El guardián de la antigua Concepción

El Fiscal | 28 de diciembre de 2015 a las 12:44

CONCEPCION
LOS ojos claros a media luz. Las gafas de pasta fina. El botón de la chaqueta abrochado y las manos en los bolsillos. “Eres el más bohemio de los Ybarra, como tu primo Eduardo es el más capillita de los Ybarra”. Las risas. El jajajá del hombre feliz en su mundo, en su entorno, en sus cosas. Quien escribe expulsa los gatos de la barriga. Iñigo Ybarra Mencos tenía el encanto de un nazareno raso, tan pronto con cirio como con vara, tan pronto dejando la túnica colgada algunas madrugadas para adentrarse en otros meandros de la noche. Su mundo casaba mal con la obligación de tener que salir de nazareno todos los años. Todos sabían que era del Silencio por Ybarra. Con eso bastaba. Y cumplía una función no asignada por ningún cabildo, no encomendada por ningún hermano mayor, no solicitada por ningún grupo de hermanos inquietos. Iñigo estaba siempre en la casa solariega de la calle San Vicente dispuesto a abrir la verja para que cualquier hermano que rezara entre barrotes a la antigua Virgen de la Concepción –la que salió hasta la Madrugada de 1954– tuviera acceso libre al patio. Absolutamente libre. Convertido en una suerte de albacea de la antigua dolorosa de Cristóbal Ramos, la de la mirada caída y las manos descascarilladas, Iñigo no permitía que hubiera un hermano en el zaguán forzando la perspectiva para dejar su plegaria a esa vieja madonna sin crestería, escoltada por dos candeleros con las cinco cruces de Jerusalén, a la que no faltan unos ramitos de azahar auténtico la mañana del Viernes Santo.

No era mucho del Silencio, de ejercer en la vida cotidiana de la cofradía, mucho menos de politiqueos o cabildeos de baja estofa, pero Iñigo tenía el encanto risueño del nazareno raso, del cultureta que sabe apreciar sin complejos el mundo de las cofradías; la lealtad de la rama fiel al tronco, el espíritu intelectual que sabe combinar a la perfección su bohemia, su libertad, su caminar sin más rumbo fijo que las pausas marcadas por escaparates de libros o tertulias escogidas de taberna, escribir del mundo que se siente y del mundo que se observa, cumplir con el hermoso rito de estar la mañana del Jueves Santo en el bullicio ordenado del atrio de San Antonio Abad, con esa sensación del que está porque hay que estar, porque antes estuvieron otros y el próximo Jueves Santo estarán otros por él, recordar aquellos años de Madrugadas de pajecillos asustados entre escasos nazarenos, tan pocos que podían aguardar la salida de la cofradía sentados en esos bancos tan incómodos, de respaldo tan recto que parecen diseñados para mantener todo el año la verticalidad propia del nazareno de ruan en las grandes solemnidades.

Iñigo Ybarra será siempre el guardián de la Virgen de telas encoladas por Abascal, el hermano perdido en su feliz diáspora interior, el amable santero de la antigua Virgen, siempre dispuesto a abrir la verja para que no le falten las plegarias a aquella Dolorosa que se evoca en blanco y negro, en un paso de plata con las flores justas y con una separación considerable entre candeleros. Será siempre el escritor que cumple la función de observar y narrar, de alimentar su interior y desdeñar la apariencia, de ser respetuoso con el legado recibido al mismo tiempo que se forja su perfil propio, el paseante por el centro de exquisita educación en el saludo, tal como era su padre. “Allí está la Virgen, cuando quieras te abro la verja. Y si yo no estoy, por favor pide que te la abran”.

Veo hoy a Iñigo dejándose perder por Tetuán o Velázquez, entre Beta y la Casa del Libro, mascullando el próximo artículo para Diario de Sevilla, antes de poner rumbo a la calle San Vicente, donde la ola de sus días encontraba la playa serena del descanso. 55 años son muy pocos años, muy pocas madrugadas, muy pocos libros, muy pocas tertulias, muy pocos cirios alzados al cuadril, muy pocos artículos, muy pocas veces metidas las manos en los bolsillos como gesto de respetuosa distancia con el exterior.

Hoy rezaremos entre barrotes a la antigua Concepción que lleva esculpido el sepia de la memoria en su ajada policromía. Daremos gracias por el encanto de un nazareno raso, por el escritor con fe, por el buen hermano primitivo que a nadie molestó al vivir a su manera, que jamás pisó la raya de picadores de la mala educación, el desdén con el prójimo o la altanería propia de otros hombres leídos. Nadie nos abrirá la verja de la casa familiar de San Vicente, ni vamos a pedirle a nadie que lo haga. Hoy no, hoy nos quedaremos esperando a que Iñigo pase por el patio camino de otra estancia y advierta nuestra presencia para ofrecerse con esa amabilidad en desuso a facilitarnos estar cara a cara con la Virgen. Guardaremos el luto de esparto y cola larga sobre el antebrazo y musitaremos lo de siempre para oír la misma risa con las manos en los bolsillos y el azul de los ojos a media potencia: “Eres el más bohemio de los Ybarra”. Era tan buen nazareno que jamás le hizo falta la túnica para serlo.

  • alberto

    Extraordinario articulo. Esos Nazarenos primitivos en los que la grandeza y el sentimiento forjan su vida y engrandecen la memoria de esta ciudad única. Gracias Carlos por recordarlo.

  • jose

    Sr. Antolín como puede usted a estas alturas de siglo XXI censurar nuestras opiniones respetuosas y respetables según le venga en gana?. Si su hermandad debe ser criticada por este episodio de cambio de imagen, pues se acepta y se publica. Muy democrático por su parte. Le envio este comentario porque aunque no lo publique se que lo lee. su hermandad hizo un error histórico cercano a atrocidad artística. Nadie niega de la excelente talla actual de Virgen, pero oiga, es que esta talla de Cristóbal Ramos era excelsa, y la quitaron de un plumazo. Y lo que es peor, la conservación de la Misma, deja mucho que desear, para que cayese en el olvido, no fuera a ser que con el tiempo, hubiese hermanos que la quisiesen recuperar, o al menos darle un sitio en San Antonio Abad para ser venerada.

  • victor

    Totalmente de acuerdo con usted. La imagen es una maravilla.De Cristóbal Ramos no se puede esperar otra cosa como esta verdadera preciosidad. Hay cosas que no entiendo y si hubiese alguien tan amable de explicármelo estaría encantado;
    ¿Por qué se toma la decisión de cambiar esta imagen?.¿Por qué desaparece del culto en San Antonio Abad?.¿Por qué está en casa de un particular como si fuera su propiedad?.¿Por qué la Hermandad no le da otro uso y no el de adornar un patio de una vivienda?.¿Por qué siendo una obra de arte del s.XVIII no tiene un mantenimiento de conservación o una restauración digna a su valor?.DIXI

  • oju

    Este emotivo artículo es un obituario, por si su capacidad lectora no les ha dado a entender su sentido. Vayanse a pedir cuentas sobre el cambio de imagen al Cabildo de la Hermandad, a algún foro de alcahuetas o una red social, pero tengan al menos el respeto suficiente.

  • Lo la Ruiz calderon

    Maravillosal descripción de nuestro queridisimo amigo Iñigo. Nazareno cabal, auténtico, único. No puede ser mejor expresado. Gracias por recordarlo


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