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El concordato andaluz

El Fiscal | 27 de octubre de 2013 a las 5:00

asenjo y díaz
Ni dos semanas hace del largo encuentro en ese domicilio privado. La presidenta de la Junta, la trianera y capillita Susana Díaz, ha querido con buen tino que en su ronda inicial de contactos se cuide especialmente a la Iglesia, quizás para potenciar una relación que ha podido estar algo descuidada en una etapa anterior. Lo ha hecho con otros interlocutores sociales y empresariales andaluces, ¿por qué no con el arzobispo de la capital de Andalucía? El primer encuentro se celebró en el domicilio particular de un tercero que hizo de anfitrión para romper el hielo. La presidenta estuvo la mar de a gusto, hasta el punto que el mediodía era un vago recuerdo cuando acabó la reunión. Monseñor Asenjo tiene mucho tacto en el trato con políticos socialistas. Hace años compartió mesa y mantel con el mismísimo José Luis Rodríguez Zapatero. Y en Andalucía no hay más que preguntarle al ex vicesecretario general del PSOE andaluz, el cordobés Rafael Velasco, por lo bien que se llevan, una relación de afecto que ha cristalizado en ceremonias familiares que ha presidido don Juan José en alguna ocasión. O preguntarle al ex alcalde de Palma del Río, el histórico del socialismo cordobés Salvador Blanco, con el que compartió afición por la caza menor. Y con el propio Griñán siempre se ha llevado bien. Con él pactó el ascenso de Gómez Sierra como presidente de Cajasur.

Tras el primer encuentro privado, la presidenta quiso que el contacto con monseñor Asenjo pasara de su agenda particular a la institucional. Por eso recibió al arzobispo en el Palacio de San Telmo, el edificio que un día fue seminario metropolitano y que en algunos tramos parece un hotel minimalista y oscuro. El actual arzobispo de Sevilla no es todavía cardenal, pero es una pieza clave en el organigrama del episcopado andaluz. Una relación fluida entre la Junta y la Iglesia ha dado siempre importantes frutos para la diócesis, no digamos si está basada en relaciones personales de cordialidad contrastada, como ocurrió con el buen entendimiento entre Manuel Chaves y monseñor Amigo, cuando la Administración autonómica restauró una gran cantidad de templos (San Isidoro, San Julián, San Vicente, San Román, etcétera). Aquellos años funcionó incluso una comisión mixta entre la Junta y el Arzobispado de Sevilla de la que mucho sabe don José Luis Peinado, el que para muchos sigue siendo el párroco de San Isidoro pese a su jubilación. Con Peinado ocurre como con Soledad Becerril, a la que catorce años después le siguen diciendo alcaldesa.

Para entender la fluidez de relaciones con la Iglesia por la que apuesta la presidenta, nunca hay que olvidar que Susana Díaz jura sus cargos, al contrario que la gran mayoría de sus compañeros de partido, que prefieren la fórmula de la simple promesa; es cofrade y no ha renegado nunca de su apego a la religiosidad popular. Tan es así que el coro de pelotas del partido que antes se las daba de moderno despotricando de las cofradías y del clero, repiten ahora como vuvuzelas que las hermandades son un “valor añadido”. ¡Todo sea por estar a bien con la presi! Ocurre algo similar con esos curas que lucían el niki y ahora van de clergyman para no contrariar a don Juan José. Humanos son los unos y humanos son los otros. Ya lo dijo Juvenal: Omnia Romae, cum pretio.

Materias hay de interés común para la Junta y la Iglesia, desde la conservación del patrimonio histórico (en el que la Junta tiene la obligación subsidiaria de conservación) a la situación de fundaciones ahogadas por las subvenciones impagadas como es el caso de la de Forja XXI, dedicada a la promoción laboral de jóvenes. Don Juan José está muy preocupado por esta fundación y ya ha pedido ayuda en instancias oficiales, inquieto por la sede de esta fundación en Palmete, en desuso por la carencia de talleres para jóvenes. También le preocupa con razón su obispo auxiliar, el simpático Santiago Gómez Sierra, a quien la Audiencia Nacional confirmó este año la multa de 180.000 euros impuesta por el Banco de España por sus irregularidades en la gestión de CajaSur cuando era presidente de la entidad.

Tender puentes y no perder la interlocución siempre es recomendable. Cuando al cardenal Amigo le reprochaban lo bien que se llevaba con el poder socialista de la Junta, don Carlos se defendía: “Es que no gobierna otro partido”. Hay que hablar con el que está. Siempre.

La capillita Susana

El Fiscal | 1 de octubre de 2013 a las 19:41

SUSANA1
Se nos fue Griñán y, ay, no le pillamos ninguna fotografía cofradiera. Y eso que Griñán compartía con el presidente del Consejo de Hermandades, Carlos Bourrellier, que ninguno de los dos ha ganado unas elecciones. Griñán era presidente por la gracia de Valderas y Bourrellier por la de Asenjo. Y ya se sabe que hay veces que la gracia está allí mismo donde las avispas.
–¿Ha dicho obispo?
–A-vis-pa. He dicho a-vis-pa. A ver si afinamos el oído y nos limpiamos la mala baba, oiga usted.
A lo que íbamos. Se nos fue Griñán y no tuvimos la foto en clave morada. Con la de capillitas que hay en el PSOE. En el PSOE hay para formar una cofradía larga con sus parejas de tres en tres, como pancarteros con capirote. Celebérrima fue la portada de periódico del gran Manuel Fernández Floranes como costalero de San Esteban, metiendo riñones en la trabajadera, y aún se recuerdan sus presentaciones de pregoneros, sobre todo porque eran mucho mejores que los ladrillos posteriores. Al presidente Chaves lo vimos dar el primer golpe de gubia a la canastilla del paso del Cristo de las Aguas. Insuperable, sublime, emocionante. No se ha vuelto a dar un golpe de gubia con más garbo. A Alfonso Guerra lo sorprendimos viendo La Paz en la Puerta de Jerez, que ya es mal sitio para ver la Paz y la que se tercie, pero no nos vamos a poner exquisitos. Felipe nunca fue muy de cofradías, pero Borbolla bien podría ser el hermano mayor de la gran cofradía de capillitones socialistas. Borbolla sí que tiene y exhibe una triología personal.
–Soy del Betis, del PSOE y del Calvario.
Yde alguna más, Pepote, de alguna más… Pero guardaremos el secreto. Al Borbolla senador de 1979 le preguntó un periodista de Madrid por sus datos personales. Y apareció en la entrevista como “socialista y hermano del Calvario”. De hecho ha sido maniguetero por dos veces en su cofradía. Borbolla fue una mente preclara en la relación de las cofradías con la administración autonómica. Siendo presidente de la Junta (toma gerundio hispalense de placa) se restauró el manto de su Virgen de la Presentación y alguna subvención cayó para tal fin… Con los años apareció el IAPH restaurando casi de todo yel urbanismo morado de Monteseirín, el alcalde que se hartó de poner medallas de la ciudad en los pecherines de las vírgenes y que tuvo como delfín a Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, hermano de Los Caballos, y como cirineo a Manuel Marchena, socialista sin carnet que ha salido en varias presidencias de pasos.
Pero aunque el PSOE actual se haya tirado por estrategia al monte de zurrarle a la Iglesia, el nuevo tiempo andaluz sigue manteniendo unas buenas relaciones con las cofradías. Los llamados griñaninis no son ajenos al mundillo. Mario Jiménez, que da la prédica en el atril del partido en la calle San Vicente cada lunes, es nada menos que hermano del Silencio, la primitiva hermandad a la que el hoy vicesecretario general del PSOE andaluz y presidente del grupo parlamentario llegó hace unos años procedente de Huelva pidiendo, además, ser costalero de la Virgen. DonMario ha jurado defender el dogma concepcionista hasta derramar la última gota de sangre.
Ycomo el poema de Machado tras glosar las siete provincias, ahora toca decir aquello de… YSusana. La hoy presidenta de la Junta jamás ocultó su predilección por la Sevilla cofradiera en sus años de concejal, con exhibición de mando en plaza en la Plaza, con traje oscuro y sentada en el suntuoso sillón dorado y de mullido tapiz carmesí. Ytambién se le ha visto por el Arenal con la cara blanquecina como una sevillana más en la Madrugada de Viernes Santo, a las claras del día y tras el misterio de las Tres Caídas. Tras dejar de ser concejal, en el exilio de Madrid, se vestía de peregrina rociera en Triana, donde estaba de concejal Alberto Moriña, socialista de Montesión y de su círculo de íntimos. Moriña forma parte junto con Juan Carlos Cabrera y Miguel Bazaga del trío de capilla que se ha montado Juan Espadas (socialista de silla prestada en la carrera oficial) para cumplir en los actos de la Sevilla Eterna. Tan capillita sigue siendo Susana que no prometió, sino juró su cargo de presidenta en el gris consuegra de San Telmo. (El gris consuegra es como la tonalidad ala de mosca del ruán, pero más triste, más tiniebla, como una túnica gastada de las que llevan las primeras parejas de penitentes de Los Estudiantes). La verdad es que si hacen recuento, La Que Manda en el PSOE y gobierna en Andalucía per secula seculorum, siempre ha jurado todos sus cargos. Por más que se ha declarado legataria de Zapatero (ojú), a la hora de tomar posesión de un cargo siempre le han podido más sus orígenes. Susana jura, no promete. Susana jura porque todavía guarda las formas de función principal de instituto, la liturgia de medalla y beso a las imágenes. Susana jura que no promete. Otra cosa es que Susana te la tenga jurada, que no es lo mismo. ¿Verdad Alfonso? Ahí sí que puede venir su primer golpe de gubia…
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La última punta del tridente rojo

El Fiscal | 28 de julio de 2013 a las 17:50

Siempre siente un fuerte estruendo interior en el momento en que la caja entra en el nicho. Justo en ese instante es cuando el cardenal sufre el desgarro que provoca la guadaña al arrebatarle a otro ser querido. Lo ha confesado en varias ocasiones: hasta que el ataúd no desaparece de la vista es como si la muerte no fuera muerte, sino una circunstancia más de la vida. Pero cuando ya desaparece hasta la última referencia física hay que tomarse en serio que esto, señor cardenal, esto es la cara más cruel de la realidad. El martes se dio sepultura al último gran colaborador de quien gobernó la Iglesia de Sevilla durante 28 años. Monseñor Amigo formó un trío de lujo que tuvo como gran vínculo la amistad fraternal entre sus componentes y como características comunes la condición de doctores en Derecho Canónico, la proximidad a las filas del PSOE y unas vidas cortas pero intensas en obras. Eran –fueron– las tres patas del trípode de un dilatado pontificado. Alguna lengua acerada calificó a Manuel Benigno García Vázquez (1935-2005), Juan Garrido Mesa (1931-2007) y Francisco Navarro Ruiz (1968-2013) como el tridente rojo del cardenal Amigo más que como el trípode. A ellos les divertía la ironía, nunca se molestaron. Jamás se abonaron al escándalo mojigato.
Sería injusto no aludir a otros sacerdotes muy significativos durante todos esos años. Antonio Domínguez Valverde fue el servidor más fiel del cardenal; Francisco Ortiz se ganó la confianza de Amigo y llegó a rector del Seminario y vicario general; Ángel Gómez Guillén ha sido y es casi el único amigo personal de monseñor, pues un príncipe no tiene amigos en sentido estricto, como confesó en las entrevistas para su perfil biográfico en 2003. A Gómez Guillén lo invitaba en Palacio al almuerzo privado de cada festividad de San Carlos Borromeo. Antonio Granados fue su primer secretario y Antonio Hiraldo coordinó en 1982 la primera visita del Papa, aunque después se alejó de monseñor Amigo. Y otros curas muy próximos fueron, cómo no, Fernando Isorna, José Salgado, José Gutiérrez Mora y José Luis Peinado, quien sacó adelante nada menos que la restauración de San Isidoro.
No hay que olvidar a quienes fueron en un momento dado la conciencia crítica de monseñor Amigo cuando anunció la venta de San Telmo, como el desaparecido Gil Delgado y su inolvidable voto particular en contra de la operación, una joya jurídica a juicio de expertos canonistas en la que denuncia la modificación de la voluntad expresada en su testamento por la infanta María de las Mercedes de Orleans; o Pedro Ybarra Hildalgo, que entendía de buena fe que la Iglesia no debía desprenderse del edificio. Jesús Pérez Saturnino, uno de los seglares con mayor influencia en el Arzobispado en tiempos del cardenal, ha recordado estos días la carta escrita en latín que Gil Delgado remitió el 17 de junio de 2002 a Francisco Navarro con motivo de su cese en la Cancillería: “Te escribo en latín ésta mi lacrimosa y al mismo tiempo divertida carta no sólo por ser la lengua de Cancillería, sino también porque creo que expresar mis sentimientos de esta manera es más conforme con asunto de tanta importancia y valor; y porque todavía a ti y a mí nos es lícito comunicarnos de manera tan distinguida. Que lo entiendan otros, si pueden; que lloren, si no pueden”.


Nadie podrá discutir nunca que los tres canónigos de este trípode (o tridente) han mandado y mucho durante las casi tres décadas en las que la Iglesia de Sevilla tuvo que ponerse al día y tender puentes con el partido político que gozaba de una hegemonía en la comunidad autónoma a prueba de escándalos. El propio monseñor Amigo se llegó a defender de las críticas por su fluidez de entendimiento con los sucesivos gobiernos socialistas en Andalucía: “Es que no gobierna otro partido, ¿con quién me voy a entender?”.
Tan importante era saber latín como negociar la venta de San Telmo, gestionar las partidas de dinero público para la restauración de un buen ramillete de templos o implantar en la Catedral un modelo de gestión que asegurara su autofinanciación, que hiciera del primer monumento de la ciudad un negocio rentable cuyas cuentas se llevaran en una hoja de cálculo y no en una libreta de anillas. Esta última empresa la llevó a cabo con éxito el canónigo Francisco Navarro, la última punta del tridente rojo de monseñor Amigo. Navarro dirigía las finanzas de la Catedral con mano de ejecutivo como García Vázquez entraba una y otra vez en la Moncloa para asesorar a Felipe González –al que había casado– en las cuestiones de la Iglesia y el Estado (¡Cuánto hubiera necesitado Zapatero un García Vázquez a su lado!) o Garrido Mesa, desde su experiencia como secretario general técnico de la Consejería de Obras Públicas, llamaba a las puertas de los bancos, fundaciones, empresas y particulares para restaurar el Salvador con el impulso de Joaquín Moeckel, a quien supo sacarle sin complejos el máximo partido. Tres puntas de tridente que tenían claro que la misa no sale bien de tanto decir amén, a los que era difícil ver con el clergyman y que se sentaban en la mesa con el Diablo si se trataba de sacar beneficio para una Iglesia a la que sirvieron más en labores privadas que públicas pese a gozar de cargos con destacada notoriedad.
Los tres sabían latín (el de Cicerón y el otro, el de la calle) y los tres hacían gala de la típica socarronería de los curas de antes. En una tarde de toros en la Maestranza, Jaime Montaner, entonces consejero de la Junta de Andalucía, insitió a García Vázquez para que sentara junto a él en el palco de convite asignado al gobierno autonómico. El cura de grandes hechuras y nariz inconfundible, que ocupaba localidad en el palco asignado al Cabildo, le respondió en voz alta con cuarto y mitad de guasa sevillana.
–¡Que no, Jaime, que no! Que mi palco es vitalicio y el tuyo es por cuatro años.
Los tres, junto con Juan Guillén, formaban parte del denominado Grupo de Los Remedios, quienes junto al vicario Domínguez Valverde fueron clave muchos años en la profesionalización de la gestión de la Catedral. El pontificado de monseñor Amigo no se entiende sin este tridente, presente en las grandes operaciones que han supuesto verdaderos hitos en la Iglesia de Sevilla contemporánea. Navarro fue pieza clave en la Magna Hispalensis, que dio lugar al modelo de Catedral que ha llegado a nuestros días, pero también de otras operaciones menos conocidas como la cesión de la explotación del Hotel Los Seises o la venta de la antigua Escuela Francesa. Tuvo que soportar un aluvión de críticas cuando metía el pie en el área chica al abrir una cafetería en el Patio de los Naranjos durante la Magna Hispalensis, construir una entreplanta en el pabellón de recepción de los turistas o sembrar la Catedral de vallas y cintas separadoras a cargo de azafatas con la vehemencia, en ocasiones, de gorilas de discoteca. Pero Navarro hacía lo que debía. A punto estuvo de inaugurar un salón de actos permanente (¿O cafetería?) en la azotea de la cilla. Dejó una Catedral con un presupuesto que hoy supera los 10 millones de euros. Gracias a su revolución, el Cabildo no tiene que mendigar para la conservación del templo. El dúo formado por Navarro en la mayordomía y el arquitecto Alfonso Jiménez como maestro mayor ha afrontado todos estos años enormes obras de conservación de la Catedral, bien sufragadas directamente, bien con patronicios públicos o privados, pero con el criterio de que el Cabildo debía, como mínimo, sufragar siempre la mitad del presupuesto. Entre esas obras destacan la reparación de los pilares agrietados del trascoro, la limpieza de la gran fachada que da hacia la Avenida, ennegrecida por el tráfico rodado; la apertura de la visita aérea al templo, los planes de seguridad para las grandes concentraciones, etcétera.
Ninguno de estos tres personajes era ajeno al fenómeno de la religiosidad popular. García Vázquez era de la Amargura, Garrido Mesa de la Macarena y Navarro Ruiz del Silencio. Veían y valoraban el potencial de las cofradías, sin prejuicios y con más bondad de corazón que muchos sacerdotes considerados oficialmente capillitas. Impagable fue la labor de García Vázquez para desbloquear la incómoda situación que se produjo cuando algún lumbrera del Arzobispado trató de imponer la igualdad de derechos y obligaciones en varias hermandades en pleno verano (con agosticidad) y por medio de una carta sin ninguna negociación previa, cuando en la normativa diocesana se dejó libertad para que cada cofradía fuera asumiendo las directrices de los nuevos tiempos. Garrido fue clave a la hora que se admitiera a la mujer nazarena en la Macarena, una noticia que apareció en los telediarios. Y Navarro reivindicaba como suya la iniciativa de apagar todas las luces de la Catedral al llegar su primitiva hermandad.
Llama la atención que ninguno de los tres fuera a Roma en octubre de 2003 para asistir a la creación de monseñor Amigo como cardenal. Nunca fueron pelotas al uso, tal vez porque brillaban con luz propia. “Niño, ¿pero tú sabes cómo se edificó el Vaticano?”. Y Juan Garrido se echaba las manos a la cabeza en aquella reducísima cena con la que celebró sus 50 años como sacerdote. Amaba y servía a la Iglesia tanto como sufría con la cerrazón de algunos de sus miembros o disposiciones anacrónicas. Garrido se ofreció a oficiar el funeral de un sevillano muy conocido que se suicidó una mañana, porque el párroco de turno se negó a hacerlo. Largo como una cofradía de barrio, Garrido ha sido el cura que mejor respondía al perfil de padre y que más se quejaba cuando se le hablaba de usted o se le llamaba de don. García Vázquez lo arreglaba todo hablando, hasta en la habitación de la clínica de Santa Isabel tenía ganas de charlar por el móvil y estar al día de la actualidad en sus últimos meses. Y hablando vendió San Telmo a los socialistas, pilotando unas reuniones con el Ejecutivo socialista de José Rodríguez de la Borbolla que dieron lugar a la “mayor operación de enajenación del patrimonio eclesiástico en Europa” que ha dado hasta para un tesis doctoral, la del fallecido profesor Ribelot. Hoy se ve con toda naturalidad que la Iglesia se relacione con gobernantes de todo signo político, pero a cierta Sevilla de los años 80 le costó digerir que los curas se sentaran con socialistas (¡La Iglesia con el rojerío!) a hablar de dinero, de mucho dinero. Tanto dinero que buena parte del importe recibido en metálico (mil millones de las antiguas pesetas) acabó en un fondo de inversión del BBVA Privanza (Open Found) de alta volatilidad que incluía un porcentaje en un paraíso fiscal, una particular interpretación de la parabola de los talentos que también generó polémica.


Navarro era aparentemente el más distante, pero formaba parte de esa minoría de sevillanos que, lejos del estilo del compadreo, cuando ofrecían su casa lo hacían de verdad. Nunca se calló en asuntos delicados para la Iglesia, su Iglesia, de lo que podría dar fe el propio monseñor Asenjo, que recibió alguna carta de este veterano sacerdote en desacuerdo por algún alto nombramiento. Y no le gustaba que en la crónicas periodísticas se le refiriera como el “todopoderoso Navarro”, lo que me reprochó en su último día como canciller. Al mismo tiempo que recogía sus pertenencias del despacho me lanzó a la mesa –¡por fin!– el documento con todos los detalles de la venta de San Telmo.
–Ea, ya lo tienes. Tú sabes ya que dejo este despacho, ¿no?
La carrera de Navarro, con diferentes destinos en el mundo por su etapa como diplomático del Vaticano (y alguna polémica por su valentía de planteamientos), incluyó como anécdota una labor de interlocución con la reina para los preparativos de la Boda de la Infanta de 1995. Hubo que convencer a Doña Sofía de que las columnas de flores que pretendía quedarían engullidas por esa montaña hueca que es la Catedral por mucho que fueran de gran tamaño. Navarro y Jiménez, por cierto, fueron invitados al banquete en el Alcázar. Ninguno lució el chaqué protocolario.
A los tres les fui preguntando si eran los capellanes del PSOE. Y los tres respondieron igual.
–Je, je, je.
Fueron curas de su tiempo que ayudaron a su Iglesia a tener un papel activo en la sociedad que les tocó vivir, nunca arrinconados en la sacristía ni escondidos entre las humaredas del incienso. Qué curioso, ahora tenemos un Papa que parece marcar el camino señalado por estos tres curas: “Prefiero mil veces una Iglesia accidentada, que haya tenido un accidente, que una Iglesia enferma por encerrarse. Salid fuera, ¡salid!”. Dejan un hueco que alguien, por la propia teoría de la ocupación de los vacíos, deberá cubrir necesariamente, pues la Iglesia necesita un equilibrio de fuerzas y de mentalidades para poder seguir poniendo el intermitente a la derecha y girar a la izquierda cuando interesa, que es la especialidad de la casa.

Aquel primer besamanos

El Fiscal | 14 de agosto de 2009 a las 16:45

Monseñor Amigo en su primer besamanos de la Virgen de los Reyes, acompañado por el padre Estudillo y un jovencísimo hermano Pablo. / Martín Tejedor

Monseñor Amigo en su primer besamanos de la Virgen de los Reyes, acompañado por el padre Estudillo y un jovencísimo hermano Pablo. / Martín Tejedor

La fotografía pide música de Romanza, de Salvador Bacarisse, y evoca una Puerta de los Palos oculta entre un enorme cartelón del Domund y un autobús de Tussam azul y blanco con franja roja divisoria. Ahora que se nos va, ahora que la cofradía de su pontificado se recoge y baja la rampa poco a poco, es cuando los nazarenos giran la vista atrás por primera vez en el recorrido. Llegó un verano de mundiales de Naranjito, el año en que se registró una invasión del turismo italiano sin precedentes tras el apogeo de la victoria azzurra en el Bernabéu. Sus primeras visitas a la Catedral fueron para encontrarse con la Patrona, de la que tanto supo por aquel cura sevillista de visita diaria a Trifón, hermano mayor de una hermandad de la sotana que está al borde de la extinción. Al poco tiempo llegó su secretario personal, hermano Pablo Noguera, que a juzgar por cómo está en la fotografía y su estado actual bien pudiera ser el icono publicitario de un laboratorio de antioxidantes. Por él no pasa el pontificado. Está para volver a empezar, para arrancar otro ciclo al lado de Su Eminencia, para organizar la agenda a Roma y hacer los recados domésticos, para recoger en coche a arzobispos y cardenales de fuera recién llegados a Santa Justa, para apagar el humo del teléfono, para estar al quite providencial en tantísimas ocasiones, para saludar a los fieles de una procesión con una levísima bajada de cabeza, para llegar a la Catedral minutos antes de un pontifical y sacar de la maleta la mitra plegable y el ropaje. El próximo sábado, monseñor se situará una vez más tras el paso de la Virgen sedente que le recibió aquel año de la gran victoria socialista de octubre. Tal vez, entre antífona y golpe de incienso, recuerde a tantas personas y anécdotas que ha dejado en el camino en uno de los pontificados más largos en la Iglesia de Sevilla. La venta de San Telmo, las nuevas parroquias, las grandes obras en la Catedral, las porfías con las cofradías, los veranos en Galicia, los viajes a América, las recepciones en el Palacio Arzobispal, las dos visitas del Papa, la entrada de Sor Ángela en la Catedral, las visitas pastorales por toda la provincia, las confirmaciones masivas en los templos de los barrios y en la Catedral, las oraciones en su oratorio privado ante la Inmaculada que le cedió la Sacramental del Sagrario, las declaraciones polémicas con eco nacional, los disparos de Alberto y Ascen, la boda de la Infanta, la restauración del Salvador, esa torrija en el casinillo del Gran Poder la tarde del Miércoles Santo, los almuerzos en casa de Diamantino, los repiques a gloria de la Giralda… El próximo sábado, Eminencia, el aire tendrá mucho de aquel primer agosto. Algo se muere en el alma cuando Amigo se va.