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Contraluz de verano

El Fiscal | 26 de junio de 2016 a las 5:00

6.4.04. ESTUDIANTES FOTO:JOSE ANGEL GARCIA
A cada lunes le sigue un martes. A cada hora otra hora. No hay un solo lirio a solas porque no se entienden los lirios sin monte, ni el monte sin cruz, ni la cruz sin un Cristo, ni un Cristo sin sudario. Una llamada, un mensaje, un aviso. Los lirios de verdad brotan cuando se necesitan, no sólo en marzo, que para eso están los invernaderos de la memoria, para tener siempre flores de guardia. Hay lirios que son alabardas de la fe de guardias suizos sin uniforme. Se les necesita a deshoras y brotan con la fuerza de la temporada alta, como cuando marcean a los pies de la Buena Muerta bajo el azul Contratación. Llamas a los lirios y los lirios vuelven, como cuando brotan cada primavera esas florecillas moradas que amanecen un buen día bajo el azulejo particular del Porvenir donde nunca faltan plegarias al Dios de la hermosa cabeza tronchada.

Sí, los lunes son la antesala de los mejores martes. Y los martes están grabados con los contraluces del calor y la lluvia, la gloria y la fatiga, la incertidumbre y la esperanza, la estrechez del esparto y la sotana suelta de los monaguillos. Este lunes dejaremos lirios a sus pies para que no le falten al martes siguiente, siempre martes, que la lonja es muy larga, amigo, y quedan muchos Postigos que cruzar. Este lunes oiremos las oraciones de Juan del Río, micrófono, estola, libro, mientras cada penitente carga su cruz y va cruzando los patios de su existencia hasta salir al atrio final.

No hay lunes sin martes. No hay penitente sin cruz. Siempre hay cirineos para cada penitente. No hay martes que la lluvia deje sin ser santos, ni vida sin días de lluvia que obliguen a buscar arquillos de refugio. La soledad de esta capilla siempre espera que alguien aparezca con lirios para dejar una súplica a deshoras, sólo alertada por el zumbido de un ventilador, el crujido del respaldo de un banco o la mirada de un apóstol orillado en un altar. Es el Día de San Juan. La Buena Muerte está en su soberbia cotidianidad de blandones y sagrario de plata.

La capilla recluye nazarenos todo el año, nazarenos de paisano que cruzan la lonja, sin guiones ni heráldicas en latín, para dejar los lirios de sus peticiones. Estos lirios son de los buenos, nunca se marchitan, sus pétalos se abren como un abrazo fraternal, se alzan para ver bien cómo la cara del Señor descansa sobre el pecho. Estos lirios del verano que mañana dejaremos otra vez a sus pies no se secarán porque traen el agua fresca renovada de años y años de su propia casa, donde los azulejos se proveen de sus propias flores cada cuaresma para recordar que la cera siempre alta, el recuerdo siempre vivo y la mirada siempre al frente.

Qué lunes más feliz el de mañana, qué víspera más hermosa de martes, qué lirios más robustos tiene el Señor a sus pies, qué contraluz de verano más prodigioso. Siempre hay lirios de guardia en la Capilla de la Universidad.


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