues su legado histórico trascenderá sin duda alguna su tiempo y el nuestro y quedara grabado en la historia de la humanidad como un modelo a imitar.

Al tiempo en que el mundo se despide de Mandela, Artur Mas anuncia la convocatoria de su referéndum de autodeterminación en Cataluña a la par que cobija un seminario mentiroso y manipulador destinado a limpiar cerebros. Mas se mantiene en su huida hacia adelante, trampeando todo lo que puede con tal de mantenerse atado a una poltrona que le va varias tallas grande. El presidente catalán sigue empeñado en romper su país, en enfrentar a los vecinos unos con otros con la única justificación de mantener su desvarío. Hasta tal punto llega la cosa que él mismo es incapaz de decir abiertamente qué votaría en ese hipotético referéndum, no vaya a ser que los pocos que lo acompañan en las urnas decidan abandonarlo definitivamente a su suerte de capitán iluminado.

Mas ha convocado una consulta que sabe que no puede sacar adelante porque no lo permiten ni la Constitución ni la abrumadora mayoría del arco parlamentario. Hay quien opina que lo ha hecho para salir adelante, conocedor de que no podrá mantener su empeño pero que así gana tiempo y respaldo popular. Sea como sea, la miopía y el egoísmo de un político que jamás llegara a ser un líder va camino de meter a España en un callejón sin salida. Está claro que la mayoría del país rechaza la autodeterminación catalana, pero lo que no lo está tanto es cómo van a ser de profundas las heridas que esta bravata de gallito engominado. Cuál puede ser el impacto económico de la misma en las cuentas de resultados de las empresas de esa tierra, que ya han avisado en más de una ocasión de que su president no es que esté precisamente ayudándoles a salir del agujero. El mismo agujero del que Mas no quiere hablar porque es incapaz de gestionarlo y cuya existencia quiere tapar del modo que sea.

Nos queda por delante un año de mucha tensión, descalificaciones, victimismos y vergüenzas políticas. Lástima que Mas no haya tomado ejemplo de Mandela y su mensaje: Juntos somos más fuertes, separados nos encaminamos al fracaso.