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Las perlas de Don Yago

El Fiscal | 13 de julio de 2010 a las 17:03

yagoCuanto más hablan los chicos de la capital, más demuestran su supina ignorancia sobre el mundillo de las cofradías de Sevilla. Un tal Yago de la Cierva (que suena a saltador de longitud y a perfume pour homme de Navidad), encargado de montar el polémico vía crucis como rimbombante director ejecutivo de la Jornada Mundial de la Juventud, ha soltado la siguiente perlita: “Los momentos que tendrán más vistosidad y emoción serán las dos madrugás, puesto que la noche del jueves al viernes, los pasos llegarán desde los lugares donde se guardan, llevados por costaleros y acompañados por sus bandas de música, cada uno según su tradición. Y lo mismo sucederá la noche del viernes al sábado, después del vía crucis, en la que las imágenes harán el recorrido inverso”. Pues mire usted, don Yago, ha dado usted en la diana al llamarle madrugá al artificio ese de sacar pasos por la Castellana y Recoletos, porque lo de aquí, lo de Sevilla, es Madrugada, con todas sus letras, con todos sus contrastes, con toda su decadencia, sus silencios con mayúsculas y con minúsculas, sus canis, sus carreritas, sus señores del Consejo con el cuerpo cortado cuando pide la venia la de los Gitanos ya al alba, sus puestos de calentitos, sus cangrejeros delante de los palios y, por supuesto y por encima de todo, con toda su carga de verdad que sostiene esto que llamamos Semana Santa cuando la Madre de Dios viene por Parras anunciada por un bosque de terciopelos verdes. Lo de su madrugá, don Yago, suena al Centro de Interpretación de la Semana Santa que se inventó un concejal de Fiestas Mayores que ahora tiene el cangelo de Mercasevilla metido en el cuerpo por una pajarraca que parece que le han hecho los suyos. El bueno de Gonzalo Crespo, todo un señor en la política local, quiso habilitar un espacio para enseñarle al turista de agosto cómo es una bulla de Semana Santa. De modo virtual, claro. Por fortuna, la guadaña de la crisis no tuvo piedad con semejante esperpento, aunque siempre nos quedará la curiosidad por saber cómo el guiri podía sentir los empujones, el dolor de pies en las esperas de un pasopalio o la matraca del tío que le dice a usted con movimiento de codos de pívot de baloncesto que abandone su posición porque él lleva dos horas esperando en primera fila para ver a la Virgen. Las bullas no se recrean ni se interpretan, se viven. Los vía crucis no se exportan como si fuera el agua embotellada de Emasesa. Aquí, en materia de recreaciones, el único que acertó fue el cura Javierre, cuando en su Pregón soñó con la Virgen de la Amargura en su paso de palio en el centro de la Plaza de San Pedro de Roma. Eso y sólo eso hizo: soñar. Porque Javierre, un sacerdote procedente de Aragón, aprendió pronto el tacto con el que conviene tratar a las cofradías. Jamás se le hubiera ocurrido acusar a las hermandades de “falta de eclesialidad” por no acceder a un deseo del prelado de turno. Por cierto, no se vayan todavía que aún hay más. Lean, lean otra perla de don Yago cuando se le pregunta al respecto: “El señor arzobispo conoce mucho mejor que yo los motivos de la decisión de los hermanos cofrades, y estoy persuadido de que ha hablado con conocimiento de causa. ¿Piensa que es fácil explicar este episodio a los católicos de Italia o Alemania, de China o de México, de Uganda o de Filipinas? Visto desde fuera, el comentario de monseñor Asenjo es extremadamente pastoral, incluso suave”. No se preocupe usted, don Yago, que suave, lo que se dice suave, ya estuvo monseñor el pasado viernes, cuando en la reposición al culto del Gran Poder dijo que mucho más grave es profanar un sagrario que arrancarle un brazo a la imagen que es referente devocional de miles de sevillanos y de muchos devotos en la diáspora. Sublime, estuvo sublime. Y el problema, don Yago, no es cómo se le explica a los católicos de Uganda que el paso de las Tres Caídas se queda donde tiene que estar, en Triana, sino cómo le explica Su Excelencia de aquí a Su Excelencia de allí que los “hermanos cofrades” del arrabal no han pasado por el aro. Con lo que Su Excelencia de allí lió para poner a Su Excelencia aquí…

Un cura con sus vecinos

El Fiscal | 16 de julio de 2009 a las 11:06

Hubo un tiempo en que la gente hablaba con los curas como el que va al psicólogo o al diván de Javier Criado. La figura del cura gozaba de una autoridad moral innegable. Ejercía de confesor y de orientador. Esta función fue marginándose paulatinamente en favor de otros interlocutores. Incluso el cardenal Amigo redactó un día una carta pastoral alertando del auge de los adivinos y echadores de cartas de las televisiones locales como nuevos orientadores espirituales. No soplan vientos favorables a los clérigos como asesores de cabecera. Atrás, muy atrás, queda ya la figura en blanco y negro de esa sotana perseguida por la cantinela peloteril de ciertos feligreses. Hoy, ni los curas lucen sotana, salvo el padre Polo, que tiene una que a este paso acabará en el Museo de Artes y Costumbres Populares, ni se guarda mayoritariamente el tratamiento de don a los clérigos. Tal vez a los curas les falle la comunicación, como dice la ex ministra de Fomento Magdalena Álvarez que le ha pasado a ella. O, simplemente, se han ido atrincherando en las sacristías, búnker desde el que se otea malamente el exterior entre nubes de incienso. Por eso fue toda una sorpresa agradable encontrar esta semana al cura Pedro Ybarra en la concentración de los vecinos del barrio de Santa Cruz en contra del cambio de rotulación de la Plaza de la Alianza. Allí estaba con su porte noble y la proclama de rigor en mano. Don Pedro, Perico Ybarra o el cura Ybarra, llámesele cómo mejor proceda, acompañó a sus feligreses a esas horas de una tarde de verano en que lo fácil es recostarse cómodamente en el sillón del despacho parroquial y disfrutar del sabor de ese patio que da paso a la antigua Escuela de Cristo, o revestirse para algún culto vespertino de esa canonjía que dicen que le sobrevino sospechosamente tarde, porque don Pedro es de esos canónigos de primera clase, pero de último vagón, como Javierre, o como lo fue el padre Leonardo. Pero nada de asientos mullidos o suntuosas vestimentas. Allí estaba la tarde del lunes el pastor con sus ovejas. Como acostumbra. Ora tomando el café en el Aero tras la entrada de la Virgen de los Reyes, ora en aquellas noches de presidencia eclesiástica de cabildos de oficiales de su cofradía familiar del Silencio, de donde regresaba a casa en lento paseo por Tetuán mordiéndose en ocasiones la lengua por algunas de esas cuestiones absurdas en las que a veces se consumen los debates en una cofradía, ora abriendo el templo de Santa Cruz al ecumenismo, igualmente vertebrando el barrio en sus homilías, dando cuenta del fallecimiento de un vecino o de una religiosa de las Teresas, ora parándose ante un grupo de jóvenes una tarde de Nochevieja para improvisar la tertulia e interesarse por la forma en que despedirán el año, ora atendiendo a quienes todavía le tienen como el mejor oído de las penas de la cruz de cada día, aquellos que no sustituirán nunca la labia del sacerdote por las cartas del tarot, ora al frente del colegio parroquial, lidiando con la Junta e integrando a los alumnos musulmanes. Hay quienes siguen asegurando todavía que, dada la experiencia acumulada en pastorales anteriores, este sacerdote hubiera preferido en su día un destino pastoral más combativo, tal vez en una de esas zonas marginales de la ciudad, de esas en las que los chabolistas van y vienen como un acordeón, pero que el que todavía manda (con permiso de Rouco) lo puso en Santa Cruz aposta, sabedor de que sus preferencias estaban en las antípodas de la judería. Yahí sigue, hasta rejuvenecido en los últimos tiempos. Este cura espigado y enjuto, de pelo albino, ojos claros e inconfundible voz nasalizada de púlpito en San Antonio Abad, forma parte ya de las mejores postales de un barrio cuya estética ha ido degradándose a los anuncios de paelladores exprés y camisetas de la caló. Menos mal que aún queda la figura de don Pedro entre los naranjos de Mateos Gago a la búsqueda cualquier tarde de una oveja descarriada para reconducirla a la sombra de la que fue Escuela de Cristo.