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Los huesos de la Princesa

Belén del Campo | 31 de agosto de 2010 a las 19:07

No acabo de acostumbrarme a la tendencia rastrera que se muestra en algunos ambientes y televisiones de este país respecto de personas singulares, que ostentan representación pública por la razón que fuere, cuestionando todo lo que hacen o dicen, sometiendo a debate nacional sus gustos, actitudes, comentarios o cualquier otra manifestación de conducta o pensamiento. ¿Por qué nos gusta hurgar en los confines de las conciencias, interpretar sin criterio, fundamento o causa que lo justifique el más íntimo espacio de las personas, poniéndole nombre a sus motivaciones, conjeturando acerca de sus opiniones quizá aún no vertidas, entrar a saco, en definitiva, en el sagrado entorno de lo ajeno y censurar a gusto todo lo que no se muestra y muchos creen conocer?

En primer lugar, me parece una falta de escrúpulo deplorable, una actitud insana, propia de quien tiene una vida muy aburrida y necesita revolver las entrañas de los demás para dar sentido y entretener, al parecer, la propia existencia. Digamos que, es pues, un asunto de divertimento, de distracción de los propios deberes para inmiscuirse en los ajenos y lograr un rato de esparcimiento a costa de la honra, del buen nombre o del aspecto logrando la posterior confusión sobre la integridad social de terceros.

Hace unas semanas tuve oportunidad de escuchar el programa de Pepa Fernández en Radio Nacional, “No es un día cualquiera” en el que debatían acerca de dos delitos tipificados en nuestro ordenamiento jurídico y que guardan relación directa con estas reflexiones, a saber, la injuria y la calumnia. La aportación de los contertulios acerca de este tema ya me pareció contundente como para no volver a abordarlo y lograr que mis lectores se me aburran por ser recurrente y pesada. No obstante, quiero concentrar mis consideraciones en torno al asunto que subyace bajo estas conductas detractoras de lo ajeno que por hábito o sistema se sienten con el derecho suficiente para violar un espacio que debe mantenerse en todo caso salvaguardado y ser exclusivo de la intimidad de las personas.

Sin embargo, no estamos solos ante esta actitud de impertinente acecho a la interioridad de las personas. Los suecos también se han sumado a este paredón de fusilamiento al llamar de forma poco afortunada “Princesa Cerilla” a nuestra Princesa de Asturias con ocasión de su asistencia al enlace matrimonial de la Princesa Victoria de Suecia con Daniel Westling.

El comentario, cuanto menos, me parece humillante  porque entraña una visión esmirriada y exprimida de quien es una mujer de impecable aspecto cuya comparación con un fósforo nos hace concebir algo minúsculo, insignificante y de escaso valor por el mero hecho de mostrar su real delgadez.

 

¿A quién pueden molestarle sus escasos 50 kilos si es capaz de lucirlos con entera plenitud bajo un diseño de Caprile? ¿Por qué no reconocer que el vestido le quedaba como un guante, que estaba espectacular, que logró sacar rendimiento de su rostro hasta aparecer bellísima, delicada y elegante, en compañía de su esposo, de formidable aspecto –sin lugar a dudas, uno de los monarcas más atractivos del planeta- conformando ambos una pareja espectacular que deja a nuestro país en un nivel de distinción, gracia y estilo sin parangón?

Pues no, hay que echarle todo el barro posible, destripar hasta la extenuación toda suerte de comentarios sin fundamento que sólo vienen a mancillar y contaminar algo que por esencia es limpio, bello y de gran valor estético. Por supuesto, excede al personal pronunciamiento que uno tiene en materia de gusto: a unos puede parecer bien o menos bien determinado atuendo; está muy delgada, está muy gorda, no es adecuado por criterios de protocolo, no favorece su estructura… no sé, podrían referirse un elenco de opiniones que podrían gozar de algún fundamento objetivo.

Ninguna mujer anoréxica podría desarrollar una agenda como la de nuestra Princesa si sus condiciones físicas o su salud mental estuviera comprometida; no podría desarrollar su polivalente faceta de madre y esposa de nuestro futuro rey si no gozara de un equilibrio razonable tanto en el plano físico como psicológico pues para acometer estas acciones es imprescindible disfrutar de unas condiciones mínimas de fortaleza física estabilidad e higiene mental.

Otra cosa es el gusto personal de verse favorecida pesando cincuenta o sesenta kilos. Ninguna mujer enferma podría soportar la presión que ella sostiene por imperativo de sus responsabilidades como consorte. En ello tiene que ver la propia autoestima, la relación que ella guarda con su cuerpo

¿Por qué envilecer su figura menuda pero inmensamente sosegada, equilibrada y distinguida? Cada cual tiene derecho a defender su canon estético sin tener que pagar tributo a la opinión pública. Pensemos en otras personalidades que han resultado, pese a su delgadez, un símbolo de distinción y elegancia. Audrey Hepburn, la Reina Rania de Jordania, Matilde de Bélgica, por poner un ejemplo.

Y ya centrándonos en temas de moda, no es casualidad que nuestra Princesa Letizia, sea considerada, y a nivel mundial, una de las mujeres más elegantes, superando incluso a estrellas de Hollywood como Angelina Jolie o Jennifer Aniston.

Vogue, para muchos “La Biblia de la Moda”, ha nombrado más de una vez a doña Letizia como ejemplo de estilo; Vanity Fair, que elaboró la lista de las mejores vestidas del mundo, destacaba en segunda posición a nuestra Princesa de Asturias; y que es también una de las revistas más conocidas e importantes internacionalmente. Hasta las revistas norteamericanas que marcan la moda continuamente, se rinden ante el estilo de la realeza española. Es un gran orgullo nacional, lo cual resulta de interés a efectos pragmáticos pues este hecho exhibe a nuestro país como exponente de moda universal, más allá de los clásicos monopolios del talento ubicados en París o en Londres. No podemos hacer abstracción a que los componentes de nuestra Familia Real han sido siempre grandes embajadores de todo lo nuestro, incluidas las prendas que llevan.  

Huesos, cerillas, cuerpo de mujer delicada y grácil. No nos equivoquemos: no hablo de figuras anoréxicas, consumidas, esqueléticas o escuchimizadas. Antes al contrario, dado su gusto por la perfección y su impecable labor como consorte, la cuestión es el glamour, la belleza, la finura y la distinción. Y todo ello se aglutina de forma equilibrada en nuestra futura Reina.

Lord, save our souls from the Evil.

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