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La fe baratillera mueve montañas

El Fiscal | 2 de mayo de 2016 a las 17:35

Foto MILTMP49862347
LLEVA más de quince años de hermano del Baratillo. Sí, más de tres lustros. Se apuntó en 2000 y desde entonces paga religiosamente sus cuotas, que hay mucho famoso en las listas de las hermandades que se cree canónigo y no apoquina. José Antonio Morante, Morante de la Puebla, es también hermano del Gran Poder, donde ha salido varios años de nazareno. Pero esta Semana Santa cambió el ruan por la sarga. Al Baratillo llegó de la mano de Joaquín Moeckel, cuando el abogado era hermano mayor y marcaba la actualidad jurídica del mundo de las cofradías con unos enriquecedores pleitos con la curia de don Carlos Amigo. Morante regresó este 2016 a los carteles de la Feria de Sevilla tras un período de divorcio con la empresa. Por lo tanto, este año era especial. Ytocaba hacer cosas especiales, como salir en la cofradía azul y acudir a la Capilla de la Piedad a rezar antes de la corrida, como hacían los toreros en otros tiempos, pues el templo cuenta con conexión directa con el coso por medio de unas dependencias que desembocan directamente en la calle Gracia Fernández Palacios. Tan medido hizo todo Morante a la hora de recuperar el rito que se propuso hacerlo a pie. Del hotel de la calle Castelar a la capilla como un aficionado más. Y de la capilla a la plaza, pisando simbólicamente el callejón de Iris, que nunca puede faltar. En la capilla se quedaron cada tarde las oraciones del diestro al San José del XVIII que donó el matador Pepe Hillo.

Fue sonado que el balance de la primera tarde de Feria fue terrible, con tres avisos que devolvieron el toro a los corrales. ¡Nada menos que un Domingo de Resurrección! La segunda y la tercera tarde, malas de solemnidad. Todo andaba tan mal que un representante de la guasa sevillana –la que no pocas veces se presenta trufada con cierta envidia– le dijo al abogado baratillero: “Moeckel, sería conveniente cambiar de santos, ¿no?” El dedo del sevillanito de a pie ya había encontrado culpable de los fracasos en un mundo –el taurino– tan dado a las supercherías y a los miedos repentinos. Y la guasa fue respondida a pie de barrera: “Los santos y las vírgenes están para proteger de los percances, para evitar las desgracias, no para proporcionar éxitos”.

La cuarta y última tarde, Morante siguió al paso todos los ritos. No cambió nada. Ypor fin llegó el triunfo de las dos orejas, lo que le valió los premios oficiales al mejor toreo de capa y a la mejor faena de la Feria.

Y no concluyeron las pruebas de fe baratillera del matador. Esta semana ha estado en Aguascalientes (México), acompañado por su cicerone baratillero igualmente. El propietario de la plaza, el empresario Alberto Bailleres (segunda fortuna de México tras Carlos Slim según la revista Forbes), recibió al abogado sevillano en el tendido:“Traerán ustedes el buen bajío de Sevilla, ¿no?”.

Los dos toros que le tocaron en suerte al de la Puebla del Río resultaron infumables. Todo estaba perdido, pero el torero, vestido de negro y oro, no se resignó. Levantó el índice de la mano derecha y pidió al presidente un toro con cargo a su cuenta. Saltó el séptimo al ruedo, de nombre Rechi, un apellido que evoca al de los antiguos capataces de la cofradía. Moeckel echó mano de dos estampas de la Virgen de la Piedad, de las de pequeño formato que regalan los nazarenos. Se quedó con una y le dio la otra a una conocida ganadera:“Apriétela fuerte”. Rechi no fue un toro precisamente boyante, pero el diestro echó raza y logró una faena que los críticos podrán discutir, pero que fue largamente ovacionada por el público. Cortó una oreja que pudieron ser dos a no ser por un pinchazo. El Juli, de paisano, contempló el éxito desde el callejón.

La fe baratillera volvió a mover montañas. El torero se montó en el coche-cuadrilla camino del Hotel Alameda. Sonó su pasodoble por el camino y después una sevillana del Pali. Cuando se oía el segundo palo, llegó el coche al hotel, pero el torero pidió que no se abrieran las puertas del vehículo. Todos dentro. Quiso oír completa la letra. ¿De quién es esa cuadrilla que pasea El Baratillo? Es del viejo de los Ariza, sus hijos y sus nietecillos… Y así se han ido sumando en menos de un mes una serie de intensas vivencias baratilleras en la vida de este torero sevillano.

Morante no cambió los santos, no se dejó guiar por los runruneos de los mediocres. En Aguascalientes había dado un “sainete” en años anteriores. Pero esta vez llevaba a la Piedad del Baratillo, ante la que se postró las cuatro tardes de su reencuentro con la afición de Sevilla. Tanto va el torero a la capilla que al final acaba triunfando. El buen bajío, don Alberto. De Sevilla traía el buen bajío.