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Fouché: la política como asesinato

Carlos Mármol | 25 de diciembre de 2011 a las 0:53

La editorial Acantilado recupera la obra maestra de Stefan Zweig, una reflexión sobre el poder sin escrúpulos.

Fue uno de los políticos más insultados. Y, quizás justo por eso, de los más hábiles a la hora de usar las cartas a su disposición en el juego, siempre voluble, del poder. Nadie neutro puede ser objeto de tan intensa crueldad ajena. En política, igual que en la vida, sólo se odia con verdadera dedicación a aquellos capaces de quebrar la imagen que uno ha construido sobre sí mismo, aunque el procedimiento consista en poner un espejo delante del propio rostro. Ante determinadas personalidades, no existe peor afrenta.

José Fouché (Nantes, 1754-Trieste, 1820) es considerado un personaje secundario de la historia. Se le recuerda como un mero prototipo sociológico: el ejemplo del político amoral, traidor, arribista, falso y deleznable que acostumbra a existir en casi todas las organizaciones humanas, sean partidos, congregaciones religiosas, periódicos o entidades vecinales. Igual da. Un trepa. Un relativista moral. Un verdadero criminal cuya concepción íntima sobre el poder sólo es comparable a la que dejó por escrito Maquiavelo. Extrañamente, nunca ha gozado de la misma relevancia: su memorias oficiales, publicadas en el año 1824, son dudosas. Callan más que cuentan. Nota constante de su existencia. Definitoria, en suma.

El escritor Stefan Zweig, que escribió una magnífica colección de biografías históricas antes de suicidarse -con veneno; el arma política más silenciosa- en Petrópolis (Brasil), le dedicó un excelente ensayo amoral que ha recuperado la editorial Acantilado [Fouché, Retrato de un hombre político]. El libro es deslumbrante: nos aclara bastante del hombre flemático, siniestro y metódico que latía debajo del mito del perfecto traidor, como le bautizó Napoleón, a cuyo servicio estuvo durante muchos años, en periodos alternos, sin dejar por eso de jugar con sus rivales a todas las bandas posibles.

“Tendría que mandar fusilarle, ministro”, le espetó un día el emperador Bonaparte, airado por la sospecha de la traición.

-“Pues yo no soy de la misma opinión, sire”, contestó Fouché sin inmutarse. Continuó con vida.

Zweig nos describe a un perfecto canalla. A una personalidad fascinante que desde las sombras, durante 25 años, condicionó la historia política de Europa para desaparecer después en el olvido melancólico de Trieste. No es un exceso verbal: Zweig lo considera el “más excepcional de los hombres políticos”, adjetivo que no tiene que corresponderse necesariamente con el mejor de los hombres. Es más: ambos conceptos, a tenor de lo que nos enseña la historia, suelen ir disociados.

La biografía de Fouché le sirve al escritor austriaco para hacer una hermosa reflexión sobre la política y sus demonios, sobre la llama que arde, consumiéndolos, en el interior de aquellos que desean el poder con independencia de cuál sea su utilidad. Sin otras convicciones ni principios, sino por el puro placer secreto de participar en un juego de exterminio.

A Borges le preguntaron un día por los políticos. “Son una secta de sinvergüenzas. Estos señores van desparramando su retrato, haciendo promesas, a veces amenazas; sobornando, en suma. Ser político para mí es uno de los oficios más tristes del ser humano. No lo digo en contra de ningún político en particular. Digo, en general, que una persona que trate de hacerse popular a todos parece no tener vergüenza”. Amén.

El escritor argentino se refería a los políticos populistas -acaso la firme obstinación del peronismo argentino- que tan profusamente aparecen en los momentos de zozobra. Fouché era de otra estirpe: la del político silencioso, como una serpiente. Jamás ambicionó ser famoso -consciente de sus limitaciones, que comenzaban por su propia presencia- ni quiso atarse a principio moral alguno. Prefería manejar el poder absoluto desde la tramoya del escenario; sin abandonar nunca, fuera quien fuera, el partido de la mayoría. Lo hizo con éxito durante más de dos décadas, en las que protagonizó una carrera silenciosa, de consecuencias funestas para las vidas y haciendas ajenas, y perseguido por su propia sombra. El pasado es el gran problema de los traidores, obligados a matar para no llegar a ser descubiertos. Fouché, huyendo de todos los personajes que en algún momento él mismo fue encarnando durante su existencia, convirtió así el asesinato político en una de las bellas artes.

Zweig nos muestra en su libro las sucesivas etapas de esta carrera inútil. Empieza en el seminario, donde el futuro regicida gastaba tonsura, túnica y enseñaba matemáticas y latín, iniciando así una carrera religiosa de diez años que abandonaría por la política cuando se presentó como candidato del partido de los girondinos, defensor del comercio, las buenas costumbres y la propiedad privada. Moderado.

Cuñado de Robespierre, Fouché es quien le presta dinero para su primer viaje a París a este desconocido abogado puritano y orgulloso que, junto a Marat, controlaría la trágica etapa del terror y la guillotina, donde él mismo murió tras una conspiración política auspiciada por su propio padrino, que pasó de prometer a su iguales respetar la vida del rey Luis XVI -bautizado por los revolucionarios como Luis Capeto; la primera degradación casi siempre es nominativa- a sentenciarlo a muerte ante la asamblea nacional, consciente de que el radicalismo jacobino iba a hacerse el dueño de la revolución.

-“La mort”, musitó entonces.

Esta frase, pronunciada de forma gélida, hierática, terminaría siendo la causa de su caída en desgracia definitiva cuando, más de dos décadas después, devolvió el gobierno de Francia a Luis XVIII, tras traicionar por segunda vez a Bonaparte, a cambio de seguir maniobrando en las hondas penumbras de palacio. El rey prescindió de sus servicios tras usarlo en su beneficio. El antiguo regicida era entonces un monárquico.

Entre ambas escenas están contenidas todas sus múltiples mutaciones. Pruebas de una ambición sin límite: de religioso a mitralleur de Lyon, jinete apocalíptico contra la propia Iglesia en cuyo seno profesó. Autor -antes que Marx- del primer manifiesto comunista, en el que exigía la colectivización de la propiedad, apenas unos años más tarde se había convertido en el hombre más rico de Europa y disfrutaba del título de gran duque de Otranto. Ministro del Interior con Napoleón -la revuelta francesa culminó en una dictadura militar- su mayor obra política fue el gabinete negro: un sistema de espionaje infalible que le que permitía saber todo de todos y actuar en consecuencia. Pero no todo fueron éxitos: pasó los tres años del directorio escondido, criando cerdos en una pocilga y aterido por una pobreza horrenda.

Aquellos eran malos tiempos. Un periodo de desconcierto. Una etapa a la que podría que aplicarse lo que Henry Miller escribió en El tiempo de los asesinos, su libro sobre Rimbaud: “Los cimientos de la política, la economía y el arte se estremecen. El aire está saturado de profecías sobre el desastre que se avecina. ¿Hemos tocado fondo? Todavía no. La crisis moral del siglo XIX no ha hecho más que ceder su lugar a la bancarrota espiritual del siglo XX. Es el tiempo de los asesinos. La política se ha convertido en un negocio de pistoleros. Los pueblos marchan en el cielo pero no cantan hossanas, y los de abajo marchan hacia las colas de las sopas”. Igual que ahora.

Liberalismo patrio

Carlos Mármol | 23 de diciembre de 2011 a las 19:29

La editorial Aguilar recopila los mejores artículos y ensayos sobre la poliédrica realidad latinoamericana escritos por el novelista peruano desde la década de los años setenta hasta nuestros días.

El escritor peruano Mario Vargas Llosa (Arequipa, 1936) no cree en los mundos perfectos. Toda una paradoja si se tiene en cuenta que su concepción de la novela es casi la de un demiurgo: alguien que distribuye la trama, los recursos técnicos, el estilo y la cadencia del relato en función del efecto preciso que pretenda casuar. Su visión de la realidad, en especial en lo que se refiere al poliedro político que es su patria -Latinoamérica-, ha discurrido casi siempre por meandros y caminos irregulares, pues de tal condición son los senderos americanos, donde la línea recta, salvo en el Norte, es casi una ilusión óptica.

Su nueva colección de artículos y ensayos, que la editorial Aguilar trae ahora a las librerías bajo el título de Sables y Utopías, versa sobre los vaivenes del destino en ese ancho y ajeno subcontinente que es América Latina. La tierra de la libertad. Donde su conquista resulta tan complicada. Casi imposible.

La nueva pieza literaria de Vargas Llosa, que sigue la estela de incursiones anteriores en el formato del ensayo político, como El pez en el agua, una suerte de singulares y prematuras memorias donde los olores de la infancia del escritor se mezclaban con los avatares de la vieja y fallida aspiración de convertirse en presidente del Perú, tiene un marcado tono confesional.

A través de piezas periodísticas y epistolares -cartas públicas, esencialmente- ilustra no sólo el peculiar concepto de liberalismo de Vargas Llosa (opuesto al de determinados conservadores que tan sólo quieren ocultar su verdadera faz bajo tal etiqueta), sino cómo puede evolucionarse -por desengaño, que es el único sendero útil en las lides del conocimiento humano- desde el compromiso radical con la izquierda hasta posiciones ideológicas escasamente dogmáticas. Para muchos, acaso equivocadas, pero siempre bastante sinceras.

Los textos, que van desde los años sesenta hasta nuestros días, son también la crónica de un espíritu independiente y rebelde. El de alguien que no tiene temor a romper con su pasado reciente si el precio de no adoptar dicha decisión implica perder la propia esencia. En su caso: la gloriosa impertinencia que, en lo que a la libertad de expresión se refiere, alumbra toda la obra del escritor peruano. Un itinerario similar, aunque con muchos matices, al que hizo otro de los míticos malditos de la izquierda oficial: Guillermo Cabrera Infante, que tras huir de la dictadura castrista tuvo que buscar refugio en Londres después de que ni en Francia ni en España los izquierdistas de profesión, muchos de los cuales se convirtieron después en socialistas de salón, le dieran el más mínimo aliento. Ni sustento.

Vargas Llosa, afortunadamente, no tuvo que pasar por este trance. Su evolución política discurrió en paralelo a su consagración como novelista, lo que hizo imposible el moobing literario que sufrió Cabrera. Su talento, no siempre ocurre, terminó por abrirse paso. En Sables y Utopías se narra esta zozobra: la de romper con el entorno y el ambiente de la juventud para ser uno mismo. La chispa fue el caso Padilla, foto en negativo de la revolución cubana. Vargas Llosa principia a partir de este duro episodio de represión de la inteligencia una solitaria aventura intelectual que consistió en derribar sus antiguos referentes -Sartre y otros- para buscar voces nuevas -François Revel e Isaiah Berlin- que le ayudaran a comprender la gran cuestión: ¿Por qué todos los proyectos que se proclaman libertadores terminan traicionando a la libertad?

Desde el indigenismo, al nacionalismo, pasando por el dogma religioso y el militarismo, todos prometen el cielo y traen el infierno. Entre otras razones, porque terminan siendo controlados, a veces a sangre y fuego, por caudillos y vicarios que quieren encerrar al ser humano en un redil, llámese éste clase social, raza, nación o ideología. Etiquetas que sólo buscan nutrirse del sentimiento de dependencia. Bob Dylan, a su manera, dijo lo mismo con muchas menos palabras: “No sigas a los líderes; mejor mira los parquímetros”.