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La concordia permanente

El Fiscal | 30 de junio de 2014 a las 13:27

Marcelino Manzano
Huele a oveja desde mucho antes de que así lo dispusiera el Papa que vino del fin del mundo, que para eso tiene un amigo en La Puebla de los Infantes que le sigue invitando a pasar días de campo con los balidos como banda sonora. Marcelino Manzano Vílches (Sevilla, 1972) será el nuevo delegado diocesano de hermandades a partir de septiembre, un delegado renovado para nuevos tiempos en los que el cuento de la buena pipa del contador de los nazarenos deja orillada la espiritualidad sobre la que debe cimentarse la principal fiesta religiosa de la ciudad. Oronda figura de riguroso clerygman, carácter llano de cura de pueblo, hombre alegre y servicial, ejemplo de concordia permanente, sin ínfulas de nada y de extrema sencillez de trato, cuando fue destinado a San Vicente le cedió las llaves del templo y del despacho parroquial a las hermandades sin limitación de número con una única condición: el último en salir que cierre.
En Lora del Río tuvo la dehesa de Zahariche dentro del término de su feligresía. Pocos sacerdotes pueden presumir de haber tenido entre sus dominios a tan temidos toros agalgados de interminable tranco. De allí conserva amistad con un médico que le regaló una botella de whisky Chivas, un escocés que no liba, pero que ofrece a amistades y visitantes.
Es el pequeño de tres hermanos. La familia vivía en la calle Guadalupe y después se mudó a Kansas City. De la primera residencia nació una vinculación perenne con la parroquia y con la hermandad de San Roque, a la que Rafael Durán apuntó a todos los niños del barrio. De la segunda, el niño Marcelino se hizo hermano de San Benito en tiempos del párroco José Salgado. Allí forjó su vocación como sacerdote mientras hacía el antiguo BUPen el Instituto Luca de Tena.
Hijo de salmantino que vino a Sevilla a forjarse en el negocio de la alimentación y de sevillana criada entre la autenticidad de la Pañoleta y la gracia del Cerro del Águila, una madre que le dejó como legado la virtud de sonreír al prójimo. A los dos comunicó un día que quería ser cura y los dos le preguntaron si se lo había pensado bien. “YDios me inscribió en el Seminario en 1995. Porque fue Dios el que me ha concedido el ministerio sacerdotal, del que no soy digno y que es lo más grande que tengo en mi vida”.
Tras una etapa en la Facultad de Informática en Reina Mercedes, estudió en el viejo San Telmo, en aquellos años en que acaba de rubricarse la venta del palacio a la Junta de Andalucía, aquella operación bautizada como Pacto de Cesión Institucional que no dejaba de ser una venta, aquella enajenación que provocó un cisma en la Iglesia de Sevilla, aquellos años de un edificio de aulas desvencijadas, corriente eléctrica de 125 voltios y letrinas antiguas, donde por un tiempo convivieron los albañiles, las oficinas de la Presidencia de la Junta y los últimos seminaristas sin mayores problemas. El joven Marcelino participó en la simbólica última cena de San Telmo, invitado por el presidente Manuel Chaves, que en su discurso elogió la buena convivencia entre los funcionarios y asesores con aquellos seminaristas que seguían aparcando dentro del palacio y saludando cada día cordialmente a los policías y escoltas.
Trabajador de la viña como manda el Papa emérito, en cuestiones de latines se maneja con los mínimos que manda la liturgia. En melodías de teléfono, consume agrupaciones musicales más que tríos de capilla. Y en cofradías es como un Churchill con sotana que ve al enemigo dentro y al adversario fuera: “Pero a las cofradías no se les puede reñir, son un tesoro que hay que aprovechar y potenciar. Si hay algo que corregir, hay que hacerlo con amor y misericordia. Y nosotros, los curas, somos los primeros en dar ejemplo y testimonio”.
Su teléfono móvil suena como sólo hemos visto sonar el de Juan Garrido, aquel gigante de la diócesis. En su despacho están las fotografías del Papa Francisco y monseñor Asenjo. Yen otra pared, la del cardenal Amigo. Hay una Buena Muerte universitaria y varios cuadros de hermandades agradecidas. Alguien le pregunta por su nuevo cargo y por si va a hacer un látigo con cuerdas como Jesucristo en la parábola de la expulsión de los mercaderes del templo: “¡No, no, no! El Señor cogió un látigo porque había animales que no entendían sus palabras. Nosotros, los curas, tenemos la palabra. Y a la Semana Santa tenemos que cuidarla mucho. Hay que velar por su sentido espiritual, penitencial y estético”.
En una taberna de serrín y vidrio mostoso se masculla:
–¿Que te parece el nuevo cura para las cofradías?
–Un trozo de pan. Me gusta porque tiene nombre de cura. Yme tranquiliza saber que ya ha tenido de feligreses a los miuras.

  • Antonio

    Que Dios te siga guiando, nos hacen mucha falta personas como tu.

  • Conchi

    Marcelino es siempre una persona cercana y dispuesto a ayudar en lo que sea


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