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Lamentable circo

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 23 de noviembre de 2014 a las 8:58

Isabel Pantoja está ya en la cárcel. Condenada a dos años por blanqueo de dinero en el saqueo de Marbella, la tonadillera ingresó el viernes por la mañana en el penal de Alcalá de Guadaira para pagar su deuda con la Justicia. Podrá obtener el segundo grado en mayo cuando lleve cumplida la cuarta parte de su sanción y podrá pedir el tercero en julio al alcanzar un tercio de la misma. Se supone que esta debería ser la noticia. Sin más aditivos ni historias. Una mujer estafa a un municipio de la mano del prenda de su ex pareja y, cuando la cazan los jueces, afronta las consecuencias de su acción. Sin más.

No soy consumidor de telebasura, me ataca y me pone de los nervios ver a una jauría que se declara periodista lanzarse a pelear sobre despojos humanos a gritos. Sin embargo, el viernes por la noche me senté delante de uno de esos programas: el programa parece ser. Vi Sálvame durante tres horas y me quedé estupefacto. Vi a unas personas gritar, darse coces verbales, volver a gritar, llorar, acusarse de todo y agredirse a voces con auténtico espanto. No es ya que hubiese allí una señora insinuando que lo de Isabel es injusto –que le pregunten a todos los que entran en el maco por cosas mucho menores– sino que asistí perplejo a un circo en el que hasta participó una antigua reclusa del penal a modo de experta carcelaria. Sí, no se sorprenda. Allí que andaba la tal Remedios contando batallitas carcelarias mientras en el plató una serie de individuos frívolos se reía a mandíbula batiente de la señora. El montaje fue repugnante: una expresidiaria, ataviada con una manta inenarrable, contaba cómo se vive en el interior de prisión desde el primer día. El presentador preguntaba si en prisión hay tele y si se ve Sálvame, a lo que la susodicha decía que sí “y que había un cachondeo…” Entonces irrumpía la carcajada zafia, soez, insolente e insultante de la clac televisiva. Lo dicho, repugnante.

Uno se pregunta en qué tipo de país estamos. Uno, que siempre ha defendido que cada cual ve en la tele lo que le da la gana, se pregunta cómo puede haber tanta gente a la que le dé la gana ver esta cochambre. Con perdón de los profesionales que ahí allí, que los hay y buenos. Pero uno, que le tiene un reverencial respeto a este oficio tan difícil y tan apasionante, no puede más que revolverse en el asiento cuando ve a algunos denominarse periodistas a la vez que, entre risotadas, mugidos y chistes burdos, diseccionan sin pudor ni recato un cadáver. Y me rebelo porque luego, cuando los periodistas de verdad van a la calle a buscar una información se encuentran con la puertas cerradas porque “vosotros sois todos como esos de la prensa rosa”. Y se me cae el alma a los pies. Qué pena.

Yo solo vi el esperpento pantojil, pero hay quien me cuenta que la tal Mariló preguntó cómo iba vestida la duquesa de Alba en el ataúd o que en La Primera emitieron una cosa en la que de la fallecida solo se recordaba su paso por el papel cuché.

Dicen que el periodismo está en crisis, pero, visto esto y sus audiencias, yo me pregunto quién está en crisis. Lamentable circo. Seguirá triunfando.

Los límites del caso Bretón

Luis J. Pérez-Bustamante Mourier | 23 de junio de 2013 a las 9:14

Hablar del caso Bretón cuando uno está inmerso en el día a día de la información sobre su juicio no se antoja fácil. Tampoco lo es cuando aquel fatídico 8 de octubre en el que desaparecieron Ruth y José, uno también tenía dos hijos con los mismos 6 y 2 años de los pequeños Bretón Ortiz. Mantener un discurso informativo serio, mesurado y lo más aséptico posible se hace bastante cuesta arriba cuando se observan actitudes, miradas y comportamientos que no mueven precisamente a la duda y la compasión. Pero hay que hacerlo. Una cosa es el sentimiento personal, la duda más que razonable sobre lo que ocurrió aquel fatídico día, y otra muy distinta es la responsabilidad de trasladar al lector lo que ocurre en cada jornada de interrogatorio y desfile de testigos.

En este mismo lugar, hace justo una semana dije que muy probablemente sentiría vergüenza algún día al ver el trabajo de algunos (supuestos) periodistas. Puede sonar prepotente o sencillamente chulesco, pero visto lo visto lamento haber tenido razón. En estos cinco días de juicio que llevamos, hemos asistido a un espectáculo pseudopornográficotelevisivo en el que varias cadenas, sobre todo dos, se han dedicado a lanzar todo tipo de basura a la opinión pública sin ningún tipo de rubor. He asistido estupefacto a programas en los que no es que se acusase, es que se condenaba directamente y sin ningún tipo de rubor. He visto a tertulianos y todólogos sentar cátedra sobre ,los mayores desvaríos como si fuesen expertos grafólogos, psicólogos y todos los logos que se les ocurran. Me ha llamado poderosamente la atención ver al comisario encargado de la investigación ser parte de tertulias días antes de acudir a declarar a los juzgados. (Y vaya aquí mi reconocimiento más sincero a Serafín Castro, sin cuya persistencia y convicción no habríamos llegado hasta aquí). En definitiva, me ha estomagado lo que he visto, el periodismo menos formal, el del todo vale, aquel del que hablábamos hace una semana sobre su amor a la carroña y la sangre fácil.

Casos como el de Ruth y José, igual que el de Marta del Castillo, Mari Luz Cortés, Sandra Palo o las niñas de Alcásser son los que ponen a esta profesión ante el espejo. Nieves Herrero aún se arrepiente del espectáculo que montó en Alcásser hace ya unos cuantos años, igual que el ya desaparecido de las pantallas Pepe Navarro. Los sucesos, la información de tribunales son quizás la mejor cantera de periodistas que existe. Es el lugar de las fuentes, de los contactos, de vivir el pulso informativo al momento, de marcarle un gol al contrario. Yo he visto eso en las redacciones y lo he disfrutado como el que más.

Sin embargo, lo que hoy vemos es, en muchos casos, bazofia. Ver a una redactora acosar a la puerta de su casa a unos octogenarios abuelos que, muertos en vida, no pueden salir a la calle porque les ha tocado un hijo que nadie desearía es estomagante. El periodismo no es eso. Se puede contar igual lo que todos pensamos. Se puede decir igual lo que todos creemos. Si Bretón hizo lo que hizo –y cada vez lo dudamos menos– que se pudra en prisión. Pero no traspasemos los límites. Luego nos quejamos de cómo nos va.