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Nueva York: las huellas borradas

Carlos Mármol | 26 de agosto de 2012 a las 6:50

Las brújulas nos engañan. Los puntos cardinales pueden mudar de sitio y lugar. Depende de dónde estés exactamente y, sobre todo, del tiempo. De la relatividad. Por eso los espacios que hoy nos parecen el centro del orbe, el lugar donde se concentran las fuerzas telúricas del mundo moderno, pueden estar, o haber sido, apenas un sucio paraje lleno de rocas, agua y vegetación triste. Ante tal descubrimiento nos sucede como a Jorge Luis Borges con la ciudad de Buenos Aires:“A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires: la juzgo tan eterna como el agua y el aire”.

A Nueva York le pasa algo parecido. Se nos figura que siempre estuvo ahí, en el Noreste del continente americano, rotunda y deslumbrante. Y sin embargo hubo un tiempo en el que aquella isla, donde después se han ido cruzado buena parte de las historias, grandes y pequeñas, que explican el pasado siglo XX, fue apenas un yermo paisaje azotado por un viento tosco, duro, sin perspectivas. De ese pasado trata el libro que el historiador Russell Shorto (Pensilvania, 1959) ha escrito sobre los inicios de la metrópoli norteamericana [Manhattan. La historia secreta de Nueva York. Duomo Ediciones]. Un texto deslumbrante que nos permite entender cómo el azar es capaz de sembrar en un terreno difícil una semilla capaz de perdurar y convertirse, con el tiempo, en un imperio.

Para entender Nueva York existen un sinfín de guías y libros. Narraciones más o menos canónicas o simples relatos en primera persona, como el magnífico soliloquio ebrio del irlandés Brendan Behan [Marbot Ediciones], donde se cuenta un Nueva York usado y gastado. Vivido. Impresionista. Después está el imprescindible –sobre todo para los arquitectos– Delirious Nueva York de Rem Koolhaas [Gustavo Gili Editorial], acaso el tratado (oficialmente se trata de una suerte de manifiesto sobre lo moderno) que mejor explique cómo los sucesivos cambios de piel de la megápolis norteamericana han ido configurando a lo largo del tiempo la múltiple suma de lecturas, unas disparatadas, otras excepcionales, que siempre es una urbe con cierta vocación de eternidad.

Aunque en el caso de Nueva York la arquitectura de finales del XIX y todo el siglo XX comenzase en un arrabal periférico, junto a una playa (Coney Island), y lo único perdurable sea la voluntad de cambio, el principio básico sobre el que se sustenta la modernidad. Nueva York se ha hecho a sí misma a costa de redibujar constantemente su pasado. Convirtiendo su presente en su futuro. Tirándolo todo abajo y volviéndolo a alzar sobre la base de la unidad básica de la disciplina especulativa: la cuadrícula. Los rascacielos no son más que eso: una cuadrícula perfecta multiplicada hacia el aire. Aprovechamiento máximo del espacio. Rentabilidad, dólares y, en ciertos casos, obras de arte.

Pero el pasado de Nueva York existe. No es el pretérito mítico de los padres peregrinos, ni de los puritanos ingleses, huidos de una Inglaterra dogmática hacia las costas de New England, donde fundaron una nueva nación que llegó a dominar el mundo –todavía lo hace– unos cientos de años después. No. Quizás la odisea de los puritanos explique al Estados Unidos interior, rural, profundamente cerrado y simple. Pero la América urbana –la de la Costa Este; la Oeste es más bien hija de la conquista, el ansia de riqueza y el sentido bíblico de peregrinación que desde el origen ha acompañado la historia del pueblo Norteamericano– tiene su alfa en una isla vacía que no fue fundada por los británicos, sino conquistada por ellos tras un breve periodo de autonomía que, a pesar de su naturaleza efímera, es el elemento más perdurable del mito americano:un país abierto a todas las influencia, razas, religiones y credos siempre y cuando todos éstos creyeran en el principio de la posterior fe capitalista: el comercio.

Fueron apenas cuatro décadas de vida, en general convulsa, pero suficientes para contagiar al resto mundo esta semilla liberal, flor extraña, hija apócrifa de una Europa dogmática y todavía mucho más rara en aquellas colonias de ultramar, donde la religión adquirió pronto un ropaje político que todavía perdura. De este pasado lejano, pero al mismo tiempo tan vivo, es del que nos habla Russell Shorto en su libro, que es casi un milagro. Literalmente:está escrito a partir de los olvidados, rotos, casi destruidos, archivos de la antigua colonia de Nieuw Amsterdam, el hogar que los holandeses fundaron sobre una isla que al principio compartieron y después compraron a los indios.

Toda la historia se desarrolla entre 1625 y 1664. Y su crónica, olvidada por todos, borrada por la fortaleza del mito de la posterior dominación británica, está escrita en un idioma imposible –el neerlandés del siglo XVIII– que un erudito, un loco, un ciego, Charles Gerhring, encontró en una biblioteca pública. Un tesoro que a otros les horrorizaría: 12.000 manuscritos, cartas, sentencias, escrituras de compraventa y diarios signados en una lengua marciana. Cuando Shorto lo conoció, este Sísifo llevaba 30 años en un pupitre, traduciendo lo que, hasta entonces, no le había interesado a casi nadie, insatisfecho con la historia oficial. La fuente del relato secreto de la metrópolis son los muertos: los primeros neoyorquinos. Su historia es como un canto del cisne: empezaron viviendo en un territorio controlado por una empresa mercantil –West Indies Limited– donde no había gobernante, sino un director general, y en el que no existía más ley que la del beneficio inmediato. La plusvalía.

Fueron trabajadores que se rebelaron contra su propia compañía para convertirse en ciudadanos libres, liderados por un abogado –Adriaen van der Donck– que peleó por una liberación que se frustró cuando el poblado, puerta de entrada al continente a través del río Hudson, se convirtió en objeto de deseo por parte de los imperios holandés y británico. Los ingleses ganaron la batalla y tomaron la isla, borrando aparentemente el pasado de los tulipanes que, como la herencia griega en Roma –los conquistadores conquistados– terminó dando fruto a través de una anomalía: un Estado regido por comerciantes con un notable sentido del autogobierno y abierto a cualquiera –sin apellidos incluso– que creyera en la libertad de culto y en el libre intercambio. El sueño americano era en realidad holandés. Empezó en el lejano siglo XVII gracias a una expedición de piratas, prostitutas, empresarios y pícaros hacia un lugar que parecía el fin del mundo.

Elogio de las bibliotecas

Carlos Mármol | 14 de junio de 2012 a las 18:38

Ahora que se ha muerto hace unos días Ray Bradbuy, entre los obituarios de ocasión (casi el último género literario que todavía subsiste en los periódicos: la muerte es la única cosa imperecedera) leo uno, excelente, de Pablo Scarpelli que además de glosar la figura del escritor fantástico, marciano como sólo puede serlo un tipo de Los Ángeles (California), resalta entre los factores que contribuyeron a la forja del finado, el ejercicio de iniciación a la vida por el que pasamos, aunque de forma distinta, todos, su amor a las biblotecas públicas y, en concreto, al coliseo de libros (una monumentalidad espiritual, más que reflejada en piedra) del centro público de lectura de Los Ángeles, California.

“No creo en los colegios ni en las universidades. Creo en las bibliotecas, porque la mayoría de los estudiantes no tienen dinero”, dijo en alguna ocasión.

El autor de Fahrenheit 451 no pudo iniciar los estudios universitarios porque en su casa sencillamente no había dólares para permitirse ese lujo. Y ya se sabe: en California o en Birmania, sucede lo mismo. Sin dinero, no hay nada que hacer. Que Bradbury creyera, con todas sus fuerzas, en el poder de las bibliotecas no es sólo una hermosa declaración de amor por una vieja costumbre (acumular libros de papel en un edificio para que los desconocidos puedan leerlos prácticamente gratis), sino la evidencia de que, más allá de las academias y los departamentos universitarios, de los grados y los exámenes, la vida de aquellos que desean aprender y formarse encuentra vías alternativas para poder hacerlo. Al menos, así ha sido hasta ahora.

Quien no podía integrarse en el sistema de forma ortodoxa (y la educación es la única vía sólida para hacerlo) podía refugiarse, como hizo él, tres días en semana, en la biblioteca pública; entrar en los archivos, bucear, elegir un título al azar, pedirlo y empezar a leer sin mayor problema. Así lo hizo durante toda una década. Después, probablemente, ya empezó a tener dinero para poder formar su propia biblioteca: el mejor retrato de las pasiones, ambiciones y desengaños de cualquier persona.

No fue el único caso: otro angelino célebre, Charles Bukowski, cuenta en varios de sus libros (memorias ficticias o ciertas, igual da) cómo le salvaron el cuello en mitad de su propia vida de locura dos cosas: ir a la biblioteca pública de la segunda metrópolis norteamericana y, después, escribir en una máquina vieja y gastada. Son procesos gemelos, aunque diferentes. Los vasos comunicantes que unen a ambos vicios (la lectura y la escritura son tan adictivas y nocivas como las drogas más duras) no suelen visualizarse hasta que se ha producido el tránsito de los años. Casi nunca sucede de golpe. Hace falta tiempo, convicción y decisión.

En España, donde nunca hemos sido muy aficionados a la lectura, la red de bibliotecas es relativamente reciente. Los libros, antiguamente, eran objetos personales, valiosos. De lujo. No abundaban en demasiadas casas. Tampoco, hasta la transición, empezó a construirse la red de bibliotecas que existe ahora, cuya viabilidad, como tantas otras cosas, está en estos tiempos en serio peligro por culpa de la crisis económica. El proceso es siempre el mismo. Una muerte lenta, silenciosa: las instituciones, titulares de la bibliotecas, dejan de comprar ejemplares a los editores (para algunos se trata de su único ingreso), las salas dejan de llenarse de lectores y se colman con los eternos estudiantes (de cualquier materia) acompañados de su ordenador, los bibliotecarios se jubilan, las plazas se amortizan y los horarios se limitan. La única alternativa existente para los letraheridos se marchita. Una tragedia en cámara lenta.

Se argumenta que no es para tanto, que internet es ya la nueva biblioteca global. Podría serlo, pero todavía le queda bastante tiempo para suplir la función de los libros: en la red hay maravillas para bibliófilos, libros descatalogados, incunables, pero también demasiado ruido, mucha basura y una total ausencia de jerarquía, que es todo lo contrario a una biblioteca bien ordenada, con sus diccionarios de autoridades incluidos. Donde todo tiene un sentido y el caos es imposible.

La biblioteca que le salvó la vida (porque evitó que se convirtieran en otras personas) a Bradbuy y a Bukowski existe todavía pero ya no es la de aquellos años, cuando ambos no eran todavía nadie, siendo en realidad dos grandes escritores potenciales. Hace 24 años su depósito central, el tercero más grande de Estados Unidos, se incendió. El edificio estuvo en llamas, por falta de medidas de seguridad, durante siete horas seguidas. Igual que en la novela de Bradbury, donde los libros se destruían con un fuego que tenía bastante poco de purificador y mucho más de inquisitorial, asusta pensar el caudal de literatura, vida y pensamiento que se evaporaron para siempre durante aquella catástrofe llena de ceniza. La biblioteca se quedó sin 400.000 libros, el 20% de sus fondos. Los costes se midieron, como siempre, en dólares: 20 millones.

El quebranto, en realidad, fue mucho mayor. Infinito. Sobre todo fue una pérdida espiritual: el fuego impidió que otros muchos bradburies pudieran refugiarse, bajo el inmisericorde sol de Los Ángeles, en la sala de lectura central, tan borgiana como la de otras muchas bibliotecas, frente a las habituales inclemencias del exterior para iniciar el viaje más fascinante que existe: la búsqueda de ellos mismos.

Una experiencia que Buskowski resumió en un hermoso poema:

(…) Yo era un lector entonces/que iba de una sala a/otra: literatura, filosofía,/religión, incluso medicina/y geología./Muy pronto/decidí ser escritor,/pensaba que sería la salida/más fácil/y los grandes novelistas/no me parecían/demasiado difíciles./Tenía más problemas con/Hegel y con Kant./Lo que me/fastidiaba/de todos ellos/es que/les llevara tanto/lograr decir algo/lúcido y/ o interesante./Yo creía/que en eso/los sobrepasaba a todos/entonces./Descubrí dos cosas: a) que la mayoría de los editores creía que/ todo lo que era aburrido/era profundo. b) que yo pasaría décadas enteras/viviendo y escribiendo/antes de poder/plasmar/una frase que/se /aproximara un poco/a lo que quería/decir./Entretanto/mientras otros iban a la caza de/damas,/yo iba a/ la caza de viejos/libros,/era un bibliófilo, aunque/ desencantado,/y eso/y el mundo/configuraron mi carácter. (…)La vieja Biblioteca Pública de Los Ángeles/seguía siendo/mi hogar/y el hogar de muchos otros/vagabundos./Discretamente utilizábamos/ los/aseos/y a los únicos que/echaban de allí/era a los que/se quedaban dormidos en/ las/mesas/de la biblioteca; nadie ronca como un/vagabundo/a menos que sea/ alguien con quien estás/casado. Bueno, yo no era realmente un/vagabundo. Yo tenía tarjeta de la/ biblioteca/y sacaba y devolvía/libros,/montones de libros/ siempre hasta el/límite/de lo permitido: Aldous Huxley, D.H. Lawrence, E.E. Cummings, Conrad Aiken, Fiódor Dostoievski, Dos Passos, Turguénev, Gorki, H.D. Freddie Nietzsche,Schopenhauer, Steinbeck,Hemingway…

Siempre esperaba que la bibliotecaria/me dijera: “que buen gusto tiene usted,/joven. pero la vieja/puta/ni siquiera sabía/quién era ella,/cómo iba a saber/quién era yo. Aquellos estantes contenían/un enorme/tesoro: me permitieron/descubrir/a los poetas chinos antiguos /como Tu Fu y Li Po/que son capaces de decir en un/verso más que la mayoría en/ treinta o/incluso en ciento./ Sherwood Anderson debe de haberlos/leído/también./También solía sacar y/ devolver/los Cantos/y Ezra me ayudó/a fortalecer los brazos si no/el cerebro./ Maravilloso lugar/la Biblioteca Pública de Los Ángeles/fue un hogar para alguien que había/tenido/un/hogar/infernal/(…). Probablemente evitó/que me convirtiera en un/suicida,/un ladrón/de bancos,/un tipo/que pega a su mujer,/un carnicero o/un motorista de la policía/y, aunque reconozco/que/puede que alguno sea estupendo, gracias a mi buena suerte/ y al camino que tenía que recorrer, aquella/biblioteca estaba/allí cuando yo era/joven y buscaba/algo/a lo que aferrarme/y no parecía que hubiera/mucho”.

 

Fouché: la política como asesinato

Carlos Mármol | 25 de diciembre de 2011 a las 0:53

La editorial Acantilado recupera la obra maestra de Stefan Zweig, una reflexión sobre el poder sin escrúpulos.

Fue uno de los políticos más insultados. Y, quizás justo por eso, de los más hábiles a la hora de usar las cartas a su disposición en el juego, siempre voluble, del poder. Nadie neutro puede ser objeto de tan intensa crueldad ajena. En política, igual que en la vida, sólo se odia con verdadera dedicación a aquellos capaces de quebrar la imagen que uno ha construido sobre sí mismo, aunque el procedimiento consista en poner un espejo delante del propio rostro. Ante determinadas personalidades, no existe peor afrenta.

José Fouché (Nantes, 1754-Trieste, 1820) es considerado un personaje secundario de la historia. Se le recuerda como un mero prototipo sociológico: el ejemplo del político amoral, traidor, arribista, falso y deleznable que acostumbra a existir en casi todas las organizaciones humanas, sean partidos, congregaciones religiosas, periódicos o entidades vecinales. Igual da. Un trepa. Un relativista moral. Un verdadero criminal cuya concepción íntima sobre el poder sólo es comparable a la que dejó por escrito Maquiavelo. Extrañamente, nunca ha gozado de la misma relevancia: su memorias oficiales, publicadas en el año 1824, son dudosas. Callan más que cuentan. Nota constante de su existencia. Definitoria, en suma.

El escritor Stefan Zweig, que escribió una magnífica colección de biografías históricas antes de suicidarse -con veneno; el arma política más silenciosa- en Petrópolis (Brasil), le dedicó un excelente ensayo amoral que ha recuperado la editorial Acantilado [Fouché, Retrato de un hombre político]. El libro es deslumbrante: nos aclara bastante del hombre flemático, siniestro y metódico que latía debajo del mito del perfecto traidor, como le bautizó Napoleón, a cuyo servicio estuvo durante muchos años, en periodos alternos, sin dejar por eso de jugar con sus rivales a todas las bandas posibles.

“Tendría que mandar fusilarle, ministro”, le espetó un día el emperador Bonaparte, airado por la sospecha de la traición.

-“Pues yo no soy de la misma opinión, sire”, contestó Fouché sin inmutarse. Continuó con vida.

Zweig nos describe a un perfecto canalla. A una personalidad fascinante que desde las sombras, durante 25 años, condicionó la historia política de Europa para desaparecer después en el olvido melancólico de Trieste. No es un exceso verbal: Zweig lo considera el “más excepcional de los hombres políticos”, adjetivo que no tiene que corresponderse necesariamente con el mejor de los hombres. Es más: ambos conceptos, a tenor de lo que nos enseña la historia, suelen ir disociados.

La biografía de Fouché le sirve al escritor austriaco para hacer una hermosa reflexión sobre la política y sus demonios, sobre la llama que arde, consumiéndolos, en el interior de aquellos que desean el poder con independencia de cuál sea su utilidad. Sin otras convicciones ni principios, sino por el puro placer secreto de participar en un juego de exterminio.

A Borges le preguntaron un día por los políticos. “Son una secta de sinvergüenzas. Estos señores van desparramando su retrato, haciendo promesas, a veces amenazas; sobornando, en suma. Ser político para mí es uno de los oficios más tristes del ser humano. No lo digo en contra de ningún político en particular. Digo, en general, que una persona que trate de hacerse popular a todos parece no tener vergüenza”. Amén.

El escritor argentino se refería a los políticos populistas -acaso la firme obstinación del peronismo argentino- que tan profusamente aparecen en los momentos de zozobra. Fouché era de otra estirpe: la del político silencioso, como una serpiente. Jamás ambicionó ser famoso -consciente de sus limitaciones, que comenzaban por su propia presencia- ni quiso atarse a principio moral alguno. Prefería manejar el poder absoluto desde la tramoya del escenario; sin abandonar nunca, fuera quien fuera, el partido de la mayoría. Lo hizo con éxito durante más de dos décadas, en las que protagonizó una carrera silenciosa, de consecuencias funestas para las vidas y haciendas ajenas, y perseguido por su propia sombra. El pasado es el gran problema de los traidores, obligados a matar para no llegar a ser descubiertos. Fouché, huyendo de todos los personajes que en algún momento él mismo fue encarnando durante su existencia, convirtió así el asesinato político en una de las bellas artes.

Zweig nos muestra en su libro las sucesivas etapas de esta carrera inútil. Empieza en el seminario, donde el futuro regicida gastaba tonsura, túnica y enseñaba matemáticas y latín, iniciando así una carrera religiosa de diez años que abandonaría por la política cuando se presentó como candidato del partido de los girondinos, defensor del comercio, las buenas costumbres y la propiedad privada. Moderado.

Cuñado de Robespierre, Fouché es quien le presta dinero para su primer viaje a París a este desconocido abogado puritano y orgulloso que, junto a Marat, controlaría la trágica etapa del terror y la guillotina, donde él mismo murió tras una conspiración política auspiciada por su propio padrino, que pasó de prometer a su iguales respetar la vida del rey Luis XVI -bautizado por los revolucionarios como Luis Capeto; la primera degradación casi siempre es nominativa- a sentenciarlo a muerte ante la asamblea nacional, consciente de que el radicalismo jacobino iba a hacerse el dueño de la revolución.

-“La mort”, musitó entonces.

Esta frase, pronunciada de forma gélida, hierática, terminaría siendo la causa de su caída en desgracia definitiva cuando, más de dos décadas después, devolvió el gobierno de Francia a Luis XVIII, tras traicionar por segunda vez a Bonaparte, a cambio de seguir maniobrando en las hondas penumbras de palacio. El rey prescindió de sus servicios tras usarlo en su beneficio. El antiguo regicida era entonces un monárquico.

Entre ambas escenas están contenidas todas sus múltiples mutaciones. Pruebas de una ambición sin límite: de religioso a mitralleur de Lyon, jinete apocalíptico contra la propia Iglesia en cuyo seno profesó. Autor -antes que Marx- del primer manifiesto comunista, en el que exigía la colectivización de la propiedad, apenas unos años más tarde se había convertido en el hombre más rico de Europa y disfrutaba del título de gran duque de Otranto. Ministro del Interior con Napoleón -la revuelta francesa culminó en una dictadura militar- su mayor obra política fue el gabinete negro: un sistema de espionaje infalible que le que permitía saber todo de todos y actuar en consecuencia. Pero no todo fueron éxitos: pasó los tres años del directorio escondido, criando cerdos en una pocilga y aterido por una pobreza horrenda.

Aquellos eran malos tiempos. Un periodo de desconcierto. Una etapa a la que podría que aplicarse lo que Henry Miller escribió en El tiempo de los asesinos, su libro sobre Rimbaud: “Los cimientos de la política, la economía y el arte se estremecen. El aire está saturado de profecías sobre el desastre que se avecina. ¿Hemos tocado fondo? Todavía no. La crisis moral del siglo XIX no ha hecho más que ceder su lugar a la bancarrota espiritual del siglo XX. Es el tiempo de los asesinos. La política se ha convertido en un negocio de pistoleros. Los pueblos marchan en el cielo pero no cantan hossanas, y los de abajo marchan hacia las colas de las sopas”. Igual que ahora.

Barojiana del ogro

Carlos Mármol | 23 de diciembre de 2011 a las 22:06

Nació, según confesión propia, en una casa oscura donde para ver la luz del día había que trepar hasta la azotea. Murió dejando 50.000 libros, acaso más, distribuidos por siete estancias diferentes y una legión de discípulos. También de lectores. Porque de las múltiples herencias que devienen de la actividad intelectual de Castilla del Pino -aquejado del complejo de Prometeo: la búsqueda del eterno conocimiento- sobresale su producción literaria, enfocada salvo obras puntuales (El discurso de San Onofre o La alacena tapiada) en busca de una suerte de memorialismo agrio (sus recuerdos dieron para dos magníficos volúmenes: Pretérito Imperfecto y Casa del Olivo, escritos con ocho años de diferencia) en el que hacía suya la frase de Ortega y Gasset: “Un espectador es aquel al que casi todo le mueve a reflexión”.

Académico de la Lengua (sillón Q) y premios Jovellanos y Comillas por sus escritos, Castilla del Pino tenía, en especial en sus últimos tiempos, fama de anacoreta. De ogro. Polemista feroz y estudioso severo y magnífico, no veía extraña la asociación, tan usual en la literatura, entre el supuesto mal carácter (leyendas que suelen lanzar los otros, como diría Rimbaud, para justificarse) y la brillantez intelectual. Al igual que a su admirado Baroja, ser agreste, personaje lleno de presuntuosa fobia social, libérrimo y altivo, casi temerario, Castilla del Pino acaso justificaría tal condición en ciertas experiencias de su existencia: la infancia solitaria, el afán de supervivencia en el duro internado de Ronda, una vida de disciplina y esfuerzo marcada por las injustas purgas universitarias y laborales del franquismo, las hieles del compromiso político de izquierdas, las confesiones, amontonadas en su retina y sus oídos, de sus miles de pacientes (a veces entre la locura y el delirio) y -es muy de suponer- la muerte prematura de cinco de sus vástagos. “No soy un padre dotado”, escribió. Sinceridad dolorida. La más cierta.

Decía no ser amante de las memorias, incluso de las de los mejores autores (franceses, por supuesto) porque “en todas se miente mucho”. Sin embargo, cuando decidió contar su vida buscó un estilo verosímil para, si al menos no decía toda la verdad, que pareciera lo contrario. Un estilo alejado de la convención y los fuegos de artificio verbales. No se engañaba: sabía que, pese a las proclamas, detrás de cada acto de la conducta subyace el narcisismo; en distintas dosis o con diferentes disfraces. También en el suyo: “Todos tenemos múltiples rostros; no soy ningún paradigma de bondad”, decía sin miedo a quebrar el dogma (tan manoseado) de la conciliación. “No es posible conciliarse con el otro si antes no se ponen las cosas en su sitio”. Una verdad como un catedral. Igual que su hallazgo esencial sobre la vida. “En realidad nadie sabe de verdad cómo es. Lo de conócete a tí mismo es una fantasía griega. Para hacerlo haría falta tener un punto de vista fijo, invariable y seguro”. Y eso, en la vida, no existe.

Liberalismo patrio

Carlos Mármol | 23 de diciembre de 2011 a las 19:29

La editorial Aguilar recopila los mejores artículos y ensayos sobre la poliédrica realidad latinoamericana escritos por el novelista peruano desde la década de los años setenta hasta nuestros días.

El escritor peruano Mario Vargas Llosa (Arequipa, 1936) no cree en los mundos perfectos. Toda una paradoja si se tiene en cuenta que su concepción de la novela es casi la de un demiurgo: alguien que distribuye la trama, los recursos técnicos, el estilo y la cadencia del relato en función del efecto preciso que pretenda casuar. Su visión de la realidad, en especial en lo que se refiere al poliedro político que es su patria -Latinoamérica-, ha discurrido casi siempre por meandros y caminos irregulares, pues de tal condición son los senderos americanos, donde la línea recta, salvo en el Norte, es casi una ilusión óptica.

Su nueva colección de artículos y ensayos, que la editorial Aguilar trae ahora a las librerías bajo el título de Sables y Utopías, versa sobre los vaivenes del destino en ese ancho y ajeno subcontinente que es América Latina. La tierra de la libertad. Donde su conquista resulta tan complicada. Casi imposible.

La nueva pieza literaria de Vargas Llosa, que sigue la estela de incursiones anteriores en el formato del ensayo político, como El pez en el agua, una suerte de singulares y prematuras memorias donde los olores de la infancia del escritor se mezclaban con los avatares de la vieja y fallida aspiración de convertirse en presidente del Perú, tiene un marcado tono confesional.

A través de piezas periodísticas y epistolares -cartas públicas, esencialmente- ilustra no sólo el peculiar concepto de liberalismo de Vargas Llosa (opuesto al de determinados conservadores que tan sólo quieren ocultar su verdadera faz bajo tal etiqueta), sino cómo puede evolucionarse -por desengaño, que es el único sendero útil en las lides del conocimiento humano- desde el compromiso radical con la izquierda hasta posiciones ideológicas escasamente dogmáticas. Para muchos, acaso equivocadas, pero siempre bastante sinceras.

Los textos, que van desde los años sesenta hasta nuestros días, son también la crónica de un espíritu independiente y rebelde. El de alguien que no tiene temor a romper con su pasado reciente si el precio de no adoptar dicha decisión implica perder la propia esencia. En su caso: la gloriosa impertinencia que, en lo que a la libertad de expresión se refiere, alumbra toda la obra del escritor peruano. Un itinerario similar, aunque con muchos matices, al que hizo otro de los míticos malditos de la izquierda oficial: Guillermo Cabrera Infante, que tras huir de la dictadura castrista tuvo que buscar refugio en Londres después de que ni en Francia ni en España los izquierdistas de profesión, muchos de los cuales se convirtieron después en socialistas de salón, le dieran el más mínimo aliento. Ni sustento.

Vargas Llosa, afortunadamente, no tuvo que pasar por este trance. Su evolución política discurrió en paralelo a su consagración como novelista, lo que hizo imposible el moobing literario que sufrió Cabrera. Su talento, no siempre ocurre, terminó por abrirse paso. En Sables y Utopías se narra esta zozobra: la de romper con el entorno y el ambiente de la juventud para ser uno mismo. La chispa fue el caso Padilla, foto en negativo de la revolución cubana. Vargas Llosa principia a partir de este duro episodio de represión de la inteligencia una solitaria aventura intelectual que consistió en derribar sus antiguos referentes -Sartre y otros- para buscar voces nuevas -François Revel e Isaiah Berlin- que le ayudaran a comprender la gran cuestión: ¿Por qué todos los proyectos que se proclaman libertadores terminan traicionando a la libertad?

Desde el indigenismo, al nacionalismo, pasando por el dogma religioso y el militarismo, todos prometen el cielo y traen el infierno. Entre otras razones, porque terminan siendo controlados, a veces a sangre y fuego, por caudillos y vicarios que quieren encerrar al ser humano en un redil, llámese éste clase social, raza, nación o ideología. Etiquetas que sólo buscan nutrirse del sentimiento de dependencia. Bob Dylan, a su manera, dijo lo mismo con muchas menos palabras: “No sigas a los líderes; mejor mira los parquímetros”.

Forajidos del Delta

Carlos Mármol | 23 de diciembre de 2011 a las 19:19

Vivencias turbulentas, una cartografía de aldeas diminutas, disonancias pentatónicas arrancadas a guitarras primitivas y un mundo hostil y en fuga son los ingredientes que configuraron al mítico ‘blues’ del Mississippi.

Es seguro. Casi ninguno de ellos respondería si nos oyeran decir su nombre. Por prevención ante la ley o por una simple cuestión de carácter. Lo suyo era otra raza. Mejor usar un mote, un apodo. Ser apenas una sombra. Dioses negros encarnados en la piel de sencillos aparceros, jornaleros, contrabandistas. Buscavidas, balas perdidas, vagabundos. Pura carne de cañón. Su origen exacto no siempre está claro. Su pasado, por lo general, acostumbra a ser materia difusa, cuando no resulta inquietante. Mejor así: todo facilita la leyenda.

Procedían de un mundo antiguo, comunal. Viejo y raro. Transterrado, reinventado una y mil veces en espacios como las cabañas de las plantaciones, las celdas de los presidios, oxidadas estaciones con trenes herrumbrosos a punto de salir, decrépitos almacenes de ladrillo roto, depósitos de material desfasado. Son los grandes músicos de blues. Y sobre ellos ha escrito un espléndido libro Ted Gioia, un ensayista luminoso que también es músico (de jazz). Ahora se publica en español por primera vez gracias a la editorial Turner, que también dio en su momento a la imprenta -esa máquina prodigiosa que algunos quieren sustituir por un artefacto de bolsillo- su emocionante itinerario por los distintos meandros y múltiples senderos de la música secular que nació junto al Golfo de México, en el barrio de Tremé y en el famoso Storyville de la antigua colonia de Nueva Orleans, donde todavía tienen el buen gusto de tocar música humorística en los entierros.

La cartografía del blues es mucho más sombría que la del jazz. Diminuta pero más apasionante. Brota directamente de la tierra y de la vida. Y como ambas a ratos es amarga y primitiva. Sin demasiados ornamentos. Llena de disonancias. Repetitiva y espiritual. Su historia comienza, como todas las historias, en un sitio concreto. Un cierto lugar. Igual que las grandes civilizaciones antiguas, brota en un insólito territorio pobre, escueto, sin otro paisaje que la línea recta del horizonte, los inmensos campos de algodón salvaje y la devastación provocada por las crecidas del Mississippi -el célebre río de Mark Twain- y el Yazoo.

Trescientos kilómetros más o menos. Mal contados. Hacia el Este, una lengua de tierra de cien más. En este espacio de aldeas diminutas, donde la esclavitud y la segregación racial se hicieron fuertes demasiado tiempo, entre finales de la era decimonónica e inicios de la última centuria, nació la música bárbara cuya raíz se sitúa en África (en el Níger, donde los rapsodas se llaman griots) y que vino a trastocar el mapa de los sonidos del siglo recién cerrado hasta convertirse en uno de los nutrientes de la cultura contemporánea. El Delta. Sin más adjetivos.

Por supuesto, igual que ocurrió con los apóstoles tras salir de Galilea, la doctrina ha tenido, sobre el eje de los itinerarios trazados por las migraciones de los esclavos negros, un sinfín de variantes, reformulaciones y escuelas que se arrogan -como todas- la encarnación del dogma verdadero. Piedmont, Texas, Detroit, el Chicago del South Side. El blues ha ido creando así su propia red topográfica en todos los lugares por los que ha pasado, procreando a veces hijos bastardos y mutando sin llegar a perder su raíz primigenia. El sentimiento.

Si se anda el camino de la diáspora a la inversa, todos los itinerarios conducen, y de eso nos habla Gioia, a una geografía de pequeños villorrios similares a los de las novelas de Faulkner, situados en mitad de ninguna parte. En estas aldeas del Mississippi profundo es donde un grupo de músicos ambulantes, recogiendo la semilla de sus mayores, destilaron las fórmulas clásicas de un arte cuya esencia consiste en vagar e ir contando por ahí (en este caso con escalas pentatónicas de doce compases; ayudados por los sonidos que pudieran arrancarse con técnica escasa de diminutas guitarras de metal) historias cotidianas protagonizadas por héroes (siempre en apuros) anónimos. Ellos. Nosotros. En realidad, todos los hombres.

Igual que la literatura clásica, el blues cuenta con sus motivos recurrentes. Los mitos de la [mala]vida. Crónicas de caída y redención. Los primeros sermones para la congregación solían versar sobre el desarraigo, la soledad, el apocalipsis del día a día, la libertad y la incertidumbre del vagabundo ante el diablo, encarnación de los males terrenales. Asuntos tan universales que difícilmente podríamos dejar de llamarlos eternos. Si se mira bien, los relatos de los bluesmen tienen más en común con las evocaciones in media res de los vates griegos y con los poetas simbolistas franceses que con cualquier otra tradición.

Los músicos de blues, en realidad, no cantan. Frasean. No tocan la guitarra. Le arrancan las notas. Su armonía es escasa. No escriben su música en partituras. La tocan. ¿Cómo diablos se escribe en un pentagrama el pinzamiento brutal de una cuerda? Tampoco narran historias completas, con principio y fin. Evocan más bien sólo un registro mental, un estado de ánimo, un hondo sentimiento de pena y quebranto, pero dejando siempre en penumbra las causas, los motivos y las razones de su dolor. Como si la congoja fuese cosa eterna. Demasiado pesada para contarla de una sola vez.

El milagro, en realidad, es que sus plegarias de forajidos hayan podido conservarse. Que se registraran en discos grabados en estudios improvisados, a veces en galpones, con apenas un par de tomas por canción y en los que, en ocasiones, irrumpe el ruido de un ferrocarril cercano. Si este arte efímero y frágil ha perdurado es sencillamente por azar. Suerte. Todo conducía a su extinción. Sus creadores no hicieron demasiado por fijarlo, probablemente porque no creían en el porvenir. Su primera partitura está datada en 1912. Saint Louis Blues. Música orquestal, cercana al jazz, que tuvo su influencia en los salones de las grandes urbes de Norteamérica. En realidad era una mera recreación. El verdadero blues, el inmemorial, no empezó a grabarse de verdad hasta los años 20 y 30. La era dorada terminó justo con el crack del 29, que destrozó a las discográficas y frustró las carreras de muchos de sus evangelistas, que volvieron a trabajar en el campo, en garajes, en fábricas.

Los músicos de blues son pura literatura. Tocaban en antros, por los caminos y en las encrucijadas. Un día iban a la droguería: en ellas comenzaban a venderse los primeros discos. Llegaban como fantasmas y pedían una audición. Nunca daban su nombre real al intermediario. Por si acaso. Dejaban presa su música en los surcos en unos pocos minutos y se esfumaban. Volvían a los caminos, a las tabernas, a tocar ante auditorios de veinte personas. Décadas más tarde aquellas grabaciones aparecían llenas de polvo y dejaban a todos boquiabiertos. Asombrados. ¿Cómo podía expresar tal desolación un campesino? Ulises también se disfrazó de pordiosero cuando llegó a Ítaca. W. C. Handy, el autor de la primera partitura, encontró un día de 1903 en la estación de Tutwiler a un harapiento negro que tocaba la guitarra con un cuchillo (el slide). “¿Qué haces?”, preguntó. “Blues”, le dijo. ¿El diablo? Posiblemente.

Maestro del ensayo en miniatura

Carlos Mármol | 23 de diciembre de 2011 a las 18:42

Si algo bueno tiene el hecho de morirse, sobre todo a la más que respetable edad de 103 años, es que por fin dejan a uno de zarandearle de aquí para allá. Se terminan los homenajes, las mesas redondas y los forzados bolos literarios, que casi siempre cobran otros y padece el protagonista. Junto a los pregones, los homenajes en vida tienen cierto punto sádico. Llevados al extremo son una auténtica tortura.

Francisco Ayala, el eterno escritor en su siglo, que había rebasado ya la centuria, acaso por su vieja costumbre de llevar la contraria con una sonrisa incluso a tan insigne título, con el que, por cierto, bautizó una de sus más notables recopilaciones de artículos, vuelve de nuevo a ser lo que siempre fue: tan sólo un escritor. Lo que era desde los 19 años, cuando publicó su Tragicomedia de un hombre sin espíritu y comenzó, sin sospecharlo, a construir un inmenso legado que con el paso de los años se antoja ciertamente excesivo. Una trayectoria en la que su etapa como recurrente personaje público es apenas un suspiro.

Porque Ayala, como todos los escritores que lo son de verdad, se pasó la mayor parte del tiempo solo, ante un cuaderno o una máquina de escribir. Poniendo en orden el mundo. Tratando de comprenderlo. De otra forma no hubiera podido dejarnos una obra tan extensa. Sus desvelos intelectuales, en general, exploraron dos senderos distintos y complementarios: el de la ficción, principalmente bajo la influencia de las vanguardias de inicios de siglo, que fue el tiempo de su generación; y el del ensayo, donde destacó por su enorme versatilidad, su fino estilo y su notable capacidad de concisión.

Rasgos forzosamente necesarios para cultivar el arte que inventara Montaigne cuando en 1580 decidió dar a la imprenta sus célebres Essais. Un género que en español fijan Miguel de Unamuno y los mexicanos Alfonso Reyes y Octavio Paz, entre otros.

En el que es necesario ser capaz de explicar de forma simple lo complejo. Si su primera etapa estuvo marcada por la figura de Ramón Gómez de la Serna y los eternos nombres del 27, la segunda, trazada sobre todo en el exilio porteño -Buenos Aires, la bendita embajada de la literatura en español gracias a editoriales expatriadas como Losada o Emecé-, respira los aires del titán intelectual que fue Ortega y Gasset. Ya saben: el único filósofo español -al menos desde el punto de vista de los alemanes- que hizo de la tribuna de los periódicos su púlpito casi diario y de la Revista de Occidente su mejor herencia. Inspirador de una concepción de la filosofía en español que no renuncia a la pedagogía y que pretende sacar las ideas a la calle.

El mejor Ayala es hijo directo de esta estirpe. Alguien capaz de pensar cuando escribe -algo nada común; no se crean- y que, en lógica inversa, si piensa bien es porque escribe mejor. Cierto es que la suya fue una carrera fragmentaria: osciló entre la reflexión del individuo frente al poder y materias como la libertad, la política, la sociología, la literatura o la teoría de la creación artística. También el periodismo, al que dedicó su discurso de ingreso en la Academia -La retórica del periodismo y otras retóricas-, donde glosa los males de una profesión que ha perdido el Norte. En todas estas incursiones ensayísticas late el mismo espíritu libre y cierta sensación de desamparo del hombre frente al mundo, algo que le emparenta para siempre con Cervantes, padre del gran antihéroe de la novela moderna.