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Bergoglio en el Plantinar

El Fiscal | 17 de septiembre de 2013 a las 17:58

verdugo campanas
Aquel muchacho fue el pertiguero de la coronación de la Virgen de las Angustias junto con un acólito llamado Enrique Casellas. Después fue el presidente del grupo joven de la Sed y el diputado de cultos de la cofradía del Nervión histórico donde se crió tras haber echado los dientes en Pelay Correa. Un día fue a pedirle al sacerdote Francisco Ortiz que predicara los cultos de la hermandad. Ahí se encarrilló una vocación que se había ido forjando en la parroquia de la Concepción, a los pies del Cristo sediento y la Virgen de los ojos claros, con la cruz de madera en el pecho y en el seno de una corporación pujante con un hermano mayor como Manuel Rojas, cofrades de referencia como Juan Antonio Cuevas y grandes sacerdotes de la diócesis como los hermanos Isorna y don Ángel Gómez Guillén, su director espiritual. La de José Miguel Verdugo (Sevilla, 1970) es una vocación nacida en el seno de una cofradía, la misma que pagó íntegramente sus estudios como seminarista, primero en el viejo San Telmo, cargado de humedades, de letrinas cuarteleras y despachos desvencijados, y después en ese edificio de la calle Tarfia que parece más un NH que un lugar docente para futuros sacerdotes. Cofrade antes que cura. Nazareno de la Sed en el blanco y negro de 1979 cuando la primera y animosa estación de penitencia a la Catedral. Ysin complejos por venir de una cofradía y seguir estando en las cofradías. Hoy es un domingo muy especial en su vida. Toma posesión como párroco del Plantinar, en el templo de San Diego de Alcalá, tras ejercer de diácono en Santa Ana y de titular en las localidades de Alcolea, Villanueva del Río y Minas, Guadajoz y Valencina de la Concepción. Dicen que el padre Verdugo ha ejercido la pastoral de la rehabilitación, porque en sus primeros años de cura le ha tocado restaurar templos, renovar campanarios y sellar grietas en los pueblos tras ir pegando los correspondientes sablazos. Aunque lo suyo, de verdad, es la rehabilitación de las almas, la pastoral de la calle, lejos de la comodidad de la sacristía, en la línea de un Bergoglio que clama por la presencia de los sacerdotes donde están realmente las necesidades. Quizás por eso hay quien dice que el periodismo es, al fin, una forma de sacerdocio: la calle es su escenario. Quizás de Leonardo del Castillo haya aprendido la sonrisa continua, pero con monturas de gafas policromadas, y la acción constante por alejar a jóvenes de malos hábitos; de Ángel Gómez Guillén sus enseñanzas espirituales, la moderación, la mesura y la lealtad al obispo; de Manuel del Trigo su carácter de puertas abiertas; de José Luis Peinado el sentido de la diplomacia eclesiástica y el rigor como criterio, y de Fernando Isorna la decisión del emprendedor. Ycomo estudiante lleva el sello de profesores como el inolvidable José María Estudillo, Miguel Oliver, Gonzalo Flor y José María Garrido Luceño. El Plantinar se convierte en el primer destino como párroco en la capital de un cura muy de pueblo, muy rociero y muy amante del arte como vía que ayuda para llegar a Dios. Al cura Verdugo se le ve todos los años haciendo el camino como un peregrino más, explicando las sagradas escrituras en lo alto de una carreta en un camino de girasoles a media tarde, o en los talleres de Navarro Arteaga, Dubé de Luque o José Leal encargando obras o restauraciones con las que no dejar altares huérfanos de oraciones. Pide Niños Jesús a los escultores, saetas a El Sacri, Pili del Castillo o Álex Ortiz, y pide ayuda para los templos a alcaldes del PSOE o del PP. Llega al Plantinar el hijo de un trabajador que jamás ha ejercido de padre del cura en las feligresías donde su hijo ha servido a la Iglesia. Ni su madre ha respondido nunca al prototipo de madre del cura. Todo se lo debe a ellos. Y ellos salvaguardan su libertad de acción como sacerdote. Llega a la capital un cura tremendamente capillita que nunca ha tenido reparos ni en presentarse como tal ni en lucir la sotana y el fajín en la presidencia de los pasos, como seguro que hará a partir de ahora con la cofradía del Sol cada Sábado Santo. Verdugo lleva dentro un cura de pueblo que, aunque jamás lo reconozca, corta cualquier compromiso de golpe si hay que darle la bendición a un recién fallecido, socorrer al hijo adolescente descarriado de un matrimonio que pide auxilio o pedir para las necesidades básicas de una familia. Habitual de la cartelería de predicadores de cada cuaresma, está convencido del potencial de las cofradías, desde la hermandad de mayor solera hasta la asociación de mujeres de doña Concha Yoldi. Hay quienes no encuentran a Dios en las hermandades y hay quienes deben su vocación de sacerdote a una cofradía. El cura Verdugo ya ejerce en la capital, muy cerca de su añorado Nervión. Bergoglio en el Plantinar, donde sale el sol.

La última punta del tridente rojo

El Fiscal | 28 de julio de 2013 a las 17:50

Siempre siente un fuerte estruendo interior en el momento en que la caja entra en el nicho. Justo en ese instante es cuando el cardenal sufre el desgarro que provoca la guadaña al arrebatarle a otro ser querido. Lo ha confesado en varias ocasiones: hasta que el ataúd no desaparece de la vista es como si la muerte no fuera muerte, sino una circunstancia más de la vida. Pero cuando ya desaparece hasta la última referencia física hay que tomarse en serio que esto, señor cardenal, esto es la cara más cruel de la realidad. El martes se dio sepultura al último gran colaborador de quien gobernó la Iglesia de Sevilla durante 28 años. Monseñor Amigo formó un trío de lujo que tuvo como gran vínculo la amistad fraternal entre sus componentes y como características comunes la condición de doctores en Derecho Canónico, la proximidad a las filas del PSOE y unas vidas cortas pero intensas en obras. Eran –fueron– las tres patas del trípode de un dilatado pontificado. Alguna lengua acerada calificó a Manuel Benigno García Vázquez (1935-2005), Juan Garrido Mesa (1931-2007) y Francisco Navarro Ruiz (1968-2013) como el tridente rojo del cardenal Amigo más que como el trípode. A ellos les divertía la ironía, nunca se molestaron. Jamás se abonaron al escándalo mojigato.
Sería injusto no aludir a otros sacerdotes muy significativos durante todos esos años. Antonio Domínguez Valverde fue el servidor más fiel del cardenal; Francisco Ortiz se ganó la confianza de Amigo y llegó a rector del Seminario y vicario general; Ángel Gómez Guillén ha sido y es casi el único amigo personal de monseñor, pues un príncipe no tiene amigos en sentido estricto, como confesó en las entrevistas para su perfil biográfico en 2003. A Gómez Guillén lo invitaba en Palacio al almuerzo privado de cada festividad de San Carlos Borromeo. Antonio Granados fue su primer secretario y Antonio Hiraldo coordinó en 1982 la primera visita del Papa, aunque después se alejó de monseñor Amigo. Y otros curas muy próximos fueron, cómo no, Fernando Isorna, José Salgado, José Gutiérrez Mora y José Luis Peinado, quien sacó adelante nada menos que la restauración de San Isidoro.
No hay que olvidar a quienes fueron en un momento dado la conciencia crítica de monseñor Amigo cuando anunció la venta de San Telmo, como el desaparecido Gil Delgado y su inolvidable voto particular en contra de la operación, una joya jurídica a juicio de expertos canonistas en la que denuncia la modificación de la voluntad expresada en su testamento por la infanta María de las Mercedes de Orleans; o Pedro Ybarra Hildalgo, que entendía de buena fe que la Iglesia no debía desprenderse del edificio. Jesús Pérez Saturnino, uno de los seglares con mayor influencia en el Arzobispado en tiempos del cardenal, ha recordado estos días la carta escrita en latín que Gil Delgado remitió el 17 de junio de 2002 a Francisco Navarro con motivo de su cese en la Cancillería: “Te escribo en latín ésta mi lacrimosa y al mismo tiempo divertida carta no sólo por ser la lengua de Cancillería, sino también porque creo que expresar mis sentimientos de esta manera es más conforme con asunto de tanta importancia y valor; y porque todavía a ti y a mí nos es lícito comunicarnos de manera tan distinguida. Que lo entiendan otros, si pueden; que lloren, si no pueden”.


Nadie podrá discutir nunca que los tres canónigos de este trípode (o tridente) han mandado y mucho durante las casi tres décadas en las que la Iglesia de Sevilla tuvo que ponerse al día y tender puentes con el partido político que gozaba de una hegemonía en la comunidad autónoma a prueba de escándalos. El propio monseñor Amigo se llegó a defender de las críticas por su fluidez de entendimiento con los sucesivos gobiernos socialistas en Andalucía: “Es que no gobierna otro partido, ¿con quién me voy a entender?”.
Tan importante era saber latín como negociar la venta de San Telmo, gestionar las partidas de dinero público para la restauración de un buen ramillete de templos o implantar en la Catedral un modelo de gestión que asegurara su autofinanciación, que hiciera del primer monumento de la ciudad un negocio rentable cuyas cuentas se llevaran en una hoja de cálculo y no en una libreta de anillas. Esta última empresa la llevó a cabo con éxito el canónigo Francisco Navarro, la última punta del tridente rojo de monseñor Amigo. Navarro dirigía las finanzas de la Catedral con mano de ejecutivo como García Vázquez entraba una y otra vez en la Moncloa para asesorar a Felipe González –al que había casado– en las cuestiones de la Iglesia y el Estado (¡Cuánto hubiera necesitado Zapatero un García Vázquez a su lado!) o Garrido Mesa, desde su experiencia como secretario general técnico de la Consejería de Obras Públicas, llamaba a las puertas de los bancos, fundaciones, empresas y particulares para restaurar el Salvador con el impulso de Joaquín Moeckel, a quien supo sacarle sin complejos el máximo partido. Tres puntas de tridente que tenían claro que la misa no sale bien de tanto decir amén, a los que era difícil ver con el clergyman y que se sentaban en la mesa con el Diablo si se trataba de sacar beneficio para una Iglesia a la que sirvieron más en labores privadas que públicas pese a gozar de cargos con destacada notoriedad.
Los tres sabían latín (el de Cicerón y el otro, el de la calle) y los tres hacían gala de la típica socarronería de los curas de antes. En una tarde de toros en la Maestranza, Jaime Montaner, entonces consejero de la Junta de Andalucía, insitió a García Vázquez para que sentara junto a él en el palco de convite asignado al gobierno autonómico. El cura de grandes hechuras y nariz inconfundible, que ocupaba localidad en el palco asignado al Cabildo, le respondió en voz alta con cuarto y mitad de guasa sevillana.
–¡Que no, Jaime, que no! Que mi palco es vitalicio y el tuyo es por cuatro años.
Los tres, junto con Juan Guillén, formaban parte del denominado Grupo de Los Remedios, quienes junto al vicario Domínguez Valverde fueron clave muchos años en la profesionalización de la gestión de la Catedral. El pontificado de monseñor Amigo no se entiende sin este tridente, presente en las grandes operaciones que han supuesto verdaderos hitos en la Iglesia de Sevilla contemporánea. Navarro fue pieza clave en la Magna Hispalensis, que dio lugar al modelo de Catedral que ha llegado a nuestros días, pero también de otras operaciones menos conocidas como la cesión de la explotación del Hotel Los Seises o la venta de la antigua Escuela Francesa. Tuvo que soportar un aluvión de críticas cuando metía el pie en el área chica al abrir una cafetería en el Patio de los Naranjos durante la Magna Hispalensis, construir una entreplanta en el pabellón de recepción de los turistas o sembrar la Catedral de vallas y cintas separadoras a cargo de azafatas con la vehemencia, en ocasiones, de gorilas de discoteca. Pero Navarro hacía lo que debía. A punto estuvo de inaugurar un salón de actos permanente (¿O cafetería?) en la azotea de la cilla. Dejó una Catedral con un presupuesto que hoy supera los 10 millones de euros. Gracias a su revolución, el Cabildo no tiene que mendigar para la conservación del templo. El dúo formado por Navarro en la mayordomía y el arquitecto Alfonso Jiménez como maestro mayor ha afrontado todos estos años enormes obras de conservación de la Catedral, bien sufragadas directamente, bien con patronicios públicos o privados, pero con el criterio de que el Cabildo debía, como mínimo, sufragar siempre la mitad del presupuesto. Entre esas obras destacan la reparación de los pilares agrietados del trascoro, la limpieza de la gran fachada que da hacia la Avenida, ennegrecida por el tráfico rodado; la apertura de la visita aérea al templo, los planes de seguridad para las grandes concentraciones, etcétera.
Ninguno de estos tres personajes era ajeno al fenómeno de la religiosidad popular. García Vázquez era de la Amargura, Garrido Mesa de la Macarena y Navarro Ruiz del Silencio. Veían y valoraban el potencial de las cofradías, sin prejuicios y con más bondad de corazón que muchos sacerdotes considerados oficialmente capillitas. Impagable fue la labor de García Vázquez para desbloquear la incómoda situación que se produjo cuando algún lumbrera del Arzobispado trató de imponer la igualdad de derechos y obligaciones en varias hermandades en pleno verano (con agosticidad) y por medio de una carta sin ninguna negociación previa, cuando en la normativa diocesana se dejó libertad para que cada cofradía fuera asumiendo las directrices de los nuevos tiempos. Garrido fue clave a la hora que se admitiera a la mujer nazarena en la Macarena, una noticia que apareció en los telediarios. Y Navarro reivindicaba como suya la iniciativa de apagar todas las luces de la Catedral al llegar su primitiva hermandad.
Llama la atención que ninguno de los tres fuera a Roma en octubre de 2003 para asistir a la creación de monseñor Amigo como cardenal. Nunca fueron pelotas al uso, tal vez porque brillaban con luz propia. “Niño, ¿pero tú sabes cómo se edificó el Vaticano?”. Y Juan Garrido se echaba las manos a la cabeza en aquella reducísima cena con la que celebró sus 50 años como sacerdote. Amaba y servía a la Iglesia tanto como sufría con la cerrazón de algunos de sus miembros o disposiciones anacrónicas. Garrido se ofreció a oficiar el funeral de un sevillano muy conocido que se suicidó una mañana, porque el párroco de turno se negó a hacerlo. Largo como una cofradía de barrio, Garrido ha sido el cura que mejor respondía al perfil de padre y que más se quejaba cuando se le hablaba de usted o se le llamaba de don. García Vázquez lo arreglaba todo hablando, hasta en la habitación de la clínica de Santa Isabel tenía ganas de charlar por el móvil y estar al día de la actualidad en sus últimos meses. Y hablando vendió San Telmo a los socialistas, pilotando unas reuniones con el Ejecutivo socialista de José Rodríguez de la Borbolla que dieron lugar a la “mayor operación de enajenación del patrimonio eclesiástico en Europa” que ha dado hasta para un tesis doctoral, la del fallecido profesor Ribelot. Hoy se ve con toda naturalidad que la Iglesia se relacione con gobernantes de todo signo político, pero a cierta Sevilla de los años 80 le costó digerir que los curas se sentaran con socialistas (¡La Iglesia con el rojerío!) a hablar de dinero, de mucho dinero. Tanto dinero que buena parte del importe recibido en metálico (mil millones de las antiguas pesetas) acabó en un fondo de inversión del BBVA Privanza (Open Found) de alta volatilidad que incluía un porcentaje en un paraíso fiscal, una particular interpretación de la parabola de los talentos que también generó polémica.


Navarro era aparentemente el más distante, pero formaba parte de esa minoría de sevillanos que, lejos del estilo del compadreo, cuando ofrecían su casa lo hacían de verdad. Nunca se calló en asuntos delicados para la Iglesia, su Iglesia, de lo que podría dar fe el propio monseñor Asenjo, que recibió alguna carta de este veterano sacerdote en desacuerdo por algún alto nombramiento. Y no le gustaba que en la crónicas periodísticas se le refiriera como el “todopoderoso Navarro”, lo que me reprochó en su último día como canciller. Al mismo tiempo que recogía sus pertenencias del despacho me lanzó a la mesa –¡por fin!– el documento con todos los detalles de la venta de San Telmo.
–Ea, ya lo tienes. Tú sabes ya que dejo este despacho, ¿no?
La carrera de Navarro, con diferentes destinos en el mundo por su etapa como diplomático del Vaticano (y alguna polémica por su valentía de planteamientos), incluyó como anécdota una labor de interlocución con la reina para los preparativos de la Boda de la Infanta de 1995. Hubo que convencer a Doña Sofía de que las columnas de flores que pretendía quedarían engullidas por esa montaña hueca que es la Catedral por mucho que fueran de gran tamaño. Navarro y Jiménez, por cierto, fueron invitados al banquete en el Alcázar. Ninguno lució el chaqué protocolario.
A los tres les fui preguntando si eran los capellanes del PSOE. Y los tres respondieron igual.
–Je, je, je.
Fueron curas de su tiempo que ayudaron a su Iglesia a tener un papel activo en la sociedad que les tocó vivir, nunca arrinconados en la sacristía ni escondidos entre las humaredas del incienso. Qué curioso, ahora tenemos un Papa que parece marcar el camino señalado por estos tres curas: “Prefiero mil veces una Iglesia accidentada, que haya tenido un accidente, que una Iglesia enferma por encerrarse. Salid fuera, ¡salid!”. Dejan un hueco que alguien, por la propia teoría de la ocupación de los vacíos, deberá cubrir necesariamente, pues la Iglesia necesita un equilibrio de fuerzas y de mentalidades para poder seguir poniendo el intermitente a la derecha y girar a la izquierda cuando interesa, que es la especialidad de la casa.

Puerta de los Palos

El Fiscal | 2 de marzo de 2008 a las 17:27

Plan de barrios en Morado. Cardena Amigo VallejoEl Plan de Barrios, en morado

Monseñor Amigo estaba en el palquillo en 1989 cuando el Cerro llegó por primera vez a la Campana. Se le quedó grabada la imagen de la Policía impidiendo el acceso de los vecinos del barrio que iban tras el paso de palio. A Su Eminencia le conmovió aquella imagen. Si por él fuera, permitiría de forma especial este año a la gente del Polígono entrar en la carrera oficial con sus titulares. Se trata simplemente de un botón de muestra sobre lo que está ocurriendo en los últimos años. Usando las antiguas denominaciones, se puede afirmar que los dos cabildos de la ciudad, el municipal y el eclesiástico, hace tiempo que apuestan descaradamente por los barrios, creando una suerte de Plan de Barrios morado. Fíjense, por ejemplo, en la noticia de estos últimos días, que encierra toda una obra de misericordia: Emasesa dará de beber a los nazarenos de las cofradías más alejadas de la Catedral. Y al citar los barrios con derecho a avituallamiento, nos encontramos con el Polígono de San Pablo, el Tiro de Línea, el Cerro, el viejo Nervión… Y_pararse ahí, los cuatro costeros a tierra que ya se acabó el agua. Todo indica que los nazarenos de la Quinta Angustia no tienen derecho al oasis municipal. Lo mejor está por llegar, porque la justificación de semejante medida es que con ella se trata de compensar a los barrios, cómo no, por las molestias ocasionadas a sus vecinos con las obras. Te arreglo la acera y te doy de beber. ¿Y qué tendrían que darle a los nazarenos de las cofradías del centro por las molestias de la obra del Metrocentro? Ah, a esos nada. Y en esa apuesta frenética por los barrios, qué me dicen de ese risueño alcalde abriéndole el salón del apeadero al plumerío del misterio del Polígono. Y qué me cuentan del concejal Celis, el que ofreció una rueda de prensa para prometer todo el apoyo logístico de la ciudad a la llegada al centro de esta nueva hermandad. Y el propio cardenal, siempre inteligente, aprovecha la mínima (y la máxima) para declarar abierta la Semana Santa a nuevas incorporaciones de los barrios, cuando no ha elogiado la contribución económica a la Iglesia de Sevilla de hermandades como la de Torreblanca mientras miraba al tendido del racanerío de las del centro. Cómo sabe monseñor que la fuerza está en los barrios. La Semana Santa es un reflejo de la ciudad de todo el año. Anda que no. Hoy priman los barrios, se mima a los barrios y todo gira en torno a los barrios. Los del centro, a sufrir. Se les niega el agua, nunca mejor dicho. La capa se ha impuesto a la cola. La capa tiene más tirón mediático y popular. Despertad cofrades y vecinos del centro, porque un nuevo orden se anuncia.

El Viernes, suplemento

No se pierdan el próximo viernes el suplemento que se repartirá con Diario de Sevilla sobre los personajes que realmente hacen posible la Semana Santa de Sevilla desde dentro y desde fuera de las hermandades. En sus páginas aparecen reflejados hasta 56 oficios y labores fundamentales para sustentar la teoría sobre las manos de la Semana Santa, desde el empresario de las sillas de la carrera oficial hasta el dorador de los pasos, pasando por el músico, la camarera de la Virgen, el mayordomo, el archivero, el agente de la Policía Local o el barrendero de Lipasam. Uno a uno irán explicando su oficio, su participación en la principal fiesta de la ciudad, que no brillaría igual sin las manos de cada uno de ellos. Lo dijo el poeta Manuel Garrido: “Con tres golpes nada más, llevan la Virgen al cielo, las manos del capataz”.

Una de palcos

¿Sabían ustedes que dos titulares de palcos han perdido sus derechos este año por haberse pasado el plazo de renovación sin apoquinar la cantidad correspondiente? Ay, pena, penita, pena. Los afectados no podrán recuperar sus derechos de posesión sobre tamaña parcelita con alfombra de coco, seis plegables de Quidiello y roce de rodillas con los amigos y/o familiares. Perdieron su palco como perdimos Cuba. Por otra parte, el Consejo ha recibido sólo por este año la cesión de ocho palcos, que ya han sido cedidos a determinadas instituciones afines a la causa (es decir, que se rascan el bolsillo de una u otra manera). El problema, al parecer, es que los dos palcos perdidos y los ocho cedidos son palcos de catalejo, de los que hay que llevarse el ídem para ver las insignias, el Zaqueo y el color de los faldones.

Sobre los traslados

Creíamos que el traslado de Pasión congregó tantas bullas por el incuestionable tirón devocional del Señor unido a la circunstancia de celebrarse en sábado. Pero la cosa debe ir a más. Hay “hambre de cofradías”, como apunta Rafael Molina, que de esto sabe un rato largo. El martes por la noche, laborable por la trasera y por la delantera, la cantidad de público congregado para presenciar el traslado del Cristo del Amor y la Virgen del Socorro era muy considerable. Y el miércoles, vísperas de festivo, hubo aún más público para ver el retorno de la Borriquita. Si es por los traslados de regreso al Salvador, se puede concluir que no hay ni mucho menos ningún bajón de público en los actos cofradieros. En sólo dos semanas, únicamente dos, comprobaremos si se ha tratado de una respuesta excepcional del público, o si verdaderamente se ha frenado la desaceleración del público (toma castaña) que afecta a la Semana Santa en la última década.

Los sms del Fiscal

  • Recibido el día 26 a las 20.09 horas: “Estoy en los Estudiantes, el guión de Ciencias está libre. Es la oportunidad de tu vida”.
  • El día 27 a las 14.40 horas, sobre la peregrinación de hermanos del Cachorro a Roma: “En Roma está cayendo agua como ni los romanos recuerdan. Ya sabes, nos juntamos cuatro y diluvia; cuanto más, un ciento… Ya verás las fotos, un fuerte abrazo”.

El pertiguero

Primer golpe. Éxito incontestable. El que ha cosechado Álvarez Duarte con la presentación de las cinco imágenes secundarias para el Polígono. ¿Quién dijo que nadie ha aportado nada a la Semana Santa después de Rodríguez Ojeda?

Segundo golpe. Momento de inspiración cuaresmal de Manuel Melado: “Hubo una Estrella de Oriente/Yo me quedo con la Estrella/que tengo cruzando el puente”.

Tercer golpe. “Oye, Fiscal, ¿es verdad que en cierto paso de misterio de nuevo diseño va un perro en lo alto”.

Cuarto golpe. El canónigo Ángel Gómez Guillén recibió el domingo de su Hermandad del Amor el merecido reconocimiento a su atención a la corporación en los años del exilio. Nunca le ha faltado a la cofradía su misa semanal. Y ciriales arriba. Atinado galardón. El teniente de hermano mayor del Gran Poder, José Ignacio Jiménez Esquivias, gran conversador y conocedor del mundo de las hermandades, recibirá el premio Iscariote 2008 que se concede en el establecimiento del mismo nombre en la plaza del Museo. Este premio fue recogido por en las dos ediciones anteriores.

El lagarto de la catedral:

Qué quieres que te diga, Fiscal. Este mediodía se reinaugura el Salvador, se reabre al culto definitivamente. Por eso sólo puedo acordarme de su párroco en los últimos años, el canónigo Del Trigo, felizmente entre nosotros. Ay, si don Manuel contara tantas cosas como sabe…

Palabra de reptil metropolitano, palabra de lagarto de la Catedral.