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La medalla de Guillermo Lohmann

El Fiscal | 14 de diciembre de 2010 a las 10:32

lohmann1Defendía un viejo zorro de la fauna local que si querías tener una aventura en Sevilla con una discreción a prueba de chascarrillos lo más recomendable era citarse con la amada en el Real Alcázar o en el Museo de Bellas Artes: “Allí no te encontrarás a ningún sevillano”. Podría añadirse a esa lista de lugares recogiditos el Archivo de Indias, o simplemente Indias, como decía aquella ministra frivolona con el mismo estilo en elipsis que el vigilante del Metro que le pregunta al viajero “¿Te bajas en Blas?” Y el tío deja sin apellidos al Padre de la Patria Andaluza. Pues en lo que de toda la vida ha sido simple y llanamente el Archivo (como la Avenida es la Avenida o Plaza no hay más que una en Semana Santa) colocaron el pasado junio el busto que homenajea a quien se llevó más de 60 años visitando la sala de investigadores para sus trabajos americanistas, el busto del peruano Guillermo Lohmann.

Van para seis meses que lleva ya el busto en la planta alta sin que ningún miembro del muy novelero cofraderío se haya percatado de que la escultora María de los Ángeles Cordero tuvo el acierto de inmortalizar a Lohmann con la medalla de la Amargura, porque este peruano, como cuentan Enriqueta Vila y la misma directora del Archivo, María Isabel Simó, se integró en la ciudad con verdadera pasión. Tan fue así que en una de sus primeras estancias se quedó literalmente prendado de esa Virgen que tiene el sol por corona y la acompañó a la vera de su paso un Domingo de Ramos de los años cuarenta, cuando no existían ni el Cecop, ni la autogestión de la carrera oficial, ni la prensa morada. Y tantos años estuvo sin faltar a la cita que los propios miembros de la cofradía le animaron a inscribirse como hermano con esa capacidad para acoger que tienen los cofrades cuando les da la gana. Aquel peruano se hizo hermano y vistió esa túnica blanca con la cruz de malta que simboliza esa Semana Santa que resiste a las decadencias y los frikismos. Pura, auténtica y sin aditivos.

No faltó Lohmann ni los años de lluvia, cuando se vestía de nazareno en los despachos de la Escuela de Estudios Hispanoamericanos. El busto de Lohmann representa en esa planta alta del Archivo –que tan pocos sevillanos frecuentan– esa alianza entre la cultura y la fe por la que tan buenos cofrades han trabajado siempre. Cuando tanto intelectualoide cree pasar por moderno por renegar de las cofradías, este peruano no eligió otro símbolo para la inmortalidad que la medalla de la Amargura, de la que se enamoró cuando vino a Sevilla a hacer ciencia.