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La fantasía contra el diluvio

Pablo Bujalance | 18 de diciembre de 2013 a las 5:20

'La casa flotante' de La Maquiné.

‘La casa flotante’ de La Maquiné.

Sólo unas líneas para celebrar la llegada de la última producción de La Maquiné a Madrid. La compañía granadina presenta La casa flotante, una mirada libre de complejos al episodio del Génesis que narra la historia de Noé (y que se estrenó en junio de 2012 en el Festival Internacional de Música y Danza de Granada), en el Teatro Fernán Gómez durante toda esta etapa navideña hasta el 5 de enero. La premisa resulta deliciosa: en lugar del airado viejo del imaginario judeocristiano, Noé es aquí una niña a la que un pez le advierte de la llegada del diluvio. Siempre me ha parecido admirable la capacidad de la compañía de Joaquín Casanova y Elisa Ramos de conectar con un público amplio a través de los mecanismos propios de la fascinación. Sus montajes, cierto, son disfrutados por los más pequeños; pero también por los más grandes, y con emociones compartidas en una demostración de que, salvo algunos casos irremediablemente perdidos, y para alivio de los que aún creemos en ello, la distancia que separa a unos y a otros no es tan grande como la pintan.

Otros montajes de la compañía como Cuentos de la Alhambra y el bellísimo  El bosque de Grimm (reconocido en los recientes Premios del Teatro Andaluz) dan también cuenta de que la posibilidad de crear un teatro sin límite de edad, capaz de sorprender a todos por igual, es real. Y es que, por más que algunos todavía se empeñen en lo contrario, el lenguaje de la fantasía todavía no nos resulta ajeno. Créanme, no hay mayor que placer que sentarse delante de un escenario y quedarse con la boca abierta, comulgando con lo que se cuenta, dándole crédito. La Maquiné asume la fantasía en su acepción más clásica: dentro hay algunos monstruos, pero la capacidad de fabular será la que, como a Noé, nos salve del diluvio. Añadan a todo esto la música arrebatadora de Xavier Montsalvatge en su centenario para La casa flotante y la de Maurice Ravel para El bosque de Grimm, una percepción tan artesanal como eficaz de la escena en su compromiso con la belleza y un empeño proverbial puesto en la alegría y obtendrán lo que La Maquiné viene haciendo desde hace apenas cinco años: tan poco tiempo, al cabo, y con tanto camino ya andado.

Un territorio tras el telón

Pablo Bujalance | 4 de julio de 2013 a las 11:17

 
La Feria Teatro en el Sur de Palma del Río en Córdoba acogió ayer la entrega de los Premios del Teatro Andaluz en su primera edición. Se trata de una iniciativa puesta en marcha por la Asociación de las Artes Escénicas de Andalucía en colaboración con la Fundación Autor de la SGAE con el objetivo de poner nombre y rostro a quienes sostienen, a duras penas, todo lo que tiene que ver con las artes escénicas en la región. La empresa es más ardua y delicada de lo que pudiera parecer, pero este primer palmarés es ya un hecho, con todos los peros que cada cual quiera poner al fallo del jurado (constituido por críticos de medios de comunicación andaluces) por aquello de que, en cuanto a premios se refiere, nunca llueve a gusto de todos. De cualquier forma, hay un argumento incontestable: los galardones, repartidísimos, permiten abordar a modo de cosecha del añouna posible radiografía artística del teatro andaluz.Pocas objeciones se pueden presentar a la entrega del premio al mejor espectáculo de teatro a El régimen del pienso de La Zaranda. Con Juan de la Zaranda todavía llorado tras su reciente subida a los cielos, los jerezanos mantienen como firme herencia su poética implacable, su rechazo a la poltrona y su manía de llevar el dedo a la llaga, las mismas señas por las que muchos consideran a La Zaranda la mejor compañía teatral de España, y no sólo porque así lo reconociera el Premio Nacional en 2010. Paco de la Zaranda demuestra en El régimen del pienso que todavía hay más donde rascar en cuanto a las posibilidades del teatro de afectar al espectador, hablando del tiempo presente pero alumbrando las miserias del hombre como especie. Los Premios del Teatro Andaluz han reconocido además a Eusebio Calonge como mejor autor por la misma obra, aunque también decir que Calonge es el mejor dramaturgo andaluz tiene mucho de obvio. Por cierto, esta categoría se ha visto envuelta en cierta polémica, propiciada por algunos autores que han pedido dos categorías diferenciadas para obras originales y adaptaciones. Razón no les falta, aunque habría que ver en qué medida la adaptación de clásicos y otros textos ajenos carece de importantes connotaciones de creación propia.

Pero no crean, hay vida más allá de La Zaranda. El onubense Guillermo Weickert se hizo ayer con el premio al mejor espectáculo de danza por su aplaudido Material inflamable, otro ejemplo del riesgo y de la asunción del espectador como creador de emociones y cómplice dialéctico más que como mero testigo. La Maquiné ganó el premio al mejor espectáculo infantil con su muy hermoso El bosque de Grimm, recreación contemporánea de los cuentos tradicionales destinada a competir en la primera línea planetaria. El premio al mejor director fue para el malagueño Ángel Calvente, responsable de El Espejo Negro, por su genial puesta en escena de La venganza de Don Mendo de Muñoz Seca, lo que sienta un precedente singular: no hay desde luego muchos premios oficiales capaces de entregar un galardón de este calibre a un creador de marionetas (Calvente cuenta con dos Premios Max, aunque ambos en la categoría de mejor espectáculo infantil), pero ocurre que El Espejo Negro es una de las compañías andaluzas con más prestigio y proyección internacional; además, el títere constituye una tradición de pleno derecho en el teatro andaluz (baste recordar el magisterio ejercido por La Tía Norica desde Cádiz) y hacerlo visible de este modo es un acto de justicia. El teatro andaluz es muchas cosas: tragicomedia, circo, danza, marioneta, cabaret, Siglo de Oro y otros espejos que delatan una realidad poliédrica.

Otro ejemplo de esta evidencia viene de la mano de los premios al mejor actor y la mejor actriz protagonistas, otorgados respectivamente a Manuel Salas y Gema Matarranz, de la compañía granadina Histrión, por Teatro para pájaros, la obra de Daniel Veronese que el mismo gurú argentino dirigió durante un segundo retiro de la agrupación a Buenos Aires tras el éxito de Los corderos. También hay unanimidad granadina en los premios al mejor actor y mejor actriz de reparto: Piñaki Gómez y Nerea Cordero, de Laví e Bel, los merecieron gracias a su impagable trabajo en Cabaret Popescu, montaje que hizo valer a su creador, el gran Emilio Goyanes, el premio a la mejor composición musical.

Y sigue el palmarés: Fernando Lima ganó el premio a la mejor coreografía por Una ciudad encendida de la compañía Danza Mobile, Vicente Palacios a la mejor escenografía por Tomar partido de La Fundición, Allen Wilmer al mejor diseño de vestuario por El Buscón de Teatro Clásico de Sevilla y Alejandro Conesa al mejor diseño de iluminación por Celestina, la Tragicomedia de Atalaya. Lucía Vázquez y Manuel Cañadas ganaron los premios a los mejores intérpretes de danza, en sus respectivas categorías, por Viaje a la luna de Producciones Imperdibles y Oye, Yoe de Perros en Danza. Los Premios de Honor fueron para Salvador Távora, la Feria de Palma del Río y Lola Marmolejo y la Compañía Bastarda Española. Mucho teatro, en fin, y muy diverso. Ahora conviene que lo vean muchos.