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La forja secreta del diablo

Carlos Mármol | 12 de agosto de 2012 a las 6:15

“No temo nada ni quiero nada”. Las renuncias nos convierten en seres indestructibles. Hunter S. Thomson (Louisville, Kentucky, 1937-Woody Creek, Colorado, 2005) escribió esto a una amiga en 1958. Empezaba a ser consciente de la dureza del oficio de escritor, que entonces se diferenciaba poco del periodismo. Ambos consisten en lo mismo: sentarse ante el folio y dejar que fluya el interior. Si tienes talento serás una referencia. Pero si sólo eres “un cagatintas” puedes ir y apuntarte al club de los rotarios, uno de los poderes fácticos que, según él, condicionan el periodismo norteamericano. La suya siempre fue una senda alternativa, tremendista. Nos lo explicó W. B. Lewis:“Es un individuo solitario, que confía en sí mismo y se motiva solo, dispuesto a enfrentarse a cualquier cosa que le aguarde sin contar con más ayuda que sus propios recursos personales”. “Cuando tenga necesidad de escuchar juicios sobre mí, llamaré a un cura”, le contestaría Hunter, el gran cazador solitario.

Con el paso del tiempo, Thomson terminaría haciéndose célebre. Le ayudaron algunos episodios excéntricos, repetidos sin descanso en las películas y libros hechos sobre su singular método periodístico –el estilo gonzo–, y firmar en el año clave de la contracultura –1966– un libro-reportaje sobre la salvaje banda de motoristas de los Ángeles del Infierno, una versión extrema del nihilismo al modo de California. Hasta entonces fue un don nadie, un muerto de hambre, un poeta secreto sin dinero. Un cronista que hacía periodismo basura, preferentemente en deportes. Igual escribía de caballos que de un torneo de bolos.

Su cabalgada junto a Los Ángeles –que después lo molieron a palos, confirmando que hasta los más brutales outsiders no toleran verse desfavorecidos al asomarse al espejo– le permitió saltar de escala, cambiar con promiscuidad de periódicos y revistas y terminar como ácido cronista político –arbitrario, como debe ser– y un reportero total que cuenta la realidad por el singular procedimiento de inventársela.

Porque, como todos los grandes periodistas saben, y dejó dicho Faulkner, si te inventas bien la realidad ésta termina siendo perfecta. Thomson decía que los demás sólo se reían de él cuando decía la verdad con ironía. El mejor chiste era contar los hechos. Una disidencia propia de un maldito demonio. Porque lo que en realidad hace gracia no es la verdad propiamente dicha, que nunca tiene solución, sino este pavor frío, esa excitación, que genera que un hombre –loco– se atreva de pronto a decir las cosas como son. Sin anestesia.

El periodista terminó así convertido en su propio personaje. Era el tarado que fumaba dunhills con boquilla, extraña prevención cuando uno se ha puesto antes hasta el orto de ácidos lisérgicos y alcohol. Un tipo capaz de presentarse a sheriff de Aspen (Colorado) junto a una pandilla de hippies y raparse la cabeza sólo por el gusto de llamar “maldito melenudo” a su adversario sin faltar a la verdad, que es lo único sagrado, aunque la inventes.

Esta etapa de locura y neurosis está muy bien descrita en Miedo y Asco en Las Vegas o en Los diarios del Ron, la novela primeriza que no vio editada hasta muchas décadas después. Ambas obras son cimas de un nuevo periodismo impertinente, bastardo, aquel que sólo se respeta a sí mismo, alejado del savoir faire del Tom Wolfe vestido de blanco y azul que encarna la estampa canónica del new journalism.

El escritor gonzo [Cartas de aprendizaje y madurez], que es el volumen que ahora Anagrama ha dado a la imprenta, trata un registro diferente de Hunter. Está, por supuesto, una parte de este Thomson mítico, irredento y satánico, un salvaje que se esconde entre visillos, pero también aparece otro escritor: el verdadero Hunter, aterrorizado por la vida. Dada su condición epistolar, el libro puede leerse casi como si fuera una biografía directa e involuntaria, sin disquisiciones molestas. Pura primera persona. La única voz que sirve para mostrar la raíz interior, íntima, que explicaría todos los posteriores alaridos públicos del autor.

La antología de Anagrama recoge 250 cartas escritas durante tres décadas a amigos, magnates, editores de periódicos –desde las publicaciones de la prensa underground, convertidas después en referencias del mainstream, a algunas vacas sagradas del mundo editorial norteamericano, como los propietarios de The New York Times o The Washington Post–, amantes, admiradores, colgados, enemigos persistentes y todo aquel a quien Thomson deseara decirle algo por escrito. Podía ser mandarlo al infierno –gloriosas son sus misivas de ira– o expresar, con una ternura envidiable, la extraña solidaridad que vincula a los que se sienten solos entre la multitud.

Hunter escribía su correspondencia desde cualquier sitio, allá donde estuviera. Preferentemente lo hacía de noche, con un whisky en la mano y lleno de incertidumbre y miseria. Se agarraba a estas cartas –su conexión con el mundo exterior durante muchos de sus encierros creativos en Woody Creek, donde terminó quitándose la vida de un tiro– para superar sus miedos, explicar su titánica lucha con la prosa y confirmar que, pese a que el mundo hubiera admitido a su personaje público –un periodista excéntrico y sin remedio–, el lobo estepario en realidad seguía escaso de afecto, huérfano de abrazos y con carencias emocionales. Algo imposible de resolver en su gremio: “Los periodistas son una banda de cerdos rastreros, incluso los que quieren ayudarte y tratarte con simpatía (…) Es una vergüenza que un terreno tan potencialmente dinámico y vital como el periodismo norteamericano esté plagado de zoquetes, inútiles y cagatintas, dominado por la miopía, la apatía y la complacencia y, en términos generales, estancado en un lodazal de mediocridad inmovilista”.

Por momentos, este Thomson íntimo alcanza instantes de calidad literaria equiparables a los de Henry Miller, el padre de su estirpe. Estilo directo, sinceridad, una extraña habilidad para obtener poesía de la basura y un lirismo de metralleta que deslumbra porque conecta con el salvaje discurso interior que casi todos llevamos dentro algún que otro día. Quizás por eso sus textos han resistido tan bien el paso del tiempo: la contracultura ya es historia; ahora todo es indie. En ellos todavía late la honestidad brutal que tanto asusta a los hipócritas. Un ejemplo. Discurso para pedirle trabajo a un editor: “No soy muy simpático, detesto a la gente y sólo quiero que me dejen en paz. No hay como tener buenas referencias, pero prefiero ofenderle ahora a tener que hacerlo cuando ya trabaje para usted”.

A Thomson lo despidieron de un periódico de pueblo por destrozar una máquina de golosinas a patadas. “Es que se quedó un dólar”, dijo. Parecía un diablo salvaje. Pero en realidad no trataba más que de darle la razón a la cita de E.E. Cummings: “No ser más que uno mismo en un mundo que se esfuerza día y noche por hacer que seamos de otro modo significa librar la batalla más difícil que conocen los seres humanos. Una batalla que nunca dejamos de librar”. Aunque sea a patadas.

Elogio de las bibliotecas

Carlos Mármol | 14 de junio de 2012 a las 18:38

Ahora que se ha muerto hace unos días Ray Bradbuy, entre los obituarios de ocasión (casi el último género literario que todavía subsiste en los periódicos: la muerte es la única cosa imperecedera) leo uno, excelente, de Pablo Scarpelli que además de glosar la figura del escritor fantástico, marciano como sólo puede serlo un tipo de Los Ángeles (California), resalta entre los factores que contribuyeron a la forja del finado, el ejercicio de iniciación a la vida por el que pasamos, aunque de forma distinta, todos, su amor a las biblotecas públicas y, en concreto, al coliseo de libros (una monumentalidad espiritual, más que reflejada en piedra) del centro público de lectura de Los Ángeles, California.

“No creo en los colegios ni en las universidades. Creo en las bibliotecas, porque la mayoría de los estudiantes no tienen dinero”, dijo en alguna ocasión.

El autor de Fahrenheit 451 no pudo iniciar los estudios universitarios porque en su casa sencillamente no había dólares para permitirse ese lujo. Y ya se sabe: en California o en Birmania, sucede lo mismo. Sin dinero, no hay nada que hacer. Que Bradbury creyera, con todas sus fuerzas, en el poder de las bibliotecas no es sólo una hermosa declaración de amor por una vieja costumbre (acumular libros de papel en un edificio para que los desconocidos puedan leerlos prácticamente gratis), sino la evidencia de que, más allá de las academias y los departamentos universitarios, de los grados y los exámenes, la vida de aquellos que desean aprender y formarse encuentra vías alternativas para poder hacerlo. Al menos, así ha sido hasta ahora.

Quien no podía integrarse en el sistema de forma ortodoxa (y la educación es la única vía sólida para hacerlo) podía refugiarse, como hizo él, tres días en semana, en la biblioteca pública; entrar en los archivos, bucear, elegir un título al azar, pedirlo y empezar a leer sin mayor problema. Así lo hizo durante toda una década. Después, probablemente, ya empezó a tener dinero para poder formar su propia biblioteca: el mejor retrato de las pasiones, ambiciones y desengaños de cualquier persona.

No fue el único caso: otro angelino célebre, Charles Bukowski, cuenta en varios de sus libros (memorias ficticias o ciertas, igual da) cómo le salvaron el cuello en mitad de su propia vida de locura dos cosas: ir a la biblioteca pública de la segunda metrópolis norteamericana y, después, escribir en una máquina vieja y gastada. Son procesos gemelos, aunque diferentes. Los vasos comunicantes que unen a ambos vicios (la lectura y la escritura son tan adictivas y nocivas como las drogas más duras) no suelen visualizarse hasta que se ha producido el tránsito de los años. Casi nunca sucede de golpe. Hace falta tiempo, convicción y decisión.

En España, donde nunca hemos sido muy aficionados a la lectura, la red de bibliotecas es relativamente reciente. Los libros, antiguamente, eran objetos personales, valiosos. De lujo. No abundaban en demasiadas casas. Tampoco, hasta la transición, empezó a construirse la red de bibliotecas que existe ahora, cuya viabilidad, como tantas otras cosas, está en estos tiempos en serio peligro por culpa de la crisis económica. El proceso es siempre el mismo. Una muerte lenta, silenciosa: las instituciones, titulares de la bibliotecas, dejan de comprar ejemplares a los editores (para algunos se trata de su único ingreso), las salas dejan de llenarse de lectores y se colman con los eternos estudiantes (de cualquier materia) acompañados de su ordenador, los bibliotecarios se jubilan, las plazas se amortizan y los horarios se limitan. La única alternativa existente para los letraheridos se marchita. Una tragedia en cámara lenta.

Se argumenta que no es para tanto, que internet es ya la nueva biblioteca global. Podría serlo, pero todavía le queda bastante tiempo para suplir la función de los libros: en la red hay maravillas para bibliófilos, libros descatalogados, incunables, pero también demasiado ruido, mucha basura y una total ausencia de jerarquía, que es todo lo contrario a una biblioteca bien ordenada, con sus diccionarios de autoridades incluidos. Donde todo tiene un sentido y el caos es imposible.

La biblioteca que le salvó la vida (porque evitó que se convirtieran en otras personas) a Bradbuy y a Bukowski existe todavía pero ya no es la de aquellos años, cuando ambos no eran todavía nadie, siendo en realidad dos grandes escritores potenciales. Hace 24 años su depósito central, el tercero más grande de Estados Unidos, se incendió. El edificio estuvo en llamas, por falta de medidas de seguridad, durante siete horas seguidas. Igual que en la novela de Bradbury, donde los libros se destruían con un fuego que tenía bastante poco de purificador y mucho más de inquisitorial, asusta pensar el caudal de literatura, vida y pensamiento que se evaporaron para siempre durante aquella catástrofe llena de ceniza. La biblioteca se quedó sin 400.000 libros, el 20% de sus fondos. Los costes se midieron, como siempre, en dólares: 20 millones.

El quebranto, en realidad, fue mucho mayor. Infinito. Sobre todo fue una pérdida espiritual: el fuego impidió que otros muchos bradburies pudieran refugiarse, bajo el inmisericorde sol de Los Ángeles, en la sala de lectura central, tan borgiana como la de otras muchas bibliotecas, frente a las habituales inclemencias del exterior para iniciar el viaje más fascinante que existe: la búsqueda de ellos mismos.

Una experiencia que Buskowski resumió en un hermoso poema:

(…) Yo era un lector entonces/que iba de una sala a/otra: literatura, filosofía,/religión, incluso medicina/y geología./Muy pronto/decidí ser escritor,/pensaba que sería la salida/más fácil/y los grandes novelistas/no me parecían/demasiado difíciles./Tenía más problemas con/Hegel y con Kant./Lo que me/fastidiaba/de todos ellos/es que/les llevara tanto/lograr decir algo/lúcido y/ o interesante./Yo creía/que en eso/los sobrepasaba a todos/entonces./Descubrí dos cosas: a) que la mayoría de los editores creía que/ todo lo que era aburrido/era profundo. b) que yo pasaría décadas enteras/viviendo y escribiendo/antes de poder/plasmar/una frase que/se /aproximara un poco/a lo que quería/decir./Entretanto/mientras otros iban a la caza de/damas,/yo iba a/ la caza de viejos/libros,/era un bibliófilo, aunque/ desencantado,/y eso/y el mundo/configuraron mi carácter. (…)La vieja Biblioteca Pública de Los Ángeles/seguía siendo/mi hogar/y el hogar de muchos otros/vagabundos./Discretamente utilizábamos/ los/aseos/y a los únicos que/echaban de allí/era a los que/se quedaban dormidos en/ las/mesas/de la biblioteca; nadie ronca como un/vagabundo/a menos que sea/ alguien con quien estás/casado. Bueno, yo no era realmente un/vagabundo. Yo tenía tarjeta de la/ biblioteca/y sacaba y devolvía/libros,/montones de libros/ siempre hasta el/límite/de lo permitido: Aldous Huxley, D.H. Lawrence, E.E. Cummings, Conrad Aiken, Fiódor Dostoievski, Dos Passos, Turguénev, Gorki, H.D. Freddie Nietzsche,Schopenhauer, Steinbeck,Hemingway…

Siempre esperaba que la bibliotecaria/me dijera: “que buen gusto tiene usted,/joven. pero la vieja/puta/ni siquiera sabía/quién era ella,/cómo iba a saber/quién era yo. Aquellos estantes contenían/un enorme/tesoro: me permitieron/descubrir/a los poetas chinos antiguos /como Tu Fu y Li Po/que son capaces de decir en un/verso más que la mayoría en/ treinta o/incluso en ciento./ Sherwood Anderson debe de haberlos/leído/también./También solía sacar y/ devolver/los Cantos/y Ezra me ayudó/a fortalecer los brazos si no/el cerebro./ Maravilloso lugar/la Biblioteca Pública de Los Ángeles/fue un hogar para alguien que había/tenido/un/hogar/infernal/(…). Probablemente evitó/que me convirtiera en un/suicida,/un ladrón/de bancos,/un tipo/que pega a su mujer,/un carnicero o/un motorista de la policía/y, aunque reconozco/que/puede que alguno sea estupendo, gracias a mi buena suerte/ y al camino que tenía que recorrer, aquella/biblioteca estaba/allí cuando yo era/joven y buscaba/algo/a lo que aferrarme/y no parecía que hubiera/mucho”.

 

Baltimore: el final del sueño americano

Carlos Mármol | 16 de abril de 2012 a las 6:03

El célebre autor de The Wire fue periodista antes que guionista. En Homicidio nos explica cómo funciona la vida real en las urbes de los Estados Unidos.

Lo primero que hay que hacer, si se quiere sobrevir, es aprender a pisar el suelo que está bajo tus pies. Patear las calles. Mirar correctamente hacia determinadas esquinas oscuras. Todo lo demás viene solo: consiste en saber ver, escuchar, ser capaz de reproducir con cierto grado de verosimilitud la vida real –cazar al vuelo algunos diálogos, revivir ciertas puestas en escena, experimentar algunos desengaños– y esperar. Sobre todo esperar. Todo el rato. El tiempo y los detalles secundarios son los que dan solidez a los buenos relatos.

Si el periodismo, este oficio tan noble y tan en cuestión en estos momentos difíciles, tiene algún futuro no está ya –quizás– en los diarios impresos, ni siquiera en las tabletas tecnológicas que nos vende la empresa de Steve Jobs. Está en los libros. Un formato secular –los hijos de Gutenberg– que todavía es perfecto. Imbatible. El periódico se hace liviano, se llena de políticos y de compromisos. La televisión y la radio nos reproducen sin descanso el parte oficial con todas sus manipulaciones incluidas. Nadie, sin embargo, nos cuenta la vida más inmediata: esa inmensa espiral que nos pasa por encima casi sin darnos cuenta. Nos quejamos de que la gente ya no quiere pagar por leer las noticias. ¿Pagaríamos nosotros por lo que le damos? Lo dudo.

David Simon, lanzado a la fama por su trabajo como guionista en algunas míticas series de televisión –The Wire, Treme–, fue fraile antes que cura. Esto es: periodista de calle antes de convertirse en el nuevo Homero de las películas por cable. Y se nota: en los trece años que pasó en la redacción de The Baltimore Sun, el diario del que le despidieron en una de las habituales reducciones de plantilla que los ejecutivos norteamericanos perpetran cuando no saben ya cómo reducir los gastos ajenos, ignorando que el problema de los medios escritos no es financiero, sino que se trata de una profunda crisis identidad, aprendió algunas de las nociones básicas para desenvolverse en la tarea –apasionante– de contar historias de gente ordinaria que trascienden lo anécdótico para plantar ante nuestros ojos, atónitos, el cáncer en que se ha convertido la sociedad. Un género que los periódicos, extrañamente, han abandonado por completo para contar la endogamia de un mundo oficial que no le importa a (casi) nadie.

Parte de ese fondo de comercio periodístico lo volcó en Homicidio, un libro primerizo que escribió en el año 1991 y que no ha visto la luz en español hasta 2010, cuando la editorial Principal de Los Libros lo publicó. Un buen ejemplo de periodismo puro. Sin retoques. Sin carpintería. Directo y al cuello. Le duela a quien le duela. Algo que ya casi no se encuentra. Fue un éxito (en Estados Unidos, claro) y tuvo hasta su secuela: La Esquina, también publicado en español por la misma casa y firmado por Simon junto a Ed Burns, un viejo policía. Juntos relataban al detalle lo que ocurría en la esquina de las calles Fayette y Monroe, en Baltimore (Maryland). Dicho en pocas palabras: las transacciones tóxicas y vitales de un supermercado de la droga abierto las 24 horas del día que aporta los únicos ingresos reales a un barrio que se muere. Dólares ensangrentados; puro capitalismo a escala básica. La rueda del beneficio perpetuo, que no deja de girar sin importar las consecuencias y los daños colaterales. Una realidad pertinaz contra la que los discursos de los políticos y las buenas intenciones se derrumban. Siempre.

La novela Homicidio trasciende la historia concreta de La Esquina. En lugar de ceñirse a un barrio, nos cuenta cómo es la vida en una ciudad –Baltimore– que, además de ser cuna de Edgard Allen Poe, poeta asombroso, primer escritor de novela negra del mundo, es la urbe de Estados Unidos con mayor índice de criminalidad y violencia por metro cuadrado. Pura estadística. El reverso de un sueño que se tornó hace tiempo en pesadilla. Es una ciudad portuaria, claro. Una ciudad donde la mayoría de la población es de raza negra y donde los crímenes se suceden como la lluvia en los días de invierno.

Simon se empotró durante más de un año en la unidad de homicidios de la ciudad. Técnicamente, era como un policía más. Aunque en realidad su función era funcionar como una grabadora humana: registrar todo, jerarquizarlo, darle forma y plasmarlo después en un libro (en América estos trabajos todavía se becan) que cuenta el lado más oscuro del Imperio. Un mundo donde la vida no vale nada si de lo que se trata es de obtener algún tipo de beneficio de la necesidad de los demás.

El libro es pura literatura negra. Mejor dicho, periodismo negro. Aunque en realidad el adjetivo es innecesario: el periodismo blanco sencillamente no es periodismo, son efemérides. Está contado como una gran novela coral, pero el relato del Baltimore portuario, donde los huesos de Poe se pudren en un hermoso cementerio parroquial, es absolutamente fiel a la agria realidad. Los policías son héroes involuntarios e imperfectos –los únicos héroes posibles– y los delincuentes son víctimas que matan a otras víctimas. A esto se reduce todo. Una perfecta tragedia griega pero en los tiempos modernos.

Por supuesto, la trama está estructurada para cazar al lector: entre el sinfín de fiambres que pueblan las páginas de la novela destaca, como principal hilo conductor, el extraño asesinato de una niña de once años que, frente a otras desgracias violentas, parece despertar cierto grado de humanidad, si es que la compasión es realmente un sentimiento noble, tanto en los duros agentes de homicidios –acostumbrados a librar con la muerte a diario– como en muchos de los propios traficantes que te dispararían sin dudarlo por cualquier incidente del negocio de las drogas. Nobleza involuntaria, tácita. Lo dijo hace tiempo Dylan con otras palabras: “Para vivir fuera de la ley, hay que ser honesto”.

Todos los personajes siguen sus particulares recetas para sobrevivir en mitad del caos. Todos tienen su propio decálogo para salvar el pellejo en un mundo en el que cada uno va a lo suyo. Los policías, los primeros. Su mayor sabiduría –saber leer lo que dice la calle– se resume en un fantástico catecismo cuyos mandamientos dan una idea de la titánica tarea a la que se enfrentan.

Dice así:

“1) Todo el mundo miente. Los asesinos mienten porque es lo que tienen que hacer; los testigos mienten porque es lo que creen que tienen que hacer, y los demás mienten por el mero gusto de hacerlo y para no desobedecer la norma general de que no hay que dar información a un policía.

2) La víctima es asesinada una vez; la escena del crimen puede ser asesinada miles de veces.

3) Las primeras 10 ó 12 horas después de un asesinado son vitales para el éxito de la investigación.

4) Si dejas a un hombre inocente en una sala de interrogatorios se quedará despierto, frotándose los ojos; si dejas a un hombre culpable en el mismo sitio, se dormirá.

5) Ser bueno es bueno; tener suerte es mejor”.

Y así hasta la décima regla. Afortunadamente, está llena de esperanza.

“10) No existe el crimen perfecto”.

Todo un consuelo.

Postales del ‘Hotel Suicidio’

Carlos Mármol | 9 de abril de 2012 a las 6:02

Bukowski resucita casi dos décadas después de muerto con una miscelánea de textos en los que el hedonismo y el lirismo permiten sobreponerse a las tragedias cotidianas de la existencia.

El tono es confesional. Y, por tanto, sincero. “Me resulta difícil encontrar héroes a estas alturas, así que tengo que crear mi propio héroe: yo mismo”. La escritura lírica y obstinadamente autobiográfica, desprovista de aderezos, de Charles Henry Bukowski Jr (Andernach; 1920-Los Ángeles; 1994) ha resistido el paso del tiempo –empezó a escribir en los lejanos años cuarenta;hace ya casi siete décadas– con una energía que sólo es comparable a la de los clásicos prematuros. Aquellos que lo son mucho antes de que casi nadie les otorgue dicha condición.

Esta fortaleza parece ser la mejor muestra de que, en la tarea autoimpuesta de configurar a su propio personaje, de crear un asidero particular al que poder agarrarse, el escritor norteamericano logró una enorme victoria:articular un alias –él mismo– suficientemente consistente para superar, al menos de forma aparente, el generoso alud de traumas con los que creció y se educó en los duros años de la depresión económica en la megápolis de Los Ángeles, donde tienen sede algunas de las numerosas embajadas del reverso del sueño americano, convertido hace tiempo en pesadilla.

La desnudez de la literatura de Bukowski es uno de los rasgos que explicarían que, casi veinte años después de su muerte, la mayoría de sus libros continúen siendo tan frescos como el primer día. Todos sus ingredientes no hacen sino mejorarlos: la destilación inteligente de lo que antaño se llamaba cierta actitud punk [No hay futuro, Viva la anarquía], un afán poético extremo y la inmensa seguridad que da la certeza –demasiado rotunda, por otra parte– de tener que escribir siempre desde la periferia, esa rara sensación que consiste en encontrarse en el fondo de un saco cerrado, atado con una cuerda sucia y encerrado en un almacén polvoriento.

Todo esto, en dosis distintas, es lo que puede encontrarse en su nueva antología, Ausencia de Héroe. Un volumen que la editorial Anagrama ha dado a la imprenta para seguir alimentando el corpus literario en español de Bukowski, iniciado hace varias décadas con sus libros más importantes –donde se forja el mito del maldito– y continuado mucho tiempo después con piezas menores (entre ellas, los dietarios) que, en muchos casos, son casi mejores que las mayores, sobre todo si de lo que se trata es de, dejando de lado los tópicos, profundizar en la carrera de un escritor total cuyo disfraz más conocido no es más que una de sus múltiples variantes.

Ausencia de Héroe viene así a ser una secuela de Fragmentos de un cuaderno manchado de vino, la antología previa con la que en 2009 la editorial beat por excelencia –City Lights Books– comenzó a dar a la luz una nutrida galería de inéditos (en libro) que permitiera seguir alimentando a los lectores del poeta maldito de East Hollywood. El escritor que se hizo solo, a fuerza de codos, en un apartamento de 50 metros cuadrados lleno de colillas, latas de cerveza y la ordinaria locura que guiaba sus días y, sobre todo, sus noches.

El ciclo de estos inéditos –tóxicos, por supuesto– es amplio. Abarca desde los años cuarenta, cuando Bukowski era el vagabundo en el país de las oportunidades, al pequeño burgués al que en 1994 la leucemia vino a buscar a su casa con jardín de San Pedro, un suburbio de Los Ángeles que, como dijera en alguna parte él mismo, “técnicamente no es Los Ángeles” pero, en espíritu, en realidad no deja de serlo. Acaso porque la ciudad mayor de California, además de un lugar difuso, es también un estado de ánimo. Divergente y plural.

No todas las piezas de esta antología son sublimes. No importa demasiado: el libro se sostiene principalmente en unos cuantos relatos, magníficos; algún ensayo literario (Bukowski hablando sobre Bukowski, Bukowski hablando sobre los beats) y una selección de los maravillosos (por sinceros y desinhibidos) artículos que salieron en Open City y en LA Free Press bajo el epígrafe de Escritos de un Viejo Indecente. Es más que suficiente: en estos escritos aparece el mejor Bukowski, lo que relativiza el hecho de que dicha antología esté adobada con otras narraciones no tan brillantes, aunque siempre entretenidas e hilarantes, como la que dedica al canibalismo (Cristo en salsa barbacoa).

Las piezas mejores (La historia del violador; Es difícil vender paz, tío) versan sobre la dureza con la que la sociedad castiga –con o sin motivo– a los seres extraños, marginales, que no se adaptan a las normas, a los que se les considera culpables por el simple hecho de dormir en la calle. La verdad no importa mucho en estos casos: el simple hecho de no responder al patrón habitual de respetabilidad hace imposible asignar valores nobles a estos personajes cuyo pecado es no haber sido capaces de asumir los sacrificios del mundo ordinario: perder los días contados de su vida en un trabajo mecánico, pagar letras e hipotecas y asumir las toneladas de ideología con la que el sistema nos mantiene dormidos.

En el fondo de estas historias palpita un hedonismo que, más que escapista, es la única receta cierta para sobrellevar determinadas existencias. El sendero ya lo transitaron los románticos y, muchos años después, los poetas norteamericanos de los 50. Bukowski se sitúa en esta misma estirpe que consiste en relativizar el éxito (dado el peaje que implica) a cambio de abordar la vida con una sinceridad brutal. Una honestidad que, aunque no deja réditos, al menos permite dormir tranquilo.

La franqueza implica, cómo no, desengaños, aunque fundamentalmente ajenos. “La amabilidad es una mala motivación, sobre todo para el matrimonio y para la literatura”, escrite un Bukowski que fue inquilino durante muchos años del Hotel Suicidio, la sucesión de cuartos baratos donde los borrachos suelen esconder sus heridas hasta que llega la gran noche americana, cuando el sol es un neón y toda la suciedad del día –las afrentas, las provocaciones, las toneladas de mediocridad que se lanzan a la cara del prójimo– es diluida por una buena copa o un puro barato mientras suena, en el transitor, un cuarteto de cuerda de Haydn y uno se pone frente a la máquina de escribir (entonces) o ante el ordenador (ahora).

“El acto de escribir es el milagro, la salvación, la suerte, la música, el seguir adelante. Despeja el espacio, define la bazofia, te salva el cuello y de paso le salva el cuello a algún otro”. ¿Qué más puede pedirse?

Talese: Periodismo en extinción

Carlos Mármol | 23 de diciembre de 2011 a las 21:28

El escritor norteamericano deslumbra con ‘Honrarás a tu padre’ (Alfaguara), la historia secreta de un clan mafioso.

Para vivir fuera de la ley debes ser honesto”. La frase, utilizada por Dylan en una de sus canciones (Absolutely Sweet Marie), se ajusta como un guante a la historia, que, por otra parte, facilita las preguntas melancólicas. ¿Qué diablos hemos hecho con este oficio? El último libro publicado en España por el norteamericano Gay Talese (Ocean City, New Jersey, 1932), Honrarás a tu padre (Alfaguara), es un relato periodístico primario. Cuenta una historia. Punto. Nada más. Y nada menos. Algo tan complejo que hasta ha dejado de hacerse (en la mayoría de los casos) en los periódicos, que es donde aprendió a hacer su trabajo este escritor desconcertante y exacto, capaz de sumergirse en un mismo asunto durante siete años para poder comprenderlo por entero antes de hacer lo que hacen todos los cronistas: contárselo a los demás. Rara avis. Verdadera especie en vías de extinción en una época en la que el periodismo, siempre en crisis, parece haberse reducido ya a un tweet o a la confidencia obscena de una portera, con todo el respeto para dicho gremio. Si se fijan, tampoco son cosas tan distintas.

Talese, de ascendentes italianos, calabreses por más señas, hijo de un sastre, cosa que explica su apasionado amor por los ternos bien cortados, las corbatas, los coloridos pañuelos a juego y los sombreros Stetson -así es como debería vestirse un hombre, pensarán algunos-, es uno de esos ejemplos, cada vez más inusuales, que hace apenas unas décadas poblaban las redacciones de su país, que es donde quizás mejor se ha puesto en práctica aquella regla que dice que este oficio consiste sencillamente en andar (escuchar) y contar.

Menos famoso que Tom Wolfe (el hombre vestido de blanco, el cronista lisérgico de Park Avenue), al que usualmente se le adscribe la paternidad (compartida) del nuevo periodismo, esa vieja costumbre de describir la realidad diaria como si se tratase de una novela (la verdad de las verdades, contradiciendo a Vargas Llosa). La génesis, se sabe, fue la publicación de A sangre fría de Truman Capote. Después vinieron las variaciones tóxicas (la locura libérrima de Hunter S. Thomson, el creador del gonzo) y también los titanes violentos (Norman Mailer). Entre ellos, un dandy llamado Talese, que decidió en 1971 compendiar en algo más de seiscientas páginas las vivencias íntimas (y secretas) de la familia Bonnano, un clan mafioso transterrado desde la violenta Sicilia rural a la Norteamerica de los sueños que se tornaban, en demasiadas ocasiones, en pesadillas.


La historia de los Bonnano, inspiración según algunos de la serie Los Soprano, variante burlesca de El Padrino, la tragedia moderna en tres actos que Coppola rodó sobre los Corleone de Mario Puzo, deslubra precisamente porque está escrita sin aderezos ni circunloquios. Directamente al grano. Cosa que no impide que, al calor de los hechos, se obtengan conclusiones sobre la sociedad (tema universal) de la que la mafia no es más que el reverso del otro lado del espejo.

Al contrario de otras lecturas sobre el particular (la organización tiene literatura tan hiperbólica como el periodismo), la historia de Talese ni cae en el vicio de la caricatura (la autoironía de los mafiosos sobre su propia condición, un rasgo posmoderno que en los cincuenta no se estilaba) ni abusa tampoco de la epopeya más negra y sangrienta. Es sobria y certera. Como un dardo en el centro de una diana. Igual que una traición. Acaso porque tiene la virtud de mostrar (sin juzgar) cómo la vida de los bajos fondos, en realidad bastante ligada a los altos salones, no sólo es el fruto podrido de las conspiraciones extrañas de los malhechores, como al principio pudiera parecer, sino también el resultado de una serie de hechos que marcan del destino (casual) de las personas.

En su época hubo quien pensó que éste era un libro favorable a los uomini rispettati (los hombres respetables). No es extraño. ¿Cómo demonios consiguió Talese vencer la inquebrantable regla de la omertá para penetrar en una organización feudal donde la disciplina genética es una exigencia para sobrevivir?

El periodista, que desde los años cincuenta afilaba los dientes como reportero (de infantería) en la Vieja Dama Gris (The New York Times), donde empezó en Deportes y terminó en Local, y que tuvo el coraje de dejar su puesto (la primera división de su oficio) para irse a su casa a hacer desde allí el periodismo en el que creía -en lugar de limitarse a repetirse escribiendo lo que ordenaban sus jefes-, aprovechó una de las principales armas de los cronistas antiguos: la capacidad para escuchar. Notable, ahora que en periodismo se habla sin parar. Tropezó circunstancialmente con el hijo del patriarca Bonnano cubriendo una vista judicial y, tras ese contacto, se limitó durante años a ejercer una función similar a la de un confesor, aunque sin pasar por el trance de la absolución. Estuvo en el sitio exacto para que el heredero del clan familiar hiciera lo que todos los hombres en algún momento de su vida desean hacer: explicarse.

El personaje (apasionante) de Bill Banana es la clave de bóveda de la historia. La piedra sobre la que se sustenta el tono del relato. Su enorme acierto. La perspectiva exacta. Tratándose de la mafia, parecía imposible ser original. Salvo que, como sucede en Honrarás a tu padre, la historia se cuente desde la semilla. Lo heroico entonces desaparece (quien se crea un héroe es que tiene un grave problema) y lo que emerge es el devenir vital de un hombre que no puede huir de su destino: heredar un mundo agrio y cerrado, casi insular, cuyas raíces residían en otro continente, en otro tiempo, entre otras gentes y que, sin embargo, marcaban su existencia. ¿Se puede acaso escapar de lo que somos?

La vida no da siempre una segunda oportunidad. Depende de cuál sea tu apellido. Los mafiosos -nos enseña Talese- a solas con su conciencia nunca lamentan los crímenes, la violencia, el miedo, las venganzas, el cúmulo oscuro de las eternas guerras civiles por el poder o el dinero, sino la imposibilidad (una vez toman conciencia de cuál será su universo) de superar su propio fatum. La imposibilidad de consumar el anhelo íntimo de redención que todos los pecadores llevamos dentro. Todo es en vano. La vida se convierte entonces en una agónica espera que consiste sólo en dos cosas. Levantarse por la mañana para llegar vivo al atardecer. Aguardar la noche para volver a ver el amanecer.

Hotel Chelsea: ‘No vacancy’

Carlos Mármol | 23 de diciembre de 2011 a las 19:35

El viejo castillo marrón de la calle 23, una de las últimas embajadas de la contracultura norteamericana, cierra sus puertas por tiempo indefinido tras cambiar de propietario.

La primera vez sólo pude llegar hasta el vestíbulo. Era pequeño. Diminuto si se tiene en cuenta el enorme tamaño de la infame leyenda. Suele ocurrir: la literatura convierte en mayestáticas las cosas más sencillas. El Chelsea, en la 23, entre Octava y Séptima, tenía tras sí toda la literatura (más negra que blanca) del pasado siglo XX. Una joya decadente y sucia en mitad del inmenso Manhattan. Como un faro que recuerda a Nueva York que una vez fue algo más que una urbe de millonarios y turistas; que existió hace no tanto una ciudad gris, decrépita, llena de yonkis, en la que andar por la calle era toda una aventura.

De aquel basurero (donde los detritus humanos salían a dar una vuelta de vez en cuando; sobre todo a la caída de la tarde) se pasó, gracias al alcalde Giuliani, a la capital higiénica que muestra su eterna postal al mundo. Las torres cayeron después. Monumentalidad en vertical. Nueva York aún sigue siendo, aunque cada vez algo menos, aquel Nueva York de los sesenta. Hay que saber buscarlo. Al viajero todavía le maravillaba encontrarlo en mitad de los rascacielos y los cines de serie B cuando se dirigía, con rumbo fijo, a este extraño hogar para los que van sin dirección a casa. Un espacio de descanso para individuos extraños, como rezaba el lema comercial de sus tarjetas. Inquilinos respetables: gente que casi nunca sonríe, crápulas que nunca creyeron en la diplomacia y, en general, una fauna fácilmente agresiva que en realidad lo que hacía no era nada más que intentar protegerse a sí misma.

El Chelsea cierra ahora sus puertas de forma indefinida hasta que se resuelva su futuro. El New York Times dice que un inversor lo ha comprado por 80 millones de dólares y planea reformarlo, aunque la operación no está cerrada. En todo caso, el hotel colgó el sábado el maldito cartel: no vacancy. Parece cosa hecha. Los residentes permanentes -cien- de momento no van a salir de allí, pero ningún huésped más podrá entrar. Es el fin de una era.

El establecimiento, que abrió en 1884 como cooperativa residencial, y que es hotel desde 1905, resultaba relativamente barato (dado los precios de Nueva York; caros y con escasa calidad) y confortable si uno no esperaba encontrar el Waldorf Astoria. Ni las puertas cerraron nunca bien ni el suelo dejaba de crujir al caminar. Las cañerías cantaban y las estufas tosían. Las chimeneas de las habitaciones eran agujeros negros. Los baños conservaban cierto aire decimonónico, mayormente por los usos inconfesables que fueron dándoles los sucesivos clientes. El mobiliario se completaba con sillas destartaladas, camas de colchas reales y espejos, siempre rotos, que reflejaban el humo del tiempo, que siempre es amarillo. Como la nicotina.

El Chelsea era una galería infinita de leyendas. El sitio donde había que ir, al menos una vez en la vida, si uno había leído ciertas cosas, escuchado determinados discos y donde, si la cartera dejaba, había que dormir. O intentarlo, porque desde la época de Warhol -que rodó su Chelsea Girls en una de sus habitaciones- conciliar el sueño allí era bastante difícil. La seguridad detrás de sus paredes era un concepto bastante relativo: podías salir al bar de la esquina a tomar una cerveza -irlandesa, por supuesto- y al volver encontrarte la puerta de la habitación reventada. Tus vecinos igual se revelaban como unos ladrones que como asesinos. O ambas cosas.

La historia oficial lo sitúa como embajada de la contracultura antes incluso de la contracultura. Donde Dylan Thomas sufrió sus últimas grandes curdas tras dejar el White Horse -que es un bar; pero también un whisky-. Donde Arthur C. Clarke escribió 2001. Odisea del Espacio. El refugio de Arthur Miller. El nido carnal de Leonard Cohen y Janis Joplin. La cámara oscura donde murió Syd Vicious tras apuñalar a su novia, narcotizado por la heroína que le inyectó su propia madre.

La lista es infinita. Entre todas las opciones, me quedo con la habitación donde Bob Dylan, según confesión propia, escribió Sad Eyed Lady of de Lowlands y, definitivamente, se convirtió en Homero después de haber sido algo así como la reencarnación de Rimbaud. Epifanía perfecta en honor de una mujer misteriosa. La mejor canción de amor que uno ha oído en su vida. Un himno que logra que el tiempo se detenga y convierte a quien lo escucha, por un instante, en eterno.

El mayor patrimonio del Chelsea era él mismo. Vivo y abierto. Muchos de sus famosos inquilinos murieron antes de tiempo. Otros cambiaron sus habitaciones con sofás raídos por mansiones de lujo. El luminoso de neón rojo de la fachada los había sobrevivido a todos. Hasta el sábado. Se terminaron los dos ritos obligatorios: pelearse con sus porteros, de natural bordes, y hacer el viaje anual por su inmensa escalera de hierro, por la que se ascendía, gustoso, como si se fuera hacia el cadalso, mirando los cuadros que un día sirvieron para pagar la cuenta a quienes allí averiguaron que la existencia no es más que una broma pasajera. Gente de la que ya no hay. En Argentina los llaman fronteras. Población casi carcelaria. Muchachos con cara de ancianos. Viejos sabios que, como los niños, un día confundieron la belleza con una botella o una jeringuilla. Si el diablo tuviera un hogar en la tierra, probablemente sería una de sus viejas suites. Pasé semanas en una de ellas. Un hogar ideal. El hotel no te engañaba porque era justo igual que la vida. Una suerte de enorme mansión apolillada. No prometía lo que no daba. Era un caritativo refugio para desposeídos. Satán lo bendiga.

Forajidos del Delta

Carlos Mármol | 23 de diciembre de 2011 a las 19:19

Vivencias turbulentas, una cartografía de aldeas diminutas, disonancias pentatónicas arrancadas a guitarras primitivas y un mundo hostil y en fuga son los ingredientes que configuraron al mítico ‘blues’ del Mississippi.

Es seguro. Casi ninguno de ellos respondería si nos oyeran decir su nombre. Por prevención ante la ley o por una simple cuestión de carácter. Lo suyo era otra raza. Mejor usar un mote, un apodo. Ser apenas una sombra. Dioses negros encarnados en la piel de sencillos aparceros, jornaleros, contrabandistas. Buscavidas, balas perdidas, vagabundos. Pura carne de cañón. Su origen exacto no siempre está claro. Su pasado, por lo general, acostumbra a ser materia difusa, cuando no resulta inquietante. Mejor así: todo facilita la leyenda.

Procedían de un mundo antiguo, comunal. Viejo y raro. Transterrado, reinventado una y mil veces en espacios como las cabañas de las plantaciones, las celdas de los presidios, oxidadas estaciones con trenes herrumbrosos a punto de salir, decrépitos almacenes de ladrillo roto, depósitos de material desfasado. Son los grandes músicos de blues. Y sobre ellos ha escrito un espléndido libro Ted Gioia, un ensayista luminoso que también es músico (de jazz). Ahora se publica en español por primera vez gracias a la editorial Turner, que también dio en su momento a la imprenta -esa máquina prodigiosa que algunos quieren sustituir por un artefacto de bolsillo- su emocionante itinerario por los distintos meandros y múltiples senderos de la música secular que nació junto al Golfo de México, en el barrio de Tremé y en el famoso Storyville de la antigua colonia de Nueva Orleans, donde todavía tienen el buen gusto de tocar música humorística en los entierros.

La cartografía del blues es mucho más sombría que la del jazz. Diminuta pero más apasionante. Brota directamente de la tierra y de la vida. Y como ambas a ratos es amarga y primitiva. Sin demasiados ornamentos. Llena de disonancias. Repetitiva y espiritual. Su historia comienza, como todas las historias, en un sitio concreto. Un cierto lugar. Igual que las grandes civilizaciones antiguas, brota en un insólito territorio pobre, escueto, sin otro paisaje que la línea recta del horizonte, los inmensos campos de algodón salvaje y la devastación provocada por las crecidas del Mississippi -el célebre río de Mark Twain- y el Yazoo.

Trescientos kilómetros más o menos. Mal contados. Hacia el Este, una lengua de tierra de cien más. En este espacio de aldeas diminutas, donde la esclavitud y la segregación racial se hicieron fuertes demasiado tiempo, entre finales de la era decimonónica e inicios de la última centuria, nació la música bárbara cuya raíz se sitúa en África (en el Níger, donde los rapsodas se llaman griots) y que vino a trastocar el mapa de los sonidos del siglo recién cerrado hasta convertirse en uno de los nutrientes de la cultura contemporánea. El Delta. Sin más adjetivos.

Por supuesto, igual que ocurrió con los apóstoles tras salir de Galilea, la doctrina ha tenido, sobre el eje de los itinerarios trazados por las migraciones de los esclavos negros, un sinfín de variantes, reformulaciones y escuelas que se arrogan -como todas- la encarnación del dogma verdadero. Piedmont, Texas, Detroit, el Chicago del South Side. El blues ha ido creando así su propia red topográfica en todos los lugares por los que ha pasado, procreando a veces hijos bastardos y mutando sin llegar a perder su raíz primigenia. El sentimiento.

Si se anda el camino de la diáspora a la inversa, todos los itinerarios conducen, y de eso nos habla Gioia, a una geografía de pequeños villorrios similares a los de las novelas de Faulkner, situados en mitad de ninguna parte. En estas aldeas del Mississippi profundo es donde un grupo de músicos ambulantes, recogiendo la semilla de sus mayores, destilaron las fórmulas clásicas de un arte cuya esencia consiste en vagar e ir contando por ahí (en este caso con escalas pentatónicas de doce compases; ayudados por los sonidos que pudieran arrancarse con técnica escasa de diminutas guitarras de metal) historias cotidianas protagonizadas por héroes (siempre en apuros) anónimos. Ellos. Nosotros. En realidad, todos los hombres.

Igual que la literatura clásica, el blues cuenta con sus motivos recurrentes. Los mitos de la [mala]vida. Crónicas de caída y redención. Los primeros sermones para la congregación solían versar sobre el desarraigo, la soledad, el apocalipsis del día a día, la libertad y la incertidumbre del vagabundo ante el diablo, encarnación de los males terrenales. Asuntos tan universales que difícilmente podríamos dejar de llamarlos eternos. Si se mira bien, los relatos de los bluesmen tienen más en común con las evocaciones in media res de los vates griegos y con los poetas simbolistas franceses que con cualquier otra tradición.

Los músicos de blues, en realidad, no cantan. Frasean. No tocan la guitarra. Le arrancan las notas. Su armonía es escasa. No escriben su música en partituras. La tocan. ¿Cómo diablos se escribe en un pentagrama el pinzamiento brutal de una cuerda? Tampoco narran historias completas, con principio y fin. Evocan más bien sólo un registro mental, un estado de ánimo, un hondo sentimiento de pena y quebranto, pero dejando siempre en penumbra las causas, los motivos y las razones de su dolor. Como si la congoja fuese cosa eterna. Demasiado pesada para contarla de una sola vez.

El milagro, en realidad, es que sus plegarias de forajidos hayan podido conservarse. Que se registraran en discos grabados en estudios improvisados, a veces en galpones, con apenas un par de tomas por canción y en los que, en ocasiones, irrumpe el ruido de un ferrocarril cercano. Si este arte efímero y frágil ha perdurado es sencillamente por azar. Suerte. Todo conducía a su extinción. Sus creadores no hicieron demasiado por fijarlo, probablemente porque no creían en el porvenir. Su primera partitura está datada en 1912. Saint Louis Blues. Música orquestal, cercana al jazz, que tuvo su influencia en los salones de las grandes urbes de Norteamérica. En realidad era una mera recreación. El verdadero blues, el inmemorial, no empezó a grabarse de verdad hasta los años 20 y 30. La era dorada terminó justo con el crack del 29, que destrozó a las discográficas y frustró las carreras de muchos de sus evangelistas, que volvieron a trabajar en el campo, en garajes, en fábricas.

Los músicos de blues son pura literatura. Tocaban en antros, por los caminos y en las encrucijadas. Un día iban a la droguería: en ellas comenzaban a venderse los primeros discos. Llegaban como fantasmas y pedían una audición. Nunca daban su nombre real al intermediario. Por si acaso. Dejaban presa su música en los surcos en unos pocos minutos y se esfumaban. Volvían a los caminos, a las tabernas, a tocar ante auditorios de veinte personas. Décadas más tarde aquellas grabaciones aparecían llenas de polvo y dejaban a todos boquiabiertos. Asombrados. ¿Cómo podía expresar tal desolación un campesino? Ulises también se disfrazó de pordiosero cuando llegó a Ítaca. W. C. Handy, el autor de la primera partitura, encontró un día de 1903 en la estación de Tutwiler a un harapiento negro que tocaba la guitarra con un cuchillo (el slide). “¿Qué haces?”, preguntó. “Blues”, le dijo. ¿El diablo? Posiblemente.

Leyendas sobre una página infinita

Carlos Mármol | 23 de diciembre de 2011 a las 18:47

Anagrama recupera en un volumen autónomo cuatro ensayos breves sobre la ‘novela-mito’ de Jack Kerouac, cuya versión íntegra nos descubre a un escritor alejado de cualquier interpretación de ámbito generacional.

El destino acostumbra a gastar bromas crueles. Acaso para que no creamos que podemos escapar de sus garras. En realidad siempre está un paso por delante nuestro torciendo nuestra voluntad, quebrándola. A Jack Kerouac, un chico de Lowell (Massachusetts), de origen católico y ascendencia francocanadiense, antiguo jugador de fútbol americano desde el instituto, le ocurrió más o menos esto mismo. Nunca acertaba. Cuando necesitaba triunfar -no tenía ni dinero, ni casa, ni familia, sólo un sueño que escondía en los hoteluchos de mala muerte de la América subterránea- parecía condenado a perpetuarse como perfecto fracasado. Cuando el argumento de la trama cambió, cayó en la cuenta, como tantos otros, de que detrás de la adoración excesiva de los demás hay bastante más sordidez que la que suele asociarse a la soledad.

Elevado a los altares de la contracultura norteamericana tras la publicación de su novela más leída -On the road [En el camino]-, editada por Viking Press casi seis años después de que fuera concebida durante tres semanas febriles en las que no hizo otra cosa que tomar benzedrina, fumar, beber, sudar y golpear con rabia una vieja máquina underwood, a nuestro personaje la muerte -por alcoholismo- le cogió sumido en un profundo desencanto que ni siquiera las palmeras de Florida, donde terminó sus días, pudieron atenuar.

La suya fue una odisea inversa. Llena de malentendidos. El primero: ser considerado -todavía lo es- una especie de portavoz eterno de una generación que nunca llegó a entender. Y de la que renegó igual que otros artistas americanos, como Dylan, obsesionado con dislocar a su cohorte de creyentes. No es extraño que el poeta de Minnesotta diga que uno de los libros que le cambiaron la vida fue Mexico City Blues, de Kerouac. Ambos comparten espíritu, aunque su destino haya sido bastante divergente.

De la verdadera condición de Kerouac como escritor -sólo un escritor- trata el volumen que la editorial Anagrama ha recuperado como complemento a la edición del manuscrito íntegro de On the road. Un capricho que reúne cuatro intentos de acercarse a la figura del escritor norteamericano que, por los azares editoriales, hasta ahora sólo podían leerse en inglés en la edición que la editorial Penguin -el evangelio de la literatura clásica en esta lengua- había armado hace cuatro años para su versión canónica y completa del libro salvaje de Kerouac.

Los ensayos, de estirpe breve, están firmado por expertos en la obra del autor de Los subterráneos -Howard Cunnell, Penny Vlagopoulos, George Mouratidis y Joshua Kupetz- y abordan desde perspectivas complementarias las leyendas que acompañaron a la novela de carretera de Kerouac desde su génesis, situada en un polvoriento apartamento del barrio de Chelsea -Nueva York- más o menos durante la primavera de 1951.

El libro, en realidad, comenzó a escribirse en la mente de Kerouac mucho antes de esa fecha y durante años bastante previos a su publicación definitiva, que recortó, reelaboró y ordenó el caudal de prosa libre que el escritor, marinero mercante por temporadas, vagabundo constante, compañero de locuras de la generación beat, había escupido en un rollo de papel continuo de 36 metros de longitud sin puntos y aparte, como un salmo vitalista y lleno de rabia.

La historia dice que el papel en el que se escribió era de teletipo. Lo cierto, según desvela Cunnell en su ensayo, es que más bien era un inmenso pergamino, como una torá judía, de 125.000 palabras. Una página infinita en la que se cuentan las peripecias de dos jóvenes que a finales de los años cuarenta cruzaron América de un extremo a otro en busca de sensaciones que nunca conseguirán porque no se pueden retener. Son puro gas.

La versión oficial del libro redujo, según los ensayistas, el enorme caudal de la epopeya de Kerouac y su amigo Neal Cassady, excluyendo las partes más sexuales del viaje (ambos eran heterosexuales que no hacían ascos al sexo múltiple, incluyendo los escarceos homosexuales) pero manteniendo su espíritu esencial: la búsqueda de dos jóvenes que rechazan el mundo tabulado de los Estados Unidos de esos años, en los que se consideraba peligrosos y antipatriotas a aquellos que decidieran no someterse a las grandes instituciones sociales: trabajo, patria y familia.

Kerouac condensó en su texto seis viajes diferentes de costa a costa, con meandros salvajes, incursiones en México y escapadas hacia el infinito a ritmo de jazz (el be bop es su sinfonía, la improvisación su estilo), condensando con acierto estos anhelos de libertad, simbolizados en la enterna noche americana, “más roja y más oscura conforme pasa el tiempo”. Una noche que enseña una lección que llena tanto de júbilo como de angustia: “No existe ninguna patria”.

Su mensaje no podía ser más puro. Pero, como suele ocurrir, degeneró en una industria de la disidencia oficial que situaba a los beats como pioneros -antes que ellos lo fueron los románticos y los simbolistas franceses- y los hippies como herederos posteriores. Todo esto ya poco tenía que ver con Kerouac, que sólo escribió lo que sentía por “ese tipo de gente que está loca por vivir, por hablar, gente que jamás bosteza o dice un lugar común”. “Son improductivos, es verdad, pero la gente que forma parte de la cantinela neurótica del dinero es peor”. Kerouac tuvo siempre los conceptos claros. Incluso al poner el título de sus memorias: Después de mí, el diluvio.

El amor es un perro del infierno

Carlos Mármol | 23 de diciembre de 2011 a las 18:37

Bukowski, el padre del ‘realismo sucio’, vuelve a la actualidad tras la reedición de dos volúmenes de poesía, inéditos en castellano, y la aparición de una miscelánea que reúne artículos, ensayos, relatos y memorias.

Probablemente no fuera Dios, salvo que Dios sea un borracho de suburbio. Más bien se asemejaría a su opuesto. Un sindiós. Un outsider. Pero, al igual que ocurre con Dylan (que no era, por cierto, santo de su devoción), a veces tiene cierto aire. Alguna semejanza. Por fuera es una especie de deidad tronante. En la intimidad posiblemente sea sólo un hombre tierno, horrorizado ante la vida. Charles Henry Bukowski Junior (Andernach, 1920-Los Ángeles, 1994), Hank para los amigos, Chinaski para otros, que dejó un epitafio entre lacónico y ambiguo –Don’t try [Ni lo intentes]–, resucita quince años después de su muerte por leucemia en Los Ángeles, su ciudad, su universo, gracias a la reedición de dos de sus míticos volumenes de poemas, inéditos en español, y a la salida de imprenta de una miscelánea de textos que rescatan relatos, artículos, memorias y destellos de su sentido de la escritura, marcada por la efectividad y por su brutal sinceridad. Lírico y crudo. Sin medias tintas.

Trabajó de cartero hasta los 50. Se convirtió en escritor profesional por terror. Un vendedor de artículos de oficina, John Martin, fundador de la editorial Black Sparrow Press, le ofreció 100 dólares al mes durante lo que le quedaba de existencia si se ponía sólo a escribir. Estas cosas sólo ocurren en América. En Europa su obra ha tenido bastante más predicamento que en Estados Unidos, país donde no figura en las antologías académicas ortodoxas. Como si éste fuera requisito válido para la posteridad. O para tener lectores. A los doctorandos acaso no los tenga de su parte, pero seguidores le sobran. Prueba de ello es que empezó, lleno de desesperación y de angustia, escribiendo en cuartuchos decrépitos y alquilados, de pensión, en Bunker Hill; y terminó en una apacible casa suburbial de San Pedro, municipio de la región metropolitana de Los Ángeles.

¿Entre medias? Un sinfín de “noches llenas de ratas y de días como cuchillas de afeitar” a los que logró sobrevivir –explica él mismo– con dos armas: un diminuto transitor, donde la música clásica a ratos ponía algo de paz en mitad de la guerra cotidiana; y una máquina de escribir que, cuando no estaba empeñada, le servía para recomponer los trozos quebrados del reverso del sueño americano. Un paraíso que tiene bastante más de infierno que de otra cosa. Prisión sin puertas de la que escapaba gracias a la ingesta masiva de alcohol (el vicio no lo mató, pero estuvo cerca) y al desamor que perseguía por ciertos bares –el Frolic Room, en Hollywood Boulevard es un buen ejemplo–, a los que dedicó un poemario salvaje: Love is a dog from hell [El amor es un perro del infierno]. “Hasta que no vivas y bebas entre ellos nunca conocerás de verdad a los abandonados de América”, escribe en La escena de L. A. Contándose a sí mismo se convirtió en su mejor cronista. Todo está en sus textos. La angustia vital, el horror de la pobreza sorda que consiste en no encontrar nunca un lugar donde sentarse, donde poder descansar un rato; la certidumbre de la vacuidad de la existencia diaria y la defunción por anticipado que supone llevar una vida insípida, absurda, repetitiva y sin horizontes. “El optimismo es algo nauseabundo”, decía.

Bukowski no se va por las ramas. Su estilo, aparentemente demasiado explícito, es sin embargo magistral en la utilización de la elipsis poética. Su tema es, con variantes, casi siempre el mismo: la lucha del individuo por sobreponerse a las circunstancias conociendo de antemano que no hay nada que hacer. El heroísmo que consiste en resistir sujeto al palo mayor del barco en plena tempestad sabiendo además que el capitán, en contra del tópico, hace tiempo que dejó la nave a su suerte. Nada que no pase todos los días. Al final, queda el viento en el rostro, y una vaga esperanza: un incendio en un bosque siempre empieza gracias a una chispa.

Su poesía se construye con sensaciones. Por ejemplo: la evidencia de que la rutina es un fracaso suave. O que la derrota, el derrumbe, es la norma que guía la existencia de la mayoría de seres. Sabiduría tácita. Su forma de mirar es capaz de encontrar lirismo en un atasco –coches moviéndose como un dinosario agonizante– o metaforizar estampas de colegio, cuando cualquiera de los niños que todos hemos sido alguna vez no imaginábamos lo que la vida haría con nuestros sueños. Muchos de esos niños, desafiantes, son los que encuentra años después en una fonda para indigentes. Poemas sobre la felicidad del trabajador medio –tener dos horas para comer en la jornada laboral–, lamentos sobre el golpe en el estómago que supone la muerte de “aquellos que nos ayudaron a resistir”, reflexiones sobre la necesidad de encontrar certezas en mitad de una vida de cartón, falsa y frágil, y ahogados cantos a la rebeldía, interior o exterior, eso poco importa, frente a humillaciones cotidianas. “Ser mortal vuelve raro a un hombre: le impide ser un lacayo”. Bukowski describe el mundo que ha conocido. El mundo real. Donde, como dejó dicho García Lorca, “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”. Su visión rebosa verdad. “Construimos nuestro propio infierno y después culpamos a los demás (…) La muerte no es nada, amigo. Lo realmente duro es la vida”.

Los libros

La gente parece flores al fin [nuevos poemas]. Visor

Oda imperfecta contra el desperdicio del tiempo. O lo que es lo mismo: el lírico cuestionamiento de los senderos vitales socialmente aceptados. En este libro, salido de los archivos del escritor (un montón de páginas desordenadas), se certifica el hastío vital que siempre le acompañó. Pero, en simultáneo, se palpa toda su rebeldía. “Ojalá en algún funeral / alguien dijera: Qué tipo tan odioso era / Incluso en mi funeral / que haya un poco de verdad / y, luego, la buena tierra / limpia”.

Poemas de la última noche en la tierra. DVD Ediciones

Un libro de poesía que va ya por la tercera edición. Algo asombroso. Inédito en España hasta ahora, Last night on Earth Poems es una colección de versos, autobiográficos y coloquiales, en los que Bukowski reflexiona sobre la inevitable llegada de la decrepitud y la proximidad de la muerte. Dos temas de la literatura clásica. La visión es negra pero, al tiempo, irónica. “Te metes en la cama y vuelves a pensar en la muerte / y se te ocurre / lo mismo: cuanto más cerca estás de ella menos imponente resulta”.

Contra el sueño americano [ensayos]. Black Sparrow Press

La hermenéutica literaria sobre Charles Bukowski existe, aunque en su país, Estados Unidos, no sea fácil de encontrar. Russell Harrison es el autor de este volumen de ensayos sobre la poética y la prosa del escritor californiano. Una joya que puede encontrarse por internet o en las librerías de viejo, magníficas en urbes como Washington, donde se glosa la mirada desmitificadora sobre el sueño americano del viejo Chinaski. Una de sus víctimas. O quizás no tanto.