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50 años

El Fiscal | 4 de febrero de 2017 a las 16:32

NP Jesús Nazareno (Silencio) por la calle Cuna

 

A los hermanos Colón Perales

Domingo de función a Jesús Nazareno, domingo de saetillas, lirios y oraciones, domingo de homenaje a la fidelidad, domingo para la memoria

 

El ingreso en una escuela de vida, el acceso a un mundo de punto y aparte aparte, el regalo de un trozo de tierra sagrada. Una historia de 50 años. Dos hermanos pequeños que se llevan diez años. Un Nazareno al que saluda el alba por la calle Alfonso XII precedido por músicos de capilla que lucen impermeables de plástico. El mayor sale con su padre y queda prendido para siempre por una cruz alta, altísima, mástil de carey entre naranjos, que porta un Jesús dulce y orgulloso, altivo y misericordioso, recto y tierno. Años sesenta. La Semana Santa sin vallas, sin Plan Trabajadera, sin centro de coordinación, sin vías de evacuación, sin carreras alocadas en noches de luna clara y Esperanza firme. Dos niños y un padre que inscribe a sus hijos en la cofradía que será para siempre tierra para abonar la memoria. Una cofradía de escasos nazarenos y muy disciplinados. Los búcaros, el humo de los cigarritos, las charlas en voz baja antes de la salida. Los bancos de San Antonio Abad permiten el descanso, pero obligan a mantener la espalda hierática, tienen el efecto perenne del cinturón de esparto. Los manigueteros morados aguardan en la tienda de los recuerdos, antifaces al hombro y pañuelos abrigando el cuello, el fervorín de un claretiano eleva el ánimo, los nazarenos orondos de la presidencia se preparan para pisar la rampa. “¡Qué nazarenos tan gordos! ¡Parecen zepelines!”, dice una señora cuando los ve por Francos. El niño mayor se estrena como nazareno en 1966, el año del gran parón. El público admira que los nazarenos no se mueven, no vuelven la vista atrás. Son pocos y van sólos, sin necesidad de directrices. Están curtidos, forjados en la necesidad de mantener un sello propio, en ser distintos por únicos, que no por altivos. Nadie tiene que advertirles ni prohibirles nada, vienen enseñados de casa y de la vida cotidiana de la propia hermandad.

Los pitos resuenan en las bóvedas de la Catedral, los nazarenos se arrodillan de cuatro en cuatro cuando así lo marcan los chasquidos del diputado canastilla. Haría falta un Juan Sierra para describirlo y un Ruesga Bono para fotografiarlo. Seriedad, disciplina y humildad. “Haced lo que haga el nazareno que os precede”. Los canastillas con sus labores renuncian a los momentos de intimidad para servir a los nazarenos, hermoso sacrificio poco reconocido:“Cambias tu estación por la de los demás”.

Años setenta. La cofradía retorna. Eduardo Recio, vestido de nazareno, está quitándole las potencias al Señor. Nadie se va sin entrar de nuevo al templo a rezarle a Jesús Nazareno y a la Concepción. No hace falta que ningún hermano vigile la puerta de Alfonso XII para impedir que los nazarenos se vayan antes de tiempo. Todos apuran los minutos de la Madrugada. ¡Con lo breve que es la estación! No hay cultura del cansancio.

Años ochenta. Comienza la eclosión de la devoción a la Virgen. Se forma la primera cuadrilla con hermanos costaleros a cargo de Salvador Dorado El Penitente, que siempre pone cara circunspecta cuando llega al templo y observa la calavera que preside la Mesa de Disciplina. Las madres de algunos de los jóvenes costaleros, como madres de Jerusalén, acompañan al paso en las frías noches de los ensayos de febrero. Juan Delgado Alba es hermano mayor, la cofradía vive su particular transición, las puertas se abren, los jóvenes se reúnen, pero siempre manteniendo el sello: “No os llaméis grupo joven, así se llaman todos y además aquí no hay más estructura que la de la junta de gobierno. Llamaos Juventud Nazarena”. Por allí andan ya Pepito, el capiller, y Manuel Palomino, rodeado de jóvenes que reciben sus lecciones de priostía y oyen sus elogios a las primeras fotos en blanco y negro de los besamanos de la Virgen de la Concepción. Los hermanos Del Rey Tirado están felices de su regreso de Madrid. Delgado Alba fallece, impresionante la capilla ardiente en San Antonio Abad. El cura don José García-Junco, de saludo protocolario, gracia a raudales y un punto de picardía, charla con algunos hermanos en la sacristía, armarios altos, mesa rectangular, tapete y cristal bajo el que hay fotos de santos. Los Cantores de Híspalis irrumpen con las sevillanas del Silencio. Se graban en cassette las primeras saetillas de Pantión. Eduardo Recio corrige a un joven: “Niño, aquí no tenemos Cristo, sino Señor”. El vía crucis general a la Catedral es una Madrugada adelantada.El mismo sello, el mismo rigor. Mira qué bien se porta el pajecillo Nono Delgado-Roig, manos cruzadas y vista al frente. La exposición Gloria Nazarenorum de la Caja San Fernando marca un hito, un estilo, una forma de hacer las cosas. Balduino y Fabiola contemplan la salida de rodillas desde el balcón de la casa de enfrente. El padre de los niños se sitúa tras el paso de la Virgen cuando sale de la Catedral y la acompaña hasta la entrada. Sin aspavientos, sin llamar la atención, con la discreción de quien es nazareno todo el año sin necesidad de túnica.

Años noventa. La nómima de hermanos aumenta. Nada de lo que ocurre a la Semana Santa en general es ajeno a esta cofradía en particular. 650 años. Te Deum en Omnium Sanctorum. Arranca un nuevo siglo. Jesús Nazareno es expuesto en besapiés extraordinario por el Congreso Internacional de Hermandades. Foto de Haretón. San Antonio Abad se restaura en el mandato de Antonio Martín Macías, un libro abierto sobre la historia de la hermandad con páginas donde se combinan amor y rigor. Antonio Domínguez Valverde, vicario general, preside la misa de acción de gracias con los primitivos Pedro Ybarra y Antonio Gordillo Cañas entre los concelebrantes. La vida sigue. Nazarenos de María Santísima al fondo del patio. Ramos cónicos, azahar, lirios, cordón y llave, espada y bandera. Sufriendo Jesús mío y a fuerza de dolor…

La Virgen sale en procesión extraordinaria en 2004, gallardetes celestes en la Avenida, cardenal oficiante y Joaquín Delgado Roig en la presidencia que antes ocupó su padre. Tejera. Juan Salas va de diputado de banda, papeleta de sitio que sólo se repite de cincuenta en cincuenta años. Martín Cartaya espera con su cámara en el andén. Antonio Rodríguez Cordero está como hermano mayor en la clausura de la gran exposición inmaculista en la Catedral. El hijo de don Eduardo es hermano mayor. Las hermanas se incorporan al cortejo.

Cincuenta años de amor. No son nada más que cera morada y cera blanca. Y no son nada menos que cera morada y cera blanca. Cincuenta años de fidelidad. Cada vez que van al Silencio son de nuevo niños de la mano de su padre.

La última punta del tridente rojo

El Fiscal | 28 de julio de 2013 a las 17:50

Siempre siente un fuerte estruendo interior en el momento en que la caja entra en el nicho. Justo en ese instante es cuando el cardenal sufre el desgarro que provoca la guadaña al arrebatarle a otro ser querido. Lo ha confesado en varias ocasiones: hasta que el ataúd no desaparece de la vista es como si la muerte no fuera muerte, sino una circunstancia más de la vida. Pero cuando ya desaparece hasta la última referencia física hay que tomarse en serio que esto, señor cardenal, esto es la cara más cruel de la realidad. El martes se dio sepultura al último gran colaborador de quien gobernó la Iglesia de Sevilla durante 28 años. Monseñor Amigo formó un trío de lujo que tuvo como gran vínculo la amistad fraternal entre sus componentes y como características comunes la condición de doctores en Derecho Canónico, la proximidad a las filas del PSOE y unas vidas cortas pero intensas en obras. Eran –fueron– las tres patas del trípode de un dilatado pontificado. Alguna lengua acerada calificó a Manuel Benigno García Vázquez (1935-2005), Juan Garrido Mesa (1931-2007) y Francisco Navarro Ruiz (1968-2013) como el tridente rojo del cardenal Amigo más que como el trípode. A ellos les divertía la ironía, nunca se molestaron. Jamás se abonaron al escándalo mojigato.
Sería injusto no aludir a otros sacerdotes muy significativos durante todos esos años. Antonio Domínguez Valverde fue el servidor más fiel del cardenal; Francisco Ortiz se ganó la confianza de Amigo y llegó a rector del Seminario y vicario general; Ángel Gómez Guillén ha sido y es casi el único amigo personal de monseñor, pues un príncipe no tiene amigos en sentido estricto, como confesó en las entrevistas para su perfil biográfico en 2003. A Gómez Guillén lo invitaba en Palacio al almuerzo privado de cada festividad de San Carlos Borromeo. Antonio Granados fue su primer secretario y Antonio Hiraldo coordinó en 1982 la primera visita del Papa, aunque después se alejó de monseñor Amigo. Y otros curas muy próximos fueron, cómo no, Fernando Isorna, José Salgado, José Gutiérrez Mora y José Luis Peinado, quien sacó adelante nada menos que la restauración de San Isidoro.
No hay que olvidar a quienes fueron en un momento dado la conciencia crítica de monseñor Amigo cuando anunció la venta de San Telmo, como el desaparecido Gil Delgado y su inolvidable voto particular en contra de la operación, una joya jurídica a juicio de expertos canonistas en la que denuncia la modificación de la voluntad expresada en su testamento por la infanta María de las Mercedes de Orleans; o Pedro Ybarra Hildalgo, que entendía de buena fe que la Iglesia no debía desprenderse del edificio. Jesús Pérez Saturnino, uno de los seglares con mayor influencia en el Arzobispado en tiempos del cardenal, ha recordado estos días la carta escrita en latín que Gil Delgado remitió el 17 de junio de 2002 a Francisco Navarro con motivo de su cese en la Cancillería: “Te escribo en latín ésta mi lacrimosa y al mismo tiempo divertida carta no sólo por ser la lengua de Cancillería, sino también porque creo que expresar mis sentimientos de esta manera es más conforme con asunto de tanta importancia y valor; y porque todavía a ti y a mí nos es lícito comunicarnos de manera tan distinguida. Que lo entiendan otros, si pueden; que lloren, si no pueden”.


Nadie podrá discutir nunca que los tres canónigos de este trípode (o tridente) han mandado y mucho durante las casi tres décadas en las que la Iglesia de Sevilla tuvo que ponerse al día y tender puentes con el partido político que gozaba de una hegemonía en la comunidad autónoma a prueba de escándalos. El propio monseñor Amigo se llegó a defender de las críticas por su fluidez de entendimiento con los sucesivos gobiernos socialistas en Andalucía: “Es que no gobierna otro partido, ¿con quién me voy a entender?”.
Tan importante era saber latín como negociar la venta de San Telmo, gestionar las partidas de dinero público para la restauración de un buen ramillete de templos o implantar en la Catedral un modelo de gestión que asegurara su autofinanciación, que hiciera del primer monumento de la ciudad un negocio rentable cuyas cuentas se llevaran en una hoja de cálculo y no en una libreta de anillas. Esta última empresa la llevó a cabo con éxito el canónigo Francisco Navarro, la última punta del tridente rojo de monseñor Amigo. Navarro dirigía las finanzas de la Catedral con mano de ejecutivo como García Vázquez entraba una y otra vez en la Moncloa para asesorar a Felipe González –al que había casado– en las cuestiones de la Iglesia y el Estado (¡Cuánto hubiera necesitado Zapatero un García Vázquez a su lado!) o Garrido Mesa, desde su experiencia como secretario general técnico de la Consejería de Obras Públicas, llamaba a las puertas de los bancos, fundaciones, empresas y particulares para restaurar el Salvador con el impulso de Joaquín Moeckel, a quien supo sacarle sin complejos el máximo partido. Tres puntas de tridente que tenían claro que la misa no sale bien de tanto decir amén, a los que era difícil ver con el clergyman y que se sentaban en la mesa con el Diablo si se trataba de sacar beneficio para una Iglesia a la que sirvieron más en labores privadas que públicas pese a gozar de cargos con destacada notoriedad.
Los tres sabían latín (el de Cicerón y el otro, el de la calle) y los tres hacían gala de la típica socarronería de los curas de antes. En una tarde de toros en la Maestranza, Jaime Montaner, entonces consejero de la Junta de Andalucía, insitió a García Vázquez para que sentara junto a él en el palco de convite asignado al gobierno autonómico. El cura de grandes hechuras y nariz inconfundible, que ocupaba localidad en el palco asignado al Cabildo, le respondió en voz alta con cuarto y mitad de guasa sevillana.
–¡Que no, Jaime, que no! Que mi palco es vitalicio y el tuyo es por cuatro años.
Los tres, junto con Juan Guillén, formaban parte del denominado Grupo de Los Remedios, quienes junto al vicario Domínguez Valverde fueron clave muchos años en la profesionalización de la gestión de la Catedral. El pontificado de monseñor Amigo no se entiende sin este tridente, presente en las grandes operaciones que han supuesto verdaderos hitos en la Iglesia de Sevilla contemporánea. Navarro fue pieza clave en la Magna Hispalensis, que dio lugar al modelo de Catedral que ha llegado a nuestros días, pero también de otras operaciones menos conocidas como la cesión de la explotación del Hotel Los Seises o la venta de la antigua Escuela Francesa. Tuvo que soportar un aluvión de críticas cuando metía el pie en el área chica al abrir una cafetería en el Patio de los Naranjos durante la Magna Hispalensis, construir una entreplanta en el pabellón de recepción de los turistas o sembrar la Catedral de vallas y cintas separadoras a cargo de azafatas con la vehemencia, en ocasiones, de gorilas de discoteca. Pero Navarro hacía lo que debía. A punto estuvo de inaugurar un salón de actos permanente (¿O cafetería?) en la azotea de la cilla. Dejó una Catedral con un presupuesto que hoy supera los 10 millones de euros. Gracias a su revolución, el Cabildo no tiene que mendigar para la conservación del templo. El dúo formado por Navarro en la mayordomía y el arquitecto Alfonso Jiménez como maestro mayor ha afrontado todos estos años enormes obras de conservación de la Catedral, bien sufragadas directamente, bien con patronicios públicos o privados, pero con el criterio de que el Cabildo debía, como mínimo, sufragar siempre la mitad del presupuesto. Entre esas obras destacan la reparación de los pilares agrietados del trascoro, la limpieza de la gran fachada que da hacia la Avenida, ennegrecida por el tráfico rodado; la apertura de la visita aérea al templo, los planes de seguridad para las grandes concentraciones, etcétera.
Ninguno de estos tres personajes era ajeno al fenómeno de la religiosidad popular. García Vázquez era de la Amargura, Garrido Mesa de la Macarena y Navarro Ruiz del Silencio. Veían y valoraban el potencial de las cofradías, sin prejuicios y con más bondad de corazón que muchos sacerdotes considerados oficialmente capillitas. Impagable fue la labor de García Vázquez para desbloquear la incómoda situación que se produjo cuando algún lumbrera del Arzobispado trató de imponer la igualdad de derechos y obligaciones en varias hermandades en pleno verano (con agosticidad) y por medio de una carta sin ninguna negociación previa, cuando en la normativa diocesana se dejó libertad para que cada cofradía fuera asumiendo las directrices de los nuevos tiempos. Garrido fue clave a la hora que se admitiera a la mujer nazarena en la Macarena, una noticia que apareció en los telediarios. Y Navarro reivindicaba como suya la iniciativa de apagar todas las luces de la Catedral al llegar su primitiva hermandad.
Llama la atención que ninguno de los tres fuera a Roma en octubre de 2003 para asistir a la creación de monseñor Amigo como cardenal. Nunca fueron pelotas al uso, tal vez porque brillaban con luz propia. “Niño, ¿pero tú sabes cómo se edificó el Vaticano?”. Y Juan Garrido se echaba las manos a la cabeza en aquella reducísima cena con la que celebró sus 50 años como sacerdote. Amaba y servía a la Iglesia tanto como sufría con la cerrazón de algunos de sus miembros o disposiciones anacrónicas. Garrido se ofreció a oficiar el funeral de un sevillano muy conocido que se suicidó una mañana, porque el párroco de turno se negó a hacerlo. Largo como una cofradía de barrio, Garrido ha sido el cura que mejor respondía al perfil de padre y que más se quejaba cuando se le hablaba de usted o se le llamaba de don. García Vázquez lo arreglaba todo hablando, hasta en la habitación de la clínica de Santa Isabel tenía ganas de charlar por el móvil y estar al día de la actualidad en sus últimos meses. Y hablando vendió San Telmo a los socialistas, pilotando unas reuniones con el Ejecutivo socialista de José Rodríguez de la Borbolla que dieron lugar a la “mayor operación de enajenación del patrimonio eclesiástico en Europa” que ha dado hasta para un tesis doctoral, la del fallecido profesor Ribelot. Hoy se ve con toda naturalidad que la Iglesia se relacione con gobernantes de todo signo político, pero a cierta Sevilla de los años 80 le costó digerir que los curas se sentaran con socialistas (¡La Iglesia con el rojerío!) a hablar de dinero, de mucho dinero. Tanto dinero que buena parte del importe recibido en metálico (mil millones de las antiguas pesetas) acabó en un fondo de inversión del BBVA Privanza (Open Found) de alta volatilidad que incluía un porcentaje en un paraíso fiscal, una particular interpretación de la parabola de los talentos que también generó polémica.


Navarro era aparentemente el más distante, pero formaba parte de esa minoría de sevillanos que, lejos del estilo del compadreo, cuando ofrecían su casa lo hacían de verdad. Nunca se calló en asuntos delicados para la Iglesia, su Iglesia, de lo que podría dar fe el propio monseñor Asenjo, que recibió alguna carta de este veterano sacerdote en desacuerdo por algún alto nombramiento. Y no le gustaba que en la crónicas periodísticas se le refiriera como el “todopoderoso Navarro”, lo que me reprochó en su último día como canciller. Al mismo tiempo que recogía sus pertenencias del despacho me lanzó a la mesa –¡por fin!– el documento con todos los detalles de la venta de San Telmo.
–Ea, ya lo tienes. Tú sabes ya que dejo este despacho, ¿no?
La carrera de Navarro, con diferentes destinos en el mundo por su etapa como diplomático del Vaticano (y alguna polémica por su valentía de planteamientos), incluyó como anécdota una labor de interlocución con la reina para los preparativos de la Boda de la Infanta de 1995. Hubo que convencer a Doña Sofía de que las columnas de flores que pretendía quedarían engullidas por esa montaña hueca que es la Catedral por mucho que fueran de gran tamaño. Navarro y Jiménez, por cierto, fueron invitados al banquete en el Alcázar. Ninguno lució el chaqué protocolario.
A los tres les fui preguntando si eran los capellanes del PSOE. Y los tres respondieron igual.
–Je, je, je.
Fueron curas de su tiempo que ayudaron a su Iglesia a tener un papel activo en la sociedad que les tocó vivir, nunca arrinconados en la sacristía ni escondidos entre las humaredas del incienso. Qué curioso, ahora tenemos un Papa que parece marcar el camino señalado por estos tres curas: “Prefiero mil veces una Iglesia accidentada, que haya tenido un accidente, que una Iglesia enferma por encerrarse. Salid fuera, ¡salid!”. Dejan un hueco que alguien, por la propia teoría de la ocupación de los vacíos, deberá cubrir necesariamente, pues la Iglesia necesita un equilibrio de fuerzas y de mentalidades para poder seguir poniendo el intermitente a la derecha y girar a la izquierda cuando interesa, que es la especialidad de la casa.

Honda sopresa

El Fiscal | 11 de mayo de 2010 a las 10:00

La que ha causado que el pleno del Cabildo Catedral no apoyara la petición del canónigo emérito Pedro Ybarra para mostrar el rechazo a la nueva ley del aborto. Parece que las explicaciones dadas por el deán (que la propuesta no fue elevada por escrito y que estas asambleas sólo tratan asuntos del altar y el coro) no convencen a muchos cofrades a los que se les ha exigido un grado de compromiso mucho mayor al ofrecido por el órgano rector del templo metropolitano. ¿Cabe pensar mal y recordar el dinero que el Estado ha dado y tiene que dar para la conservación del templo?

El lagarto de la catedral

El Fiscal | 20 de abril de 2010 a las 21:18

<<En el palco que el Cabildo Catedral tiene en la plaza de toros se ha visto esta preferia a varios canónigos. Entre ellos, dice que el más asiduo es Pedro Ybarra, párroco de Santa Cruz. El viernes también se dejó ver por allí el vicario general, Francisco Ortiz, que disfrutó de las dos faenas de El Juli>>

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Un cura con sus vecinos

El Fiscal | 16 de julio de 2009 a las 11:06

Hubo un tiempo en que la gente hablaba con los curas como el que va al psicólogo o al diván de Javier Criado. La figura del cura gozaba de una autoridad moral innegable. Ejercía de confesor y de orientador. Esta función fue marginándose paulatinamente en favor de otros interlocutores. Incluso el cardenal Amigo redactó un día una carta pastoral alertando del auge de los adivinos y echadores de cartas de las televisiones locales como nuevos orientadores espirituales. No soplan vientos favorables a los clérigos como asesores de cabecera. Atrás, muy atrás, queda ya la figura en blanco y negro de esa sotana perseguida por la cantinela peloteril de ciertos feligreses. Hoy, ni los curas lucen sotana, salvo el padre Polo, que tiene una que a este paso acabará en el Museo de Artes y Costumbres Populares, ni se guarda mayoritariamente el tratamiento de don a los clérigos. Tal vez a los curas les falle la comunicación, como dice la ex ministra de Fomento Magdalena Álvarez que le ha pasado a ella. O, simplemente, se han ido atrincherando en las sacristías, búnker desde el que se otea malamente el exterior entre nubes de incienso. Por eso fue toda una sorpresa agradable encontrar esta semana al cura Pedro Ybarra en la concentración de los vecinos del barrio de Santa Cruz en contra del cambio de rotulación de la Plaza de la Alianza. Allí estaba con su porte noble y la proclama de rigor en mano. Don Pedro, Perico Ybarra o el cura Ybarra, llámesele cómo mejor proceda, acompañó a sus feligreses a esas horas de una tarde de verano en que lo fácil es recostarse cómodamente en el sillón del despacho parroquial y disfrutar del sabor de ese patio que da paso a la antigua Escuela de Cristo, o revestirse para algún culto vespertino de esa canonjía que dicen que le sobrevino sospechosamente tarde, porque don Pedro es de esos canónigos de primera clase, pero de último vagón, como Javierre, o como lo fue el padre Leonardo. Pero nada de asientos mullidos o suntuosas vestimentas. Allí estaba la tarde del lunes el pastor con sus ovejas. Como acostumbra. Ora tomando el café en el Aero tras la entrada de la Virgen de los Reyes, ora en aquellas noches de presidencia eclesiástica de cabildos de oficiales de su cofradía familiar del Silencio, de donde regresaba a casa en lento paseo por Tetuán mordiéndose en ocasiones la lengua por algunas de esas cuestiones absurdas en las que a veces se consumen los debates en una cofradía, ora abriendo el templo de Santa Cruz al ecumenismo, igualmente vertebrando el barrio en sus homilías, dando cuenta del fallecimiento de un vecino o de una religiosa de las Teresas, ora parándose ante un grupo de jóvenes una tarde de Nochevieja para improvisar la tertulia e interesarse por la forma en que despedirán el año, ora atendiendo a quienes todavía le tienen como el mejor oído de las penas de la cruz de cada día, aquellos que no sustituirán nunca la labia del sacerdote por las cartas del tarot, ora al frente del colegio parroquial, lidiando con la Junta e integrando a los alumnos musulmanes. Hay quienes siguen asegurando todavía que, dada la experiencia acumulada en pastorales anteriores, este sacerdote hubiera preferido en su día un destino pastoral más combativo, tal vez en una de esas zonas marginales de la ciudad, de esas en las que los chabolistas van y vienen como un acordeón, pero que el que todavía manda (con permiso de Rouco) lo puso en Santa Cruz aposta, sabedor de que sus preferencias estaban en las antípodas de la judería. Yahí sigue, hasta rejuvenecido en los últimos tiempos. Este cura espigado y enjuto, de pelo albino, ojos claros e inconfundible voz nasalizada de púlpito en San Antonio Abad, forma parte ya de las mejores postales de un barrio cuya estética ha ido degradándose a los anuncios de paelladores exprés y camisetas de la caló. Menos mal que aún queda la figura de don Pedro entre los naranjos de Mateos Gago a la búsqueda cualquier tarde de una oveja descarriada para reconducirla a la sombra de la que fue Escuela de Cristo.