La magnitud de lo real

Pablo Bujalance | 7 de abril de 2013 a las 22:52

La v ida es sueño

Crítica de la representación de La vida es sueño a cargo de la Compañía Nacional de Teatro Clásico en el Auditorio Maestro Padilla de Almería el 6 de abril de 2013. Dirección: Helena Pimenta. Texto: Pedro Calderón de la Barca. Versión: Juan Mayorga. Reparto: Blanca Portillo, Marta Poveda, Fernando Sansegundo, David Lorente, Rafa Castejón, Pepa Pedroche y Joaquín Notario, entre otros. Aforo: lleno.

Desde su estreno en el siglo XVII hasta nuestros días, La vida es sueño constituye un enigma sin resolución aparente, por más que sus funciones se cuenten por cientos dentro y fuera de España sólo en las últimas décadas. Hay, digamos, una tendencia a su permanencia en la programación en virtud de su carácter patrimonial, pero tanto quienes la suben a las tablas como quienes acuden a su representación actúan inevitablemente a ciegas. No es extraño: lo que sirve Calderón en bandeja es una incógnita sin atajos, seguramente la mayor y más importante de todas las preguntas, y cada individuo, sea cual sea la posición que ocupe en este reto, debe aportar, si quiere, la suya propia. Saludada por los surrealistas como referente, la obra ganó la admiración de Samuel Beckett (Esperando a Godot y Fin de partida son, de algún modo, prolongaciones naturales de la estética calderoniana), quien la consideró, junto a El Rey Lear, directamente irrepresentable. En el fondo, La vida es sueño es una lectura radical hasta el extremo del Mito de la caverna de Platón que impacta con ánimo precoz en la filosofía cartesiana. Y Beckett tenía razón en la medida en que, ya que se trabaja a ciegas, el único modo de hacerla es mediante el tanteo: retirando una ingente cantidad de material humano hasta alcanzar una médula desconocida.

Lo mejor del montaje de Helena Pimenta es, como suele ser habitual en su abrumadora trayectoria, el modo en que traslada esa incógnita a la escena como elemento que no se limita a complementar el texto, sino que aporta contenidos propios. En este caso, además, resulta sorprendente la manera en que a veces la escena arroja luz al misterio con más solvencia y autoridad que el mismo desarrollo de la acción: la sombra de Segismundo proyectada en los muros de su celda y una iluminación prodigiosa que subraya los contrastes entre el día y la noche, y que se filtra a bocajarro en los perpetuos espacios cerrados que prefiguró Calderón a través de puertas y ventanas erigidas en protagonistas, aportan ya cuanto puede ser dicho sobre la vigilia y el sueño, sobre la ilusión que lo uno es respecto a lo otro. Cierto, éste es un teatro hecho a tientas: pero por eso precisamente es más hermoso, más sensible, más puro sin ser exclusivo. En este tablero permanentemente evocado, que precisamente por eso destila con fuerza la magnitud de lo real, la composición de lugar está siempre cargada de intenciones: la acción abre huecos entre los personajes con una fluidez pasmosa y una continuidad nunca truncada. El ritmo, como corresponde al teatro clásico (y tan escaso es, sin embargo, el cumplimiento de esta norma en la actualidad), se apoya en la pródiga musicalidad del verso. El mejor halago que puede decirse del trabajo de Pimenta en este sentido es que el verso se termina olvidando ya en el primer acto: se da en una naturalidad meridiana, como si esta métrica formara parte del habla común de los hombres. Hay aquí, si se quiere, un reflejo más del binomio sueño / vigilia: en qué clase de mundo, inevitablemente soñado, cada palabra habría de ser dicha con semejante corazón en cada sílaba por todas las bocas. La música barroca interpretada en directo es un aliado de fortuna incontestable, porque el verso es música, y de nuevo el espectador encuentra otro camino para despejar la incógnita más allá del verbo.
La versión de Juan Mayorga contribuye con criterio a aportar fluidez al texto. Respeta la arquitectura esencial (algo que en La vida es sueño es muy, muy difícil, ya que los detalles son más elocuentes que la propia trama) y subraya aspectos que a menudo suelen pasar desapercibidos (la evidencia de que Segismundo actúa durante buena parte de la obra bajo los efectos de las drogas) a la vez que refuerza el papel de Clarín como gracioso con agradecida fortuna. En cuanto al reparto, Blanca Portillo compone ciertamente un Segismundo histórico, perfecta en el decir del verso, la dicción (tira constantemente de garganta para dotar de masculinidad a su voz, algo que muy pocos intérpretes del panorama actual español podrían llegar a imitar) y la posición (la evolución del personaje a partir de la postura de las piernas y la inclinación de la espalda durante las dos horas de función es magistral). Marta Poveda presenta, por el contrario, dificultades notorias para defender la claridad del verso y a menudo opta por compensarlo desde otros recursos interpretativos, lo que a veces se salda con éxito y otras con una excesiva tendencia a la sobreactuación a la hora de hacer creíble a Rosaura. El resto del elenco se mantiene a la altura de lo esperado, aunque cabría destacar a Pepa Pedroche (que ya compuso para Helena Pimenta una asombrosa Lady Macbeth) en su breve pero contudente recreación de Estrella.
La vida es sueño ha ganado así por derecho su continuidad escénica en el siglo XXI con uno de sus montajes más importantes. Lo malo es el altísimo techo comparativo que supone para quienes decidan, a partir de ahora, tomar el relevo.

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