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Los que miran a la Esperanza

El Fiscal | 4 de noviembre de 2018 a las 5:00

PROCESION 600 AÑOS DE LA ESPERANZA DE TRIANA

Foto: Juan Carlos Muñoz

SIEMPRE dedico tiempo en fijarme en quiénes ven las cofradías antes que buscar las caras de las imágenes sagradas que ya me sé de memoria. Al Señor o a la Virgen se les ve en sus casas, en los altares y hornacinas donde recogen oraciones. En la calle me gusta ver cómo miran los demás a la Esperanza, ese micromundo que se forma en los alrededores de un paso, esas lágrimas de emoción, esos rostros de cansancio, esa fatiga de las bullas, esos balcones desde donde se lanzan plegarias. Ver cómo los demás miran a la Esperanza es también una forma de ver a la Esperanza. Recordar a quiénes un día la miraron es otra forma también, sobre todo en este noviembre especial, antesala de ensayos de villancicos donde seguiremos celebrando las pascuas con las letras de Garrido (“El barco de tu cintura lleva un lindo pasajero”). Ay, Manolo, que no hemos visto el otro día el vuelo de tu capa señorial junto al paso, mirándola como sólo tú la mirabas: con en ese silencio sereno, con la emoción interior disparada, despidiéndola camino del Altozano para seguir recogiendo Salves mientras tú seguías hilando versos, engarzando rimas para regalarle otro rosario de tu mejor poesía.

En el balcón de los Murillo estaban abuelos y nietos. En la Esperanza viven los muertos y la Esperanza es refugio de los vivos, de quienes mejor le cantaron, de los inocentes con toda la vida por delante, de la hija que perdió a su padre y del joven que perdió a su hermano. Todos fueron a su encuentro en diferentes lugares del recorrido. Dicen que 250.000 personas acompañaron a la Virgen en el traslado a la Catedral. No lo sé. Eso dice el Ayuntamiento. Esa cifra seguro que es interpretada como un éxito. Pero el éxito real está en que muchos sintieran por un momento, por un instante fugaz, que la Esperanza les ofrecía el salvavidas desde la cubierta de sus ojos hermosos.

No sé qué flores llevaba la Esperanza, no sé cuántas marchas le tocaron, si se cumplieron los horarios, ni cuántas vallas se colocaron. No sé a quiénes se dedicaron la levantás, ni los altos mandos que tocaron su llamador. Sólo sé que la verdad de todo estaba en quienes la miraban, en quienes pedían por sus vivos y en quienes lloraban por sus muertos, en quienes acariciaban a sus nietos ante Ella y en quienes la esperaban en la bulla de este noviembre de difuntos, mar de luto que se abre ante la Esperanza, un noviembre de humo de castañas, guirnaldas, pancartas, Triana con su Esperanza, Dios te salve, Madre de Dios

“¿No vas a bajar a ver la cara de la Virgen?” No, ya la veo en su casa. Ahora me basta con mirar a quienes la miran. Por que en esas miradas radica tal vez la única justificación de tantas procesiones, porque en esas miradas no hay impostura, ni afanes de notoriedad, ni interés por hacer ruido. En esas miradas está la verdad de un calendario sobredimensionado. Esas miradas sostienen la Semana Santa que nos ha tocado vivir con todos sus añadidos, con todas sus extensiones a lo largo del año. Esa caricia del abuelo ante la Virgen, ese llanto de desgarro de la hija, ese sollozo del hermano en la intimidad de la Plaza Nueva, esa ausencia de Garrido y de tantos otros que la miraron… Sin esas miradas todo se cae, sería fatuo, impostado y hasta forzado. Esas miradas convierten en verdad lo que otros ven como un mero espectáculo. Mientras haya quienes la miran como la miran, siempre tendremos Esperanza. En esas miradas está la mejor versión de la Semana Santa, el tesoro, el salvavidas.

PROCESION 600 AÑOS DE LA ESPERANZA DE TRIANA

Foto: Juan Carlos Muñoz

Una prueba de la próxima Madrugada

Triana ha sido el banco de pruebas de la próxima Madrugada para el Centro de Coordinación Operativa (Cecop). El año pasado se usó la salida extraordinaria de San Gonzalo para probar las cámaras, el sistema de luces, la megafonía y las medidas de aforamiento que después se usaron (o estaban previstas por si acaso) en Semana santa. Este puente, con motivo del traslado a la Catedral y de la procesión triunfal de regreso, se ha probado un nuevo plan de seguridad específico en la calle Pureza. Se aplicó la prohibición  de beber, comer, emplear cachimbas y el uso de mantas en el suelo para impedir la concentración de público desde por la mañana, como ha ocurrido los últimos Jueves Santos. Esta medida resultó un éxito y la calle Pureza estaba limpia y decente a la hora del comienzo del traslado a la Catedral. Se puso en práctica un nuevo despliegue en la calle Adriano y en el Altozano, con medidas específicas para impedir a los cangrejeros. Y, por supuesto, la exigencia del cumplimiento de los horarios para no afectar vías principales de la ciudad fuera de los horarios establecidos.

DIA DE TODOS LOS SANTOS EN OMNIUM SANCTORUM

Foto: José Ángel García

La mejor ayuda para el arzobispo

Monseñor Asenjo no falla cada primero de noviembre en Omnium Sanctorum, donde preside la celebración eucarística de la festividad. Es costumbre que el prelado cuente en muchas celebraciones con la asistencia de gente joven, que ejerce las funciones de acolitaje, de ayuda a misa. Así ocurrió el jueves. Dos jóvenes de la parroquia –los dos de nombre Francisco– asistieron al arzobispo en todo momento. A uno lo recordamos todavía como un jovial y pequeño monaguillo de Los Javieres, en aquel período donde sufrimos tres Martes Santos seguidos marcados por la lluvia. Al final, siempre sale el sol. Y hasta se asciende de monaguillo a nada menos que acólito y asistente del arzobispo Asenjo.

 

Los tíos del chándal

El Fiscal | 20 de diciembre de 2013 a las 13:23

Nos hemos pasado los últimos años regulando cómo deben ser los traslados para evitar tachiros encubiertos, hasta el punto de vetar la música como elemento perverso. Al gran Marvizón le haría yo un pregunta: ¿Qué les ha hecho la música a estos curas, Manolo? ¿Por qué esa demonización de las corcheas? ¿Reducimos la música a complemento de guateques en los años del picú? ¿Acaso la música no es otra forma de llegar a Dios? Tanto regular y tanto prohibir para al final dar pie al traslado de los tíos del chándal. Las redes se han hartado de gargajear sobre la conveniencia o inconveniencia del traslado de imágenes y enseres, llegando los salivazos hasta la mismísima prensa morada (¡Horror, la prensa morada! Dios nos coja confesados), pero ni pío de lo más grave de tamaña muestra de histrionismo: el chándal como uniformidad para el traslado repentino, nueva modalidad. Qué cosas, qué estampados, que colores… Yen Palacio venga el erre con erre con la música. ¡Bendita música!

El Museo, 1975

El Fiscal | 6 de diciembre de 2013 a las 17:31

fotos museo
Como nos ha gustado tanto la elección de la imagen del Vía Crucis, en la que el presidente Bourrellier ha acertado sin discusión, hemos rebuscado en el baúl sin fondo de Martín Cartaya para buscar antecedentes de salidas del Cristo de la Expiración al margen de las de Semana Santa. Yhemos encontrado una verdadera preciosidad, como fue el traslado del crucificado y de la Virgen de las Aguas a la Catedral en febrero de 1975 con motivo de los cultos de regla que se celebraron en el templo metropolitano por el cuarto centenario fundacional de la cofradía. Era hermano mayor de esta cofradía José Carlos Campos Camacho, que después fue un presidente del Consejo que dejó huella y que sigue llamando la atención por la claridad de sus ideas cada vez que concede una entrevista. El traslado de ida se celebró bien temprano, con el manto de la noche aun cubriendo la ciudad y con riesgo de lluvia, como se puede apreciar por el paraguas de uno de los portadores de la parihuela. Al pasar por La Campana, Martín Cartaya captó una imagen que, además, tiene el valor añadido del fondo del establecimiento La Coruñesa, especializado en pescado fresco a mediodía y frito por la noche, un establecimiento que muchos sevillanos siguen recordando en su plural: Pescaderías Coruñesas. Se aprecian las sillas de la terraza apiladas en plena vía urbana, una cantidad de público propia del aforo de un taxi y un austero exorno floral en el remate de la cruz. Delicioso tuvo que resultar el paso por la calle Hernando Colón, tal como se aprecia en la otra fotografías, y emotivo el encuentro con José María Cirarda, aquel obispo auxiliar que fue pregonero de la Semana Santa al que la hermandad entregó un obsequio de recuerdo de la predicación de los cultos. Cuenta, además, que el altar montado en la Catedral para la ocasión supuso un verdadero hito en la priostía. El cardenal Bueno Monreal presidió la función. Seguro que el próximo primer lunes de cuaresma, muchos hermanos del Museo recordarán estos actos de hace casi cuarenta años. Ya no estarán ni la púrpura de un cardenal, ni el bonete del auxiliar, ni los ojos de Ramón, ni la maestría de Paco Santos, ni los veladores de La Coruñesa, ni el ambiente de recogimiento de la ciudad de entonces. Pero el Cristo de la Expiración es el mismo de las noches de Lunes Santo de siempre. El archivo de Martín Cartaya, una vez más, no necesita de digitalización alguna para encontrar en el momento preciso las imágenes del ayer que conectan con el hoy. Será la prueba de que la historia no se repite, la historia es la misma. Hoy como ayer.
hdo colon