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Un anarquista de estirpe spenceriana

Carlos Mármol | 23 de diciembre de 2011 a las 21:40

Lo dice Santiago, uno de los platicadores de Conversación en la Catedral. “Es lo mejor que le puede ocurrir a un tipo: creer en lo que dice, gustarle lo que hace”. O quizás lo peor, según lo que suceda a su alrededor. Como escribió Truman Capote, “cuando Dios le da a uno un don, también le otorga un látigo. Y el látigo es únicamente para poder autoflagelarse”. Dicho de otra forma: no hay éxito sin esfuerzo. No hay utopía sin decepción.

A Mario Vargas Llosa (Arequipa, 1936) el Premio Nobel se le ha aparecido con 74 años en el último tramo de su vida. Aunque, al contrario que Cervantes, sin tener todavía el pie en ningún estribo. Nada extraño en el caso de un escritor que acostumbra a creer, sin dogmatismos pero con firmeza, en aquello que declara. Que disfruta, más que con los honores y los galardones, con la esencia de su oficio: el hecho de escribir.

Los vicios solitarios suelen dar por igual alegrías y disgustos. Pero jugar a ser Dios (el escritor omnisciente de la preceptiva clásica) requiere un esfuerzo titánico que, lejos de la habitual épica, tan querida para este vindicador de Tirant lo Blanch, consiste más bien en algo sencillo, pero tan costoso, como tener todos los días el hábito de sentarse en las espartanas sillas de las bibliotecas para leer, tomar notas y, acaso, pensar. La verdadera génesis de la escritura siempre es pedestre. No gasta medallas.

Algunos colegas de lances literarios, como Juan Carlos Onetti, del que el peruano escribió un magnífico ensayo (El viaje a la ficción), han dejado asociado para siempre el nombre de Vargas Llosa al cultivo de la literatura burocrática, convertida en esposa en lugar de en lúbrica amante. La frase es magnífica. Pero, como dicen en Perú, ni caso. Si algo vertebra la obra literaria del nuevo Nobel es su penetrante y luminosa contemplación de la vida, sus episodios y sus desengaños. Quien ha ganado el máximo premio de las letras no es un escritor cerebral, aunque piense en la maquinaria de sus novelas como un relojero suizo. Probablemente sus libros no hubieran llegado a ver la luz sin su envidiable disciplina de intelectual cartujo, pero tampoco serían monumentos literarios de primer orden sin que el pálpito profundo de la existencia, universal y concreta, los inspirase.

El jurado justificó la concesión del galardón por “su cartografía de las estructuras de poder y las imágenes sobre la resistencia, la revuelta y la derrota individual”. Hay algo de cierto. Pero sólo a medias. Dicho así pareciera que el peruano es uno más en la nómina de autores latinoamericanos que han novelado la figura de los dictadores patrios. En su caso, el dominicano Trujillo de La fiesta del Chivo. Sin dejar de ser verdad, el tiro del sanedrín no da del todo en la diana.

El núcleo íntimo de la obra narrativa de Vargas Llosa es la constatación del fracaso (por degeneración) de las utopías políticas que pregonan la liberación universal, aunque esta temática usualmente se haya asociado sólo a sus ensayos y a sus artículos de prensa. Algo sobre lo que ya nos ilustrara Albert Camus en El Hombre Rebelde. El individuo frente a los falsos sueños de emancipación colectiva.

Esta semilla es la que subyace en casi todas sus novelas, en las que juega con el experimentalismo técnico (los diversos puntos de vistas, las mudas de tiempo y lugar, el manejo magistral de los narradores), cultiva divertimentos de alta cultura (Elogio de la Madrastra, Los cuadernos de Don Rigoberto) sin desdeñar lo popular (Pantaleón y las visitadoras, La Casa Verde) y hace estilo propio de la autobiografía confesional (La Ciudad y los Perros, La Tía Julia y el Escribidor).

Su perspectiva de la existencia, sin embargo, es política. Porque la Política (con mayúsculas) no es más que una réplica de la vida. Vargas Llosa no la escruta de arriba abajo, sino que sigue un sendero inductivo. Sus conclusiones siempre proceden de la observación inteligente del entorno inmediato.

Al contrario de otros escritores de su misma generación, fascinados con la figura del cacique latinoamericano (a menudo un falso libertador), elige una perspectiva indirecta, y por eso mucho más fecunda, para exponer su punto de vista. Sus libros, más que deslumbrarse ante los vicios del ejercicio del poder total, dejan entrever los motivos por los que una sociedad termina produciendo este tipo de personajes, en buena medida herencia colonial española. Las razones son culturales: el resentimiento personal, los profundos complejos sociales, la sensación de predominio y dominación, la emulación, la envidia o la falsa aristocracia de la piel y el dinero, que suele esconderse bajo los ropajes de la sangre diferencial y los linajes antiguos.

Sus escritos públicos (recogidos en Sables y Utopías o en la serie de artículos agrupados con el nombre de Piedra de Toque) explicitan más que las novelas su singladura ideológica, que va desde la orilla del izquierdismo latinoamericano (en los tiempos de la revolución cubana) a la defensa del liberalismo. Una mudanza que, en el fondo, no es casual, sino progresiva. Y que se entiende si se tiene en cuenta que en su particular ideario, con independencia de las valoraciones ajenas, prevalece la lucha contra los dogmas, cualquiera que éstos sean, sobre cualquier otro principio.

Se le suele tildar de conservador. Aunque lo suyo, igual que Borges, es más bien una variante del anarquismo spenceriano: la doctrina de los verdaderos individualistas a los que les repugna cualquier tipo de violencia, temerosos de las imposiciones sociales (vengan de donde vengan) y gloriosamente impertinentes en según qué contexto.

Parte de esta sensación de incomodidad aparece en uno de sus mejores libros: El Pez en el agua, unas memorias en las que entrevera episodios vitales (el día que conoció a su padre, al que creía muerto desde su infancia) con los detalles de su aventura política para alcanzar la presidencia del Perú al frente de una confusa coalición que se oponía a la nacionalización de la banca. Su fracaso, entre otros factores, se debió a sus compañeros de viaje y a los peruanos, que prefirieron el populismo de Fujimori, que después derivó en una nueva dictadura, a la utopía liberal.

La experiencia, que le permitió vivir su propia novela, en lugar de escribirla, le ayudó a conocer en primera persona el reverso tenebroso, miserable más bien, de la política real, donde lo que importa no son las ideas y los principios, sino las conspiraciones y la encarnizada lucha por el poder. Algo que ya diagnosticó Max Weber: “Los cristianos primitivos sabían exactamente que el mundo está regido por los demonios y que quien se mete en política, quien accede a utilizar como medios el poder y la violencia, ha sellado un pacto con el diablo, de tal modo que ya no es cierto que en su actividad lo bueno sólo produzca el bien y lo malo el mal, sino que frecuentemente sucede lo contrario. Quien no ve esto es un niño, políticamente hablando”.

Liberalismo patrio

Carlos Mármol | 23 de diciembre de 2011 a las 19:29

La editorial Aguilar recopila los mejores artículos y ensayos sobre la poliédrica realidad latinoamericana escritos por el novelista peruano desde la década de los años setenta hasta nuestros días.

El escritor peruano Mario Vargas Llosa (Arequipa, 1936) no cree en los mundos perfectos. Toda una paradoja si se tiene en cuenta que su concepción de la novela es casi la de un demiurgo: alguien que distribuye la trama, los recursos técnicos, el estilo y la cadencia del relato en función del efecto preciso que pretenda casuar. Su visión de la realidad, en especial en lo que se refiere al poliedro político que es su patria -Latinoamérica-, ha discurrido casi siempre por meandros y caminos irregulares, pues de tal condición son los senderos americanos, donde la línea recta, salvo en el Norte, es casi una ilusión óptica.

Su nueva colección de artículos y ensayos, que la editorial Aguilar trae ahora a las librerías bajo el título de Sables y Utopías, versa sobre los vaivenes del destino en ese ancho y ajeno subcontinente que es América Latina. La tierra de la libertad. Donde su conquista resulta tan complicada. Casi imposible.

La nueva pieza literaria de Vargas Llosa, que sigue la estela de incursiones anteriores en el formato del ensayo político, como El pez en el agua, una suerte de singulares y prematuras memorias donde los olores de la infancia del escritor se mezclaban con los avatares de la vieja y fallida aspiración de convertirse en presidente del Perú, tiene un marcado tono confesional.

A través de piezas periodísticas y epistolares -cartas públicas, esencialmente- ilustra no sólo el peculiar concepto de liberalismo de Vargas Llosa (opuesto al de determinados conservadores que tan sólo quieren ocultar su verdadera faz bajo tal etiqueta), sino cómo puede evolucionarse -por desengaño, que es el único sendero útil en las lides del conocimiento humano- desde el compromiso radical con la izquierda hasta posiciones ideológicas escasamente dogmáticas. Para muchos, acaso equivocadas, pero siempre bastante sinceras.

Los textos, que van desde los años sesenta hasta nuestros días, son también la crónica de un espíritu independiente y rebelde. El de alguien que no tiene temor a romper con su pasado reciente si el precio de no adoptar dicha decisión implica perder la propia esencia. En su caso: la gloriosa impertinencia que, en lo que a la libertad de expresión se refiere, alumbra toda la obra del escritor peruano. Un itinerario similar, aunque con muchos matices, al que hizo otro de los míticos malditos de la izquierda oficial: Guillermo Cabrera Infante, que tras huir de la dictadura castrista tuvo que buscar refugio en Londres después de que ni en Francia ni en España los izquierdistas de profesión, muchos de los cuales se convirtieron después en socialistas de salón, le dieran el más mínimo aliento. Ni sustento.

Vargas Llosa, afortunadamente, no tuvo que pasar por este trance. Su evolución política discurrió en paralelo a su consagración como novelista, lo que hizo imposible el moobing literario que sufrió Cabrera. Su talento, no siempre ocurre, terminó por abrirse paso. En Sables y Utopías se narra esta zozobra: la de romper con el entorno y el ambiente de la juventud para ser uno mismo. La chispa fue el caso Padilla, foto en negativo de la revolución cubana. Vargas Llosa principia a partir de este duro episodio de represión de la inteligencia una solitaria aventura intelectual que consistió en derribar sus antiguos referentes -Sartre y otros- para buscar voces nuevas -François Revel e Isaiah Berlin- que le ayudaran a comprender la gran cuestión: ¿Por qué todos los proyectos que se proclaman libertadores terminan traicionando a la libertad?

Desde el indigenismo, al nacionalismo, pasando por el dogma religioso y el militarismo, todos prometen el cielo y traen el infierno. Entre otras razones, porque terminan siendo controlados, a veces a sangre y fuego, por caudillos y vicarios que quieren encerrar al ser humano en un redil, llámese éste clase social, raza, nación o ideología. Etiquetas que sólo buscan nutrirse del sentimiento de dependencia. Bob Dylan, a su manera, dijo lo mismo con muchas menos palabras: “No sigas a los líderes; mejor mira los parquímetros”.