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Las edades sucesivas de MVM

Carlos Mármol | 26 de diciembre de 2011 a las 6:05

La editorial Debate salva del olvido de las hemerotecas la obra periodística de Manuel Vázquez Montalbán, uno de los cronistas más creativos, versátiles y brillantes de la España del tardofranquismo y la transición.

Los periodistas somos como los trapecistas: hijos de lo efímero, además de (según algunos) resultado directo de otras maternidades no siempre tan nobles. A decir verdad, en este oficio existen dos estirpes: la de quienes no dejan jamás de jugar sobre la fragilidad del alambre –el buen periodismo requiere una extraña mezcla de prudencia y riesgo, sobre todo en casa– y aquellos que antes de poner una letra delante de otra prefieren curarse en salud y caminar por el sendero convenido, que suele ser tan ajeno como inofensivo. Por si acaso.

Manuel Vázquez Montalbán (Barcelona 1939-Bangkok 2003) era de los primeros. Y procuró a lo largo de su dilatada trayectoria –cuatro décadas estuvo escribiendo en prensa– no llegar nunca a parecerse a los segundos. A los que quizás otorgarles la condición de periodistas constituya en realidad un acto de benevolencia. Además de escribir, con mayor o menor fortuna, unos 10.000 artículos a lo largo de su carrera (era hombre de comunión diaria antelos diarios y las revistas, sus principales misales) MVM, como muchos le llamaban, experimentó en sus carnes, generosas, los sinsabores de esta manera de entender la profesión en la que mantener cierta independencia intelectual y de criterio –cosa que no implica ser neutral ante determinados hechos– se paga con la habitual venganza, casi siempre frustrante para quien la practica, de los mediocres: tratar de hacerle el vacío o expulsarle de las tribunas desde las escribía, que fueron muchas –mejores y peores–, diversas y en las que, en la medida de sus posibilidades, dejó dosis de su gran talento como articulista.

Vázquez Montalbán fue un periodista total. Completo. Versátil y polivalente. Algo que ni se encuentra ya en muchas redacciones –por falta de preparación y, sobre todo, de verdadera vocación– ni parece que vaya a encontrarse en el futuro inmediato;acaso porque las empresas no sepan valorarlo y no estén dispuestas a pagarlo. Sea como fuere, el suyo es un periodismo impar. De otros tiempos. No porque no esté vigente ni sea necesario –ahora precisamente lo sería más que nunca–, sino porque está sustentado en un valor en decadencia. Que es: la creencia de que este trabajo requiere correr una larga carrera de fondo donde lo importante para el atleta es la experiencia, cierto temperamento y una decidida voluntad de independencia frente al poder. Tanto ante los elogios como frente a las críticas.

En los tiempos que corren, cuando algunos consideran que esta profesión consiste en emular a los meteoritos fugaces –que al final se disuelven en el espacio– y repetir los argumentarios que vienen al caso, la voluntad de MVMde mantener en su trabajo altas dosis de impertinencia resulta casi un anacronismo. Y, sin embargo, es precisamente esto lo que lo ha hecho perdurar. Poder ser materia para armar un libro.

La editorial Debate, al menos, así lo ha creído. Y ha decidido hacer una selección de este recorrido periodístico en tres volúmenes distintos donde se recogen las edades sucesivas del Vázquez Montalbán cronista; antes, durante y después de alcanzar el éxito literario como autor de novela negra y padre del detective Pepe Carvalho, entre otras disidencias políticas, poéticas, viajeras y gastronómicas. Hedonismos múltiples de un periodista capaz, como Fernando Pessoa, de reinventarse con distintos heterónimos. Desde Sixto Cámara a Luis Dávila. Desde Jack El decorador a Manolo V El Empecinado. Nombres bajo los que siempre late, en dosis diferentes, la mixtura de información, placer, rebeldía y humor que caracterizaron el periodismo de MVM.

Los dos primeros compendios de artículos, crónicas y reportajes que Destino ha salvado del olvido de las hemerotecas están en la calle desde hace algunos meses. El tercero está previsto que aparezca a lo largo de 2012. Recoge la última etapa de MVM, cuando ya era uno de los santos laicos del articulismo político, capaz de darle la vuelta a la habitual percepción de la realidad con un artículo de sólo 350 palabras. La columna de la última de El País, donde escribió hasta que su corazón le falló en una extraña escala aeroportuaria en la ciudad de Bangkok. Curiosa despedida.

De la lectura de estos dos primeros tomos del periodismo inteligente y cívico de Vázquez Montalbán –lleno de contexto, reflexivo, analítico, con una evidente tendencia a la ironía y el sarcasmo– se obtienen dos sensaciones. Primera:no hay género malo, sino periodista torpe. Y segunda:forjarse un prestigio en este oficio, tan dado a los padrinos, es imposible si no se tiene claro que hay que empezar desde abajo y que la tarea del periodista no es manipular a la gente, sino lograr que aumente la perspicacia del lector frente a la realidad. El único vínculo real que hace sobrevivir a un periódico en el tiempo.

MVM trabajó en muchos periódicos, escribió en muchas revistas y hasta fundó publicaciones propias tan elogiadas como efímeras en un tiempo –el tardofranquismo, la transición– en el que en España se pasó de creer que todo era posible a caer en la cuenta de que “la vida nunca es como nos imaginábamos”. Un desencanto lírico que, lejos de convertirse en un sentimiento agrio, le permitió saber más de la vida. Ser más sabio: libre y escéptico, pero inteligente.

Vázquez Montalbán tuvo que navegar a lo largo de su vida entre las habituales desconfianzas cruzadas de aquellos que no te consideran de los suyos. En la presa falangista, donde comenzó a firmar en El Español y en Solidaridad Nacional, como le faltaba el entusiasmo por el régimen, fue relagado a tareas secundarias, cosa que no impidió que sus compañeros del PSUC –en el que militó– lo vieran también como sospechoso por trabajar en las publicaciones oficiales. Como si un periodista tuviera que renunciar a comer por la línea editorial del medio que lo acoge.

Su condena a tres años de cárcel –su delito: participó en una manifestación en favor de los mineros asturianos– le enseñó que en aquella España de los sesenta ejercer la libertad iba en contra del progreso profesional. Al final, cumplió sólo 18 meses de prisión gracias a un indulto por la muerte del Papa Juan XXIII, pero apenas pudo volver a trabajar en prensa hasta mucho tiempo después. Tuvo que sobrevivir escribiendo en enciclopedias (Larousse, Espasa) y en revistas de decoración [Hogares modernos].

La travesía del desierto fue muy larga y, a ratos, amarga, aunque logró encontrar a su público natural cuando se incorporó a Triunfo, donde publicó la columna política La Capilla Sixtina y contó el reverso de la transición en su extraordinaria Crónica sentimental, recogida como libro por Planeta en la colección Espejo de España, reformulación brillante del folletín decimonónico en una España que creyó en un cambio que jamás llegó por la coartada de una concordia que ni logró mayor participación política de los ciudadanos –los partidos se convirtieron pronto en el sistema– ni rozó la estructura económica heredada de la Dictadura.

Es natural que después de todo aquello el lirismo íntimo de MVM estuviera marcado por tan enorme estafa. Otros escritores, como Umbral, derivaron en un memorialismo egotista y deslumbrante. Eligieron contarse a sí mismos, dada la coyuntura, en lugar de contar a España. MVM hizo el camino inverso: a base de contar lo que pasaba en España terminó reflejándose a sí mismo. Porque el periodista nunca es noticia. Sino sólo quien la cuenta.

El oficio de andar y contar

Carlos Mármol | 23 de diciembre de 2011 a las 22:09

Existen, con variantes, dos estilos de periodistas. Dos, digamos, estirpes. Una: la de aquellos que hablan de sí mismos y, por extensión, de sus amigos, que es otra forma redundante de hablar de uno mismo. Gente que parece estar en el oficio de paso, aunque logren perdurar en el tiempo, con las miras siempre puestas en algún otro sitio, además de en su propio ombligo. A principios del pasado siglo, éstos eran los periodistas que ambicionaban dar el salto, vivir ese tránsito que consistía en ir desde el periódico a la política, entendida ésta como el ejercicio de un cargo. Igual que antaño se soñaba con ser gobernador civil, ahora hay quien aspira a ser dircom (director de comunicación) o pontificador de cuadrilla. Cuestión de sofisticación. Nombres diferentes para la misma conducta: ir por la vida haciendo lobby, soltanto la vieja frase aquella de “usted es que no sabe con quién está hablando” y mostrándose en los múltiples escenarios del lugar.

La segunda variante es mucho más pedestre y sencilla. Humilde. Es la del cronista, algo ingenuo, que no concibe mejor lugar en el mundo que la redacción de un periódico, ese espacio donde cada día se alza la arquitectura efímera que es el periodismo, esa catedral herida de papel. De esta segunda condición era Manuel Chaves Nogales (Sevilla, 1897), cuya obra narrativa completa reedita la Diputación de Sevilla, que ha recuperado, en dos ediciones magníficas, los trabajos en prosa de un hombre que murió solo a los 46 años, en Londres, exiliado y acaso desengañado, pero haciendo justo aquello que le hacía más feliz: ejerciendo el periodismo.

Liberal y republicano (aunque algunos ni siquiera lo sospechen ambas condiciones son posibles), Chaves Nogales, hijo del periodista sevillano Chaves Rey, que llegó a ser Cronista Oficial de Sevilla, es la antítesis de cierta forma de ejercer la profesión que, aunque viene de atrás, parece haberse impuesto en el panorama dominante. Olvidado durante varias décadas (precisamente por no pertenecer a grupo alguno y no ver en la política más que un espectáculo más de la inagotable pasión humana), este sevillano, escritor discreto en una ciudad tan indiscreta como la nuestra, encarna los mejores valores de un oficio que consistía, entonces y ahora, en la tarea de “andar y contar”.

En sus propias palabras: “No aspiro a que cuanto digo tenga autoridad de ninguna clase. Interpreto, según mi temperamento, el panorama espiritual de las tierras que he cruzado; describo paisajes, reseño entrevistas y cuento anécdotas que es posible que tengan algún valor categórico, pero que desde luego yo no les doy. Admito la posibilidad de equivocarme. Mi técnica periodística no es científica. Andar y contar es mi oficio”. Y eso hizo: describir su época (el mundo que se condensa en unas deteminadas coordenadas de espacio y tiempo) sin que su personalidad fagocitase su misión. Chaves Nogales, cuyo ensayo La Ciudad es uno de los más bellos libros escritos sobre Sevilla, pero al que nunca cegó el amor por su lugar de nacimiento (porque nacer en un sitio no se elige), aspiró a contar el universo circundante de la forma más precisa posible, sin eludir la crítica honesta. Logró incluso hacer un gran libro sobre la vida (su Juan Belmonte, matador de toros) sin gustarle la lidia. Y lo hizo todo de la misma forma: con la pasión de los discretos.

Barojiana del ogro

Carlos Mármol | 23 de diciembre de 2011 a las 22:06

Nació, según confesión propia, en una casa oscura donde para ver la luz del día había que trepar hasta la azotea. Murió dejando 50.000 libros, acaso más, distribuidos por siete estancias diferentes y una legión de discípulos. También de lectores. Porque de las múltiples herencias que devienen de la actividad intelectual de Castilla del Pino -aquejado del complejo de Prometeo: la búsqueda del eterno conocimiento- sobresale su producción literaria, enfocada salvo obras puntuales (El discurso de San Onofre o La alacena tapiada) en busca de una suerte de memorialismo agrio (sus recuerdos dieron para dos magníficos volúmenes: Pretérito Imperfecto y Casa del Olivo, escritos con ocho años de diferencia) en el que hacía suya la frase de Ortega y Gasset: “Un espectador es aquel al que casi todo le mueve a reflexión”.

Académico de la Lengua (sillón Q) y premios Jovellanos y Comillas por sus escritos, Castilla del Pino tenía, en especial en sus últimos tiempos, fama de anacoreta. De ogro. Polemista feroz y estudioso severo y magnífico, no veía extraña la asociación, tan usual en la literatura, entre el supuesto mal carácter (leyendas que suelen lanzar los otros, como diría Rimbaud, para justificarse) y la brillantez intelectual. Al igual que a su admirado Baroja, ser agreste, personaje lleno de presuntuosa fobia social, libérrimo y altivo, casi temerario, Castilla del Pino acaso justificaría tal condición en ciertas experiencias de su existencia: la infancia solitaria, el afán de supervivencia en el duro internado de Ronda, una vida de disciplina y esfuerzo marcada por las injustas purgas universitarias y laborales del franquismo, las hieles del compromiso político de izquierdas, las confesiones, amontonadas en su retina y sus oídos, de sus miles de pacientes (a veces entre la locura y el delirio) y -es muy de suponer- la muerte prematura de cinco de sus vástagos. “No soy un padre dotado”, escribió. Sinceridad dolorida. La más cierta.

Decía no ser amante de las memorias, incluso de las de los mejores autores (franceses, por supuesto) porque “en todas se miente mucho”. Sin embargo, cuando decidió contar su vida buscó un estilo verosímil para, si al menos no decía toda la verdad, que pareciera lo contrario. Un estilo alejado de la convención y los fuegos de artificio verbales. No se engañaba: sabía que, pese a las proclamas, detrás de cada acto de la conducta subyace el narcisismo; en distintas dosis o con diferentes disfraces. También en el suyo: “Todos tenemos múltiples rostros; no soy ningún paradigma de bondad”, decía sin miedo a quebrar el dogma (tan manoseado) de la conciliación. “No es posible conciliarse con el otro si antes no se ponen las cosas en su sitio”. Una verdad como un catedral. Igual que su hallazgo esencial sobre la vida. “En realidad nadie sabe de verdad cómo es. Lo de conócete a tí mismo es una fantasía griega. Para hacerlo haría falta tener un punto de vista fijo, invariable y seguro”. Y eso, en la vida, no existe.

Crónica apresurada de cómo Max se convirtió en el periodista 1.176

Carlos Mármol | 23 de diciembre de 2011 a las 22:02

Lección primera: “Un periodista no puede quedar a merced de la primera autoridad que se sienta agraviada por sus escritos”. Miguel Delibes dejó esculpido este principio, esencial en el oficio, en una carta que redactó en defensa de Manuel Fernández Areal, al que en 1964 le hicieron un consejo de guerra en Valladolid por proponer en un artículo la reducción del servicio militar.

Entonces estaba en la cima: había sido la cabeza visible de El Norte de Castilla, el periódico en el que entró como dibujante un día extraño de 1941 y que, con intervalos, dirigió en dos ocasiones (primero de forma interina; después con todos los honores) y donde hizo de todo. Entre otras cosas, cobijar y formar a periodistas que después hicieron época, como Manuel Leguineche, César Alonso de los Ríos o Francisco Umbral. Instituciones del periodismo español. Quisieron ficharlo como primer director de El País. Dijo que no. Su país era Castilla. Y se quedó en Valladolid.

Delibes desmiente el viejo tópico que añade el título de periodista a los escritores por el simple hecho de mandar a rotativas algún que otro artículo literario o de ocasión. En su caso el oficio fue una pasión duradera y constante, un vicio deslumbrante para un muchacho que iba para profesor de comercio, que -como se sabe- es una profesión de orden. Todo lo contrario a la idea que los padres -no digamos las madres- tienen del periodismo. Pisó por primera vez El Norte, que entonces iba ya para centenario, como ilustrador. Cien pesetas al mes. Tuvo suerte y enchufe: era sobrino del editor -Santiago Alba- y primo de un consejero de la empresa. Hilo directo. Acaso por eso el muchacho firmó sus primeros dibujos -que eran sobre fútbol; en realidad él inventó aquello del miedo del portero ante el penalti- con el seudónimo de Max. Un acróstico: M, de Miguel ; A, de Ángeles, su novia y la X, fruto de la incógnita que, entonces, suponía su relación.

España era un país miserable recién salido de una guerra atroz. El periódico, de provincias, ejemplo de tradición liberal, cultura agraria y vindicaciones castellanistas. Aún existía Castilla (no la habían dividido y añadido el acompañante autonómico) y la gente otorgaba valor a las palabras. Delibes hizo lo mismo: “En el periodismo provinciano haces de todo. Sueltas la pluma y aprendes a decir mucho en poco espacio”. La síntesis, que, como dijo Paul Valery, es una condición del alma.

El muchacho comenzó a hacer crítica de cine, de libros, a cubrir información local. Se fue haciendo con los rudimentos del oficio. Nadie tenía entonces el periodismo como profesión única. Era ocupación a tiempo parcial con un salario escueto que casi no daba para comer. Sí un falso prestigio añejo, aunque bajo supervisión gubernativa: a Delibes , que hizo los cursos de la Escuela de Periodismo, le dieron en 1944 el carné -número 1.176- que lo habilitaba como cronista. Cuatro años después, la noticia de que había ganado el segundo premio Nadal con La sombra del ciprés es alargada le pilló en la sala de teletipos durante un día de Reyes. Sólo quien está a esa hora y ese día en un periódico puede llamarse de verdad periodista.

Tipos honestos en tiempos mezquinos

Carlos Mármol | 23 de diciembre de 2011 a las 21:52

Espuela de Plata recupera las visionarias crónicas de Chaves Nogales sobre el conflicto bélico español.

Hay héroes destinados a ocupar un pedestal. Y otros que, en cambio, jamás disfrutarán de reconocimiento alguno, salvo que se trate de la fría medalla del olvido. Manuel Chaves Nogales (Sevilla, 1897) fue uno de ellos. No era más que un simple periodista. Sevillano cosmopolita, además. Dedicó toda su vida a una sola cosa: ejercer su oficio sin otra cortapisa que la que en cada momento le dictaba su propia conciencia. Pagó por su elección todos los precios posibles: zancadillas, menosprecio, violencia, exilio y el largo purgatorio que podríamos llamar el vacío de la posteridad. Quizás por eso entendiera tan bien el sentido del honor de otros personajes que, en medio del marasmo de la Guerra Civil española, sin reparar demasiado en las cuestiones ideológicas, que en las trincheras pasan pronto a segundo plano (la cuestión esencial se reduce entonces a tratar de sobrevivir en mitad de la locura), intentaron hacer lo mismo que él: cumplir con lo que estimaban que era sencillamente su obligación. Nada más. Nada menos.

En el caso de Chaves Nogales, recuperado para la literatura española gracias al ejemplar trabajo de investigación de María Isabel Cintas, que desde hace lustros se ha dedicado a resucitar de las hemerotecas toda su obra narrativa y periodística, esta obsesión por contar la historia en minúsculas -que en realidad es la que explica las mayúsculas de los libros académicos- brota de forma sorprendente en los dos magníficos libros que la colección Espuela de Plata -etiqueta del sello Renacimiento- sacará al mercado dentro de apenas unas semanas.

El primer volumen recoge los reportajes que Chaves escribió sobre la defensa de Madrid. El segundo, en cambio, reúne los trabajos de análisis que el sevillano pergeñó entre 1936 y 1939. En ellos explica con una clarividencia excepcional, fruto del conocimiento de los hechos de primera mano, cómo el conflicto que desangró España en los años treinta del pasado siglo, y cuya consecuencia funesta fue el posterior régimen de terror, prolongado durante cuatro décadas más, obedeció a un cúmulo de circunstancias subyacentes en la política española frente a las que casi todas las banderas y argumentos de los vencedores -el nacionalismo español, la prevención ante el marxismo, la defensa del tradicionalismo- fueron desbaratados de golpe por la rotunda fuerza de los hechos, cuando se vio claramente que la rebelión que se adjudicó la misión de salvar al paísde la degeneración bolchevique se convirtió pronto en una réplica, más chusca pero igual de cruel, de los totalitarismos italiano y alemán.

La visión de Chaves Nogales de la tragedia civil española es profundamente sobria. Equidistante además de las dos fuerzas en disputa, pero en absoluto neutral. La realidad a la que se enfrentaba no lo era. Difícilmente podía serlo quien pretendiera relatarla. En su narración no aparecen buenos ni malos, sino víctimas y verdugos en ambas orillas. Sus artículos, igual que los escritos de George Orwell, postulan que, con independencia de los mensajes oficiales de uno y otro bando, en el fondo de aquella sangrienta querella no latía otra cosa más que la voluntad de dominación del prójimo y la obsesión por aniquilar el principal valor político del liberalismo: la democracia.

Chaves, como buen periodista, jamás hace política. No manipula. Relata. Sencillamente cuenta lo que ve, lo analiza y deja que el lector saque sus conclusiones. El cuadro que nos enseña es pavoroso y, al mismo tiempo, lírico, como flores en un estercolero: la irracional pulsión de odio que termina engrendrando muerte y destrucción; también el humilde heroísmo de quienes, sabiéndose derrotados ya de antemano, deciden pelear por unos principios personales e individuales, opuestos a los dogmas de los dos contendientes, para los que cualquier individuo sencillamente era una molestia. Algo que exterminar.

Donde mejor se refleja esta voluntad de contar los hechos que verdaderamente hacen la historia, y que siempre están debajo del relato oficial, es en el libro sobre La defensa de Madrid. Escrito en París en 1938, primera estación del exilio del periodista, fue publicado en inglés en el diario Evening Standard y, en español, en la revista mexicana Sucesos para todos. Doce entregas del mejor nuevo periodismo antes de que los escritores norteamericanos se apropiaran del nombre.

En este libro, que se lee como una novela, aparecen todas las razones del drama. Cosas diminutas, secundarias. Los detalles: un ejército (rojo) en el que las virtudes militares eran consideradas delitos y un Gobierno (el de Largo Caballero) que abandona Madrid a su suerte dejando al cargo a un militar -Miaja- cuya soledad es metafórica: los timbres inútiles de la Capitanía General, ante cuyo sonido nadie acudía. Porque nadie, salvo los que no tenían otra alternativa, se quedaron entonces a esperar la victoria de los militares en armas.

Miaja, al que el comunismo le importaba poco, logra que la capital resista el primer gran envite nacional, lo que prolonga el sufrimiento (la guerra) pero dificulta la victoria de los liberadores. Y lo hace sin apenas medios, recurriendo a las milicias sindicales -las que había- y sin furor patriótico alguno; simplemente porque, como militar a las órdenes de un gobierno legítimo, aquella era su obligación. Por encima incluso de los propios políticos, que le abandonaron a una muerte segura.

O los que, todavía en Madrid, trasladaban a la junta militar sus seculares enfrentamientos internos, como si fueran niños de patio de colegio haciendo la revolución mientras el mundo se derrumba a su alrededor. Sordos y ciegos. Miaja salva su encrucijada acosado por Franco y por el propio Largo Caballero, celoso de las decisiones autónomas de un hombre ejemplar que dormía en un austero búnker mientras los milicianos se divertían en los cafés, que puso freno al terror rojo y que iba en persona al frente (la Ciudad Universitaria) para dar ejemplo a una tropa que en Navidad, por tener algo que festejar, celebraba el nacimiento de un Dios en el que ni siquiera creían. Un ejército formado por la escoria del mundo. Gente que se dejaba matar por puro idealismo. Tipos honestos en tiempos mezquinos.

Si La defensa de Madrid es un relato trepidante, los artículos de la Guerra Civil son análisis periodístico con mayúsculas. Aparecidos en la prensa americana, frutos de un Chaves Nogales que intenta seguir siendo periodista en el exilio francés, como después haría en Londres, en ellos se diseccionan los elementos para entender la tragedia española -un país víctima de los grandes totalitarismos en el que los perjudicados son los ciudadanos- y todos sus actores. Desde Franco a Azaña. Todo lo necesario para comprender la Guerra Civil está en este libro. Desde el principio, Chaves pronosticó el final: la derrota de los revolucionarios, divididos en dos familias enfrentadas -comunistas y anarquistas- y alimentados, frente a los republicanos liberales, por el fascismo de nuevo cuño que representó la alianza entre los matones falangistas y los tradicionalistas. Un péndulo inmisericorde que situaba a los españoles entre dos fuegos mortales que, aspirando a reconquistar España, no dudaron en destrozarla.

Gestas y naufragios de un periodista

Carlos Mármol | 23 de diciembre de 2011 a las 21:47

Chaves Nogales dignificó una profesión presa del servilismo político. La vida le pagó con el destierro y una tumba sin nombre.

Acabaremos en alguna buhardilla pobre de una callejuela de París. Las cosas pintan mal. Los conservadores y los reaccionarios van ganando terreno. Los comunistas, en cambio, están deseando dar un golpe al estilo ruso”.

-“Pues yo estaba en la higuera, sin enterarme”.

-“Amigo, no nos permitirán estar en la higuera. Tendremos que salir corriendo a meternos en algún rincón de París… si nos dejan”. [Memorias de Pío Baroja].

No fue en una callejuela húmeda de Francia, sino en Londres. De improviso: una inflamación en el estómago. Peritonitis. Sarcoma. Telón negro. Final. El periodista Manuel Chaves Nogales (Sevilla, 1897) murió solo en la capital británica. Desde allí trataba de hacer lo que cualquier periodista hace cuando se queda sin su periódico, que en realidad nunca es suyo: intentar seguir escribiendo en cualquier otro. Aunque sea en una hoja volandera.

“Estoy bien: trabajo mucho y con poco fruto”, decía a su familia, enterrada en vida en El Ronquillo durante los años del hambre y la dictadura; una odisea -la de su mujer, sus hijos- que no pudo escribir y que amargó sus últimas horas. Repárese en la elección de la conjunción: copulativa, no adversativa. Tenía 47 años cuando la pálida dama fue en su busca. Ya era premio Mariano de Cavia. Había escrito en cuatro grandes periódicos. Había publicado libros magistrales. Había viajado en avión, cuando los aeroplanos no siempre llegaban, por Europa y la Unión Soviética.

Estuvo en Ifni. Buceó en los dos grandes totalitarismos de su época -fascismo y comunismo ruso; a ambos los sufrió por igual-, vio arder Asturias antes del inicio de la Guerra Civil y le tocó contar el derrumbe de la República liberal, burguesa y laica que soñó posible. Todos estos méritos no le sirvieron de nada. Cuando en noviembre de 1936 abandonó Madrid tras ser despedido por el comité obrero que entonces controlaba su periódico -enorme paradoja ésta: obreros despidiendo a periodistas, tan obreros como ellos- tuvo que empezar desde cero, como un becario. Escribiendo a la pieza. Redactando discursos para los cónsules hispanoamericanos a cambio de que, con magro éxito, éstos intercedieran ante los diarios ultramarinos para que pagaran a tiempo, antes de que el hambre convirtiera el estómago en un agujero, sus míseras colaboraciones. Oficio infame.

Los periodistas somos tipos raros. Molestos. No creemos casi en nada ni en nadie. Salvo en una cosa: el periodismo. Por tanto, cuando la noria interior que hace girar nuestra vida se quiebra, nos falta el aire. Nos quedamos sin oxígeno. Nos ahogamos. Morimos o nos dejamos morir. Igual da. Quizás por eso, como le pasó a Chaves Nogales, antes o después vivimos el día en el que el periódico se muere. Aunque siga publicándose.

A Chaves Nogales, cuyo avatar biográfico compendia en El oficio de contar (Fundación Lara) María Isabel Cintas, la gran especialista en su obra, a quien debemos la recuperación post mortem del mejor periodista sevillano que vieron los tiempos pasados y -de esto estoy seguro- esperan ver los venideros, lo expulsaron del periódico que fue su mayor gesta -el madrileño Ahora- por no querer ejercer su puesto de subdirector. ¿Un periodista abandonando el timón de la nave a la deriva que siempre es un diario? A la fuerza ahorcan. En el caso de Chaves Nogales existían indicios de que, de una u otra forma, estaba condenado de antemano. Su delito: ser ecuánime en un momento en el que esta actitud era, como es todavía, un pecado mortal. No es broma. Te mataban por “ser leal con el periódico sin dejar de serlo contigo mismo”.

Chaves Nogales comenzó a incordiar a muchos con lo que escribía de su ciudad, Sevilla, a la que retrató en las hermosísimas crónicas de La ciudad. No hizo otra cosa que andar y contar -así definía el periodismo- y dignificar una profesión que entonces, como ahora, suele caer presa del servilismo político. Hijo del cuerpo (Chaves Rey, su padre, fue miembro de El Liberal y hasta cronista municipal, aunque de tal título no obtuvo más que las ingratitudes de una ciudad ingrata), empezó colaborando con cándidas poesías juveniles. Desde abajo.

Se fue de Sevilla al reparar que la ciudad prefería ser una reliquia postrada sobre un pasado estéril en lugar de caminar al compás de Europa -algunos no le perdoraron su visión crítica: su esquela fue censurada en el diario Abc-, abandonando así cualquier posibilidad de dar voz a la Sevilla cosmopolita que todavía existe, aunque no se haga notar. Tras un tiempo en Córdoba -La Voz- terminó en Madrid. Primero en El Heraldo y después en la casa desaparecida: Ahora. En ambos diarios y en Estampa -una revista donde hacía nuevo periodismo casi un siglo antes de que Tom Wolfe y Norman Mailer enviaran sus crónicas a Rolling Stone- nacieron los pilares que sostienen su obra, donde habla de sí mismo dando la voz a otros -uno es periodista por su mirada: la mirada nace del temperamento- y aquilata un sistema propio de trabajo -el periodismo siempre es un método- que ha conseguido que sus artículos sobrevivan al paso del tiempo, el único señor.

Hoy es el mejor prosista español, junto a Baroja, Josep Pla y Julio Camba, de la primera mitad del pasado siglo. Una gesta. Sobre todo para un niño nacido en Dueñas, calle triste y silenciosa, cuya única recompensa fue una tumba sin nombre en el cementerio británico de Fulham, en Richmond Kew. Diez días después de su muerte, Franco lo condenaba “por masón y rojo”. Última broma macabra en contra de un hombre capaz de presentir su propio destino sin dejar por eso de caminar. Cuestión de estilo.

Chaves podía escribirle una carta a Unamuno sólo para pedirle permiso para alterar el adjetivo de un artículo con el fin de lograr que el periódico fuera coherente, perfecto. Demostró que Sevilla no está condenada al periodismo chusco del costumbrismo. “En su cabeza no había bajas pasiones, sólo análisis”, dice uno de sus hijos. Rara avis en la tierra donde Manuel Fal Conde, líder de los tradicionalistas, había gritado: “El que obedece no se equivoca nunca”.

Chaves erraba a diario, en cada línea. Le costó caro. Hizo lo mismo que Belmonte -la biografía que le escribió es colosal-: seguir su propio camino, solo, con su esfuerzo personal, en un mundo radicalizado, tan preso del sectarismo como de la endogamia de los linajes. Se entiende al leer su gran obra maestra: el prólogo de A sangre y fuego. “Un hombre como yo, por insignificante que fuese, había contraído méritos bastantes para haber sido fusilado por los unos y por los otros”. Quizás justo por esto, por no tener a nadie jamás contento, los periodistas, que debemos ser independientes pero no neutrales, porque la realidad nunca es neutral, siendo tan poca cosa, somos tan necesarios. O, al menos, lo éramos. Hasta ahora.

Maestro del ensayo en miniatura

Carlos Mármol | 23 de diciembre de 2011 a las 18:42

Si algo bueno tiene el hecho de morirse, sobre todo a la más que respetable edad de 103 años, es que por fin dejan a uno de zarandearle de aquí para allá. Se terminan los homenajes, las mesas redondas y los forzados bolos literarios, que casi siempre cobran otros y padece el protagonista. Junto a los pregones, los homenajes en vida tienen cierto punto sádico. Llevados al extremo son una auténtica tortura.

Francisco Ayala, el eterno escritor en su siglo, que había rebasado ya la centuria, acaso por su vieja costumbre de llevar la contraria con una sonrisa incluso a tan insigne título, con el que, por cierto, bautizó una de sus más notables recopilaciones de artículos, vuelve de nuevo a ser lo que siempre fue: tan sólo un escritor. Lo que era desde los 19 años, cuando publicó su Tragicomedia de un hombre sin espíritu y comenzó, sin sospecharlo, a construir un inmenso legado que con el paso de los años se antoja ciertamente excesivo. Una trayectoria en la que su etapa como recurrente personaje público es apenas un suspiro.

Porque Ayala, como todos los escritores que lo son de verdad, se pasó la mayor parte del tiempo solo, ante un cuaderno o una máquina de escribir. Poniendo en orden el mundo. Tratando de comprenderlo. De otra forma no hubiera podido dejarnos una obra tan extensa. Sus desvelos intelectuales, en general, exploraron dos senderos distintos y complementarios: el de la ficción, principalmente bajo la influencia de las vanguardias de inicios de siglo, que fue el tiempo de su generación; y el del ensayo, donde destacó por su enorme versatilidad, su fino estilo y su notable capacidad de concisión.

Rasgos forzosamente necesarios para cultivar el arte que inventara Montaigne cuando en 1580 decidió dar a la imprenta sus célebres Essais. Un género que en español fijan Miguel de Unamuno y los mexicanos Alfonso Reyes y Octavio Paz, entre otros.

En el que es necesario ser capaz de explicar de forma simple lo complejo. Si su primera etapa estuvo marcada por la figura de Ramón Gómez de la Serna y los eternos nombres del 27, la segunda, trazada sobre todo en el exilio porteño -Buenos Aires, la bendita embajada de la literatura en español gracias a editoriales expatriadas como Losada o Emecé-, respira los aires del titán intelectual que fue Ortega y Gasset. Ya saben: el único filósofo español -al menos desde el punto de vista de los alemanes- que hizo de la tribuna de los periódicos su púlpito casi diario y de la Revista de Occidente su mejor herencia. Inspirador de una concepción de la filosofía en español que no renuncia a la pedagogía y que pretende sacar las ideas a la calle.

El mejor Ayala es hijo directo de esta estirpe. Alguien capaz de pensar cuando escribe -algo nada común; no se crean- y que, en lógica inversa, si piensa bien es porque escribe mejor. Cierto es que la suya fue una carrera fragmentaria: osciló entre la reflexión del individuo frente al poder y materias como la libertad, la política, la sociología, la literatura o la teoría de la creación artística. También el periodismo, al que dedicó su discurso de ingreso en la Academia -La retórica del periodismo y otras retóricas-, donde glosa los males de una profesión que ha perdido el Norte. En todas estas incursiones ensayísticas late el mismo espíritu libre y cierta sensación de desamparo del hombre frente al mundo, algo que le emparenta para siempre con Cervantes, padre del gran antihéroe de la novela moderna.