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El crédito no fluirá en el corto ni, a este paso, en el largo plazo

González-Garilleti y De Bedoya | 1 de julio de 2013 a las 7:33

Bernanke-Draghi

Habitualmente, la ciencia económica suele analizar la realidad de los agentes económicos o bien centrándose en la oferta o bien centrándose en la demanda. Así, algunas escuelas económicas estudian la oferta de bienes y servicios en profundidad (empresas) y la oferta de dinero (bancos) y otras escuelas económicas estudian con más profundidad la demanda (situación del consumo y la inversión en familias). Obviamente, las escuelas no se olvidan de la otra cara de la moneda en su análisis, pero suelen proponer soluciones para sanear la parte de la balanza que tras su análisis consideran contagiada.

Si acudimos al mercado crediticio (que no de dinero) nos encontramos con un verdadero quebradero de cabeza. Por un lado, algunos dirían que el crédito no fluye porque no hay suficiente liquidez disponible en los bancos, lo que no les permite prestar dinero. Es decir, los bancos necesitan que alguien (léase Banco Central) les facilite todo tipo de mecanismos (como mayores garantías, por ejemplo) para ponerse a prestar dinero y así generar crecimiento. Por otro, estarán aquellos que sostengan que el crédito no fluye porque las familias no pueden endeudarse más. Es decir, están tan endeudadas y los tipos de interés son tan altos que no tienen capacidad de pagar más. Además, no tienen empleo y/o sus rentas han caído.

Como podrá observar el lector, desde estas dos perspectivas la solución es la misma: aliviemos la situación de los bancos con bajos tipos de interés y con garantías, ayudemos a las familias con un empujoncito para encontrar trabajo y el crédito fluirá, las PYMES levantarán la cabeza y la economía se recuperará.

Sin embargo, este análisis resulta del todo desafortunado. Y resulta desafortunado porque no acierta con las causas por las cuales ni la oferta ni la demanda de crédito están funcionando, luego las soluciones propuestas no son más que parches que no solucionará esta situación. Además, son medidas que ya se han tomado (los balances de todos los bancos centrales del mundo se han expandido por encima del 300% desde el 2007) o que se están empezando a tomar y no da resultado. Esto ocurre porque esta no es una crisis al uso, esta crisis ya la lleva sufriendo Japón desde 1990 sin que hayan dado con la tecla adecuada.

Esta crisis, que algunos como el economista jefe de Nomura el Sr. Koo denomina “crisis de balances” y otros sencillamente queremos llamar fase de la crisis de liquidación con activos ilíquidos, no se soluciona con lo que se viene proponiendo por la gran mayoría de la ciencia económica desde antes de 1913 (inflación) sino que sólo caben dos posibles soluciones.

1) O bien se destruye riqueza potencial de los acreedores a través de un jubileo de deuda,

2) O bien se liberan recursos de los deudores, a través de concursos de acreedores ordenados.

La primera postura, necesariamente, implicaría de un Estado fuerte, puesto que los acreedores no pueden asumir toda la pérdida que tienen sin desaparecer (y no se puede vivir sin bancos, por ejemplo) así que inmediatamente después habría que nacionalizar banca y medios de producción. Un jubileo de deuda sin un Estado que controlase aquellos sectores que han perdonado mayores cantidades de deuda sólo nos conduciría a muchas décadas lúgubres que no queremos recorrer. Un jubileo de deuda necesita de un agente ordenador del proceso, que aunque se equivoque ordene. Un diseñador que impida que el orden espontáneo del mercado arrase con todo a causa del jubileo. Eso sí, no esperen que esta situación sea la panacea. Que el Estado absorba las deudas no significa que estas desaparezcan sino que implica que estas se socializan y las van pagando todos los ciudadanos. Porque no olvidemos que la deuda, aunque se perdone, financiaba multitud de activos que ahora, con la deuda perdonada, no tiene con qué financiarse y esos activos se los tendría que comer el Estado. Ojo, no defendemos aquí que tuviéramos que llegar a una situación de Estado que acapare el 100% de los recursos por el hecho de realizar un jubileo, pero sí a un Estado más fuerte.

La segunda postura implicaría una gran deflación y un gran desempleo en el corto plazo, con las esperanzas de que en el largo se fuera reabsorbiendo. Si casi nadie se está endeudando hoy en día no es porque no haya liquidez o porque cueste mucho endeudarse, es porque en el entorno actual aumentar el apalancamiento (es decir, tener más deuda sobre tus propiedades) resulta harto complejo y puede generar problemas de solvencia. Así que habrá que comenzar a liquidar los activos fijos de empresas y familias, de manera ordenada, y en el futuro esperar que se genere riqueza. La gran diferencia con el anterior es que el orden que adopta al mercado se basa en el derecho concursal, que está basado en los derechos de propiedad de cada uno de los agentes, no se necesitaría un organismo regulador y diseñador del proceso, sino sólo obedecer los contratos. Esto implica dejar en manos del mercado el proceso de adaptación y por mucha fe que se le tenga al mercado hay que recordar que se arrastran muchísimos desajustes desde hace mucho tiempo (en educación, en investigación, en inversión, en precios inflados…) que no se adaptarían inmediatamente y el shock de la caída podría hacer saltar por los aires instituciones fundamentales de la sociedad.

En conclusión, ahora mismo tenemos dos soluciones posibles extra a parte de lo que se está haciendo. O bien perdonamos las deudas y asumimos que el Estado debe velar por nosotros y socializar las pérdidas proveyendo recursos financieros o bien se deja quebrar a aquellos sectores que deban quebrar según las leyes del mercado. Pero lo que no se puede hacer es languidecer como Japón durante 20 ejercicios o apostar por una carta que ya está quemando Obama. Japón, por su lado, tiene una sociedad muy ahorradora y muy productiva, con empresas líderes a nivel mundial en todos los sectores. Estados Unidos, por el otro lado, empieza a mostrar dudas en su recuperación y cada vez parece tener menos efecto la política monetaria. Además, no se puede porque ni tenemos Toyota, ni tenemos WalMart, ni tenemos la inversión japonesa ni la ilusión monetaria (cada día más baja) norteamericana.

Elijan ustedes.