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Barojiana del ogro

Carlos Mármol | 23 de diciembre de 2011 a las 22:06

Nació, según confesión propia, en una casa oscura donde para ver la luz del día había que trepar hasta la azotea. Murió dejando 50.000 libros, acaso más, distribuidos por siete estancias diferentes y una legión de discípulos. También de lectores. Porque de las múltiples herencias que devienen de la actividad intelectual de Castilla del Pino -aquejado del complejo de Prometeo: la búsqueda del eterno conocimiento- sobresale su producción literaria, enfocada salvo obras puntuales (El discurso de San Onofre o La alacena tapiada) en busca de una suerte de memorialismo agrio (sus recuerdos dieron para dos magníficos volúmenes: Pretérito Imperfecto y Casa del Olivo, escritos con ocho años de diferencia) en el que hacía suya la frase de Ortega y Gasset: “Un espectador es aquel al que casi todo le mueve a reflexión”.

Académico de la Lengua (sillón Q) y premios Jovellanos y Comillas por sus escritos, Castilla del Pino tenía, en especial en sus últimos tiempos, fama de anacoreta. De ogro. Polemista feroz y estudioso severo y magnífico, no veía extraña la asociación, tan usual en la literatura, entre el supuesto mal carácter (leyendas que suelen lanzar los otros, como diría Rimbaud, para justificarse) y la brillantez intelectual. Al igual que a su admirado Baroja, ser agreste, personaje lleno de presuntuosa fobia social, libérrimo y altivo, casi temerario, Castilla del Pino acaso justificaría tal condición en ciertas experiencias de su existencia: la infancia solitaria, el afán de supervivencia en el duro internado de Ronda, una vida de disciplina y esfuerzo marcada por las injustas purgas universitarias y laborales del franquismo, las hieles del compromiso político de izquierdas, las confesiones, amontonadas en su retina y sus oídos, de sus miles de pacientes (a veces entre la locura y el delirio) y -es muy de suponer- la muerte prematura de cinco de sus vástagos. “No soy un padre dotado”, escribió. Sinceridad dolorida. La más cierta.

Decía no ser amante de las memorias, incluso de las de los mejores autores (franceses, por supuesto) porque “en todas se miente mucho”. Sin embargo, cuando decidió contar su vida buscó un estilo verosímil para, si al menos no decía toda la verdad, que pareciera lo contrario. Un estilo alejado de la convención y los fuegos de artificio verbales. No se engañaba: sabía que, pese a las proclamas, detrás de cada acto de la conducta subyace el narcisismo; en distintas dosis o con diferentes disfraces. También en el suyo: “Todos tenemos múltiples rostros; no soy ningún paradigma de bondad”, decía sin miedo a quebrar el dogma (tan manoseado) de la conciliación. “No es posible conciliarse con el otro si antes no se ponen las cosas en su sitio”. Una verdad como un catedral. Igual que su hallazgo esencial sobre la vida. “En realidad nadie sabe de verdad cómo es. Lo de conócete a tí mismo es una fantasía griega. Para hacerlo haría falta tener un punto de vista fijo, invariable y seguro”. Y eso, en la vida, no existe.