Teatro ganado, mito perdido

Pablo Bujalance | 4 de octubre de 2013 a las 9:55

Crítica de la representación de Prometheus. Cantus ad Hominem. Variaciones sobre un tema de Esquilo el 3 de octubre en el Teatro Romano de Málaga. Dirección: Juan Hurtado. Texto: Francisco Fortuny, a partir de Prometeo encadenado de Esquilo y Prometeo liberado de P. B. Shelley. Reparto lírico: Juan Antonio Ariza y Alicia Molina. Reparto actoral: Juan Antonio Hidalgo, Virginia Nölting, Gilen Xabier, Paula Meliveo, Carmen Esteban, Lara Chaves, Eduardo Duro. Música: Antonio Meliveo. Coreografías: Nacho Fortes. Aforo: algo más de 400 personas (lleno)

La representación de Prometheus ayer en el Teatro Romano contuvo en realidad dos actos distintos, y a los dos conviene referirse. El primero fue el sarao: la recuperación escénica del yacimiento veinticinco años después de la última función tuvo las obligadas connotaciones de acontecimiento social, y allá por entre las gradas milenarias andaban el consejero de Cultura, Luciano Alonso; el alcalde, Francisco de la Torre; la cohorte habitual de concejales, delegados y directores generales; y también, claro, personalidades del mundo de la cultura, con el barítono Carlos Álvarez (y con permiso del resto) a la cabeza; pero también teatreros de pro como Ángel Calvente, cineastas como Rafatal y demás farándula. La ocasión, claro, no merecía menos: había ganas de ver teatro clásico en la piedra, como correspondía, a modo de reivindicación de una Málaga que fue, que después se limitó a ser soñada y ahora regresa, aunque con mucho camino aún por andar. El incidente desafortunado de la velada lo protagonizó el mismísimo autor del texto, Francisco Fortuny, que cuando se disponía a descender a la orchestra poco antes del final para saludar al respetable dio un traspiés y sufrió una caída que terminó con una ambulancia convocada a la calle Alcazabilla. Afortunadamente, el episodio no fue a más y Fortuny compareció ante el público, emocionado como el resto. Fue una noche feliz para todos: una primera piedra, una promesa firme, un sortilegio acunado por las campanas de San Agustín bajo las estrellas. Ahora, corresponde trabajar más aún para merecerlo.

En cuanto al espectáculo, Prometheus es lo que anuncia ser: una aproximación libre a la figura de Prometeo a través de Esquilo y con un final absolutorio deudor de P. B. Shelley. El primer reto que plantea el montaje es el gobierno del espacio monumental, y Juan Hurtado lo resuelve con maestría, bien equilibrados los planos de la interpretación (entre la tarima, con su mediterránea caracola, y la orchestra cubierta de arena) y también éstos respecto a la gran pantalla que proyecta cautivadoras y significativas imágenes. Hay hallazgos escénicos notorios, especialmente los pasajes en los que el hombre-pájaro (introducido mediante una inteligentísima evocación de la danza) devora el costado del protagonista. El coro de las Erínias, servido en plan riot girls con ecos de las brujas de Macbeth, resulta eficaz y divertido. El reparto salió ayer bien parado, a pesar de los nervios excitados por tan imponente estreno y de algunos fallos técnicos en el sonido. Juan Antonio Ariza lleva en sus hombros la mayor parte de la tragedia y logra una fértil composición del personaje, al que confiere una credibilidad notoria. Aunque quien más me convenció del reparto (qué quieren que les diga) fue Virginia Nölting, que se lleva a Afrodita a su terreno y acierta al hacerla menos diva y más humana, más de tierra. El binomio canto/recitativo, que juega a hacerse imprevisto, termina cumpliendo bien su función, aunque, como veremos, no lo tiene todo a su favor.

Y es que este Prometheus termina injustamente edulcorado en virtud de dos ingredientes. El primero es la música, que sólo en su misión de rellenar huecos entre escenas parece estar a la altura. Los pasajes cantados (con excepción, tal vez, del dúo Prometeo/Io) acusan una excesiva dependencia cinematográfica (el conjunto habría agradecido una tonalidad menos evidente), y cuando el canto termina quedándose en musical algo no funciona. El segundo es la propia versión de Fortuny, excelente en la métrica pero vaciada de la ira, la sangre y el coraje de un no tan rotundo como el que esgrime Prometeo. Sí, la tragedia está contada, escrita, pero no representada, no lanzada como dardo de Eros para herir al espectador. Estuvo el teatro. Faltó el mito.

Los comentarios están cerrados.