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Érase una vez el CAT

Pablo Bujalance | 12 de marzo de 2013 a las 21:44

El Estado de sitio, según el CAT

Consultado el medio escénico más cómplice y cercano sobre la intención del consejero de Cultura, Luciano Alonso, de hacer algo con el Centro Andaluz de Teatro y presentar en los próximos días una resolución más o menos definitiva sobre su continuidad, puede concluirse que lo que los profesionales esperan al respecto es poco, por no decir nada. La Unión de Actores ha criticado una más que cantada elección del próximo director de la institución a dedo, pero los profesionales se debaten entre un prudente compás de espera a ver qué sucede y una indiferencia notable, sabedores de que la supervivencia de sus proyectos dependerá en un grado cuanto menos reservado de que el CAT regrese o no a la palestra. Lo cierto es que en los últimos años el panorama ha cambiado de manera notable: sólo en cuanto a compañías, cabe subrayar la tendencia de las más veteranas a abrir sus propias salas y la querencia de las más jóvenes a llevar sus funciones a apartamentos, hoteles, ateneos y casi cualquier escalera aprovechable (además, claro, de las salas que han abierto las veteranas, cuyos huecos programáticos no son precisamente amplios: en esto sorprende, todavía, el modo en que algunas compañías tienden a imitar las reservas de la Junta a la hora de abrir el abanico a realidades primerizas que en su día ellas tanto criticaron), dado que un cálculo optimista concluiría que el 70% de los teatros de las ocho provincias están cerrados a cal y canto. Es decir, la articulación de la escena andaluza que otrora pretendiera el CAT no sólo no se ha llevado a cabo, es que a lo mejor ni siquiera hace falta ahora que cada uno se busca la vida como puede. ¿Qué retos va a encontrarse entonces el centro que antaño exportara el teatro andaluz como marca en Europa si definitivamente regresa?

No hace falta ser un lince para identificar el principal problema de la administración pública autonómica respecto al teatro: lo que ocurre, sin más, es que no sabe qué hacer con él. La escena constituye un objeto extraño, que interesa cada vez a menos gente, que se sostiene en un tejido empresarial tan disperso como invisible (la subida del IVA cultural ha contribuido de manera inestimable a que los pocos contratos que se formulan adquieran un colorido cada vez más negro) y que tiene una presencia reducida, reducidísima, en los medios de comunicación (ergo: como escaparate político resulta del todo ineficaz). Véase el caso del anunciado circuito de teatro clásico por cuatro teatros romanos de Andalucía (Itálica, Málaga, Baelo Claudia y también el de Cádiz, una vez que concluyera su restauración), una liebre que soltó Paulino Plata y cuyo sucesor, el citado Luciano Alonso, se apresuró a retomar recién llegado a la Consejería, con una programación de la que se iban a dar pelos y señales… en verano del año pasado. El fruto de todo aquel empeño, que contó con algunas ruedas de prensa memorables (recuerdo una especialmente llamativa en la sede del Centro Andaluz de las Letras en Málaga, ante un grupo de actores y directores cegados por el estupor), es hoy igual a cero. De modo que resulta comprensible que del anuncio del CAT tampoco se espere gran cosa. Alonso ya anticipó algunos contenidos del programa Enrédate, que llega en sustitución del Circuito Andaluz. Sus presupuestos se ordenan en dos estrategias fundamentales: la colaboración con los Ayuntamientos, que hoy por hoy, con problemas mucho más urgentes (desde las inundaciones a la asistencia social) no parecen dispuestos a invertir un céntimo en representaciones y que, insisto, mantienen buena parte de sus espacios escénicos cerrados (algunos de factura muy reciente; otros, incluso, con las obras abandonadas a mitad de la construcción); y las coproducciones con las compañías, una jugada destinada al fracaso en cuanto éstas no esperan tanto ayudas a la producción (véase la respuesta a la última convocatoria al uso) sino a la distribución, lo que termina dictando la diferencia entre la supervivencia y la extinción de las mismas. Es evidente que la distribución requiere un esfuerzo económico mucho mayor. Pero también lo es que la Junta, actualmente, no parece estar en condiciones de afrontarlo. Al fin y al cabo, poner en marcha un circuito significa distribuir. Y, para que quede claro, la Consejería ha eliminado la palabra circuito de todo título, lema o slogan en virtud de una noción reveladora de responsabilidad compartida.

(Por cierto, también el propio CAT ha sido víctima de esta política en varias ocasiones. Sin ir más lejos, su última producción, El estado de sitio de Albert Camus, requirió una inversión enorme muy criticada en su momento para su puesta en escena, pero el número de funciones que llegaron a celebrarse tras su estreno resulta todavía hoy vergonzoso).

Recuperar el CAT es una idea encomiable. Pero si la administración insiste en ofrecer unas soluciones que no son las que reclaman quienes hacen teatro, todo apunta a que lo que falta es diálogo. Habría que contar con otra evidencia: si la relación de la Consejería con los creadores fuera más fluida y se tuvieran en cuenta todas las ideas, el CAT no tendría que ser un instrumento caro. Tal vez, todo lo contrario. Sería bueno que alguien se sentara y pensara si existe un teatro andaluz, o una manera andaluza de hacer teatro. Sólo eso bastaría para llegar a algunas conclusiones traducidas en iniciativas. Mientras tanto, el balance de la inactividad se resume en un montón de talento desperdiciado y una pérdida de público, especialmente en los teatros gestionados por la Junta, que amenaza con hacerse irreparable. Y no deja de ser una lástima.