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Un Picasso a escena

Pablo Bujalance | 25 de octubre de 2013 a las 5:00

Lectura de 'El deseo atrapado por la cola' en 1944.

Lectura de ‘El deseo atrapado por la cola’ en 1944.

 

Anda el ambiente especialmente picassiano, sobre todo en Málaga, con el décimo aniversario del Museo Picasso, el 25 cumpleaños de la Fundación Casa Natal y los pormenores del Octubre picassiano. De no haber pactado su reposo con las Parcas, el genio habría cumplido hoy 132 años. Y el mundo del arte lo celebra a su modo, como reivindicación de su propio patrimonio. Pero cabe recordar desde este humilde rincón que también existió un Picasso teatrero, escénico, más allá de la performance que encerraba su personal estilo en el ejercicio de la pintura, en calzoncillos en su estudio y con el sempiterno pitillo entre los labios. Y aunque fue un menester breve, no por ello resultó menos significativo; pero, sobre todo, permite preguntarse hoy qué habría sido del teatro del siglo XX si Picasso hubiese prolongado su affaire con las tablas.

 El vínculo más conocido de cuantos mantuvo el malagueño con las artes escénicas se formula en su condición de escenógrafo y de diseñador de vestuarios, actividad que asumió para dos ballets históricos: el Parade de Satie, con libreto de Jean Cocteau, estrenado en París en 1917; y El sombrero de tres picos de Falla, basado en la novela de Pedro Antonio de Alarcón y estrenado en Londres de 1919. Ambas producciones corrieron a cargo de los Ballets Rusos de Serguéi Diáguilev. Si en el primer montaje el lenguaje escénico era plenamente cubista, con caballos imposibles y figurines conformados a base de collages, el segundo adoptaba un tono más costumbrista, deudor de los arlequines que Picasso había adoptado como seña de identidad ya desde su periodo rosa. Los dos fueron un éxito, y los dos abrieron las puertas al ballet contemporáneo como depositario de experiencias plásticas. Desde entonces, el género ha evolucionado ampliamente pero sin llegar a romper del todo con esta premisa estética, recurrente todavía un siglo después.

 Pero también hubo un Picasso dramaturgo: el que escribió en 1941 la pieza El deseo atrapado por la cola, una farsa surrealista en seis actos que tuvo su estreno el 19 de marzo de 1944 en el apartamento parisino de Michel y Louise Leiris, en la más absoluta clandestinidad mientras la ciudad continuaba a merced de la ocupación nazi. La velada consistió en una lectura dramatizada dirigida por Albert Camus en cuyo reparto figuraban Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Raymond Queneau, Dora Maar, el matrimonio Leiris, Zanie Campan y Jean Aubier. Cabe subrayar que la primera representación propiamente escénica de la obra no llegó hasta 2007, y lo hizo de manos de un creador andaluz: Juan Dolores Caballero, que se atrevió a montar con Teatro del Velador (y con la colaboración del CAT) una obra considerada hasta entonces irrepresentable, y entre cuyos excesos, más allá de la alocada escritura automática, destaca la micción de una de las protagonistas prolongada durante varios minutos. La propuesta de Dolores Caballero, estrenada con motivo del 125 aniversario de Picasso, era hermosísima, rabiosa, equilibrada en todos sus términos y guardiana del misterio. Picasso escribió otra obra más en 1947, Las cuatro niñas, que Jean Gillibert llevó a escena en 1981 con música de Pierre Boeswillwald; aunque de factura también surrealista, esta segunda pieza ofrecía sin embargo menos resistencia a su puesta en escena, dado su carácter bastante más amable.

 De vez en cuando reaparece la pregunta sobre lo que habría sido de la escena española si el Lorca dispuesto a revolucionar de una vez el teatro, de arriba a abajo, no hubiese terminado acribillado a tiros en Víznar. ¿Y si el Picasso dramaturgo y escenógrafo hubiese dejado una producción más abundante? ¿Hablaríamos hoy de una influencia similar a la de Brecht o Goldoni en el teatro actual por parte del malagueño? Resulta revelador al respecto que Picasso se resistiera a ser reconocido entre los surrealistas como pintor, mientras que no dudó en abrazar el surrealismo como dramaturgo. Sospecho que para intuir lo que habría dado de sí este hipotético Picasso teatrero basta con observar la trayectoria de un autor no menos genial: Fernando Arrabal, que se inspiró directamente en la obra del artista para su Guernica y que en otras piezas como El jardín de las delicias ha dado señales evidentes de que su mundo no está lejos de El Bosco ni de Picasso (su Jardín, de hecho, está más cerca del segundo que del primero, con aquellos hombres/caballos). Al final, claro, todo consiste en sembrar semillas y recoger cosechas. No hay mucha diferencia entre encajar un mundo en un escenario y hacerlo en un lienzo. Siempre quedará alguien dispuesto.