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Esquinas rotas y geografías tristes

Carlos Mármol | 28 de diciembre de 2011 a las 12:49

Benedetti, igual que hizo Joyce con Dublín, transformó Montevideo en un espacio gris y, al tiempo, mítico, donde ubicar los sueños y los desengaños del hombre común, al que, en lírica y prosa, dirigió su literatura.

Montevideo es una urbe extraña. Triste, brumosa, algo desvencijada. Con ese marcado e intenso olor a humedad que, en especial en el Río de la Plata, tiene todo aquello que está viejo no tanto por el mero paso del tiempo, sino porque acaso se haya usado en demasía. Montevideo sufre de a ratos, como diría Cortázar, los hondos males de la garúa (vocablo que viene del portugués, pero que desde hace décadas es término lunfardo; el código rotundo del tango) y padece cierta e injusta condición de periferia.

Garúa significa más o menos llovizna. La lluvia breve cayendo sobre la inmensa cabeza de ratón que parece la ciudad austral, universo que acoge en su geografía interior a más de la mitad de la población del Uruguay, país diminuto cuyo nombre logra transformar uno de los cuatro puntos cardinales en una categoría (casi) espiritual. República Oriental, se llama a sí misma.

Sus gentes, de origen dispar (Uruguay es un país de inmigrantes), unida casi siempre por la melancolía, acudieron en 2009 a dar el último adiós a Mario Benedetti, cuyo cadáver, amortajado como un infante senil, fue expuesto a la vista general en el Salón de los Pasos Perdidos del Palacio Legislativo. Un escenario que se antonja extraño para un poeta tan humilde y sencillo.

Alguien que era como tu vecino (en Montevideo) y que acaso pudiera confesarte una duda íntima: “Me jode confesarlo/pero la vida es también como un bandoneón/hay quien sostiene que lo toca dios/pero yo estoy seguro de que es troilo/ya que dios apenas toca el arpa/y mal”. Alguien cuyo mayor atrevimiento fuera salir en una película -El lado oscuro del corazón- vestido de marinero, en un burdel, y recitando su poema Corazón, coraza, en un perfecto alemán.

A Benedetti muchos sólo lo conocen como escritor político e intelectual comprometido. Como perpetuo exilado. Incluso hay quienes censuran cierta poesía suya, panfletaria, fruto de unos años en los que aún se soñaban ciertos sueños. Nada que no cure el paso del tiempo, que desdibuja los falsos perfiles y esculpe lentamente el rostro verdadero. ¿Cuál es el de Benedetti?

Al regresar en 1985 se da cuenta de todo: si los rostros desaparecen y la calle cambia, nuestra vida se convierte en un sueño brumoso. Lo dejó dicho en Currículum, uno de sus mejores poemas: “Usted aprende/y usa lo aprendido/para volverse lentamente sabio/para saber que al fin el mundo es esto/en su mejor momento una nostalgia/en su peor momento un desamparo/y siempre siempre/un lío/entonces/usted muere”.