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Elogio de las bibliotecas

Carlos Mármol | 14 de junio de 2012 a las 18:38

Ahora que se ha muerto hace unos días Ray Bradbuy, entre los obituarios de ocasión (casi el último género literario que todavía subsiste en los periódicos: la muerte es la única cosa imperecedera) leo uno, excelente, de Pablo Scarpelli que además de glosar la figura del escritor fantástico, marciano como sólo puede serlo un tipo de Los Ángeles (California), resalta entre los factores que contribuyeron a la forja del finado, el ejercicio de iniciación a la vida por el que pasamos, aunque de forma distinta, todos, su amor a las biblotecas públicas y, en concreto, al coliseo de libros (una monumentalidad espiritual, más que reflejada en piedra) del centro público de lectura de Los Ángeles, California.

“No creo en los colegios ni en las universidades. Creo en las bibliotecas, porque la mayoría de los estudiantes no tienen dinero”, dijo en alguna ocasión.

El autor de Fahrenheit 451 no pudo iniciar los estudios universitarios porque en su casa sencillamente no había dólares para permitirse ese lujo. Y ya se sabe: en California o en Birmania, sucede lo mismo. Sin dinero, no hay nada que hacer. Que Bradbury creyera, con todas sus fuerzas, en el poder de las bibliotecas no es sólo una hermosa declaración de amor por una vieja costumbre (acumular libros de papel en un edificio para que los desconocidos puedan leerlos prácticamente gratis), sino la evidencia de que, más allá de las academias y los departamentos universitarios, de los grados y los exámenes, la vida de aquellos que desean aprender y formarse encuentra vías alternativas para poder hacerlo. Al menos, así ha sido hasta ahora.

Quien no podía integrarse en el sistema de forma ortodoxa (y la educación es la única vía sólida para hacerlo) podía refugiarse, como hizo él, tres días en semana, en la biblioteca pública; entrar en los archivos, bucear, elegir un título al azar, pedirlo y empezar a leer sin mayor problema. Así lo hizo durante toda una década. Después, probablemente, ya empezó a tener dinero para poder formar su propia biblioteca: el mejor retrato de las pasiones, ambiciones y desengaños de cualquier persona.

No fue el único caso: otro angelino célebre, Charles Bukowski, cuenta en varios de sus libros (memorias ficticias o ciertas, igual da) cómo le salvaron el cuello en mitad de su propia vida de locura dos cosas: ir a la biblioteca pública de la segunda metrópolis norteamericana y, después, escribir en una máquina vieja y gastada. Son procesos gemelos, aunque diferentes. Los vasos comunicantes que unen a ambos vicios (la lectura y la escritura son tan adictivas y nocivas como las drogas más duras) no suelen visualizarse hasta que se ha producido el tránsito de los años. Casi nunca sucede de golpe. Hace falta tiempo, convicción y decisión.

En España, donde nunca hemos sido muy aficionados a la lectura, la red de bibliotecas es relativamente reciente. Los libros, antiguamente, eran objetos personales, valiosos. De lujo. No abundaban en demasiadas casas. Tampoco, hasta la transición, empezó a construirse la red de bibliotecas que existe ahora, cuya viabilidad, como tantas otras cosas, está en estos tiempos en serio peligro por culpa de la crisis económica. El proceso es siempre el mismo. Una muerte lenta, silenciosa: las instituciones, titulares de la bibliotecas, dejan de comprar ejemplares a los editores (para algunos se trata de su único ingreso), las salas dejan de llenarse de lectores y se colman con los eternos estudiantes (de cualquier materia) acompañados de su ordenador, los bibliotecarios se jubilan, las plazas se amortizan y los horarios se limitan. La única alternativa existente para los letraheridos se marchita. Una tragedia en cámara lenta.

Se argumenta que no es para tanto, que internet es ya la nueva biblioteca global. Podría serlo, pero todavía le queda bastante tiempo para suplir la función de los libros: en la red hay maravillas para bibliófilos, libros descatalogados, incunables, pero también demasiado ruido, mucha basura y una total ausencia de jerarquía, que es todo lo contrario a una biblioteca bien ordenada, con sus diccionarios de autoridades incluidos. Donde todo tiene un sentido y el caos es imposible.

La biblioteca que le salvó la vida (porque evitó que se convirtieran en otras personas) a Bradbuy y a Bukowski existe todavía pero ya no es la de aquellos años, cuando ambos no eran todavía nadie, siendo en realidad dos grandes escritores potenciales. Hace 24 años su depósito central, el tercero más grande de Estados Unidos, se incendió. El edificio estuvo en llamas, por falta de medidas de seguridad, durante siete horas seguidas. Igual que en la novela de Bradbury, donde los libros se destruían con un fuego que tenía bastante poco de purificador y mucho más de inquisitorial, asusta pensar el caudal de literatura, vida y pensamiento que se evaporaron para siempre durante aquella catástrofe llena de ceniza. La biblioteca se quedó sin 400.000 libros, el 20% de sus fondos. Los costes se midieron, como siempre, en dólares: 20 millones.

El quebranto, en realidad, fue mucho mayor. Infinito. Sobre todo fue una pérdida espiritual: el fuego impidió que otros muchos bradburies pudieran refugiarse, bajo el inmisericorde sol de Los Ángeles, en la sala de lectura central, tan borgiana como la de otras muchas bibliotecas, frente a las habituales inclemencias del exterior para iniciar el viaje más fascinante que existe: la búsqueda de ellos mismos.

Una experiencia que Buskowski resumió en un hermoso poema:

(…) Yo era un lector entonces/que iba de una sala a/otra: literatura, filosofía,/religión, incluso medicina/y geología./Muy pronto/decidí ser escritor,/pensaba que sería la salida/más fácil/y los grandes novelistas/no me parecían/demasiado difíciles./Tenía más problemas con/Hegel y con Kant./Lo que me/fastidiaba/de todos ellos/es que/les llevara tanto/lograr decir algo/lúcido y/ o interesante./Yo creía/que en eso/los sobrepasaba a todos/entonces./Descubrí dos cosas: a) que la mayoría de los editores creía que/ todo lo que era aburrido/era profundo. b) que yo pasaría décadas enteras/viviendo y escribiendo/antes de poder/plasmar/una frase que/se /aproximara un poco/a lo que quería/decir./Entretanto/mientras otros iban a la caza de/damas,/yo iba a/ la caza de viejos/libros,/era un bibliófilo, aunque/ desencantado,/y eso/y el mundo/configuraron mi carácter. (…)La vieja Biblioteca Pública de Los Ángeles/seguía siendo/mi hogar/y el hogar de muchos otros/vagabundos./Discretamente utilizábamos/ los/aseos/y a los únicos que/echaban de allí/era a los que/se quedaban dormidos en/ las/mesas/de la biblioteca; nadie ronca como un/vagabundo/a menos que sea/ alguien con quien estás/casado. Bueno, yo no era realmente un/vagabundo. Yo tenía tarjeta de la/ biblioteca/y sacaba y devolvía/libros,/montones de libros/ siempre hasta el/límite/de lo permitido: Aldous Huxley, D.H. Lawrence, E.E. Cummings, Conrad Aiken, Fiódor Dostoievski, Dos Passos, Turguénev, Gorki, H.D. Freddie Nietzsche,Schopenhauer, Steinbeck,Hemingway…

Siempre esperaba que la bibliotecaria/me dijera: “que buen gusto tiene usted,/joven. pero la vieja/puta/ni siquiera sabía/quién era ella,/cómo iba a saber/quién era yo. Aquellos estantes contenían/un enorme/tesoro: me permitieron/descubrir/a los poetas chinos antiguos /como Tu Fu y Li Po/que son capaces de decir en un/verso más que la mayoría en/ treinta o/incluso en ciento./ Sherwood Anderson debe de haberlos/leído/también./También solía sacar y/ devolver/los Cantos/y Ezra me ayudó/a fortalecer los brazos si no/el cerebro./ Maravilloso lugar/la Biblioteca Pública de Los Ángeles/fue un hogar para alguien que había/tenido/un/hogar/infernal/(…). Probablemente evitó/que me convirtiera en un/suicida,/un ladrón/de bancos,/un tipo/que pega a su mujer,/un carnicero o/un motorista de la policía/y, aunque reconozco/que/puede que alguno sea estupendo, gracias a mi buena suerte/ y al camino que tenía que recorrer, aquella/biblioteca estaba/allí cuando yo era/joven y buscaba/algo/a lo que aferrarme/y no parecía que hubiera/mucho”.