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El arte (invisible) de hacer comedias

Pablo Bujalance | 9 de abril de 2013 a las 21:32

Teatro de la Legua, en un ensayo de ‘Coplas del Buen Amor’

Como ocurre demasiadas veces, el Premio Max de la Crítica ha venido a rescatar, casi in extremis, una tradición teatral a punto de desaparecer. Las Jornadas del Siglo de Oro de Almería celebran estos días nada menos que su trigésima edición, una ocasión redonda, que habla de mucho empeño y mucho trabajo detrás, por parte de muchas personas, en su mayoría anónimas; y que, paradoja, ha estado a punto de ser la última ante una drástica reducción de recursos. La Junta de Andalucía, la Diputación de Almería y los Ayuntamientos implicados han mantenido su colaboración pero con una inversión notablemente inferior, de modo que, como ocurre en estos casos, ha habido que llevar la imaginación a donde la financiación no alcanzaba. Aun así, el programa es amplio y suculento, con ganchos incontestables como La vida es sueño de la Compañía Nacional de Teatro Clásico en el Auditorio Maestro Padilla de la capital (pueden leer la crítica en la entrada anterior de este blog) y el Don Quijote de José Sacristán en el Auditorio de Roquetas de Mar; pero también hay otras propuestas muy atractivas como la divertida lectura de El libro de Buen Amor del Arcipreste de Hita que la compañía Teatro de la Legua lleva a diversos pueblos de la provincia y La Dama Boba de Lope a cargo de Micomicón, así como espectáculos para niños y estudiantes, talleres diversos (Carmelo Gómez impartió recientemente uno sobre el teatro en verso), conciertos, pasacalles, exposiciones, encuentros de las compañías con el público y otras propuestas que hacen de las jornadas un verdadero festival. El nivel de participación es siempre excelente (hace ya mucho tiempo que Almería asume este proyecto como algo propio), pero ya se sabe que, por más que la gente se dé por enterada, sin apoyo público nada en este negocio escapa al peligro de extinción. De modo que el Max ha venido a dar visibilidad a una realidad que era bien visible pero que, muy a pesar de quienes la hacen, ha estado a punto de desaparecer.

Su lucha por la supervivencia y su adscripción a los criterios de calidad, con una especial sensibilidad divulgativa, hacen de las Jornadas del Siglo de Oro de Almería un ejemplo a imitar. Pero sorprende, todavía, la escasa atención que desde las instituciones capaces de organizar festivales competentes se presta en Andalucía al Barroco. El trabajo de agrupaciones como la Compañía de Teatro Clásico de Sevilla y el Teatro del Velador de Juan Dolores Caballero (que en los últimos años ha emprendido una fabulosa aventura en la proyección de los autores andaluces de este periodo menos conocidos) tendría una resonancia mucho mayor si se articulara de un modo más eficaz a partir, precisamente, de su naturaleza clásica. Que el Siglo de Oro sea un apartado decididamente menor, casi anecdótico, en los programas de los teatros andaluces, desemboca en una situación aún más deplorable si se tiene en cuenta el papel fundamental que representó Andalucía en el Barroco, y muy especialmente en lo que a lo escénico se refiere: Sevilla tuvo los primeros corrales de comedias de España y si algún autor quería ser considerado como tal tenía que estrenar en ellos. Ya en el siglo XVI, Málaga se incorporó a este esplendor con aportaciones decisivas (la última edición de su Festival de Teatro recordó a su más insigne dramaturgo de este tiempo, Francisco Leiva, con la representación de No hay contra un padre razón) al igual que otras ciudades del sur de la Península. El Siglo de Oro supone para Andalucía un legado adormecido. Recuperarlo significaría una oportunidad única en un momento tan aniquilador como el presente para las compañías, los escenarios, los programadores y el público, que suele responder a las comedias de antaño con entusiasmo nada disimulado.
¿Alguien mencionó la palabra festival? Almagro presentará en su próxima edición 17 estrenos absolutos y 9 nacionales, además de 23 espectáculos familiares, con Alemania como país invitado para una mayor garantía de su alcance internacional. Hacer del Siglo de Oro moneda corriente en el teatro andaluz paliaría muchos de sus males más dolorosos, y ni siquiera habría que esperar, por más que la Junta haya mostrado su preferencia por el teatro grecolatino, a la rehabilitación de monumentos milenarios. Almería lleva treinta años señalando el camino: todo consiste en trabajo y más trabajo. Pero nada invita a pensar que no valdría la pena.