En honor a la verdad

Pablo Bujalance | 12 de mayo de 2013 a las 19:41

Crítica de la representación de ¡Ay, Carmela! de José Sanchis Sinisterra a cargo de la compañía Palco Tres en el Teatro Echegaray de Málaga el 10 de mayo. Dirección: Rodrigo Calleja. Reparto: Laura Orduña e Israel Ruiz.

Hay varias razones por las que el montaje de ¡Ay,Carmela! de Sanchis Sinisterra a cargo de la jovencísima compañía cántabra Palco Tres me ha gustado mucho. La primera y de mayor peso es el respeto casi escrupuloso que la producción brinda a la pieza original, no sólo en cuanto al texto (en toda su extensión, hasta alcanzar dos horas de duración que pasan en un suspiro) sino, con más mérito aún, en cuanto a su espíritu. Ya se sabe que, desde la película de Carlos Saura, el dramaturgo valenciano exige a las compañías que deciden levantar su obra la preservación de sus pilares esenciales, y aquí están todos, plenos y precisamente por ello convincentes. ¡Ay, Carmela! propone una lectura de la Historia desde una fórmula teatral profundamente beckettiana; como los personajes de Fin de partida, Carmela y Paulino comparten un espacio vacío y han perdido la esperanza, pero esto, de alguna manera, significa para ellos un modo de liberación. Sin embargo, cuentan a su favor con otro argumento que Beckett también se negó a incluir en sus arquetipos: la memoria. Aunque Carmela empieza a olvidar cosas desde el otro lado, son los de este lado quienes se muestran más dispuestos a pasar página. Y es esta idea, la del recuerdo como sostenimiento, la que impregna todo lo que ocurre en la hermosa propuesta de Palco Tres.

Pero, además, por mucho que ¡Ay, Carmela! sea una obra muy conocida, hacerla requiere un dominio más que solvente de la técnica interpretativa y, más aún, una enorme dosis de humildad en la práctica del oficio. Y la humildad en este montaje adquiere el rango de naturaleza poética, con una escenografía casi inexistente que multiplica los efectos de la noción de abandono del sitio, la sencillez con la que se suceden los vestuarios y la deconstrucción escénica que, tal y como preconiza el texto de Sanchis Sinisterra, termina siendo esta función. Esa misma humildad acontece en el trabajo de los actores, enormes Laura Orduña e Israel Ruiz, en la defensa tanto de los números cómicos y musicales (fabulosa la química reinante entre ambos) como de los dramáticos, dotados de una rara y emocionante inclinación a la ternura (como el abrazo que regala Carmela a Paulino cuando éste sueña con la culpa, o cuando la primera se da cuenta de que ya ni siquiera siente rabia; por cierto, el parecido físico con Verónica Forqué parecía jugar en contra de Laura Orduña, pero la impresión sólo duró un par de minutos: en- seguida se hizo con el personaje sin más concesiones que las propias). Hacer ¡Ay, Carmela! como la hacen estos dos actores, en tan abrumadora disposición de los registros, es rematadamente difícil. Pero lo mejor de todo es la buena noticia que anuncia este trabajo para el futuro y el presente del teatro español. Que falta le hace.

Hacía tiempo que no veía al público disfrutar tanto. Suele ocurrir cuando se hace teatro con la verdad por delante y como premisa absoluta. El montaje hizo que me gustara más ¡Ay, Carmela!, una obra que adoro especialmente. Su lección es más que artística.

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