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Extravíos y carreteras secundarias

Carlos Mármol | 23 de diciembre de 2011 a las 19:23

La editorial Siruela reedita ‘El desvío a Santiago’, el mítico libro de viajes en el que el escritor holandés Cees Nooteboom descubre las raíces íntimas de un país irracional, cruel y anárquico llamado España.

Casi es un milagro. ¿Qué cosa? Pues que en estos tiempos de turismo de masas, low cost y ofertas last minute, cuando algunos creen que viajar consiste en hacer excursiones previsibles y regladas, todavía sobreviva un digno representante de la vieja estirpe del viajero ilustrado. No deja de ser tan extraño como maravilloso. Ya saben: alguien que deja sin dolor, más bien con cierta alegría, el supuesto hogar -si es que realmente existen las patrias- y se marcha, generalmente solo, y exclusivamente con un mísero billete de ida o una bolsa de ropa vieja, a cumplir con el hermoso sueño que algunos, casi todos, tuvimos de niños: poner de pie un punto en el mapa. Ser capaz de representar físicamente lo que hasta entonces no era más que un nombre. Un sitio cualquiera. Un espacio desconocido. No queda ya mucha gente así.

El holandés Cees Nooteboom (La Haya, 1933) es uno de ellos. Probablemente, el mejor. Quizás justo por eso no sea el más conocido de su raza, en la que abundan los diletantes y aquellos que se presentan a sí mismos como protagonistas de hazañas tan asombrosas como, generalmente, indemostrables. En la literatura de viajes -que es la literatura propiamente dicha; Homero lo enseña en La Odisea- lo difícil no es tanto llegar vivo a un lugar recóndito o vivir una aventura digna de una novela. Lo complicado es saber extraer la verdadera sabiduría del espacio, a veces de consideración muy menor, al que se viaja. Su esencia. Aunque sea la esquina que está justo al lado.

Nooteboom lo ha hecho en reincidentes ocasiones. De hecho, vive del oficio de andar y contar. No le va mal: tiene casa en Holanda, Berlín y Menorca. En su tierra hay quienes le postulan para el Premio Nobel. Él, sin embargo, sigue en lo suyo: viaja y escribe. No es poco. Parece (casi) un hombre libre.

La editorial Siruela reedita ahora en un volumen especial, motivado por el Xacobeo 2010, el mítico libro que en 1992 le dedicó a España, donde lleva años viniendo. Un volumen deslumbrante que se llama El Desvío a Santiago. Una joya literaria que es (casi) un género en sí mismo, al ser ejemplo de la forma de concebir el viaje de Nooteboom: tránsitos por carreteras secundarias, extravíos, desvíos, desvaríos y, en general, búsqueda por senderos accesorios. Territorios sin pisar. Sin anuncios ni postales.

Su estilo es espontáneamente libre. Justo lo contrario de los autores de la escuela inglesa de viajeros, en los que el viaje tiene un sentido lineal y el relato es un río razonable. Sin meandros. Nooteboom, en cambio, es sinuoso. Complejo. Su itinerario español pasa obviamente por Santiago, pero discurre también por muchos otros lugares, geográficos y mentales, diferentes a Compostela. El holandés errante vagabundea a capricho por la España íntima, interior y auténtica. Un país duro, árido, acaso cruel. Donde el viajero descubre -todavía- una raíz singular que le hace decir, para disgusto de muchos políticos, que España no es Europa. De hecho, ni siquiera es España, si se entiende a ésta bajo el prisma del mito fundacional de los Reyes Católicos. España más bien parece una atractiva y caótica suma de contrarios. Un capricho mestizo.

Nooteboom tiene perspectiva para sostener dicha afirmación. Viajó a nuestro país por primera vez en 1954. Desde entonces viene todos los años. En aquellos tiempos, con algo más de 20 años, dejó sin dudar el banco en el que trabajaba de recadero en Holanda y se fue a vagar en autostop por el Viejo Mundo. Fue el inicio de su deambular vital, que le ha llevado a otros sitios. Mali. Bolivia. Incluso Aragón. Y a los cientos de cementerios por los que se reparten los huesos de sus poetas preferidos, itinerario del que tiene otro magnífico libro monográfico. Italia, en esta primera incursión en tierras hostiles, le deslumbró. España, por contraste, le pareció demasiado tosca. “Parecía vieja, intocable y obstinada”. Un territorio que no fluía en absoluto, que debía ser constantemente ganado. En el que la gente -pensaba el holandés- habían construido una cultura terrible y frugal sobre el viejo principio bíblico que se adjudica a Lucifer. Non serviam.

Con el tiempo, nuestro país pasó a convertirse en un lugar amado para Nooteboom. Quizás porque, es sabido, en la vida sólo las cosas difíciles merecen realmente la pena. No hay victoria sin conquista. Y la conquista sin resistencia es sencillamente imposible. “España no se entregaba al viajero; necesitaba ser conquistada”, explica el escritor, que tiene ya casi 30 ediciones de su libro español y ha sido traducido a 16 idiomas. Justo sería decir que buena parte de la imagen que nuestro país tiene entre nórdicos y alemanes -su principal mercado- se debe a la mirada sabia y sobria de este holandés.

¿Cuál es su visión de España? La que aparece al viajar sin rumbo. Sin documentación. Nooteboom sencillamente va a los sitios. Los siente. Se documenta siempre sobre el terreno. En librerías provinciales, donde encuentra lo que falta en el mercado global, falsamente inmenso. Investiga, se informa, aprende. Y después se pone a escribir. Despacio. La España que aparece en El Desvío a Santiago es ésta. No es el país de las infraestructuras rutilantes ni del Levante arrasado por las inmobiliarias. Es la nación de Soria -una ciudad de la que todo el mundo huye-, de Teruel, de Roncesvalles o de Astorga. Un lugar capaz de ver nacer a gente como Zurbarán o Velázquez, e ignorarlos; donde la última metáfora del imperio español está lejos de todos sitios (el monasterio de Guadalupe), cobijada por el océano de tierra de la meseta, y en el que el personaje literario mayor -El Quijote- parece ser tan real, siendo mentira, como el territorio geográfico de La Mancha.

Nooteboom no se recrea en ortodoxias. Viaja a Trujillo, donde encuentra claves de la conquista del Perú -su héroe, Pizarro, reposa en la catedral de Lima en un sencillo ataúd de madera en una capilla secundaria-, a Navarra o a un villorrio de León. Incluso pasa por la aldea del Rocío, donde en lugar de la quietud de Doñana se topa con una romería caribeña. Vitalista y falsa. En todas partes ve interpretaciones interesadas de la historia. Y se dice que, quizás, la historia no tenga intenciones. Las fabrican los hombres. La historia sencillamente sucede. Ocurre. Viajar consiste en encontrar los lugares donde están retenidas las emociones de otros que, como nosotros, pisaron antes esos espacios sagrados. A veces es una iglesia -San Juan de la Peña-; otras, un río. En ocasiones un cuadro. Muchas, historias paradójicas como la del rey más poderoso del orbe, Felipe II, que murió devorado por los gusanos de su propio cuerpo en un aposento del monasterio del Escorial. Visiones de un país de reyes y enanos. De bufones y de santos. Una España que, creyendo ser moderna, aún no ha dejado de ser profunda, lateral y distinta.