Cuaderno de Disidencias » Música

Archivos para el tag ‘Música’

Hotel Chelsea: ‘No vacancy’

Carlos Mármol | 23 de diciembre de 2011 a las 19:35

El viejo castillo marrón de la calle 23, una de las últimas embajadas de la contracultura norteamericana, cierra sus puertas por tiempo indefinido tras cambiar de propietario.

La primera vez sólo pude llegar hasta el vestíbulo. Era pequeño. Diminuto si se tiene en cuenta el enorme tamaño de la infame leyenda. Suele ocurrir: la literatura convierte en mayestáticas las cosas más sencillas. El Chelsea, en la 23, entre Octava y Séptima, tenía tras sí toda la literatura (más negra que blanca) del pasado siglo XX. Una joya decadente y sucia en mitad del inmenso Manhattan. Como un faro que recuerda a Nueva York que una vez fue algo más que una urbe de millonarios y turistas; que existió hace no tanto una ciudad gris, decrépita, llena de yonkis, en la que andar por la calle era toda una aventura.

De aquel basurero (donde los detritus humanos salían a dar una vuelta de vez en cuando; sobre todo a la caída de la tarde) se pasó, gracias al alcalde Giuliani, a la capital higiénica que muestra su eterna postal al mundo. Las torres cayeron después. Monumentalidad en vertical. Nueva York aún sigue siendo, aunque cada vez algo menos, aquel Nueva York de los sesenta. Hay que saber buscarlo. Al viajero todavía le maravillaba encontrarlo en mitad de los rascacielos y los cines de serie B cuando se dirigía, con rumbo fijo, a este extraño hogar para los que van sin dirección a casa. Un espacio de descanso para individuos extraños, como rezaba el lema comercial de sus tarjetas. Inquilinos respetables: gente que casi nunca sonríe, crápulas que nunca creyeron en la diplomacia y, en general, una fauna fácilmente agresiva que en realidad lo que hacía no era nada más que intentar protegerse a sí misma.

El Chelsea cierra ahora sus puertas de forma indefinida hasta que se resuelva su futuro. El New York Times dice que un inversor lo ha comprado por 80 millones de dólares y planea reformarlo, aunque la operación no está cerrada. En todo caso, el hotel colgó el sábado el maldito cartel: no vacancy. Parece cosa hecha. Los residentes permanentes -cien- de momento no van a salir de allí, pero ningún huésped más podrá entrar. Es el fin de una era.

El establecimiento, que abrió en 1884 como cooperativa residencial, y que es hotel desde 1905, resultaba relativamente barato (dado los precios de Nueva York; caros y con escasa calidad) y confortable si uno no esperaba encontrar el Waldorf Astoria. Ni las puertas cerraron nunca bien ni el suelo dejaba de crujir al caminar. Las cañerías cantaban y las estufas tosían. Las chimeneas de las habitaciones eran agujeros negros. Los baños conservaban cierto aire decimonónico, mayormente por los usos inconfesables que fueron dándoles los sucesivos clientes. El mobiliario se completaba con sillas destartaladas, camas de colchas reales y espejos, siempre rotos, que reflejaban el humo del tiempo, que siempre es amarillo. Como la nicotina.

El Chelsea era una galería infinita de leyendas. El sitio donde había que ir, al menos una vez en la vida, si uno había leído ciertas cosas, escuchado determinados discos y donde, si la cartera dejaba, había que dormir. O intentarlo, porque desde la época de Warhol -que rodó su Chelsea Girls en una de sus habitaciones- conciliar el sueño allí era bastante difícil. La seguridad detrás de sus paredes era un concepto bastante relativo: podías salir al bar de la esquina a tomar una cerveza -irlandesa, por supuesto- y al volver encontrarte la puerta de la habitación reventada. Tus vecinos igual se revelaban como unos ladrones que como asesinos. O ambas cosas.

La historia oficial lo sitúa como embajada de la contracultura antes incluso de la contracultura. Donde Dylan Thomas sufrió sus últimas grandes curdas tras dejar el White Horse -que es un bar; pero también un whisky-. Donde Arthur C. Clarke escribió 2001. Odisea del Espacio. El refugio de Arthur Miller. El nido carnal de Leonard Cohen y Janis Joplin. La cámara oscura donde murió Syd Vicious tras apuñalar a su novia, narcotizado por la heroína que le inyectó su propia madre.

La lista es infinita. Entre todas las opciones, me quedo con la habitación donde Bob Dylan, según confesión propia, escribió Sad Eyed Lady of de Lowlands y, definitivamente, se convirtió en Homero después de haber sido algo así como la reencarnación de Rimbaud. Epifanía perfecta en honor de una mujer misteriosa. La mejor canción de amor que uno ha oído en su vida. Un himno que logra que el tiempo se detenga y convierte a quien lo escucha, por un instante, en eterno.

El mayor patrimonio del Chelsea era él mismo. Vivo y abierto. Muchos de sus famosos inquilinos murieron antes de tiempo. Otros cambiaron sus habitaciones con sofás raídos por mansiones de lujo. El luminoso de neón rojo de la fachada los había sobrevivido a todos. Hasta el sábado. Se terminaron los dos ritos obligatorios: pelearse con sus porteros, de natural bordes, y hacer el viaje anual por su inmensa escalera de hierro, por la que se ascendía, gustoso, como si se fuera hacia el cadalso, mirando los cuadros que un día sirvieron para pagar la cuenta a quienes allí averiguaron que la existencia no es más que una broma pasajera. Gente de la que ya no hay. En Argentina los llaman fronteras. Población casi carcelaria. Muchachos con cara de ancianos. Viejos sabios que, como los niños, un día confundieron la belleza con una botella o una jeringuilla. Si el diablo tuviera un hogar en la tierra, probablemente sería una de sus viejas suites. Pasé semanas en una de ellas. Un hogar ideal. El hotel no te engañaba porque era justo igual que la vida. Una suerte de enorme mansión apolillada. No prometía lo que no daba. Era un caritativo refugio para desposeídos. Satán lo bendiga.

Forajidos del Delta

Carlos Mármol | 23 de diciembre de 2011 a las 19:19

Vivencias turbulentas, una cartografía de aldeas diminutas, disonancias pentatónicas arrancadas a guitarras primitivas y un mundo hostil y en fuga son los ingredientes que configuraron al mítico ‘blues’ del Mississippi.

Es seguro. Casi ninguno de ellos respondería si nos oyeran decir su nombre. Por prevención ante la ley o por una simple cuestión de carácter. Lo suyo era otra raza. Mejor usar un mote, un apodo. Ser apenas una sombra. Dioses negros encarnados en la piel de sencillos aparceros, jornaleros, contrabandistas. Buscavidas, balas perdidas, vagabundos. Pura carne de cañón. Su origen exacto no siempre está claro. Su pasado, por lo general, acostumbra a ser materia difusa, cuando no resulta inquietante. Mejor así: todo facilita la leyenda.

Procedían de un mundo antiguo, comunal. Viejo y raro. Transterrado, reinventado una y mil veces en espacios como las cabañas de las plantaciones, las celdas de los presidios, oxidadas estaciones con trenes herrumbrosos a punto de salir, decrépitos almacenes de ladrillo roto, depósitos de material desfasado. Son los grandes músicos de blues. Y sobre ellos ha escrito un espléndido libro Ted Gioia, un ensayista luminoso que también es músico (de jazz). Ahora se publica en español por primera vez gracias a la editorial Turner, que también dio en su momento a la imprenta -esa máquina prodigiosa que algunos quieren sustituir por un artefacto de bolsillo- su emocionante itinerario por los distintos meandros y múltiples senderos de la música secular que nació junto al Golfo de México, en el barrio de Tremé y en el famoso Storyville de la antigua colonia de Nueva Orleans, donde todavía tienen el buen gusto de tocar música humorística en los entierros.

La cartografía del blues es mucho más sombría que la del jazz. Diminuta pero más apasionante. Brota directamente de la tierra y de la vida. Y como ambas a ratos es amarga y primitiva. Sin demasiados ornamentos. Llena de disonancias. Repetitiva y espiritual. Su historia comienza, como todas las historias, en un sitio concreto. Un cierto lugar. Igual que las grandes civilizaciones antiguas, brota en un insólito territorio pobre, escueto, sin otro paisaje que la línea recta del horizonte, los inmensos campos de algodón salvaje y la devastación provocada por las crecidas del Mississippi -el célebre río de Mark Twain- y el Yazoo.

Trescientos kilómetros más o menos. Mal contados. Hacia el Este, una lengua de tierra de cien más. En este espacio de aldeas diminutas, donde la esclavitud y la segregación racial se hicieron fuertes demasiado tiempo, entre finales de la era decimonónica e inicios de la última centuria, nació la música bárbara cuya raíz se sitúa en África (en el Níger, donde los rapsodas se llaman griots) y que vino a trastocar el mapa de los sonidos del siglo recién cerrado hasta convertirse en uno de los nutrientes de la cultura contemporánea. El Delta. Sin más adjetivos.

Por supuesto, igual que ocurrió con los apóstoles tras salir de Galilea, la doctrina ha tenido, sobre el eje de los itinerarios trazados por las migraciones de los esclavos negros, un sinfín de variantes, reformulaciones y escuelas que se arrogan -como todas- la encarnación del dogma verdadero. Piedmont, Texas, Detroit, el Chicago del South Side. El blues ha ido creando así su propia red topográfica en todos los lugares por los que ha pasado, procreando a veces hijos bastardos y mutando sin llegar a perder su raíz primigenia. El sentimiento.

Si se anda el camino de la diáspora a la inversa, todos los itinerarios conducen, y de eso nos habla Gioia, a una geografía de pequeños villorrios similares a los de las novelas de Faulkner, situados en mitad de ninguna parte. En estas aldeas del Mississippi profundo es donde un grupo de músicos ambulantes, recogiendo la semilla de sus mayores, destilaron las fórmulas clásicas de un arte cuya esencia consiste en vagar e ir contando por ahí (en este caso con escalas pentatónicas de doce compases; ayudados por los sonidos que pudieran arrancarse con técnica escasa de diminutas guitarras de metal) historias cotidianas protagonizadas por héroes (siempre en apuros) anónimos. Ellos. Nosotros. En realidad, todos los hombres.

Igual que la literatura clásica, el blues cuenta con sus motivos recurrentes. Los mitos de la [mala]vida. Crónicas de caída y redención. Los primeros sermones para la congregación solían versar sobre el desarraigo, la soledad, el apocalipsis del día a día, la libertad y la incertidumbre del vagabundo ante el diablo, encarnación de los males terrenales. Asuntos tan universales que difícilmente podríamos dejar de llamarlos eternos. Si se mira bien, los relatos de los bluesmen tienen más en común con las evocaciones in media res de los vates griegos y con los poetas simbolistas franceses que con cualquier otra tradición.

Los músicos de blues, en realidad, no cantan. Frasean. No tocan la guitarra. Le arrancan las notas. Su armonía es escasa. No escriben su música en partituras. La tocan. ¿Cómo diablos se escribe en un pentagrama el pinzamiento brutal de una cuerda? Tampoco narran historias completas, con principio y fin. Evocan más bien sólo un registro mental, un estado de ánimo, un hondo sentimiento de pena y quebranto, pero dejando siempre en penumbra las causas, los motivos y las razones de su dolor. Como si la congoja fuese cosa eterna. Demasiado pesada para contarla de una sola vez.

El milagro, en realidad, es que sus plegarias de forajidos hayan podido conservarse. Que se registraran en discos grabados en estudios improvisados, a veces en galpones, con apenas un par de tomas por canción y en los que, en ocasiones, irrumpe el ruido de un ferrocarril cercano. Si este arte efímero y frágil ha perdurado es sencillamente por azar. Suerte. Todo conducía a su extinción. Sus creadores no hicieron demasiado por fijarlo, probablemente porque no creían en el porvenir. Su primera partitura está datada en 1912. Saint Louis Blues. Música orquestal, cercana al jazz, que tuvo su influencia en los salones de las grandes urbes de Norteamérica. En realidad era una mera recreación. El verdadero blues, el inmemorial, no empezó a grabarse de verdad hasta los años 20 y 30. La era dorada terminó justo con el crack del 29, que destrozó a las discográficas y frustró las carreras de muchos de sus evangelistas, que volvieron a trabajar en el campo, en garajes, en fábricas.

Los músicos de blues son pura literatura. Tocaban en antros, por los caminos y en las encrucijadas. Un día iban a la droguería: en ellas comenzaban a venderse los primeros discos. Llegaban como fantasmas y pedían una audición. Nunca daban su nombre real al intermediario. Por si acaso. Dejaban presa su música en los surcos en unos pocos minutos y se esfumaban. Volvían a los caminos, a las tabernas, a tocar ante auditorios de veinte personas. Décadas más tarde aquellas grabaciones aparecían llenas de polvo y dejaban a todos boquiabiertos. Asombrados. ¿Cómo podía expresar tal desolación un campesino? Ulises también se disfrazó de pordiosero cuando llegó a Ítaca. W. C. Handy, el autor de la primera partitura, encontró un día de 1903 en la estación de Tutwiler a un harapiento negro que tocaba la guitarra con un cuchillo (el slide). “¿Qué haces?”, preguntó. “Blues”, le dijo. ¿El diablo? Posiblemente.