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Nueva York: las huellas borradas

Carlos Mármol | 26 de agosto de 2012 a las 6:50

Las brújulas nos engañan. Los puntos cardinales pueden mudar de sitio y lugar. Depende de dónde estés exactamente y, sobre todo, del tiempo. De la relatividad. Por eso los espacios que hoy nos parecen el centro del orbe, el lugar donde se concentran las fuerzas telúricas del mundo moderno, pueden estar, o haber sido, apenas un sucio paraje lleno de rocas, agua y vegetación triste. Ante tal descubrimiento nos sucede como a Jorge Luis Borges con la ciudad de Buenos Aires:“A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires: la juzgo tan eterna como el agua y el aire”.

A Nueva York le pasa algo parecido. Se nos figura que siempre estuvo ahí, en el Noreste del continente americano, rotunda y deslumbrante. Y sin embargo hubo un tiempo en el que aquella isla, donde después se han ido cruzado buena parte de las historias, grandes y pequeñas, que explican el pasado siglo XX, fue apenas un yermo paisaje azotado por un viento tosco, duro, sin perspectivas. De ese pasado trata el libro que el historiador Russell Shorto (Pensilvania, 1959) ha escrito sobre los inicios de la metrópoli norteamericana [Manhattan. La historia secreta de Nueva York. Duomo Ediciones]. Un texto deslumbrante que nos permite entender cómo el azar es capaz de sembrar en un terreno difícil una semilla capaz de perdurar y convertirse, con el tiempo, en un imperio.

Para entender Nueva York existen un sinfín de guías y libros. Narraciones más o menos canónicas o simples relatos en primera persona, como el magnífico soliloquio ebrio del irlandés Brendan Behan [Marbot Ediciones], donde se cuenta un Nueva York usado y gastado. Vivido. Impresionista. Después está el imprescindible –sobre todo para los arquitectos– Delirious Nueva York de Rem Koolhaas [Gustavo Gili Editorial], acaso el tratado (oficialmente se trata de una suerte de manifiesto sobre lo moderno) que mejor explique cómo los sucesivos cambios de piel de la megápolis norteamericana han ido configurando a lo largo del tiempo la múltiple suma de lecturas, unas disparatadas, otras excepcionales, que siempre es una urbe con cierta vocación de eternidad.

Aunque en el caso de Nueva York la arquitectura de finales del XIX y todo el siglo XX comenzase en un arrabal periférico, junto a una playa (Coney Island), y lo único perdurable sea la voluntad de cambio, el principio básico sobre el que se sustenta la modernidad. Nueva York se ha hecho a sí misma a costa de redibujar constantemente su pasado. Convirtiendo su presente en su futuro. Tirándolo todo abajo y volviéndolo a alzar sobre la base de la unidad básica de la disciplina especulativa: la cuadrícula. Los rascacielos no son más que eso: una cuadrícula perfecta multiplicada hacia el aire. Aprovechamiento máximo del espacio. Rentabilidad, dólares y, en ciertos casos, obras de arte.

Pero el pasado de Nueva York existe. No es el pretérito mítico de los padres peregrinos, ni de los puritanos ingleses, huidos de una Inglaterra dogmática hacia las costas de New England, donde fundaron una nueva nación que llegó a dominar el mundo –todavía lo hace– unos cientos de años después. No. Quizás la odisea de los puritanos explique al Estados Unidos interior, rural, profundamente cerrado y simple. Pero la América urbana –la de la Costa Este; la Oeste es más bien hija de la conquista, el ansia de riqueza y el sentido bíblico de peregrinación que desde el origen ha acompañado la historia del pueblo Norteamericano– tiene su alfa en una isla vacía que no fue fundada por los británicos, sino conquistada por ellos tras un breve periodo de autonomía que, a pesar de su naturaleza efímera, es el elemento más perdurable del mito americano:un país abierto a todas las influencia, razas, religiones y credos siempre y cuando todos éstos creyeran en el principio de la posterior fe capitalista: el comercio.

Fueron apenas cuatro décadas de vida, en general convulsa, pero suficientes para contagiar al resto mundo esta semilla liberal, flor extraña, hija apócrifa de una Europa dogmática y todavía mucho más rara en aquellas colonias de ultramar, donde la religión adquirió pronto un ropaje político que todavía perdura. De este pasado lejano, pero al mismo tiempo tan vivo, es del que nos habla Russell Shorto en su libro, que es casi un milagro. Literalmente:está escrito a partir de los olvidados, rotos, casi destruidos, archivos de la antigua colonia de Nieuw Amsterdam, el hogar que los holandeses fundaron sobre una isla que al principio compartieron y después compraron a los indios.

Toda la historia se desarrolla entre 1625 y 1664. Y su crónica, olvidada por todos, borrada por la fortaleza del mito de la posterior dominación británica, está escrita en un idioma imposible –el neerlandés del siglo XVIII– que un erudito, un loco, un ciego, Charles Gerhring, encontró en una biblioteca pública. Un tesoro que a otros les horrorizaría: 12.000 manuscritos, cartas, sentencias, escrituras de compraventa y diarios signados en una lengua marciana. Cuando Shorto lo conoció, este Sísifo llevaba 30 años en un pupitre, traduciendo lo que, hasta entonces, no le había interesado a casi nadie, insatisfecho con la historia oficial. La fuente del relato secreto de la metrópolis son los muertos: los primeros neoyorquinos. Su historia es como un canto del cisne: empezaron viviendo en un territorio controlado por una empresa mercantil –West Indies Limited– donde no había gobernante, sino un director general, y en el que no existía más ley que la del beneficio inmediato. La plusvalía.

Fueron trabajadores que se rebelaron contra su propia compañía para convertirse en ciudadanos libres, liderados por un abogado –Adriaen van der Donck– que peleó por una liberación que se frustró cuando el poblado, puerta de entrada al continente a través del río Hudson, se convirtió en objeto de deseo por parte de los imperios holandés y británico. Los ingleses ganaron la batalla y tomaron la isla, borrando aparentemente el pasado de los tulipanes que, como la herencia griega en Roma –los conquistadores conquistados– terminó dando fruto a través de una anomalía: un Estado regido por comerciantes con un notable sentido del autogobierno y abierto a cualquiera –sin apellidos incluso– que creyera en la libertad de culto y en el libre intercambio. El sueño americano era en realidad holandés. Empezó en el lejano siglo XVII gracias a una expedición de piratas, prostitutas, empresarios y pícaros hacia un lugar que parecía el fin del mundo.

  • Antonio Ojeda

    Seguramente ese sentido tan hondo de la libertad que los holandeses transmitieron a Estados Unidos enraizaba en la lucha de Flandes contra el imperio español y el duque de Alba, para entendernos. Un sentido religioso de la libertad que se entiende desde ese origen, aunque también podría entenderse desde la situacion de los padres peregrinos británicos, huyendo de la persecución religiosa en las Islas.
    Magnífica reflexión la de este articulo. Enhorabuena.