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Baltimore: el final del sueño americano

Carlos Mármol | 16 de abril de 2012 a las 6:03

El célebre autor de The Wire fue periodista antes que guionista. En Homicidio nos explica cómo funciona la vida real en las urbes de los Estados Unidos.

Lo primero que hay que hacer, si se quiere sobrevir, es aprender a pisar el suelo que está bajo tus pies. Patear las calles. Mirar correctamente hacia determinadas esquinas oscuras. Todo lo demás viene solo: consiste en saber ver, escuchar, ser capaz de reproducir con cierto grado de verosimilitud la vida real –cazar al vuelo algunos diálogos, revivir ciertas puestas en escena, experimentar algunos desengaños– y esperar. Sobre todo esperar. Todo el rato. El tiempo y los detalles secundarios son los que dan solidez a los buenos relatos.

Si el periodismo, este oficio tan noble y tan en cuestión en estos momentos difíciles, tiene algún futuro no está ya –quizás– en los diarios impresos, ni siquiera en las tabletas tecnológicas que nos vende la empresa de Steve Jobs. Está en los libros. Un formato secular –los hijos de Gutenberg– que todavía es perfecto. Imbatible. El periódico se hace liviano, se llena de políticos y de compromisos. La televisión y la radio nos reproducen sin descanso el parte oficial con todas sus manipulaciones incluidas. Nadie, sin embargo, nos cuenta la vida más inmediata: esa inmensa espiral que nos pasa por encima casi sin darnos cuenta. Nos quejamos de que la gente ya no quiere pagar por leer las noticias. ¿Pagaríamos nosotros por lo que le damos? Lo dudo.

David Simon, lanzado a la fama por su trabajo como guionista en algunas míticas series de televisión –The Wire, Treme–, fue fraile antes que cura. Esto es: periodista de calle antes de convertirse en el nuevo Homero de las películas por cable. Y se nota: en los trece años que pasó en la redacción de The Baltimore Sun, el diario del que le despidieron en una de las habituales reducciones de plantilla que los ejecutivos norteamericanos perpetran cuando no saben ya cómo reducir los gastos ajenos, ignorando que el problema de los medios escritos no es financiero, sino que se trata de una profunda crisis identidad, aprendió algunas de las nociones básicas para desenvolverse en la tarea –apasionante– de contar historias de gente ordinaria que trascienden lo anécdótico para plantar ante nuestros ojos, atónitos, el cáncer en que se ha convertido la sociedad. Un género que los periódicos, extrañamente, han abandonado por completo para contar la endogamia de un mundo oficial que no le importa a (casi) nadie.

Parte de ese fondo de comercio periodístico lo volcó en Homicidio, un libro primerizo que escribió en el año 1991 y que no ha visto la luz en español hasta 2010, cuando la editorial Principal de Los Libros lo publicó. Un buen ejemplo de periodismo puro. Sin retoques. Sin carpintería. Directo y al cuello. Le duela a quien le duela. Algo que ya casi no se encuentra. Fue un éxito (en Estados Unidos, claro) y tuvo hasta su secuela: La Esquina, también publicado en español por la misma casa y firmado por Simon junto a Ed Burns, un viejo policía. Juntos relataban al detalle lo que ocurría en la esquina de las calles Fayette y Monroe, en Baltimore (Maryland). Dicho en pocas palabras: las transacciones tóxicas y vitales de un supermercado de la droga abierto las 24 horas del día que aporta los únicos ingresos reales a un barrio que se muere. Dólares ensangrentados; puro capitalismo a escala básica. La rueda del beneficio perpetuo, que no deja de girar sin importar las consecuencias y los daños colaterales. Una realidad pertinaz contra la que los discursos de los políticos y las buenas intenciones se derrumban. Siempre.

La novela Homicidio trasciende la historia concreta de La Esquina. En lugar de ceñirse a un barrio, nos cuenta cómo es la vida en una ciudad –Baltimore– que, además de ser cuna de Edgard Allen Poe, poeta asombroso, primer escritor de novela negra del mundo, es la urbe de Estados Unidos con mayor índice de criminalidad y violencia por metro cuadrado. Pura estadística. El reverso de un sueño que se tornó hace tiempo en pesadilla. Es una ciudad portuaria, claro. Una ciudad donde la mayoría de la población es de raza negra y donde los crímenes se suceden como la lluvia en los días de invierno.

Simon se empotró durante más de un año en la unidad de homicidios de la ciudad. Técnicamente, era como un policía más. Aunque en realidad su función era funcionar como una grabadora humana: registrar todo, jerarquizarlo, darle forma y plasmarlo después en un libro (en América estos trabajos todavía se becan) que cuenta el lado más oscuro del Imperio. Un mundo donde la vida no vale nada si de lo que se trata es de obtener algún tipo de beneficio de la necesidad de los demás.

El libro es pura literatura negra. Mejor dicho, periodismo negro. Aunque en realidad el adjetivo es innecesario: el periodismo blanco sencillamente no es periodismo, son efemérides. Está contado como una gran novela coral, pero el relato del Baltimore portuario, donde los huesos de Poe se pudren en un hermoso cementerio parroquial, es absolutamente fiel a la agria realidad. Los policías son héroes involuntarios e imperfectos –los únicos héroes posibles– y los delincuentes son víctimas que matan a otras víctimas. A esto se reduce todo. Una perfecta tragedia griega pero en los tiempos modernos.

Por supuesto, la trama está estructurada para cazar al lector: entre el sinfín de fiambres que pueblan las páginas de la novela destaca, como principal hilo conductor, el extraño asesinato de una niña de once años que, frente a otras desgracias violentas, parece despertar cierto grado de humanidad, si es que la compasión es realmente un sentimiento noble, tanto en los duros agentes de homicidios –acostumbrados a librar con la muerte a diario– como en muchos de los propios traficantes que te dispararían sin dudarlo por cualquier incidente del negocio de las drogas. Nobleza involuntaria, tácita. Lo dijo hace tiempo Dylan con otras palabras: “Para vivir fuera de la ley, hay que ser honesto”.

Todos los personajes siguen sus particulares recetas para sobrevivir en mitad del caos. Todos tienen su propio decálogo para salvar el pellejo en un mundo en el que cada uno va a lo suyo. Los policías, los primeros. Su mayor sabiduría –saber leer lo que dice la calle– se resume en un fantástico catecismo cuyos mandamientos dan una idea de la titánica tarea a la que se enfrentan.

Dice así:

“1) Todo el mundo miente. Los asesinos mienten porque es lo que tienen que hacer; los testigos mienten porque es lo que creen que tienen que hacer, y los demás mienten por el mero gusto de hacerlo y para no desobedecer la norma general de que no hay que dar información a un policía.

2) La víctima es asesinada una vez; la escena del crimen puede ser asesinada miles de veces.

3) Las primeras 10 ó 12 horas después de un asesinado son vitales para el éxito de la investigación.

4) Si dejas a un hombre inocente en una sala de interrogatorios se quedará despierto, frotándose los ojos; si dejas a un hombre culpable en el mismo sitio, se dormirá.

5) Ser bueno es bueno; tener suerte es mejor”.

Y así hasta la décima regla. Afortunadamente, está llena de esperanza.

“10) No existe el crimen perfecto”.

Todo un consuelo.

Estampas sobre el delirio

Carlos Mármol | 27 de diciembre de 2011 a las 13:20

Tomás Eloy Martínez, cronista de la trágica intrahistoria argentina, premio Ortega y Gasset de periodismo, novelista sagaz. Un escritor de Buenos Aires.

Se tienen que tener las cosas muy claras para mandar al diablo la teoría de la pirámide invertida. Cinco preguntas no sirven para contar la verdad. Tomás Eloy Martínez (Tucumán, 1934-Buenos Aires, 2010) hizo este ejercicio con grata rebeldía. Pertinaz vocación. ¿Beneficiarios? Sus lectores, a los que nos deja buenas novelas y un soberbio corpus de artículos y crónicas de nuevo periodismo -el de siempre: andar y contar- donde los recursos literarios, las licencias, no tienen otra misión que decirte lo que pasa. Señores, el periodismo es cosa seria.

Como todos los gacetilleros que viven la profesión como una enfermedad de la sangre, aquellos que nunca ambicionaron una jefatura de negociado, los que aún persiguen el espejismo de crear una obra de arte en cada una de las páginas con las que envolvemos el pescado, Tomás Eloy Martínez aprendió los rudimentos del oficio como corrector en un humilde periódico -La Gaceta- de su urbe natal, San Miguel, en la periferia de la periférica Argentina.

Hablamos de una nación, el fin del mundo, partida en dos mitades: el deslumbrante universo porteño -Buenos Aires- y el resto. Él venía de la provincia más pequeña del país, en el Norte Grande. Paradojas. Hasta que el cáncer lo derribó el domingo en su pieza del barrio de San Telmo, no hizo otra cosa que contar, de una u otra manera, historias. Enseñó a hacerlo a los demás -en la célebre escuela de periodismo que fundó Gabriel García Márquez; en universidades norteamericanas- y disfrutó todo lo que pudo del inefable vértigo de la hoja en blanco.

Últimamente decía que era un periodista de fin de semana. Escribía artículos en La Nación -el ilustre diario de la burguesía bonaerense- y el servicio del New York Times Syndicate los colocaba en decenas periódicos del mundo. Lectores nunca le faltaron. Una de sus novelas, Santa Evita, donde explica la historia del cadáver trashumante de Eva Duarte de Perón, nómada después de muerta por culpa del exceso de intrigas y melancolías que siempre han gobernado la vida argentina, es la más traducida de toda la historia de la literatura en su país.

Sus novelas están dedicadas en buena parte a la reciente intrahistoria argentina: atroz, brutal, desasosegante, marcada por la dictadura militar (1976-1981), a la que había que llamar “proceso de reorganización nacional”. Eufemismo mortal. Mala cosa si se tiene en cuenta que la primera lección que aprendió Tomás Eloy Martínez del periodismo fue a llamar a las cosas por su nombre. Ejercicios de rigor. Respeto por la escritura: “Si cuidas el lenguaje, la ética viene sola porque la responsabilidad siempre empieza por la herramienta que manejas”, decía.

Más enseñanzas. Algunas amargas: “Escribí crónicas iconoclastas sobre cine en un diario. Las grandes productoras le quitaron la publicidad. El castigo consistió en desterrarme a la sección de movimiento marítimo, dedicada a los ahogados que aparecían en el Río de la Plata”. No doblegarse le condenó a ver los ojos de los suicidas durante mucho tiempo. No sería el único quebranto: su relato sobre el ajusticiamiento de un grupo de guerrilleros en una prisión militar de la Patagonia -La Pasión según Trelew- fue quemada en la plaza pública por los generales. La obra, a la que siguieron otras muchas donde se desnudan las neurosis patrias argentinas, le costó el exilio y la pobreza, alternativas preferibles a la muerte. Huyó sin recursos a Caracas y a México DF. En ambas ciudades terminó haciendo lo único que sabía: escribir y dirigir más diarios. “¿Qué se siente al poner un periódico en marcha?”, le preguntaron un día, ya retirado en Estados Unidos. “El delirio”, dijo. “Es la felicidad suprema”. Algunos no son capaces de entenderlo. Él, que durante la dictadura vio de todo, lo explicaba así: “La misión del periodista es no obedecer. El periodismo es un acto de transgresión y de servicio; nunca de servilismo”.

Ya lo decía su madre al ir a misa: “Hay que rezar por Tomasito, su alma está completamente perdida”.

Las edades sucesivas de MVM

Carlos Mármol | 26 de diciembre de 2011 a las 6:05

La editorial Debate salva del olvido de las hemerotecas la obra periodística de Manuel Vázquez Montalbán, uno de los cronistas más creativos, versátiles y brillantes de la España del tardofranquismo y la transición.

Los periodistas somos como los trapecistas: hijos de lo efímero, además de (según algunos) resultado directo de otras maternidades no siempre tan nobles. A decir verdad, en este oficio existen dos estirpes: la de quienes no dejan jamás de jugar sobre la fragilidad del alambre –el buen periodismo requiere una extraña mezcla de prudencia y riesgo, sobre todo en casa– y aquellos que antes de poner una letra delante de otra prefieren curarse en salud y caminar por el sendero convenido, que suele ser tan ajeno como inofensivo. Por si acaso.

Manuel Vázquez Montalbán (Barcelona 1939-Bangkok 2003) era de los primeros. Y procuró a lo largo de su dilatada trayectoria –cuatro décadas estuvo escribiendo en prensa– no llegar nunca a parecerse a los segundos. A los que quizás otorgarles la condición de periodistas constituya en realidad un acto de benevolencia. Además de escribir, con mayor o menor fortuna, unos 10.000 artículos a lo largo de su carrera (era hombre de comunión diaria antelos diarios y las revistas, sus principales misales) MVM, como muchos le llamaban, experimentó en sus carnes, generosas, los sinsabores de esta manera de entender la profesión en la que mantener cierta independencia intelectual y de criterio –cosa que no implica ser neutral ante determinados hechos– se paga con la habitual venganza, casi siempre frustrante para quien la practica, de los mediocres: tratar de hacerle el vacío o expulsarle de las tribunas desde las escribía, que fueron muchas –mejores y peores–, diversas y en las que, en la medida de sus posibilidades, dejó dosis de su gran talento como articulista.

Vázquez Montalbán fue un periodista total. Completo. Versátil y polivalente. Algo que ni se encuentra ya en muchas redacciones –por falta de preparación y, sobre todo, de verdadera vocación– ni parece que vaya a encontrarse en el futuro inmediato;acaso porque las empresas no sepan valorarlo y no estén dispuestas a pagarlo. Sea como fuere, el suyo es un periodismo impar. De otros tiempos. No porque no esté vigente ni sea necesario –ahora precisamente lo sería más que nunca–, sino porque está sustentado en un valor en decadencia. Que es: la creencia de que este trabajo requiere correr una larga carrera de fondo donde lo importante para el atleta es la experiencia, cierto temperamento y una decidida voluntad de independencia frente al poder. Tanto ante los elogios como frente a las críticas.

En los tiempos que corren, cuando algunos consideran que esta profesión consiste en emular a los meteoritos fugaces –que al final se disuelven en el espacio– y repetir los argumentarios que vienen al caso, la voluntad de MVMde mantener en su trabajo altas dosis de impertinencia resulta casi un anacronismo. Y, sin embargo, es precisamente esto lo que lo ha hecho perdurar. Poder ser materia para armar un libro.

La editorial Debate, al menos, así lo ha creído. Y ha decidido hacer una selección de este recorrido periodístico en tres volúmenes distintos donde se recogen las edades sucesivas del Vázquez Montalbán cronista; antes, durante y después de alcanzar el éxito literario como autor de novela negra y padre del detective Pepe Carvalho, entre otras disidencias políticas, poéticas, viajeras y gastronómicas. Hedonismos múltiples de un periodista capaz, como Fernando Pessoa, de reinventarse con distintos heterónimos. Desde Sixto Cámara a Luis Dávila. Desde Jack El decorador a Manolo V El Empecinado. Nombres bajo los que siempre late, en dosis diferentes, la mixtura de información, placer, rebeldía y humor que caracterizaron el periodismo de MVM.

Los dos primeros compendios de artículos, crónicas y reportajes que Destino ha salvado del olvido de las hemerotecas están en la calle desde hace algunos meses. El tercero está previsto que aparezca a lo largo de 2012. Recoge la última etapa de MVM, cuando ya era uno de los santos laicos del articulismo político, capaz de darle la vuelta a la habitual percepción de la realidad con un artículo de sólo 350 palabras. La columna de la última de El País, donde escribió hasta que su corazón le falló en una extraña escala aeroportuaria en la ciudad de Bangkok. Curiosa despedida.

De la lectura de estos dos primeros tomos del periodismo inteligente y cívico de Vázquez Montalbán –lleno de contexto, reflexivo, analítico, con una evidente tendencia a la ironía y el sarcasmo– se obtienen dos sensaciones. Primera:no hay género malo, sino periodista torpe. Y segunda:forjarse un prestigio en este oficio, tan dado a los padrinos, es imposible si no se tiene claro que hay que empezar desde abajo y que la tarea del periodista no es manipular a la gente, sino lograr que aumente la perspicacia del lector frente a la realidad. El único vínculo real que hace sobrevivir a un periódico en el tiempo.

MVM trabajó en muchos periódicos, escribió en muchas revistas y hasta fundó publicaciones propias tan elogiadas como efímeras en un tiempo –el tardofranquismo, la transición– en el que en España se pasó de creer que todo era posible a caer en la cuenta de que “la vida nunca es como nos imaginábamos”. Un desencanto lírico que, lejos de convertirse en un sentimiento agrio, le permitió saber más de la vida. Ser más sabio: libre y escéptico, pero inteligente.

Vázquez Montalbán tuvo que navegar a lo largo de su vida entre las habituales desconfianzas cruzadas de aquellos que no te consideran de los suyos. En la presa falangista, donde comenzó a firmar en El Español y en Solidaridad Nacional, como le faltaba el entusiasmo por el régimen, fue relagado a tareas secundarias, cosa que no impidió que sus compañeros del PSUC –en el que militó– lo vieran también como sospechoso por trabajar en las publicaciones oficiales. Como si un periodista tuviera que renunciar a comer por la línea editorial del medio que lo acoge.

Su condena a tres años de cárcel –su delito: participó en una manifestación en favor de los mineros asturianos– le enseñó que en aquella España de los sesenta ejercer la libertad iba en contra del progreso profesional. Al final, cumplió sólo 18 meses de prisión gracias a un indulto por la muerte del Papa Juan XXIII, pero apenas pudo volver a trabajar en prensa hasta mucho tiempo después. Tuvo que sobrevivir escribiendo en enciclopedias (Larousse, Espasa) y en revistas de decoración [Hogares modernos].

La travesía del desierto fue muy larga y, a ratos, amarga, aunque logró encontrar a su público natural cuando se incorporó a Triunfo, donde publicó la columna política La Capilla Sixtina y contó el reverso de la transición en su extraordinaria Crónica sentimental, recogida como libro por Planeta en la colección Espejo de España, reformulación brillante del folletín decimonónico en una España que creyó en un cambio que jamás llegó por la coartada de una concordia que ni logró mayor participación política de los ciudadanos –los partidos se convirtieron pronto en el sistema– ni rozó la estructura económica heredada de la Dictadura.

Es natural que después de todo aquello el lirismo íntimo de MVM estuviera marcado por tan enorme estafa. Otros escritores, como Umbral, derivaron en un memorialismo egotista y deslumbrante. Eligieron contarse a sí mismos, dada la coyuntura, en lugar de contar a España. MVM hizo el camino inverso: a base de contar lo que pasaba en España terminó reflejándose a sí mismo. Porque el periodista nunca es noticia. Sino sólo quien la cuenta.

El oficio de andar y contar

Carlos Mármol | 23 de diciembre de 2011 a las 22:09

Existen, con variantes, dos estilos de periodistas. Dos, digamos, estirpes. Una: la de aquellos que hablan de sí mismos y, por extensión, de sus amigos, que es otra forma redundante de hablar de uno mismo. Gente que parece estar en el oficio de paso, aunque logren perdurar en el tiempo, con las miras siempre puestas en algún otro sitio, además de en su propio ombligo. A principios del pasado siglo, éstos eran los periodistas que ambicionaban dar el salto, vivir ese tránsito que consistía en ir desde el periódico a la política, entendida ésta como el ejercicio de un cargo. Igual que antaño se soñaba con ser gobernador civil, ahora hay quien aspira a ser dircom (director de comunicación) o pontificador de cuadrilla. Cuestión de sofisticación. Nombres diferentes para la misma conducta: ir por la vida haciendo lobby, soltanto la vieja frase aquella de “usted es que no sabe con quién está hablando” y mostrándose en los múltiples escenarios del lugar.

La segunda variante es mucho más pedestre y sencilla. Humilde. Es la del cronista, algo ingenuo, que no concibe mejor lugar en el mundo que la redacción de un periódico, ese espacio donde cada día se alza la arquitectura efímera que es el periodismo, esa catedral herida de papel. De esta segunda condición era Manuel Chaves Nogales (Sevilla, 1897), cuya obra narrativa completa reedita la Diputación de Sevilla, que ha recuperado, en dos ediciones magníficas, los trabajos en prosa de un hombre que murió solo a los 46 años, en Londres, exiliado y acaso desengañado, pero haciendo justo aquello que le hacía más feliz: ejerciendo el periodismo.

Liberal y republicano (aunque algunos ni siquiera lo sospechen ambas condiciones son posibles), Chaves Nogales, hijo del periodista sevillano Chaves Rey, que llegó a ser Cronista Oficial de Sevilla, es la antítesis de cierta forma de ejercer la profesión que, aunque viene de atrás, parece haberse impuesto en el panorama dominante. Olvidado durante varias décadas (precisamente por no pertenecer a grupo alguno y no ver en la política más que un espectáculo más de la inagotable pasión humana), este sevillano, escritor discreto en una ciudad tan indiscreta como la nuestra, encarna los mejores valores de un oficio que consistía, entonces y ahora, en la tarea de “andar y contar”.

En sus propias palabras: “No aspiro a que cuanto digo tenga autoridad de ninguna clase. Interpreto, según mi temperamento, el panorama espiritual de las tierras que he cruzado; describo paisajes, reseño entrevistas y cuento anécdotas que es posible que tengan algún valor categórico, pero que desde luego yo no les doy. Admito la posibilidad de equivocarme. Mi técnica periodística no es científica. Andar y contar es mi oficio”. Y eso hizo: describir su época (el mundo que se condensa en unas deteminadas coordenadas de espacio y tiempo) sin que su personalidad fagocitase su misión. Chaves Nogales, cuyo ensayo La Ciudad es uno de los más bellos libros escritos sobre Sevilla, pero al que nunca cegó el amor por su lugar de nacimiento (porque nacer en un sitio no se elige), aspiró a contar el universo circundante de la forma más precisa posible, sin eludir la crítica honesta. Logró incluso hacer un gran libro sobre la vida (su Juan Belmonte, matador de toros) sin gustarle la lidia. Y lo hizo todo de la misma forma: con la pasión de los discretos.

Crónica apresurada de cómo Max se convirtió en el periodista 1.176

Carlos Mármol | 23 de diciembre de 2011 a las 22:02

Lección primera: “Un periodista no puede quedar a merced de la primera autoridad que se sienta agraviada por sus escritos”. Miguel Delibes dejó esculpido este principio, esencial en el oficio, en una carta que redactó en defensa de Manuel Fernández Areal, al que en 1964 le hicieron un consejo de guerra en Valladolid por proponer en un artículo la reducción del servicio militar.

Entonces estaba en la cima: había sido la cabeza visible de El Norte de Castilla, el periódico en el que entró como dibujante un día extraño de 1941 y que, con intervalos, dirigió en dos ocasiones (primero de forma interina; después con todos los honores) y donde hizo de todo. Entre otras cosas, cobijar y formar a periodistas que después hicieron época, como Manuel Leguineche, César Alonso de los Ríos o Francisco Umbral. Instituciones del periodismo español. Quisieron ficharlo como primer director de El País. Dijo que no. Su país era Castilla. Y se quedó en Valladolid.

Delibes desmiente el viejo tópico que añade el título de periodista a los escritores por el simple hecho de mandar a rotativas algún que otro artículo literario o de ocasión. En su caso el oficio fue una pasión duradera y constante, un vicio deslumbrante para un muchacho que iba para profesor de comercio, que -como se sabe- es una profesión de orden. Todo lo contrario a la idea que los padres -no digamos las madres- tienen del periodismo. Pisó por primera vez El Norte, que entonces iba ya para centenario, como ilustrador. Cien pesetas al mes. Tuvo suerte y enchufe: era sobrino del editor -Santiago Alba- y primo de un consejero de la empresa. Hilo directo. Acaso por eso el muchacho firmó sus primeros dibujos -que eran sobre fútbol; en realidad él inventó aquello del miedo del portero ante el penalti- con el seudónimo de Max. Un acróstico: M, de Miguel ; A, de Ángeles, su novia y la X, fruto de la incógnita que, entonces, suponía su relación.

España era un país miserable recién salido de una guerra atroz. El periódico, de provincias, ejemplo de tradición liberal, cultura agraria y vindicaciones castellanistas. Aún existía Castilla (no la habían dividido y añadido el acompañante autonómico) y la gente otorgaba valor a las palabras. Delibes hizo lo mismo: “En el periodismo provinciano haces de todo. Sueltas la pluma y aprendes a decir mucho en poco espacio”. La síntesis, que, como dijo Paul Valery, es una condición del alma.

El muchacho comenzó a hacer crítica de cine, de libros, a cubrir información local. Se fue haciendo con los rudimentos del oficio. Nadie tenía entonces el periodismo como profesión única. Era ocupación a tiempo parcial con un salario escueto que casi no daba para comer. Sí un falso prestigio añejo, aunque bajo supervisión gubernativa: a Delibes , que hizo los cursos de la Escuela de Periodismo, le dieron en 1944 el carné -número 1.176- que lo habilitaba como cronista. Cuatro años después, la noticia de que había ganado el segundo premio Nadal con La sombra del ciprés es alargada le pilló en la sala de teletipos durante un día de Reyes. Sólo quien está a esa hora y ese día en un periódico puede llamarse de verdad periodista.

Tipos honestos en tiempos mezquinos

Carlos Mármol | 23 de diciembre de 2011 a las 21:52

Espuela de Plata recupera las visionarias crónicas de Chaves Nogales sobre el conflicto bélico español.

Hay héroes destinados a ocupar un pedestal. Y otros que, en cambio, jamás disfrutarán de reconocimiento alguno, salvo que se trate de la fría medalla del olvido. Manuel Chaves Nogales (Sevilla, 1897) fue uno de ellos. No era más que un simple periodista. Sevillano cosmopolita, además. Dedicó toda su vida a una sola cosa: ejercer su oficio sin otra cortapisa que la que en cada momento le dictaba su propia conciencia. Pagó por su elección todos los precios posibles: zancadillas, menosprecio, violencia, exilio y el largo purgatorio que podríamos llamar el vacío de la posteridad. Quizás por eso entendiera tan bien el sentido del honor de otros personajes que, en medio del marasmo de la Guerra Civil española, sin reparar demasiado en las cuestiones ideológicas, que en las trincheras pasan pronto a segundo plano (la cuestión esencial se reduce entonces a tratar de sobrevivir en mitad de la locura), intentaron hacer lo mismo que él: cumplir con lo que estimaban que era sencillamente su obligación. Nada más. Nada menos.

En el caso de Chaves Nogales, recuperado para la literatura española gracias al ejemplar trabajo de investigación de María Isabel Cintas, que desde hace lustros se ha dedicado a resucitar de las hemerotecas toda su obra narrativa y periodística, esta obsesión por contar la historia en minúsculas -que en realidad es la que explica las mayúsculas de los libros académicos- brota de forma sorprendente en los dos magníficos libros que la colección Espuela de Plata -etiqueta del sello Renacimiento- sacará al mercado dentro de apenas unas semanas.

El primer volumen recoge los reportajes que Chaves escribió sobre la defensa de Madrid. El segundo, en cambio, reúne los trabajos de análisis que el sevillano pergeñó entre 1936 y 1939. En ellos explica con una clarividencia excepcional, fruto del conocimiento de los hechos de primera mano, cómo el conflicto que desangró España en los años treinta del pasado siglo, y cuya consecuencia funesta fue el posterior régimen de terror, prolongado durante cuatro décadas más, obedeció a un cúmulo de circunstancias subyacentes en la política española frente a las que casi todas las banderas y argumentos de los vencedores -el nacionalismo español, la prevención ante el marxismo, la defensa del tradicionalismo- fueron desbaratados de golpe por la rotunda fuerza de los hechos, cuando se vio claramente que la rebelión que se adjudicó la misión de salvar al paísde la degeneración bolchevique se convirtió pronto en una réplica, más chusca pero igual de cruel, de los totalitarismos italiano y alemán.

La visión de Chaves Nogales de la tragedia civil española es profundamente sobria. Equidistante además de las dos fuerzas en disputa, pero en absoluto neutral. La realidad a la que se enfrentaba no lo era. Difícilmente podía serlo quien pretendiera relatarla. En su narración no aparecen buenos ni malos, sino víctimas y verdugos en ambas orillas. Sus artículos, igual que los escritos de George Orwell, postulan que, con independencia de los mensajes oficiales de uno y otro bando, en el fondo de aquella sangrienta querella no latía otra cosa más que la voluntad de dominación del prójimo y la obsesión por aniquilar el principal valor político del liberalismo: la democracia.

Chaves, como buen periodista, jamás hace política. No manipula. Relata. Sencillamente cuenta lo que ve, lo analiza y deja que el lector saque sus conclusiones. El cuadro que nos enseña es pavoroso y, al mismo tiempo, lírico, como flores en un estercolero: la irracional pulsión de odio que termina engrendrando muerte y destrucción; también el humilde heroísmo de quienes, sabiéndose derrotados ya de antemano, deciden pelear por unos principios personales e individuales, opuestos a los dogmas de los dos contendientes, para los que cualquier individuo sencillamente era una molestia. Algo que exterminar.

Donde mejor se refleja esta voluntad de contar los hechos que verdaderamente hacen la historia, y que siempre están debajo del relato oficial, es en el libro sobre La defensa de Madrid. Escrito en París en 1938, primera estación del exilio del periodista, fue publicado en inglés en el diario Evening Standard y, en español, en la revista mexicana Sucesos para todos. Doce entregas del mejor nuevo periodismo antes de que los escritores norteamericanos se apropiaran del nombre.

En este libro, que se lee como una novela, aparecen todas las razones del drama. Cosas diminutas, secundarias. Los detalles: un ejército (rojo) en el que las virtudes militares eran consideradas delitos y un Gobierno (el de Largo Caballero) que abandona Madrid a su suerte dejando al cargo a un militar -Miaja- cuya soledad es metafórica: los timbres inútiles de la Capitanía General, ante cuyo sonido nadie acudía. Porque nadie, salvo los que no tenían otra alternativa, se quedaron entonces a esperar la victoria de los militares en armas.

Miaja, al que el comunismo le importaba poco, logra que la capital resista el primer gran envite nacional, lo que prolonga el sufrimiento (la guerra) pero dificulta la victoria de los liberadores. Y lo hace sin apenas medios, recurriendo a las milicias sindicales -las que había- y sin furor patriótico alguno; simplemente porque, como militar a las órdenes de un gobierno legítimo, aquella era su obligación. Por encima incluso de los propios políticos, que le abandonaron a una muerte segura.

O los que, todavía en Madrid, trasladaban a la junta militar sus seculares enfrentamientos internos, como si fueran niños de patio de colegio haciendo la revolución mientras el mundo se derrumba a su alrededor. Sordos y ciegos. Miaja salva su encrucijada acosado por Franco y por el propio Largo Caballero, celoso de las decisiones autónomas de un hombre ejemplar que dormía en un austero búnker mientras los milicianos se divertían en los cafés, que puso freno al terror rojo y que iba en persona al frente (la Ciudad Universitaria) para dar ejemplo a una tropa que en Navidad, por tener algo que festejar, celebraba el nacimiento de un Dios en el que ni siquiera creían. Un ejército formado por la escoria del mundo. Gente que se dejaba matar por puro idealismo. Tipos honestos en tiempos mezquinos.

Si La defensa de Madrid es un relato trepidante, los artículos de la Guerra Civil son análisis periodístico con mayúsculas. Aparecidos en la prensa americana, frutos de un Chaves Nogales que intenta seguir siendo periodista en el exilio francés, como después haría en Londres, en ellos se diseccionan los elementos para entender la tragedia española -un país víctima de los grandes totalitarismos en el que los perjudicados son los ciudadanos- y todos sus actores. Desde Franco a Azaña. Todo lo necesario para comprender la Guerra Civil está en este libro. Desde el principio, Chaves pronosticó el final: la derrota de los revolucionarios, divididos en dos familias enfrentadas -comunistas y anarquistas- y alimentados, frente a los republicanos liberales, por el fascismo de nuevo cuño que representó la alianza entre los matones falangistas y los tradicionalistas. Un péndulo inmisericorde que situaba a los españoles entre dos fuegos mortales que, aspirando a reconquistar España, no dudaron en destrozarla.

Gestas y naufragios de un periodista

Carlos Mármol | 23 de diciembre de 2011 a las 21:47

Chaves Nogales dignificó una profesión presa del servilismo político. La vida le pagó con el destierro y una tumba sin nombre.

Acabaremos en alguna buhardilla pobre de una callejuela de París. Las cosas pintan mal. Los conservadores y los reaccionarios van ganando terreno. Los comunistas, en cambio, están deseando dar un golpe al estilo ruso”.

-“Pues yo estaba en la higuera, sin enterarme”.

-“Amigo, no nos permitirán estar en la higuera. Tendremos que salir corriendo a meternos en algún rincón de París… si nos dejan”. [Memorias de Pío Baroja].

No fue en una callejuela húmeda de Francia, sino en Londres. De improviso: una inflamación en el estómago. Peritonitis. Sarcoma. Telón negro. Final. El periodista Manuel Chaves Nogales (Sevilla, 1897) murió solo en la capital británica. Desde allí trataba de hacer lo que cualquier periodista hace cuando se queda sin su periódico, que en realidad nunca es suyo: intentar seguir escribiendo en cualquier otro. Aunque sea en una hoja volandera.

“Estoy bien: trabajo mucho y con poco fruto”, decía a su familia, enterrada en vida en El Ronquillo durante los años del hambre y la dictadura; una odisea -la de su mujer, sus hijos- que no pudo escribir y que amargó sus últimas horas. Repárese en la elección de la conjunción: copulativa, no adversativa. Tenía 47 años cuando la pálida dama fue en su busca. Ya era premio Mariano de Cavia. Había escrito en cuatro grandes periódicos. Había publicado libros magistrales. Había viajado en avión, cuando los aeroplanos no siempre llegaban, por Europa y la Unión Soviética.

Estuvo en Ifni. Buceó en los dos grandes totalitarismos de su época -fascismo y comunismo ruso; a ambos los sufrió por igual-, vio arder Asturias antes del inicio de la Guerra Civil y le tocó contar el derrumbe de la República liberal, burguesa y laica que soñó posible. Todos estos méritos no le sirvieron de nada. Cuando en noviembre de 1936 abandonó Madrid tras ser despedido por el comité obrero que entonces controlaba su periódico -enorme paradoja ésta: obreros despidiendo a periodistas, tan obreros como ellos- tuvo que empezar desde cero, como un becario. Escribiendo a la pieza. Redactando discursos para los cónsules hispanoamericanos a cambio de que, con magro éxito, éstos intercedieran ante los diarios ultramarinos para que pagaran a tiempo, antes de que el hambre convirtiera el estómago en un agujero, sus míseras colaboraciones. Oficio infame.

Los periodistas somos tipos raros. Molestos. No creemos casi en nada ni en nadie. Salvo en una cosa: el periodismo. Por tanto, cuando la noria interior que hace girar nuestra vida se quiebra, nos falta el aire. Nos quedamos sin oxígeno. Nos ahogamos. Morimos o nos dejamos morir. Igual da. Quizás por eso, como le pasó a Chaves Nogales, antes o después vivimos el día en el que el periódico se muere. Aunque siga publicándose.

A Chaves Nogales, cuyo avatar biográfico compendia en El oficio de contar (Fundación Lara) María Isabel Cintas, la gran especialista en su obra, a quien debemos la recuperación post mortem del mejor periodista sevillano que vieron los tiempos pasados y -de esto estoy seguro- esperan ver los venideros, lo expulsaron del periódico que fue su mayor gesta -el madrileño Ahora- por no querer ejercer su puesto de subdirector. ¿Un periodista abandonando el timón de la nave a la deriva que siempre es un diario? A la fuerza ahorcan. En el caso de Chaves Nogales existían indicios de que, de una u otra forma, estaba condenado de antemano. Su delito: ser ecuánime en un momento en el que esta actitud era, como es todavía, un pecado mortal. No es broma. Te mataban por “ser leal con el periódico sin dejar de serlo contigo mismo”.

Chaves Nogales comenzó a incordiar a muchos con lo que escribía de su ciudad, Sevilla, a la que retrató en las hermosísimas crónicas de La ciudad. No hizo otra cosa que andar y contar -así definía el periodismo- y dignificar una profesión que entonces, como ahora, suele caer presa del servilismo político. Hijo del cuerpo (Chaves Rey, su padre, fue miembro de El Liberal y hasta cronista municipal, aunque de tal título no obtuvo más que las ingratitudes de una ciudad ingrata), empezó colaborando con cándidas poesías juveniles. Desde abajo.

Se fue de Sevilla al reparar que la ciudad prefería ser una reliquia postrada sobre un pasado estéril en lugar de caminar al compás de Europa -algunos no le perdoraron su visión crítica: su esquela fue censurada en el diario Abc-, abandonando así cualquier posibilidad de dar voz a la Sevilla cosmopolita que todavía existe, aunque no se haga notar. Tras un tiempo en Córdoba -La Voz- terminó en Madrid. Primero en El Heraldo y después en la casa desaparecida: Ahora. En ambos diarios y en Estampa -una revista donde hacía nuevo periodismo casi un siglo antes de que Tom Wolfe y Norman Mailer enviaran sus crónicas a Rolling Stone- nacieron los pilares que sostienen su obra, donde habla de sí mismo dando la voz a otros -uno es periodista por su mirada: la mirada nace del temperamento- y aquilata un sistema propio de trabajo -el periodismo siempre es un método- que ha conseguido que sus artículos sobrevivan al paso del tiempo, el único señor.

Hoy es el mejor prosista español, junto a Baroja, Josep Pla y Julio Camba, de la primera mitad del pasado siglo. Una gesta. Sobre todo para un niño nacido en Dueñas, calle triste y silenciosa, cuya única recompensa fue una tumba sin nombre en el cementerio británico de Fulham, en Richmond Kew. Diez días después de su muerte, Franco lo condenaba “por masón y rojo”. Última broma macabra en contra de un hombre capaz de presentir su propio destino sin dejar por eso de caminar. Cuestión de estilo.

Chaves podía escribirle una carta a Unamuno sólo para pedirle permiso para alterar el adjetivo de un artículo con el fin de lograr que el periódico fuera coherente, perfecto. Demostró que Sevilla no está condenada al periodismo chusco del costumbrismo. “En su cabeza no había bajas pasiones, sólo análisis”, dice uno de sus hijos. Rara avis en la tierra donde Manuel Fal Conde, líder de los tradicionalistas, había gritado: “El que obedece no se equivoca nunca”.

Chaves erraba a diario, en cada línea. Le costó caro. Hizo lo mismo que Belmonte -la biografía que le escribió es colosal-: seguir su propio camino, solo, con su esfuerzo personal, en un mundo radicalizado, tan preso del sectarismo como de la endogamia de los linajes. Se entiende al leer su gran obra maestra: el prólogo de A sangre y fuego. “Un hombre como yo, por insignificante que fuese, había contraído méritos bastantes para haber sido fusilado por los unos y por los otros”. Quizás justo por esto, por no tener a nadie jamás contento, los periodistas, que debemos ser independientes pero no neutrales, porque la realidad nunca es neutral, siendo tan poca cosa, somos tan necesarios. O, al menos, lo éramos. Hasta ahora.

Talese: Periodismo en extinción

Carlos Mármol | 23 de diciembre de 2011 a las 21:28

El escritor norteamericano deslumbra con ‘Honrarás a tu padre’ (Alfaguara), la historia secreta de un clan mafioso.

Para vivir fuera de la ley debes ser honesto”. La frase, utilizada por Dylan en una de sus canciones (Absolutely Sweet Marie), se ajusta como un guante a la historia, que, por otra parte, facilita las preguntas melancólicas. ¿Qué diablos hemos hecho con este oficio? El último libro publicado en España por el norteamericano Gay Talese (Ocean City, New Jersey, 1932), Honrarás a tu padre (Alfaguara), es un relato periodístico primario. Cuenta una historia. Punto. Nada más. Y nada menos. Algo tan complejo que hasta ha dejado de hacerse (en la mayoría de los casos) en los periódicos, que es donde aprendió a hacer su trabajo este escritor desconcertante y exacto, capaz de sumergirse en un mismo asunto durante siete años para poder comprenderlo por entero antes de hacer lo que hacen todos los cronistas: contárselo a los demás. Rara avis. Verdadera especie en vías de extinción en una época en la que el periodismo, siempre en crisis, parece haberse reducido ya a un tweet o a la confidencia obscena de una portera, con todo el respeto para dicho gremio. Si se fijan, tampoco son cosas tan distintas.

Talese, de ascendentes italianos, calabreses por más señas, hijo de un sastre, cosa que explica su apasionado amor por los ternos bien cortados, las corbatas, los coloridos pañuelos a juego y los sombreros Stetson -así es como debería vestirse un hombre, pensarán algunos-, es uno de esos ejemplos, cada vez más inusuales, que hace apenas unas décadas poblaban las redacciones de su país, que es donde quizás mejor se ha puesto en práctica aquella regla que dice que este oficio consiste sencillamente en andar (escuchar) y contar.

Menos famoso que Tom Wolfe (el hombre vestido de blanco, el cronista lisérgico de Park Avenue), al que usualmente se le adscribe la paternidad (compartida) del nuevo periodismo, esa vieja costumbre de describir la realidad diaria como si se tratase de una novela (la verdad de las verdades, contradiciendo a Vargas Llosa). La génesis, se sabe, fue la publicación de A sangre fría de Truman Capote. Después vinieron las variaciones tóxicas (la locura libérrima de Hunter S. Thomson, el creador del gonzo) y también los titanes violentos (Norman Mailer). Entre ellos, un dandy llamado Talese, que decidió en 1971 compendiar en algo más de seiscientas páginas las vivencias íntimas (y secretas) de la familia Bonnano, un clan mafioso transterrado desde la violenta Sicilia rural a la Norteamerica de los sueños que se tornaban, en demasiadas ocasiones, en pesadillas.


La historia de los Bonnano, inspiración según algunos de la serie Los Soprano, variante burlesca de El Padrino, la tragedia moderna en tres actos que Coppola rodó sobre los Corleone de Mario Puzo, deslubra precisamente porque está escrita sin aderezos ni circunloquios. Directamente al grano. Cosa que no impide que, al calor de los hechos, se obtengan conclusiones sobre la sociedad (tema universal) de la que la mafia no es más que el reverso del otro lado del espejo.

Al contrario de otras lecturas sobre el particular (la organización tiene literatura tan hiperbólica como el periodismo), la historia de Talese ni cae en el vicio de la caricatura (la autoironía de los mafiosos sobre su propia condición, un rasgo posmoderno que en los cincuenta no se estilaba) ni abusa tampoco de la epopeya más negra y sangrienta. Es sobria y certera. Como un dardo en el centro de una diana. Igual que una traición. Acaso porque tiene la virtud de mostrar (sin juzgar) cómo la vida de los bajos fondos, en realidad bastante ligada a los altos salones, no sólo es el fruto podrido de las conspiraciones extrañas de los malhechores, como al principio pudiera parecer, sino también el resultado de una serie de hechos que marcan del destino (casual) de las personas.

En su época hubo quien pensó que éste era un libro favorable a los uomini rispettati (los hombres respetables). No es extraño. ¿Cómo demonios consiguió Talese vencer la inquebrantable regla de la omertá para penetrar en una organización feudal donde la disciplina genética es una exigencia para sobrevivir?

El periodista, que desde los años cincuenta afilaba los dientes como reportero (de infantería) en la Vieja Dama Gris (The New York Times), donde empezó en Deportes y terminó en Local, y que tuvo el coraje de dejar su puesto (la primera división de su oficio) para irse a su casa a hacer desde allí el periodismo en el que creía -en lugar de limitarse a repetirse escribiendo lo que ordenaban sus jefes-, aprovechó una de las principales armas de los cronistas antiguos: la capacidad para escuchar. Notable, ahora que en periodismo se habla sin parar. Tropezó circunstancialmente con el hijo del patriarca Bonnano cubriendo una vista judicial y, tras ese contacto, se limitó durante años a ejercer una función similar a la de un confesor, aunque sin pasar por el trance de la absolución. Estuvo en el sitio exacto para que el heredero del clan familiar hiciera lo que todos los hombres en algún momento de su vida desean hacer: explicarse.

El personaje (apasionante) de Bill Banana es la clave de bóveda de la historia. La piedra sobre la que se sustenta el tono del relato. Su enorme acierto. La perspectiva exacta. Tratándose de la mafia, parecía imposible ser original. Salvo que, como sucede en Honrarás a tu padre, la historia se cuente desde la semilla. Lo heroico entonces desaparece (quien se crea un héroe es que tiene un grave problema) y lo que emerge es el devenir vital de un hombre que no puede huir de su destino: heredar un mundo agrio y cerrado, casi insular, cuyas raíces residían en otro continente, en otro tiempo, entre otras gentes y que, sin embargo, marcaban su existencia. ¿Se puede acaso escapar de lo que somos?

La vida no da siempre una segunda oportunidad. Depende de cuál sea tu apellido. Los mafiosos -nos enseña Talese- a solas con su conciencia nunca lamentan los crímenes, la violencia, el miedo, las venganzas, el cúmulo oscuro de las eternas guerras civiles por el poder o el dinero, sino la imposibilidad (una vez toman conciencia de cuál será su universo) de superar su propio fatum. La imposibilidad de consumar el anhelo íntimo de redención que todos los pecadores llevamos dentro. Todo es en vano. La vida se convierte entonces en una agónica espera que consiste sólo en dos cosas. Levantarse por la mañana para llegar vivo al atardecer. Aguardar la noche para volver a ver el amanecer.

Los apuntes dispersos de Dostoievski

Carlos Mármol | 23 de diciembre de 2011 a las 18:54

La editorial Páginas de Espuma reúne en ‘Diario de un escritor’ la obra periodística completa del escritor ruso.

En la Milonga del Trovador, el hermoso tango que escribieron juntos Horacio Ferrer y Astor Piazzola, y que solía cantar con su característica voz de arena el polaco Goyeneche, hay un verso que asegura que la voz de Dios afina en cualquier lugar. Una variante quizás del célebre refrán castellano: “Dios aprieta pero no ahoga”. A Fiodor Mijailovich Dostoievski [Moscú 1821-San Petersburgo 1881], desde luego, Dios, en el que al final de sus días terminó creyendo casi con la fe de un viejo carbonero ruso, le apretó bastante el cuello (cuatro años de cautiverio en Siberia tras serle conmutada la pena de muerte a la que fue condenado por conspirar contra el zar junto al célebre círculo de los decembristas) pero le permitió, milagrosamente, retornar por un tiempo a la civilización (en su caso, San Petersburgo), después de un sinfín de noches y días gélidos y tristes, para dedicarse, en la soledad de sus sucesivas y múltiples casas esquineras (todas ellas de alquiler, situadas además en los barrios periféricos de la ciudad del sol de medianoche) a escribir con devoción diabólica algunas de las mejores novelas de la literatura universal.

El Dostoievski clásico, el narrador de Crimen y Castigo, Los demonios y Los Hermanos Karamazov, el ludópata que recorrió los casinos de la decadente Europa -un continente entonces de balnerarios y fortunas perdidas en una sola noche por culpa de la pecaminosa ruleta-, el epiléptico que estudiaba los síntomas de su propia enfermedad para usarlos con sus personajes, y que profundizó como nadie en la psicología negra del género humano, salió transformado de aquella traumática experiencia de celdas desnudas y un invierno perpetuo, casi total.

Se fue como un rebelde, un socialista utópico. Volvió (con una biblia bajo el brazo) convertido en una suerte de feroz nacionalista, un hombre conservador (lo primero lleva antes o después inevitablemente a lo segundo) y, según algunos, incluso con tendencias se diría que xenófobas, aunque, tratándose de un autor del XIX, en el que el desprecio al prójimo era una moneda común, esta afirmación quizás habría que ponerla en cuarentena.

Persiguiendo en su juventud la liberación de los siervos sometidos por la oligarquía que encarnaba el zar, y con notables tendencias nihilistas, terminó sus días (murió con 60 años por culpa de una hemorragia de garganta) como un escritor profundamente monárquico y un encendido propagandista del cristianismo ortodoxo, floreciente ahora en las Rusias tras los largos años de dictadura comunista. Un tránsito tan sorprendente que sólo puede explicarse por la apresurada evolución que implicaría para cualquiera el hecho de tener que pasar cuatro años de vida subterránea y hostil en mitad de la tundra rusa.

Antes de esta terrible experiencia, que alteró su escala de valores, había empezado a colaborar como periodista en algunas publicaciones satíricas y literarias de la época. Textos menores, aunque interesantes. Sus primeros escritos narrativos -incluyendo la famosa Noches blancas- no preludian todavía al titánico cronista de los años posteriores, por mucho que Pobres gentes, su primera novela, le permitiera mirar por un tiempo el espejismo del éxito juvenil.

En Siberia, en el presidio de Tomsk, donde llegó con 28 años, comenzó a escribir un cuaderno de notas que fue el germen de toda su producción periodística posterior, ya más sistematizada y reunida ahora por la editorial Páginas de Espuma en un volumen de 1.600 páginas bajo el título genérico de Diario de un escritor, bajo cuya denominación firmó una sección periódica a partir de 1873 en la revista Grazhdanin [El Ciudadano], que llegó también a dirigir durante algo más de un año. Justo el tiempo que uno tarda en darse cuenta de que escribir un periódico y dirigirlo son cosas radicalmente distintas. Incluso se diría que casi opuestas.

La publicación, tildada por algunos de reaccionaria, estaba financiada por el príncipe ruso Víctor Meshcherskii. Huelga decir que su afán subversivo era más bien escaso. La línea editorial del periódico defendía con vehemencia el nacionalismo ruso (abrazado por Dostoievski en su segunda etapa literaria) y pregonaba sin complejos la vía de la diferenciación eslava (Rusia es un país con el alma quebrada entre su vocación europea y su extraña realidad continental) a la hora de analizar los convulsos sucesos políticos y sociales de la segunda mitad del siglo XIX que le tocó contar a sus lectores.

La sección de Dostoievski, en la que el escritor descargaba sus opiniones y reflexiones sobre política, literatura, arte y, en general, sobre la vida, tuvo tal éxito por su radicalismo y sinceridad -dos de las mejores cualidades del periodismo honesto- que sirvió apenas unos años después, en 1876, cuando ya había abandonado el periódico ajeno por discrepancias con el dueño, para editar a su cargo un pliego periódico que él mismo costeaba (mediante la venta por suscripción) para tratar de salir de su siempre calamitosa situación económica, cosa curiosa si se repara en el habitual incierto futuro del negocio de la edición por cuenta propia. Se convirtió pues en un periodista autónomo, libre, algo que, incluso en estos tiempos, continúa siendo un oficio casi imposible. De riesgo. La suscripción al Diario de un escritor costaba a los lectores dos rublos al año. En cierto sentido fue una especie de bitácora (en papel) inventada más de 130 años antes del nacimiento de los blogs.

El vicio del periodismo se le metió tan dentro que le persiguió hasta su muerte, en 1881, en su casa (de nuevo esquinera) de la calle Yamskaya, en el barrio de los mercados de San Petersburgo, donde pasaba las noches bebiendo un té negro cargadísimo, escribiendo como un galeote sobre su escritorio y fumando sin parar los cigarrillos que le prohibía el médico. Muy lejos de los hermosos canales y de las ruidosas iglesias con cúpula en forma de cebolla.

¿Cómo es el Dostoievski del Diario de un escritor? Fiel al consejo básico para ejercer el oficio del periodismo: alguien que no piensa renunciar a ser él mismo. El volumen de Páginas de Espuma nos enseña a un periodista libérrimo, caprichoso, peleón, irreverente y profundamente sincero e individualista. Dentro de su deriva conservadora, parecía que el escritor ruso se había convertido en un impertinente gruñón, un ogro que, a la hora de escribir, no estaba ni mucho menos dispuesto a rendirse, porque claudicar suponía la peor traición: venderse, dejar de ser uno. A la edad en la que se embarca en la odisea de la autopublicación (bien superados los 50 años) Dostoievski ya sabía que en la vida un hombre debe, sobre otras cosas, procurar ser leal consigo mismo.

Sus textos, magníficos en su desorden, vivos gracias a su espontaneidad, se arman sobre el flujo de su caudalosa personalidad, marcada por su sentido radical de la libertad, la única forma de hacer periodismo de verdad; algo que, como todo periodista con algunos trienios (sin cobrar) sabe, consiste en asumir una evidencia empírica: la verdad nunca es neutral. Simplemente es la verdad. Una forma de pensar bastante lejana a las conveniencias (tantas) que todavía marcan el ejercicio del oficio en nuestra época.

Al igual que en sus novelas, encontramos aquí un escritor torrencial, obsesivo, a ratos paranoico, que escribe páginas y páginas en una especie de involuntario vademecum de su pensamiento, donde se mezclan todos los temas, igual que se mezclan en la vida, y se pasa sin cesura desde el elogio a escritores como Gogol o Pushkin a las más feroces críticas contra la Iglesia católica, institución que, según el escritor ruso, había traicionado las enseñanzas de Cristo para convertirse en una “organización materialista y corrupta” que ya no se diferenciaba de la otra nueva fe (en este caso atea) que representaba el comunismo. El periodista Dostoievski era una suerte de idealista quijotesco. Todo un bastardo.